La sociedad futura. Jean Grave

Hay que destacar la obra lúcida de este anarquista frances, vigente tras un siglo. Y que bien se puede dedicar a quienes  ignoran a los clásicos como la fuente cristalina donde emanan los origenes de las ideas que hoy en dia adquieren más vigor. Y que se ignoran y se pierden con las autoritarias  vanidades de intrasigentes “anarquistas”.

 

Jean Grave

 

 

 

 

LA SOCIEDAD FUTURA

 

Índice

 

Presentación de Chantal López y Omar Cortés.

 

Después de la revolución.

 

La revolución y el Darwinismo.

 

La lucha contra la naturaleza y el auxilio mutuo.

 

La revolución y el internacionalismo.

 

La revolución es hija de la evolución.

 

Las herramientas mecánicas.

 

Fatalidad de la revolución.

 

Del periodo transitorio.

 

Influencia moral de la revolución.

 

Del individuo dentro de la sociedad.

 

La igualdad social y las desigualdades naturales.

 

Egoísmo y altruismo.

 

Autoridad y organización.

 

El valor.

 

La medida del valor y las comisiones de estadística.

 

La dictadura de clase.

 

Los servicios públicos.

 

Los holgazanes.

 

La libre elección de los trabajos.

 

Comunismo y anarquía.

 

Armonía y solidaridad.

 

La mujer y el matrimonio.

 

El niño en la nueva sociedad.

 

El arte y los artistas

 

La tradición y la costumbre.

 

La autonomía según la ciencia.

 

Conclusión.

 

Presentación

La obra que aquí presentamos, del afamado libertario francés Jean Grave (1854-1939), fue escrita a principios del siglo XX, constituyendo una revisión de su primer libro, La sociedad moribunda y la anarquía, por el que, dicho sea de paso, sería condenado a prisión por cerca de dos años y a pagar una multa.

En La sociedad futura, Grave reflexiona sobre diversos temas relacionados con el anarquismo de fin del siglo XIX. La mayoría de las ideas, alternativas y especulaciones expuestas, se encuentran, en la actualidad, rebasadas; sin embargo, la obra en su conjunto es importante para acercarse a lo que podemos llamar el anarquismo grupal, esto es, al anarquismo que depende para su desarrollo del florecimiento de grupos de afinidad; porque resulta evidente que para Grave, la base misma del movimiento anarquista son estos grupos de afinidad.

Mucho se ha discutido en el seno del movimiento libertario internacional acerca de si el anarquismo de Jean Grave tan sólo constituye una repetición de lo expuesto por Piotr Kropotkin. En nuestra opinión, y no obstante que Grave hace suyas las principales bases del anarquismo kropotkiano, existe, por lo menos en la obra que aquí ponemos a disposición de los interesados, evidentes rasgos de originalidad que otorgan al anarquismo de Jean Grave características propias que le diferencian de las de Kropotkin, siendo quizá la más clara su concepción teórica del grupo de afinidad en cuanto base sine qua non del anarquismo.

Otra característica interesante expuesta en La sociedad futura, se encuentra en el papel muy relevante que Grave otorga a la iniciativa particular como el principal motor del desarrollo grupal.

En fin, esperamos que quien se acerque a leer, consultar u hojear esta obra, saque sus propias conclusiones y disfrute las propuestas de Jean Grave sobre la dinámica que generan los grupos de afinidad.

Chantal López y Omar Cortés

Después de la revolución

Habíamos publicado ya este estudio, con el título de: La Sociedad después de la revolución. Pero semejante epígrafe, adoptado a causa de diferentes polémicas de actualidad, no respondía en absoluto a nuestra manera de ver; por eso, al dar nuevo desarrollo a nuestro estudio, lo sustituimos por un titulo más en armonía con nuestro concepto.

En efecto, dada la idea que nos formamos de la revolución, ésta no puede tener un después. Pueden tenerlo las revoluciones hechas en tres días, una semana, un mes o un año; la revolución social, como nosotros la comprendemos, sólo tendrá término el día en que la autoridad haya desaparecido por completo de la tierra; no tendrá ya que intervenir para asegurar la evolución cuando esta última se realice libremente y sin trabas. Pero hasta conseguir ese resultado, la revolución es cosa de todos los instantes y lugares. Es el combate diario del porvenir contra el pasado, de lo futuro contra lo estacionario, de la justicia contra la iniquidad. Comenzó con el primer acto de independencia de la iniciativa individual; no se sabe cuándo acabará.

Por otra parte: el título La Sociedad después de la revolución parecería dar a entender una transformación completa é inmediata, una sociedad que, como por encantamiento, sustituyese a la sociedad actual. Y este es el gran cargo que nos dirigen los evolucionistas, acusándonos de no tener en cuenta las leyes naturales que sólo consienten el progreso lento y gradual de las cosas.

Debemos, pues, evitar lo que pudiera dar materia a confusiones: sabemos cómo la sociedad con la cual soñamos no ha de surgir espontáneamente, por arte mágico; que, por el contrario, sólo podrá establecerse de un modo progresivo, por los esfuerzos de las generaciones que arranquen a sus señores una concesión o una victoria que les permita prescindir del asentimiento de éstos.

Las revoluciones políticas que se contentan con derribar a los hombres que están en el poder y sustituirlos por otros nuevos, limitándose a cambiar los nombres de los organismos aborrecidos y conservando sus funciones, esas revoluciones pueden realizar con más o menos rapidez su obra, pero se inmovilizan una vez conseguidos sus resultados. Cuando los que han hecho la revolución (o, con más frecuencia, mandado hacerla) han expulsado a los monopolizadores del antiguo poder, para instalarse ellos y sus secuaces, queda consumada por completo; el después de su revolución llega cuando pueden mangonear a sus anchas por estar asegurado su dominio.

La revolución social, según la comprendemos nosotros, no puede realizarse de una manera tan expedita; las revoluciones políticas no son sino episodios de ella. Triunfen o fracasen, de ningún modo influye eso en el resultado final. Algunas veces, como aconteció con la insurrección comunalista de 1871, su derrota puede ser el punto de partida para un movimiento de ideas mucho más fecundo, mucho más grandioso, y el cual hubiera sido incapaz de realizar si hubiese triunfado. La represión que siguió a su derrota pareció, en aquellos momentos, un retroceso. La reacción parecía triunfante y mostrábase regocijada: el proletariado maltrecho iba a doblegar la cabeza para siempre bajo el yugo de sus dueños políticos y económicos. Desde aquella época, las reclamaciones obreras han adquirido marcadísimo carácter económico; y los trabajadores han comprendido, al fin, que los cambios políticos no ejercen influencia ninguna en su situación económica; que la autoridad sólo es el instrumento, siendo el capital el verdadero amo y señor.

La revolución social procede de la evolución. Cuando esta última va a estrellarse contra las instituciones sociales que le cierran el paso, se transforma en revolución.

Semejante, al río cuyas aguas se deslizan por el llano, sin corriente perceptible, siguiendo insensiblemente su camino, pareciendo adormecerse bajo los cálidos rayos del sol que lo iluminan y calientan, haciendo brillar con sus caricias cual un grandioso espejo la tersa superficie de sus aguas, así la evolución transforma las ideas y cambia poco a poco las costumbres, de una generación a otra, sin que los individuos lo noten en el breve espacio de su vida. Pero si sus costumbres, tendencias y aspiraciones cambian, permanecen inmóviles las instituciones fundamentales y estalla el conflicto.

De igual manera se despliega el río libremente; mas, hete ahí que al final de la llanura, allá lejos, elévense sus márgenes y se estrechan de pronto y sin transición obligan al río a apretar sus ondas, a canalizar su corriente. Ese lago antes tranquilo, inmóvil en apariencia, apresura su marcha; las ondas rugen contra los obstáculos que obstruyen el cauce, se quiebran en las peñas que detienen su curso, derriban las riberas que las aprisionan, arrancan los materiales, que les servirán para asaltar otros obstáculos más sólidos. Y el río tranquilo e inofensivo, se trueca en un torrente tumultuoso que todo lo arrasa a su paso.

Esto es lo que los gobernantes no han sabido comprender; y por eso (fieles a su papel, dicho sea de paso), siempre han intentado poner obstáculos a la corriente de las ideas regeneradoras, para obligarla a encauzarse entre los diques alzados por su ignorancia. Y cuando irritado el río y más poderoso que sus obstáculos los barre, derrumbando los muros que aquéllos creían ser tan firmes, la ceguedad de esos ignorantes es tan profunda que la emprenden contra el río; sin advertir que la catástrofe sólo es el resultado fatal y necesario de sus trabajos de contención y que el desastre deben achacarlo a su torpeza y no a las aguas que solo desean fertilizar el suelo.

Cuando hablamos de revolución, no pretendemos referirnos sólo a la lucha armada. Toda lucha contra la autoridad existente, contra la actual organización social, sea agresiva o pasiva, obra de la fuerza o de la idea, desde el momento en que tiende a que desaparezca una iniquidad o un prejuicio, ayuda a la revolución social, es un paso adelante y un empuje que se da a su marcha.

Cuando, después de estudiar de buena fe la organización actual, el crítico sincero llega a deducir que los desheredados sólo podrán emanciparse por la fuerza, y sólo ésta los redimirá de la explotación económica de que son víctimas, no saca de sus observaciones una conclusión arbitraria, no quiere decir con eso ser más partidario de los medios violentos que de los pacíficos. Sabe muy bien que las revoluciones no se decretan, ni se improvisan; es una verdad lo que se desprende de sus observaciones, y que se apresura a registrar sin ocuparse de que agrade a los explotadores o a los explotados. Los acontecimientos probarán si se equivoca.

En nuestros días no puede pretenderse organizar una revolución. Ya pasaron aquellos tiempos en que los tribunos veían a las muchedumbres enardecerse a su voz y en que podían arrojarlas al asalto del poder a la voluntad suya. Si alguna vez pudo existir ese poderío, hoy es más modesto su alcance.

Cierto es que los oradores y escritores influyen sobre las inteligencias, y esa acción puede ser más o menos grande, inmediata, duradera o aplazada para lo futuro, según sus cualidades elocutivas, sus propias convicciones, su facilidad para explanarlas, y lo intenso de su lógica; pero en nuestros tiempos de crítica, esa acción es limitadísima siempre, y aunque su participación es grande con respecto a otras influencias, es bastante pequeña si con el conjunto de esfuerzos, tiempos y medios se compara.

Hoy (probablemente como siempre) no se llega a lider de la muchedumbre, sino a condición de no mostrarse más avanzado que ella. La multitud no camina sino tras de aquellos que han sabido ir al mismo paso que ella. Y si la historia nos muestra agitadores arrastrando las turbas al combate, estemos seguros de que las turbas fueron las primeras en reconocer la necesidad de la lucha, y quienes probablemente echaron a aquellos a la calle.

Cuando se persigue la investigación de la verdad, no hay que ocuparse de si la muchedumbre nos sigue, Cuando a la vez que esta investigación se acomete una labor de propaganda (y así se hace siempre), quien está rendidamente prendado de su idea, trata de ponerla al alcance de la multitud se afana en hacérsela comprender; y para eso procura hacerla clara y comprensible, considerándose dichoso si consigue que una pequeña minoría desprendida de la muchedumbre, acepte esta verdad. Pero, ahí termina la acción inmediata del propagandista; al tiempo y a los acontecimientos toca hacer todo lo demás.

El filósofo que saca como consecuencia la necesidad de la revolución para transformar la sociedad, puede trabajar en hacer que comprendan esta idea aquellos a quienes se dirige, pero sus predicaciones no harán que avance ni un ápice la revolución. Y aun en el absurdo supuesto de que consiguiese convencer a la multitud de la necesidad de una revolución, ésta no se realizaría sino cuando la hubieran hecho inevitable las circunstancias.

Una revolución no se decide como una partida de juego de naipes. No basta estar a ella resuelto, sino que también hace falta la ocasión. ¡Y cuántos individuos, que hoy ni por lo más remoto piensan mezclarse en ella, serán tal vez sus más ardientes defensores cuando llegue el día!

Por eso, cuando los gobernantes dictan leyes represivas contra los sociólogos que de sus estudios deducen la fatalidad de la revolución, imitan el movimiento atribuido al avestruz, que esconde la cabeza debajo del ala para conjurar el peligro. Puede prohibirse formular con libertad esa consecuencia, pero pueden sacarla todos cuantos meditan.

No se necesita pregonarla a gritos, para que todo el mundo pueda verla. Tampoco será capaz de detener los acontecimientos ninguna ley prohibitiva.

Es, pues, fatal la lucha entre quienes aspiran a emanciparse, y quienes quieren perpetuar su dominación. Esta lucha puede retrasarse o adelantarse según las medidas tomadas por los detentadores del poder, según el grado de energía y de conciencia que desplieguen los que quieren libertarse; pero, ya se facilite o se dificulte, ora se adelante o se retrase, no por eso es menos inevitable.

Pues bien; ya lo hemos dicho al principio, y trataremos de demostrarlo luego: la revolución social no puede ser obra de unos cuantos días. Pueden durar algunos años solamente o quizás varias generaciones. ¿Quién es capaz de saberlo? Sería forjarse locas ilusiones el imaginar que es posible transformar de la noche a la mañana y destruir el podrido estado social que nos aplasta. Dados todos los prejuicios e instituciones que la revolución tiene que derribar, ¿quién podrá decir cuándo terminará la lucha?

Nosotros no vemos la revolución sino bajo el aspecto de una larga serie de escaramuzas y combates contra la autoridad y el capital; luchas llenas de alternativas, de triunfos y derrotas, de avances y retrocesos, que parecerán llevarnos otra vez a las épocas de peor barbarie.

Reprimido el progreso en un lugar, no por eso se dejará de seguir luchando por él en otra parte. Vencidos hoy sus partidarios, sabrán mañana sacar de su derrota lecciones para combinar mejor sus esfuerzos en otra serie de batallas. Sus vecinos sabrán inspirarse en los esfuerzos consumados, para coordinar mejor los suyos propios.

Hoy una preocupación que cae, mañana una reacción que arrebata parte de los que caminan en las avanzadas del progreso; aquí una institución que se derrumba, allí leyes represivas que refuerzan las penalidades: todo eso es la lucha, la revolución que prosigue su obra, resultando de ella la eliminación gradual de los prejuicios y descrédito de las instituciones que nos aplastan; hasta el día en que, derrotados en todas partes, se rendirán bajo el peso de sus propias culpas, tanto como por los golpes de los asaltantes. En todo caso, iniciada está la lucha, y no acabará sino cuando, abatidos todos los obstáculos, pueda por fin evolucionar la humanidad sin traba ninguna.

Para pasar de la idea al hecho y verla desarrollarse en todas sus fases, nosotros y nuestros descendientes tendremos que atravesar por un largo período de lucha, de actos de fuerza y de progresos pacíficos; y la revolución misma hará las veces para la humanidad, de esta fase evolutiva que reclaman los partidarios del aplazamiento.

Este modo de considerar las cosas difiere mucho del convencimiento que tienen algunos de que se organizan las revoluciones y que basta recurrir a la fuerza para cambiar la sociedad. Los que así piensan no son en el fondo sino políticos, y además de las razones que llevamos dichas, hay que añadir esta: siendo los más absolutos partidarios de la libertad más completa, nuestra fuerza sólo puede servirnos para destruir los obstáculos que se nos presenten, y la constitución del nuevo orden social sólo puede surgir de la libre iniciativa individual.

Pero ante esta manera de considerar la revolución se viene abajo la objeción de los que dicen que la violencia no puede ni ha podido nunca fundar nada, y que todo debemos esperarlo de la evolución y de la lucha pacífica.

Muchos de los que esto dicen saben con certeza que la lucha para obtener pacíficamente reformas es una pura farsa, que hace el juego a los detentadores del capital y del poder, quienes no cejarán en su explotación sino el DIA en que se les quiebre entre las manos la posibilidad de valerse de ella; pero otros muchos son sinceros, y no viendo más que un lado de las cosas, no comprenden que a veces resulta útil, necesario, hasta fatal, que la evolución se trueque en revolución, a reserva de reanudar luego su curso natural y corriente.

La fuerza sola no puede fundar nada: esto es evidente. Lo establecido por la fuerza puede la fuerza destruirlo; y la fuerza misma no es eficaz ni puede tener duración, sino cuando junto a ella y para facilitar su funcionamiento hay una tendencia, una disposición de ánimo en los individuos, que los impele a considerar como una necesidad ineludible el orden de cosas que se les impone.

Entiéndase bien que aquí hablamos de los fenómenos políticos y económicos en que la fuerza sirve a una minoría para avasallar a la masa general, y no de las conquistas y opresión de los pueblos en que el número de los invasores, y, por consiguiente, sólo la fuerza, hacía segura la conquista y era el único agente de dominación, aun cuando esa fuerza haya sido también secundada en muchos casos por el menor grado de desarrollo de los sojuzgados.

Aun en las épocas del más absoluto imperio de la fuerza bruta, ésta hubiera sido impotente si las preocupaciones, la superstición, la creencia en una protección, no hubiesen llegado a prestarle un apoyo moral mucho más eficaz todavía que la espada y la lanza de los señores feudales. Pero así como la autoridad tiene razón al reclamar la fuerza para asentarse y sostenerse en el poder, los partidarios de la libertad darían una prueba de inconsecuencia si esperasen instaurar su ideal imponiéndolo por la fuerza.

Pero si la fuerza es incapaz de asegurar la creación de un orden de cosas en el cual debe ser la libertad el motor único, en cambio la paciencia y la resignación pesan muy poco en el ánimo de los explotadores para inducirles a que abandonen sus privilegios.

El presentar la mejilla derecha después de recibir una bofetada en la izquierda no está al alcance de todos los caracteres y temperamentos. Además, para un agresor a quien pudiese corregir esta humildad, ¡cuántos otros abusarían de ella para redoblar sus golpes! Y lo que sería eficaz entre dos individuos, no tiene ya ningún valor cuando quien da la bofetada está a doscientas leguas de quien la recibe y cuando todo se ejecuta por una serie de recodos y de intermediarios, como sucede en nuestras sociedades.

Los pueblos de carácter más bondadoso, que han recibido con los brazos abiertos a los europeos, no han tardado en verse subyugados y pasados a cuchillo, lo mismo que si les hubiesen enseñado los dientes. Los que se resistieron, si bien han sido derrotados, fuéronlo con la ventaja de retardar su esclavitud, y su suerte no fue peor por eso. La fuerza conduce el mundo; si el raciocinio nos enseña que no debemos abusar de ella para oprimir a los demás, también nos enseña que puede sernos útil para rechazar las tentativas de opresión y romper la esclavitud que ha podido imponérsenos en periodos de debilidad física o intelectual.

Desde la antigüedad hasta la guerra de secesión, sólo por medio de múltiples insurrecciones han conseguido transformar su situación los esclavos. A través de las persecuciones y oponiendo la fuerza contra la fuerza es como pudo establecerse el cristianismo, hasta que, a su vez, trocase en opresor.

¡Cuántos combates han tenido que sostener los siervos del terruño antes de llegar a conseguir su situación actual! ¿Pudo la reforma protestante lograr hacerse reconocer de otro modo que con las armas en la mano? La idea de la unidad monárquica pudo realizar su obra derrocando los castillos y segando cabezas de barones feudales. Arrasando también bastillas y fortalezas, decapitando a clérigos, nobles y reyes, confiscando tierras y dominios, es como la clase media, a su vez, llegó a salir de tutela; y abusando de la fuerza conquistada, para explotar en provecho suyo a los que vienen detrás de ella, provoca, por parte de éstos, el empleo de esa misma fuerza para resistirse a sus pretensiones. La violencia engendra violencia: es una ley que sufrimos. ¿Quién tiene la culpa?

La organización social, con su división antagónica de intereses, nos lleva a la revolución. La fuerza de los acontecimientos hará más para conducir a ella a los trabajadores que la convicción de la imposibilidad de una redención pacífica: esto es un hecho reconocido hoy y sólo negado por quienes quisieran hacernos creer que la revolución de 1789, elevando a la clase media al poder, cerró para siempre la puerta a las reivindicaciones. Por tanto, los explotados tendrán que valerse fatalmente algún día, para emanciparse, de esa fuerza que hoy sirve para mantener a los trabajadores bajo la férula de la autoridad y las iniquidades de la explotación. Pero sólo quienes quieren labrar la felicidad de los individuos a pesar suyo, sólo los pretenciosos que tienen la jactancia estúpida de creer que en su cerebro compendian la suma de los conocimientos humanos; en una palabra, sólo los ambiciosos y los imbéciles son capaces de proponerse emplear la fuerza en el establecimiento de la sociedad futura.

Los partidarios de la libertad no piden tanto a la fuerza. Que barra el capital, la autoridad y sus instituciones, que rompa todos los obstáculos; esto es cuanto de ella esperamos. Y por eso no queremos más centralismo, más delegación de poder, más mandato a individualidades para que obren o deliberen por nosotros y en lugar nuestro. Que a toda tentativa de rebajar a todos los individuos hasta un mismo nivel responda la insurrección del yo, se alce la iniciativa individual que no acepta trabas.

Que los hombres sean libres para agruparse entre ellos. Si esos grupos tienen necesidad de federarse entre sí, que se les deje dueños de hacerlo dentro de los límites que crean conveniente realizarlo. Que quienes quieran quedarse fuera, sean libres para obrar a su antojo. Que cada cual aprenda a respetar la libertad de su vecino, si quiere estar en condiciones de hacer que respeten la suya.

Todo esto no requiere ninguna fuerza coercitiva, y estará en condiciones de resistir toda fuerza opresora.

Sólo la iniciativa individual puede asegurar el triunfo de la revolución. Todo centralismo es un freno contra la expansión de las ideas nuevas; lejos de tratar de ponerles trabas, por el contrario, es preciso trabajar para que se difundan libremente.

Por eso es necesario enseñar a los individuos que deben pensar y obrar bajo su propia responsabilidad sin aguardar impulsos de nadie. Si se acostumbran a contar solamente consigo mismos; para manejar sus propios asuntos, SI saben hacer que se respete su autonomía y respetar la de los otros eso será un elemento de buen éxito para la realización de su felicidad futura.

La destrucción de todo el mecanismo del actual orden social no deben esperarla por los decretos de un gobierno centralizador, sino por su energía propia.

Cuando haya comenzado la lucha, su primer trabajo será el de emprender en torno suyo la propaganda del movimiento iniciado por ellos; no, como en las revoluciones políticas pasadas, enviando proclamas a los habitantes de las campiñas circunvecinas, sino remitiéndoles todos los

Como los hechos concretos hablan más alto que las promesas vagas, este es el único modo de hacer comprender al obrero agrícola que su suerte está íntimamente ligada con la del trabajador industrial, que sus intereses son idénticos, que sus esfuerzos deben ser comunes.

Es muy probable que esos movimientos se verifiquen bajo todas las formas; los habrá puramente locales, que se limitarán a la aldea donde estallen, y serán reprimidos en seguida; otros podrán extenderse por toda una comarca, y se sostendrán por algún tiempo, comenzando un ensayo de realización de diversas formas de concepciones sociales.

Pueden ser diversas las causas que los produzcan, económicas o políticas; pero, sea cual fuere la causa que sirva de punto de partida, adquirirá forzosamente carácter económico si prosigue la lucha. ¿Quién es capaz de prever dónde, cuándo y porqué comenzará el combate? Pueden cometerse las más grandes iniquidades sociales, sin que aparentemente hayan impresionado a la muchedumbre; y la causa más fútil puede ocasionar una conflagración general.

Puede acontecer y de seguro acontecerá, que muchos de esos movimientos sean sofocados antes de que los trabajadores de otras localidades respondan a los esfuerzos de los insurgentes; pero, en el terreno de la idea como en el de la física, ninguna fuerza se pierde; puede transformarse, mas no extinguirse. Su conmoción repercutirá en todos aquellos que sufran los efectos de las mismas causas perturbadoras, y que aspiren al mismo objetivo cuya tentativa de realización hará fracasado.

El ejemplo es contagioso; y, una vez dadas al viento, las ideas se esparcen con rapidez. Llegan momentos en los cuales la tirantez de la situación y la fuerza de los sucesos arrastran a los individuos, a pesar suyo, dentro de su torbellino. Las mismas causas engendran los mismos efectos: en todas partes, los trabajadores están cansados de la explotación de que son víctimas, aspiran a ser tratados como iguales y no como inferiores; en todas partes empiezan a comprender su fuerza, a adquirir conciencia de su dignidad; en todas partes son idénticos los sufrimientos y las aspiraciones semejantes. En la actualidad, el mundo se asemeja a un lugar lleno de fuegos artificiales, donde, según la dirección que tome la primera chispa, las ruedas pueden encenderse unas después de otras, o quemarse todas a la vez. Puede bastar que se agiten una vez las ideas para que el equilibrio, mantenido por la fuerza, se rompa con el sacudimiento que reciba.

La Revolución y el Darwinismo

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Cuando Darwin formuló sus teorías sobre la evolución, los sabios oficiales no vieron en ellas más que la negación del dogma religioso de la creación divina y se apresuraron á menospreciarle. Había ya desacreditado á Lamarck, pero esta vez los espíritus estaban preparados, la idea de la evolución resistió a sus ataques e hizo su entrada triunfal en el mundo de la ciencia.

Por el contrario, en ciertas esferas se creyó encontrar en ella la justificación del régimen político actual, la condenación de la revolución de] proletariado, la justificación de la explotación que sufre y se apresuraron a aderezar la lucha por la existencia, la selección y la evolución con tales salsas, que ni el mismo sabio inglés acertaría a conocer sus teorías.

Apoderándose de las ideas expuestas por el continuador de Lamarck, de Goethe y de Diderot, la turba de los comentaristas ha querido aplicar a las sociedades humanas sus teorías sobre la lucha por la existencia y darle una extensión en la cual seguramente el autor nunca había pensado.

En vista de las dificultades que ofrece la existencia -dicen-, es natural que la sociedad esté dividida en dos clases: los privilegiados y los productores. Demostrado que la tierra no produce lo suficiente para asegurar la satisfacción de las necesidades de todos, debe haber lucha entre los individuos y, por consecuencia, vencedores y vencidos. Que los vencidos sean esclavizados por los vencedores, es la consecuencia natural de la lucha, pero ésta ayuda al progreso de la humanidad, obligando a los individuos a desenvolver su inteligencia si no quieren desaparecer.

En los tiempos prehistóricos -añaden- el vencedor devoraba al vencido; hoy le emplea en producir en beneficio de la sociedad y en aumentar los goces que ésta pueda proporcionar; hay, pues, progreso real. Es deplorable -continúan hablando los economistas-, pero las condiciones de la existencia son así y los víveres tan escasos que es imposible satisfacer las necesidades de todos. Preciso es, por lo tanto, que alguien se prive de ellos. Es una ley natural que a un pequeño número de elegidos esté reservada la satisfacción integral de todas sus necesidades. Por el hecho solamente de ser los vencedores, son también los más aptos y los mejor dotados.

Es muy sensible -causa admiración que estas gentes deploren unos hechos que tratan de justificar y eternizar por todos los medios posibles-, es muy sensible que desaparezcan tantas víctimas en la lucha; sin duda la sociedad tiene necesidad de reformas, pero éstas han de ser producto del tiempo, resultado de la evolución. ¡Este antagonismo fue siempre y continúa siendo una de las causas del progreso humano!

Y los burgueses se extasían con la lectura de estas líneas, tantas veces citadas, y mueven la cabeza y guiñan los ojos, saboreando esta confesión que compendia admirablemente su feroz egoísmo:

… Un hombre que nace en un mundo ya ocupado, si su familia no tiene medios de proporcionarle el sustento, o si la sociedad no le necesita, no tiene el menor derecho a reclamar nada, está de sobra en la tierra. En el gran banquete de la naturaleza no hay sitio para él. La naturaleza le manda irse y no tarda en poner en ejecución este mandato. Cuando la naturaleza se encarga de gobernar y castigar, sería una ambición ridícula pretender arrancarle el cetro de las manos. Este hombre debe, pues, sufrir el castigo a que por su indigencia le condena la sociedad. ¡¡¡Es preciso hacerle comprender que las leyes de la naturaleza le condenan, lo mismo que a su familia; a los sufrimientos, y que si no mueren de hambre, lo deben solamente al compasivo bienhechor que, socorriéndoles, desobedece a las leyes naturales!!!

(Malthus, Ensayo sobre la población).

La declaración es contundente y la amenaza de las más categóricas:

¡El indigente no tiene derecho a la vida! ¡Si consigue mantenerse con ayuda de los mendrugos que le arroja la caridad pública o privada, lo debe sencillamente a la bondad de los amos! Trabajadores a quienes el paro obliga a recurrir al préstamo y al crédito, acordaos de que no tenéis derecho a vivir si carecéis de un capital de reserva. No vengáis, pues, a rompernos la cabeza con vuestro derecho a la existencia. No lo proclaméis muy alto. ¡Tened cuidado! Podrían recordaros que es un crimen haber nacido indigente, que vuestra existencia no es más que un acto de tolerancia por parte de los ricos.

Trabajadores, que morís de hambre en la vejez, cuando vuestras fuerzas se han agotado en producir las riquezas que aumentan la suma de goces de vuestros explotadores, es un crimen haber nacido hijos de padres pobres y no haber sabido enriquecerse. Contentaos con que compasivos protectores hayan querido emplear vuestros servicios, cuando erais capaces de aumentar las riquezas que sin vosotros no hubieran servido para nada. Han tenido a bien dejaros vivir cuando erais útiles, cuando se podía explotar vuestras facultades productivas, ha sido una generosidad; pero ahora que estáis agotados, apresuraos a desaparecer, estorbáis la circulación, nada se os debe.

Esta declaración va acompañada de otras; escuchemos:

El Darwinismo lo es todo, menos socialista… Si se le quiere atribuir una tendencia política, esta tendencia no puede ser más que aristocrática. ¿No enseña la teoría de la selección que en la vida de la humanidad, como en la de las plantas y la de los animales, únicamente una pequeña minoría privilegiada consigue vivir y desarrollarse, mientras que la inmensa mayoría padece y sucumbe más ó menos prematuramente? La cruel lucha por la existencia reina en todas partes. Sólo el escaso número de los elegidos, de los más fuertes o de los más aptos se encuentra en condiciones de sostener con éxito esta concurrencia. La gran mayoría de los desgraciados concurrentes debe necesariamente perecer. La selección de los mejores va unida a la derrota del gran número de seres que han sobrevivido…

Haeckel (citado por E. Gautier en el Darwinismo social).

El desenvolvimiento de la burguesía lleva consigo fatalmente la extinción de los proletarios, cuando no la del proletariado; cada goce nuevo conseguido por la ciencia en provecho de la burguesía corresponde a un sufrimiento nuevo para los trabajadores.

Para que la existencia de la burguesía esté asegurada, es preciso que haya sujetado definitivamente al proletariado al yugo con que le domina. No somos nosotros quienes se lo hacemos decir, es Mr. Haeckel, un burgués, un sabio que debe saber estas cosas, puesto que para eso ha estudiado.

¿No es inicuo ver a los burgueses hacer gala de ser los mejores, cuando su única superioridad consiste en haber venido al mundo en medio del lujo, de las riquezas, de todos los medios de desenvolvimiento, sin tener que realizar más esfuerzos que vivir y gozar?

En otros tiempos, también la nobleza se creía superior. Porque podía citar de sus antepasados, más o menos lejanos, algunos hechos dignos de un capitán de bandidos, un gentil-hombre se creía infinitamente superior al villano que no poseía los anales de sus ascendientes. Hoy la nobleza ha cedido el paso al dinero. Los hombres ya no valen por su linaje, sino por sus haciendas. El noble fundaba su superioridad en las existencias que sus abuelos habían cortado violentamente; el capitalista se enorgullece de las explotaciones que ha realizado.

Para ellos, en fin, la parte más distinguida de la humanidad son los matones y los estafadores.

¡Nada más ridículo que esta pretendida superioridad de los burgueses, cuando apenas hace un siglo que su clase está en el poder y ya se encuentra en plena decadencia!

¿Si no estuviese constantemente robustecida por el refuerzo de los trabajadores, tránsfugas que la sed de goces y de dominación arroja en sus filas, dónde se encontraría ya?

¿Consiste su superioridad en la sabiduría? Su ciencia oficial ha sido siempre una barrera; contra el verdadero progreso. Todos los descubrimientos científicos han sido combatidos por ella en un principio y no han sido aceptados hasta que la evidencia se ha impuesto. La principal preocupación de sus sabios es tergiversar los hechos científicos para justificar por medio de ellos la explotación actual.

¿Consiste en las artes, en la literatura? No ha habido más obras serias que las que combatían sus prejuicios, sus instituciones y rechazaban toda solidaridad con la clase explotadora. Ella ha menospreciado siempre a los que introducían una nota nueva en su arte, reservando todos sus favores para las insignificantes medianías.

¿Se ha distinguido al menos en la política, que es la fuerza de su sistema? Hablemos de ello. Son los políticos un conjunto de petardistas y de rufianes sin ninguna idea noble, ni ningún pensamiento generoso que al menos sirva de disculpa a su osadía. Hombres que no ven en el poder más que un medio de traficar con su influencia y de enriquecerse más pronto. Tienen de tal modo conciencia de su abyección, que hasta en la defensa de su clase no osan hacer alarde de la feroz energía de los convencionales del 93, que, sectarios fanáticos de su casta, fueron crueles con las clases que desposeían, injustos y feroces con la clase trabajadora que contribuyó a su victoria, pero que, al menos, tuvieron el valor de sus actos, pagaron con su vida y tuvieron el mérito de no ser vulgares. Sus descendientes son quizás más feroces, pero demasiado cobardes para exponer su pellejo. Tratan de escurrir el bulto hasta con las leyes que ellos mismos hacen.

¿Qué ha sido de los descendientes de aquella raza fuerte que contaba entre sus gloriosos antepasados a los tenaces comuneros de la Edad Medía? Han desaparecido de la escena de la historia; han caído en el olvido y han sido reemplazados por los aventureros de la política, que no se mantienen en la escena parlamentaria más que por una carencia absoluta de vergüenza, que les permite tragarse las burlas y las afrentas más escandalosas con la misma tranquilidad que se beben un vaso de agua, y cuya superioridad sobre los demás sólo consiste en una refinada astucia, con la cual disimulan perfectamente su falta de inteligencia.

La clase burguesa se ha hecho parásita, vive a expensas de los que se agitan, de los que trabajan y ha perdido de este modo la facultad de producir. Y cuando los hombres de un saber superior como los que acabamos de citar y cuya lista podríamos hacer más extensa; hombres que han tenido a su disposición todos los medios de desenvolvimiento de que están privados los trabajadores, llegan a deducir de los hechos científicos que su educación les permite analizar, conclusiones semejantes a las que hemos citado, estamos en el derecho de preguntarnos cuál sería el grado de cultura que habrían alcanzado si hubiesen estado privados de los medios de instruirse.

¡Ellos los mejores! Al lado de los pocos que realmente aprovechan estos medios que procuran la riqueza y la posición social, riqueza producida por el esfuerzo de los trabajadores, cuántas inteligencias obscuras que se verían en la imposibilidad de vivir si tuviesen que emplearse en algo Útil para asegurar su existencia.

Cuántos obreros, en cambio, que sucumben, extenuados por un excesivo trabajo, tendrían derecho a exclamar, golpeándose la frente, como el poeta Andrés Chenier al subir al patíbulo: ¡Aquí hay algo!

¡Ah! sería curioso hacer la estadística de las celebridades de que se enorgullece la civilización actual y saber las que han llegado con su ayuda y las que han surgido a pesar suyo, y, sobre todo, comparar los valores respectivos.

Perteneciendo a una clase cuya emancipación no es posible sino con la ayuda de la fuerza, para apoyar nuestras reivindicaciones, vamos a apoderarnos de los argumentos suministrados por los sabios oficiales; volviendo contra ellos su propia dialéctica, vamos a demostrar que nos bastará con sus aseveraciones para justificar el derecho que tienen los trabajadores a recurrir a la fuerza para emanciparse. Cuando con las propias armas con que pretenden defender el orden burgués hayamos demostrado que, semejante a la lanza de Aquiles, su argumentación cura al que ha herido, probaremos que la lucha por la existencia no explica más que una mínima parte de los hechos de la evolución aplicada a las cosas en general y que es absurda en el seno de las sociedades, puesto que estas últimas ponen en práctica la ley de solidaridad y de apoyo mutuo contraria a aquella. Demostraremos, en fin, que la sociedad actual, lejos de favorecer a los más aptos y los mejor dotados, reserva sus goces para una raza raquítica y agotada; que esta escasez de víveres, en la que se apoyan, es un fantasma de su imaginación del cual se sirven para justificar sus rapiñas, y que es su propia organización quien la crea, a fin de someter al trabajador a su dominio, sabiendo que éste dejaría de ser esclavo el día que no tuviese hambre o no temblase por la existencia de los suyos.

Aun cuando la lucha por la existencia entrase de algún modo en los factores del progreso de la evolución humana, es falso que baste a explicarla; únicamente desfigurando los hechos llegan a justificarse las pretensiones de la ambición y la codicia; la historia y la ciencia niegan de común acuerdo esta supremacía que pretenden arrogarse ciertas razas, ciertas clases y ciertos individuos apoyados por la fuerza y por el número.

Como la religión está desacreditada entre las masas, los burgueses han buscado otra cosa en que apoyar su dominación. Si pudiesen consagrar su régimen por la ciencia, probar a los trabajadores que su situación es la consecuencia fatal de un orden natural, tan lógico como la ley de gravitación o que una ecuación matemática, habrían dado un gran paso. Por esto se han apoderado de la lucha por la existencia para tranquilizar sus conciencias.

La lucha, dicen, obligando a los individuos a ingeniarse para encontrar los medios de subsistencia, les ha hecho desenvolver sus facultades; la concurrencia individual les obliga a tenerlas siempre despiertas, a conservarlas y a adquirir otras nuevas. La lucha por la existencia es, pues, la madre de todo adelanto, porque obliga a los individuos a progresar indefinidamente bajo pena de ser eliminados. Haciendo desaparecer a los más débiles, a los menos aptos y a los peor dotados, desembaraza el camino para los más inteligentes.

Y según ellos, siempre debe suceder lo mismo:

Pues si los individuos viviesen en un estado social en que la satisfacción de todas sus necesidades estuviese asegurada, en que todos fuesen iguales, en que nadie obedeciese, ni nadie mandase y’ cada cual produjese a su capricho, no habría emulación ni iniciativa; una sociedad semejante no podría menos de caer en la barbarie, en el desorden y bajo el peso de la fuerza brutal.

Para combatir estas afirmaciones nos valdremos de los mismos burgueses:

Un gran inconveniente de la guerra social comparada con la guerra ordinaria, es que las influencias de la ley natural están más o menos combatidas por la voluntad y las instituciones humanas, y no es siempre el mejor, el más robusto, el mejor adaptado el que tiene la suerte de triunfar. Al contrario, por lo regular suele sacrificarse la grandeza individual del espíritu a preferencias personales inspiradas por la posición social, la raza, y la riqueza.

(Büchner, El hombre según la ciencia, págs. 207-208).

Por lo mismo la lucha, lejos de ser producto de las desigualdades sociales, viene a ser causa de ellas; y los defensores de los burgueses no andan en lo cierto al prevalerse de la misma para justificar su sociedad.

Todas estas desigualdades, estas monstruosidades, es preciso atribuirlas a la lucha por la existencia, lucha no reglamentada todavía por la razón y la justicia, y particularmente mantenida por los numerosos actos de opresión política, de violencia, de expoliación, de conquistas que llenan la historia del pasado y parecen á los ojos del espíritu obscurecido de los contemporáneos una inevitable consecuencia del movimiento social.

(Büchner, El hombre según la ciencia, pág. 222).

En aquellos tiempos en que el hombre, confundido con el resto de los animales, no poseía más armas que sus instintos, quizás la lucha por la existencia fuese para él condición de vida o de muerte a la cual no tuviera más remedio que doblegarse. Matar para no ser matado, devorar para no ser devorado, si tales han sido los principios de la humanidad, debió ser aquella la edad de oro de la economía política, pues la concurrencia sería, según ciertos naturalistas, la sola ley de los seres que vivían entonces.

Cuando los primeros seres organizados, después de una serie continua de transformaciones y adaptaciones, aparecieron sobre la tierra, es evidente que entre todos estos organismos sin razonamiento, sin inteligencia, impulsados exclusivamente por la necesidad de vivir y de reproducirse, debió existir una guerra incesante y sin piedad para los vencidos.

Pero tampoco fue aquella la lucha por la existencia de los economistas. Las especies se hacen la guerra entre sí, pero no entre individuos de la misma clase: el vegetal desgasta al mineral; el animal herbívoro devora el vegetal; el animal carnívoro devora al herbívoro o al carnívoro de especies más débiles y por consiguiente diferentes a la suya.

Únicamente en una catástrofe imprevista, en circunstancias excepcionales, que colocan al animal en la imposibilidad de buscar su alimento ordinario, se le ve atacar a los individuos de su especie. R. Wallace, en su Darwinismo, demuestra, (págs. 146-148) que las especies más cercanas habitan territorios distintos, muy lejanos, lo que prueba que en vez de luchar entre si las especies afines han preferido separarse para buscar su alimento.

Basta hojear un tratado de historia natural para convencerse de que la lucha entre individuos de la misma especie es sumamente rara, mientras que la asociación para la lucha-ataque o defensa, -el mutuo apoyo, la solidaridad, en una palabra, son la regla general. Y ésta se practica, no solamente entre individuos de la misma especie, sino que también se asocian especies diferentes para procurarse el sustento. Hasta algunos vegetales se agrupan inconscientemente para resistir mejor a los elementos destructores de los individuos aislados.

Los economistas y otros pretendidos evolucionistas conocen perfectamente el lado débil de su razonamiento y tratan de explicar la lucha de un modo diferente.

La lucha -dicen- no se realiza siempre de un modo brutal; puede haberla entre individuos de la misma especie sin que sea cuerpo a cuerpo entre los concurrentes.

Y citan, entre otros, los caballos salvajes del Thibet, que, sorprendidos por las nieves del invierno, sufren hambre cuando la nieve cubre la hierba de los pastos; y los menos robustos, después de algún tiempo de este régimen, no teniendo fuerzas para romper la corteza de hielo que les impide buscar su alimento, perecen de inanición, mientras que los más vigorosos resisten y sobreviven.

Nos contentamos con señalar este ejemplo, pues los demás son de la misma especie.

Ahora los señores economistas nos permitirán decirles que su ejemplo sólo demuestra que algunos individuos han perecido allí donde otros han resistido; pero esto no prueba de ningún modo que los que han sobrevivido han ganado algo con la muerte de los que han desaparecido; además, esta desaparición proviene de perturbaciones atmosféricas naturales y no de concurrencia entre ellos. Al contrario, si el apoyo mutuo se hubiese practicado por ellos en mayor escala, es muy probable que hubieran podido sobrevivir más.

Hacen también el cálculo -los economistas, no los caballos- que dada la fecundidad de ciertas especies, no tardarían en invadir en muy poco tiempo toda la superficie terrestre, con detrimento de otras especies, y que los individuos de la misma especie se verían forzados a devorarse entre ellos, si todos los gérmenes que se forman pudiesen brotar y llegar a la madurez.

Los que llegan a desenvolverse -dicen- no sobreviven sino con detrimento de los que desaparecen, y son siempre los más fuertes, los más aptos los que triunfan.

Que las especies viven unas a costa de las otras, que por causas fisiológicas gran número de individuos desaparecen en germen, esto depende de causas naturales que nosotros no podemos evitar y nadie ha pensado en recriminarlas, pero convendría saber:

1° Si un individuo de nuestra especie, una vez que ha visto la luz, tiene virtualmente el derecho de vivir, de desenvolverse en las mismas condiciones que cualquier otro individuo de su especie;

2° Si es más provechoso a los individuos de la especie luchar unos contra otros, para explotarse y esclavizarse;

3° Si un individuo puede ser completamente feliz teniendo a su lado semejante que sufren.

Creemos que basta hacer estas preguntas para que la respuesta esté pronta en los labios de todo individuo que no esté cegado por el espíritu de autoridad y de explotación, por lo cual no nos detendremos aquí, pues bastantes ocasiones tendremos de tratar de este asunto en el curso de los diferentes capítulos que siguen.

Si las soledades humanas han evolucionado en el sentido de la concurrencia individual llevada al último grado, si en medio de sus asociaciones los individuos han continuado tratándose como enemigos, es inútil perder el tiempo en deplorarlo, pero estudiando las causas de esta evolución, se nota pronto, en contra de las afirmaciones de los interesados, que no es ésta una ley inevitable, que hubiera podido ser de otro modo y que es más provechoso a los individuos y a la especie que al presente sea distinta.

Esta estrecha solidaridad que vemos se practica entre ciertos vegetales, entre ciertos animales, entre algunos insectos, tales como las hormigas, las abejas y las avispas, que se encuentra tan desarrollada entre ciertas tribus primitivas, podía tomar la ventaja en la lucha de los instintos en el hombre, dar otra dirección a su evolución y otras hubieran sido las sociedades humanas. Es, pues, absurdo decir que la lucha por la existencia -entre individuos- es una ley inevitable.

El hombre, saliendo de la animalidad desnudo y desarmado enfrente de sus enemigos, poderosamente armados, ha sido lo bastante fuerte para proteger y asegurar su existencia. Ha debido recurrir a la astucia, a los expedientes que le sugería su cerebro, hasta que esta inteligencia fue lo bastante poderosa para suplir a su debilidad nativa, permitiéndole fabricar las armas defensivas y ofensivas que la naturaleza le había negado.

Esta vida precaria, esta lucha incesante contra la naturaleza y las otras especies mejor armadas, contra las cuales estaba obligado a disputar su alimento y el derecho de vivir, contribuyeron a amasar en él una fuerte dosis hereditaria de instintos de acometividad y de dominación. Esto nos explica por qué en los primeros ensayos de solidarización de esfuerzos y de intereses, aun cuando los hombres comprendían los beneficios de la asociación, puesto que la practicaban, los más astutos se sirvieron de ella para dominar a los demás y constituirse en parásitos sobre esta organización nueva: La sociedad.

Pero hoy el hombre es un ser consciente, compara y razona. Para transmitir a sus descendientes sus conocimientos y sus descubrimientos posee un lenguaje hablado y escrito, un material maravilloso para multiplicarlo, un cerebro capaz de los razonamientos más abstractos -demasiado abstractos a veces, por desgracia-. ¿Debe continuar siendo así? Evidentemente no. Debe reconocer que sus antepasados han errado el camino, matándose, robándose y explotándose, debe volver a las prácticas de solidaridad, cuyos gérmenes no han podido ahogar en él miles de siglos de luchas.

¿No nos ofrece la naturaleza bastantes obstáculos que vencer, para que la humanidad, reuniendo todos sus esfuerzos, dirija sus instintos de pelea contra las dificultades naturales y encuentre en ellas los elementos de una lucha más ventajosa, sin tener necesidad de desgarrarse ella misma?

Así, fuertes con los argumentos suministrados por los sabios oficiales, cuando los burgueses vienen a hablarnos de progreso, de los derechos de la Sociedad, etc., tendríamos que reírnos en sus narices, contestándoles con los derechos del individuo, que se cuidaría muy poco del progreso, si debía continuar siendo la víctima.

Pero veremos más adelante que una sociedad en que el hombre tuviese asegurada la satisfacción de todas sus necesidades, lejos de ser un obstáculo para el progreso, iría en su ayuda, pues la naturaleza del hombre es crearse necesidades nuevas a medida que encuentra facilidad para satisfacer sus fantasías. Por el momento, contentémonos con probar que la sociedad actual, lejos de reservar sus goces a los más inteligentes, a los más aptos, a los más fuertes, a los que deben contribuir al mejoramiento de la raza humana, los reserva solamente a una clase de individuos cuyo éxito seguro es un factor de decadencia, para la clase de que forman parte y para la humanidad entera.

Mientras que la burguesía tuvo que luchar con la nobleza, mientras tuvo que luchar para conquistar su puesto, forzosamente desarrolló cualidades que le permitieron llegar a donde quería y obtener el poder, objeto supremo de sus ansias; pero una vez conseguido esto, le ha sucedido lo que sucede en el reino animal a todo parásito, especialmente a ciertos crustáceos citados por Haeckel en su Historia de la Creación, que viven sobre los moluscos, y cuyas larvas están más desarrolladas que el animal perfecto; el animal, una vez instalado sobre su huésped, pierde todos sus medios de locomoción para desarrollar los tentáculos que le sirven para agarrarse al que debe explotar y sacar de él su alimento. Después de haber sido un animal activo que nada y lucha, pierde todas estas facultades para transformarse en un simple saco digestivo. Tal es ya el estado de la burguesía, al menos como clase, sino todavía como individuos.

Lo que en la sociedad actual hace la fuerza, no son ni las facultades físicas, ni las facultades morales e intelectuales, es simplemente el dinero. Se puede ser escrofuloso, raquítico, idiota; deforme en lo físico y lo moral; si se tiene dinero se consigue todo y se está seguro de encontrar mujer.

Pero el proletario, aunque nazca con un cerebro de una capacidad extraordinaria, de nada le servirá si sus padres no han tenido los recursos suficientes para darle la instrucción que debía desarrollar su inteligencia. Si llega a adquirir esta instrucción y no tiene los medios de hacerla valer, irá a aumentar el número de los déclassés o deberá contentarse con ponerse a las órdenes de un explotador que poseerá lo que a él le falta: el capital. Deberá renunciar a dar la medida de lo que hubiese sido capaz de producir.

Dotado de todas las ventajas físicas, un trabajo prematuro, las privaciones y las miserias, lo inutilizarán antes de tiempo, y si, por casualidad, encuentra alguna desgraciada que consienta en compartir su suerte, de esta unión nacerán seres raquíticos y enfermizos; pues el trabajo forzado de la mujer y su debilidad se unirán al prematuro agotamiento del hombre para contribuir a la postración de la raza. También ella deberá trabajar mientras la sostengan sus piernas, deberá permanecer en el taller mientras que los dolores del alumbramiento no la hagan caer sobre su lecho de dolores. Añádase a esto las condiciones malsanas en las cuales se efectúa el trabajo actual, y se comprenderá que hay motivos de sobra para atrofiar una raza por largo tiempo.

Ciertamente la suerte de algunos trabajadores no alcanza esta intensidad de miseria; hay gradaciones desde el individuo que muere literalmente de hambre, hasta el millonario que gasta, para divertirse, miles de francos en enterrar un perro y la gama continúa de un modo insensible.

Y el servicio militar ¿no es también una selección a la inversa, que condena a los hombres más fuertes y más sanos al celibato, a la podredumbre de la prostitución de las ciudades, a la atrofia moral e intelectual que produce el cuartel y la disciplina?

Es completamente a la inversa de la selección artificial de los indios y de los antiguos espartanos como se hace en nuestros modernos Estados militares la elección de los individuos para el reclutamiento de los ejércitos permanentes. Nosotros consideramos esta elección como una forma especial de la selección, y le daremos el nombre de selección militar. Desgraciadamente, en nuestra época más que nunca el militarismo desempeña el primer papel en lo que se llama la civilización; la fuerza y la riqueza de los Estados civilizados más prósperos se emplean en llevar a este militarismo al más alto grado de perfección.

Al contrario, la educación de la juventud, la instrucción pública, es decir, las bases más sólidas de la verdadera prosperidad de los Estados y del ennoblecimiento del hombre, verse abandonados y sacrificados de la manera más lamentable. ¡Y esto pasa en los pueblos que pretenden ser los representantes más distinguidos de la más alta cultura intelectual y se creen a la cabeza de la civilización! Es sabido que para engrosar los ejércitos permanentes se escoge por un riguroso alistamiento a todos los jóvenes sanos y robustos. Cuanto más vigoroso es un joven y mejor constituido, más probabilidades tienen de ser matado por los fusiles de aguja, los cañones rayados y otros Instrumentos civilizadores de la misma especie.

Al contrario, todos los jóvenes enfermos, débiles, afectados de vicios corporales son desdeñados por la selección militar; quedan en sus casas en tiempos de guerra, se casan y se reproducen. Mientras que la flor de la juventud pierde su sangre y su vida en los campos de batalla, el desperdicio rechazado, aprovechándose de su incapacidad, puede reproducirse y transmitir a sus descendientes todas sus debilidades y todas sus enfermedades. Y en virtud de las leyes que rigen la herencia, resulta necesariamente de esta manera de proceder que las debilidades corporales y las debilidades intelectuales que son inseparables, deben, no solamente multiplicarse, sino agravarse. Por este género de selección artificial se explica perfectamente el hecho doloroso pero real que, en nuestros Estados civilizados, la debilidad de cuerpo y de carácter están en vía de crecimiento y que la alianza de un espíritu libre e independiente a un cuerpo sano y robusto es cada vez más rara.

Si alguien, a semejanza de los espartanos y de los pieles-rojas, se atreviese a proponer que se diera muerte a los niños pobres y raquíticos, condenados a una vida miserable, antes que dejarlos vivir con daño suyo y el de la colectividad, nuestra civilización soi-disant humanitaria lanzaría un grito de indignación. Pero esta civilización humanitaria encuentra muy sencillo y admite sin murmurar a cada explosión guerrera, que centenares y millares de hombres jóvenes y vigorosos, los mejores de la generación, sean sacrificados en el juego de azar de las batallas. ¿Y por qué, pregunto yo, se sacrifica esta flor de la población? Por intereses que no tienen nada de común con los de la civilización, por intereses dinásticos completamente extraños a los de los pueblos que lanzan a despedazarse sin piedad. Con el progreso constante de la civilización en el perfeccionamiento de los ejércitos permanentes las guerras se harán naturalmente cada vez más frecuentes. ¡Y, sin embargo, escuchamos a esta civilización humanitaria ensalzar la abolición de la pena de muerte como una medida liberal!

(Haeckel, Historia de la creación natural).

En todos los países donde existen ejércitos permanentes, el servicio militar se apodera de los jóvenes más robustos, que se exponen a morir en caso de guerra, que se dejan arrastrar por el vicio y que no pueden casarse a tiempo. Los hombres pequeños, débiles, permanecen, al contrario, en sus casas y tienen, por consecuencia, mucha más probabilidad de casarse y de dejar hijos.

(Darwin, Descendencia del hombre, páginas 145, 146).

Para que la clase proletaria haya resistido durante tantos siglos a todas estas causas de debilitamiento y continúe suministrando hombres robustos e inteligentes, era preciso que poseyese una fuerza de vitalidad absolutamente incomparable; y la burguesía que, después de tan poco tiempo de poder y de dominación, ha llegado en pleno goce a tal grado de decadencia, no tiene derecho a proclamar que da la vida a los más aptos y a los mejores.

Por lo que precede se ve que la libertad de la lucha por la existencia de que hablan los burgueses no es más que una libertad ilusoria, y que este combate por la existencia, que querrían ver perpetuado entre nosotros, es semejante a los combates con que la aristocracia romana se deleitaba en sus sangrientas orgías y en los cuales, cuando ella se dignaba tomar parte, ponía enfrente de los caballeros armados de todas armas pobres esclavos completamente desnudos, armados con un sable de hoja de lata.

Y a los burgueses que nos dicen que la vida es un eterno combate en que los débiles están destinados a desaparecer para dejar lugar a los más fuertes, nosotros podemos responderles: Aceptamos vuestras conclusiones. ¿Decís que la victoria es para los más fuertes y para los mejor organizados? Sea; nosotros los trabajadores pretendemos la victoria poniendo en práctica vuestras teorías.

Vuestra fuerza consiste en el respeto que habéis sabido levantar alrededor de vuestros privilegios, vuestro poder estriba en las instituciones que habéis levantado como una muralla entre vosotros y la masa y que reducidos a vosotros mismos no podríais defender; vuestra perfección reside en la ignorancia en que, hasta el presente, nos habéis tenido, de nuestros verdaderos intereses; vuestra aptitud está en la habilidad que sabéis desplegar para obligarnos a ser los defensores de vuestros privilegios, que llevan los nombres de: ¡Patria! ¡Moral! ¡Propiedad! ¡Sociedad! etcétera.

Hoy vemos claro vuestro juego y comenzamos a comprender que nuestro interés es completamente contrario al vuestro; sabemos que vuestras instituciones, lejos de protegernos, no sirven sino para sumirnos cada vez más en nuestra miseria, y por eso gritamos:

Abajo los prejuicios estúpidos, abajo el respeto idiota a las instituciones seculares, abajo la falsa moral; nosotros somos los más fuertes, los mejor dotados, puesto que después de una serie innumerable de siglos luchamos contra el hambre y la miseria bajo un trabajo abrumador, en condiciones mortales de higiene, de insalubridad manifiesta, y estamos todavía vivos; somos los más aptos, puesto que nuestra producción y nuestra actividad son las que permiten mantenerse a vuestra sociedad.

Pretendemos la victoria como los mejor adaptados, pues vuestra clase podría desaparecer del globo sin que esto nos impidiese producir, y entonces consumiríamos más, mientras que el día en que nos neguemos a producir para vosotros, sería imposible a gran número de los vuestros dedicarse a ningún trabajo productivo.

Pretendemos, en fin, la victoria porque somos los más numerosos, los que, siempre, según vosotros, basta para legitimar todas las audacias y para absolver todas las injusticias. El día de la batalla tendremos el derecho de aplicaros vuestra sentencia haciéndoos desaparecer de la sociedad, de la cual no sois más que los parásitos y los microbios disolventes.

Vosotros lo habéis dicho: La victoria es para los más fuertes.

La lucha contra la naturaleza y el auxilio mutuo

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Como se ve, no tenemos que buscar otros argumentos en favor del derecho a la revolución que los que emplean la ciencia burguesa oficial para defender sus privilegios y justificar la explotación que nos hace sufrir. Con las teorías burguesas nada más fácil que minar las bases del orden social que ellas pretenden consolidar.

Pero nosotros tenemos miras más amplias y una concepción más clara de las relaciones sociales. Sabemos que aun en medio de la abundancia, el hombre no puede ser feliz si está obligado a defender su situación contra las reclamaciones de los hambrientos; sabemos que, cualquiera que sea su inconsciencia, el privilegiado puede, algunas veces, ser atenazado por los remordimientos cuando reflexiona que su lujo es el producto de la miseria de centenares de desgraciados; sabemos que la violencia no es una resolución, y pretendemos justificar nuestras teorías con argumentos racionales, positivos y con la ayuda de falsas concepciones de las leyes naturales.

También, lejos de considerar las sociedades humanas como un vasto campo de batalla en que la victoria pertenece a los apetitos más desarrollados, pensamos, al contrario, que todos los esfuerzos del hombre deben unirse y dirigirse únicamente contra la naturaleza que le presenta hartas dificultades que vencer, innumerables obstáculos que derribar, no poca resistencia en producir lo que es necesario a su existencia, bastantes misterios que poner en claro para emplear de este modo sus instintos de lucha y encontrar los elementos de un combate mucho más provechoso que despedazarse mutuamente.

¡Cuántas fuerzas perdidas, cuántas existencias sacrificadas, ya en el duro combate por la vida en el seno de las sociedades, ya en esas guerras estúpidas conocidas con el nombre de guerras nacionales! ¡Cuántas inteligencias malogradas, que en otro medio trabajarían en provecho de la evolución humana, mientras que ahora perecen miserablemente sin haber podido producir nada!

Los economistas dicen que cada hombre representa un capital, y tratan de justificar un orden de cosas que -no pueden menos de confesarlo- causa, por su mala organización, la desaparición de miles de desgraciados que mueren antes de haber llegado a la mitad de su carrera. ¡Qué ilogismo!

Y todos estos hombres que se enervan y se embrutecen en la vida de los campos y de los cuarteles, si se empleasen en trabajos de saneamiento y de desmonte, o construyesen diques y canales, desecasen pantanos y perforasen montanas, ¿no serían más útiles a la humanidad que haciendo de centinelas delante de un muro por donde no pasa nadie, o a la puerta de un patio para impedir que entren los perros? ¿Cuándo se comprenderá que en lugar de emplear sus fuerzas en destruir, sería más útil a la humanidad emplearlas en un trabajo productivo? ¿Cuándo se comprenderá que todo organismo que se deja invadir por el parasitismo, no sólo perece él mismo, sino que ocasiona también la muerte de los parásitos, incapaces de acomodarse a nuevas condiciones?

Si todas las fuerzas que se gastan para producir esas armas de guerra, esas máquinas explosivas, todo ese material útil solamente para la destrucción, se empleasen en producir las máquinas y los útiles perfeccionados necesarios a la producción, cuánto se reduciría la parte de esfuerzos reclamada a cada uno para la cooperación o a la producción general, cuán poco tiempo sería preciso a cada uno para poder satisfacer sus primeras necesidades. Se comprende en seguida que entonces ya no habría necesidad de la coerción social que los economistas juzgan útil para asegurar la subsistencia de todos.

Si todos los esfuerzos de los inventores que se dedican a perfeccionar corazas y blindajes para los navíos que hoy, efecto de su enorme peso, apenas pueden marchar, y que manan a la invención de un nuevo cañón o de un nuevo sistema de torpedos hará inútiles; si todos sus cálculos, todas sus ecuaciones, todas sus facultades inventoras hubiesen sido dirigidas a encontrar las fórmulas para aumentar la potencia productiva del hombre, instrumentos nuevos de producción, ¡cuántos proyectos que hoy todavía no nos parecen más que sueños se hubieran podido haber realizado ya! Siendo en el inventor una necesidad incoercible la acción de buscar y calcular, en la sociedad que nosotros queremos, donde no se haría sentir la necesidad de ejércitos tan poderosos, todos esos gastos de fuerzas se dirigirían hacia el descubrimiento de fuerzas útiles y estos descubrimientos redundarían en provecho de todos; pues habiendo sido destruida la especulación, no podría aprovecharse de ellos y convertirlos en medios de explotación en provecho de una minoría y con detrimento del mayor número, como pasa ahora que los descubrimientos más útiles no proporcionan más que un acrecentamiento de cargas y de miserias a los productores, mientras que duplican los capitales de los ociosos.

Es inútil, en fin, continuar luchando individuo contra individuo, nación contra nación, raza contra raza. ¿No es la tierra bastante grande para alimentar a todo el mundo y satisfacer todas nuestras necesidades? Ciertos burgueses lo niegan. ¿Qué vale su aserción?

No hay bastantes víveres para que cada individuo quede completamente satisfecho, afirman los economistas burgueses, y para justificar esta penuria de víveres nuestros sabios han establecido en sus libros, no sabemos sobre qué bases, cálculos de los cuales se deduce que los objetos de consumo aumentarían en una proporción aritmética de 2, 4, 6, 8, etc., mientras que la población aumentaría en una proporción geométrica de 2, 4, 8, 16, etc.

Nada prueba esto. Las estadísticas mejor hechas se ven obligadas a dejar tantos puntos en la oscuridad que es imposible, sobre todo en lo que concierne a la producción, apoyar en ellas nada positivo, y sucede que, en esto como en todo, cada uno ve en las cifras lo que quiere ver.

Pero hinchando las palabras: proporción aritmética, proporción geométrica y mezclándolas con algunas fórmulas algebraicas que no todos entienden, estas fórmulas adquieren cierto valor aparente y sirven para cerrar el pico al vulgo profano que se imagina que la demostración reside en la fórmula que no ha comprendido.

Y los economistas se consideran felices con demostrar que si las cosas continuasen así, los víveres no tardarían en faltar completamente, viéndose los hombres obligados a volver a la antropofagia de donde salieron.

Por fortuna -dicen-, la organización social interviene con todo su cortejo de fraudes, guerras y enfermedades ocasionadas por excesos o privaciones de todas clases, para poner a ración a los hombres, diezmarlos e impedir que se devoren entre sí… ¡haciéndolos reventar de miseria y de hambre!

Nada hay más erróneo que sus cálculos y afirmaciones; pues, aparte de todas las tierras incultas que pudieran hacerse productivas, está demostrado, que, a pesar de la subdivisión de la propiedad que impide el empleo racional de los sistemas de cultivo intensivo, y por lo cual no produce la tierra todo cuanto podría producir, la especulación y el agio hacen mucho más para encarecer los alimentos que la misma falta absoluta de ellos.

¿Es preciso ir a buscar en medio de las poblaciones primitivas tierras incultas y faltas de cuidados, cuando esos terrenos abundan en medio de las poblaciones civilizadas? ¿Es preciso citar la Escocia transformándose poco a poco en territorio de caza, la Irlanda dedicada al carnero cuando pulula en Australia donde sólo se explota por la lana? ¿Y los innumerables rebaños de la América del Sur, sacrificados por el cuero nada más, perdiéndose la carne, no a causa de la falta de mercados, puesto que todo el mundo se queja de la carencia de carnes en Europa, sino simplemente porque la baja de precios que su importación causaría en los rebaños indígenas sería perjudicial para los ganaderos y tratantes, que tienen suficiente poderío para hacer que sus intereses particulares sean primero que los del público, haciendo votar derechos protectores por medio de sus lacayos del poder legislativo?

¿Es la escasez de trigo lo que sostiene altos los precios? No; la Rusia meridional, la América de vastas llanuras labradas en todos sentidos por los arados de vapor, donde todo el cultivo se ejecuta con ayuda de aperos perfeccionados, aunque sin método, hubieran arruinado ya a la agricultura francesa suministrándonos granos a muy bajo precio. También aquí han intervenido derechos protectores, y nos hacen pagar el trigo más caro de lo que vale.

No pudiendo producir tan barato como América o Rusia, los agricultores franceses debieran perfeccionar sus máquinas agrícolas y su modo de cultivar, o debieran dedicarse a producir otra cosa. Eso hubiera sido muy sencillo. Pero también hay grandes intereses que proteger en este caso; el pobre es el que paga…

Por otra parte ¿no nos demuestra el estudio de la Historia natural que el poder prolífico de las especies está en razón inversa de su grado de desarrollo, es decir, que, cuanto más bajas están las especies en la escala social, más se multiplican para llenar los vacíos ocasionados por la guerra que les hacen las especies superiores? Cuanto más numerosas son las causas de destrucción, más intensa es la energía prolífica de la especie que las sufre.

Así es que en ciertos vegetales, cada tallo produce anualmente millares y cientos de miles de semillas. Algunas especies de peces, arenque, esturión, etc., son también muy prolíficas. La fecundidad de los conejos y de las palomas es proverbial.

Ya es más restringida la fecundidad en los mamíferos, clase más elevada, puesto que de ella ha nacido el hombre; pero éste, que ha llegado a domesticar las especies más útiles para alimentarse él y para otras necesidades, ha encontrado el medio de dirigir la producción de ellas conforme conviene mejor a sus intereses, así como la de los vegetales que sirven para alimentarlas y para alimentarse él mismo.

Aun respecto a las especies salvajes que no han podido domesticarse, si todos los hombres supieran hacer solidarios sus esfuerzos en vez de hacerse la guerra, podrían ponerlas en condiciones de existencia que favoreciesen de un modo racional su desarrollo, enteramente conforme con los intereses de la humanidad entera.

Si la tierra no produce lo suficiente para asegurar la subsistencia de la población que contiene (aserto muy discutible, pero que aceptamos porque no invalida en nada la argumentación que sigue), por lo menos está dispuesta a proporcionarnos mucho más de lo que pudiéramos consumir. ¿Qué se necesita para eso? Organizar una sociedad donde la riqueza de unos no engendre la pobreza de otros, una sociedad donde los individuos tengan interés en ayudarse mutuamente en vez de combatir entre sí.

Hemos visto que el auxilio mutuo era una de las leyes naturales que guían la evolución de todas las especies. No siendo nuestro trabajo una obra de Historia natural ni de Antropología, se comprenderá que no citemos todos los hechos demostrativos de esta tesis; remitimos al lector á los diferentes artículos publicados por nuestro amigo Kropotkin en la Société Nouvelle, reproducidos en el Supplement de la Révolte con el título genérico de Auxilio mutuo, y al folleto de Lanessan La Asociación en la lucha. La ley de solidaridad es para nosotros un hecho demostrado; nos limitaremos á manifestar lo que podría llevar á cabo si se aplicase y practicase con toda su extensión en las relaciones sociales e individuales.

Otra obra conviene consultar para darse cuenta de los despilfarros que trae consigo la mala organización social, y es el libro del Sr. Novicow: Los despilfarros en las sociedades modernas. El autor se coloca en el punto de mira economista y capitalista: sus cifras dependen más o menos del capricho; y no considera las pérdidas sino bajo un punto de vista burgués, que no es el más a propósito para juzgar toda su extensión. Pero, tal como es, resulta un libro digno de consultarse y con unas confesiones que no deben olvidarse.

El antagonismo individual, regla de las sociedades actuales, y el egoísmo de las organizaciones capitalistas, han traído consigo un desconocimiento completo de las verdaderas condiciones de la riqueza. La verdadera riqueza (ciertos economistas lo han dicho, aunque ignoro si son ellos quienes lo han descubierto) es la adaptación cada vez más perfecta del planeta a nuestras necesidades. Pues bien; en lugar de proponerse adaptar el planeta a nuestras necesidades, cada uno ha tratado de monopolizar el trabajo producido por los otros, de granjearse un beneficio momentáneo aun cuando sus consecuencias fuesen perjudiciales para la riqueza social.

La apropiación individual ha hecho que algunos encontrasen un lucro en talar los bosques que coronaban las cimas de ciertas montañas. Así tenían el medio de realizar inmediatamente un beneficio pecuniario cierto. Pero no estando nadie directamente interesado en conservar las especies arbóreas, las alturas han perdido sus coronas de bosques sin que se tratase de repoblarlos; no estando ya retenidas por las raíces, las tierras se han derrumbado arrastradas por las lluvias y otras diferentes causas hasta el pie de la montaña que se desmorona sin provecho para la llanura.

Por otra parte, no siendo ya retenidas las lluvias por la tierra vegetal, ni absorbidas por las raíces de los árboles, en vez de verterse gota a gota en la llanura y de regularizar el caudal de los ríos con una corriente media, se han transformado en torrentes cuya violencia activa el desmoronamiento de los cauces, y en ocasiones causa desbordamientos y ruinas en el llano, mientras que el río queda exhausto durante los tiempos de sequía.

De ahí se ha derivado un cambio de clima, haciéndose peor. No estando ya detenidos los vientos por la cortina del bosque, no dejan tampoco gotear las nubes que arrastran consigo. Un clima que era templado se trueca en frío a cálido, según la latitud, por efecto de la sequedad de la atmósfera y del suelo, por la pérdida del abrigo que le prestaban los árboles de la montaña.

Ciertas comarcas de España están hoy transformadas en desiertos, cuando en tiempo de los moros estaban admirablemente cultivadas, porque la expulsión de ellos trajo consigo la pérdida de la red admirable de canales de riego que habían sabido abrir y conservar. Lo mismo sucede en Egipto, donde el desierto de arena invade las tierras cultivadas, desde que desapareció la civilización del tiempo de las Pirámides. Igual acontece en ciertas partes de la antigua Caldea, de la Asiria y de la Mesopotamia, en otro tiempo florecientes y fecundas, transformadas hoy en desiertos arenales.

Eso es lo que han producido las luchas entre individuos y entre sociedades. He aquí un inmenso y magnífico campo abierto a la solidaridad mutua, para la reconquista de esos terrenos perdidos para la producción; y si es verdad que la lucha resulta útil para el hombre, ahí tiene donde ejercitar sus fuerzas. Pero esto no es todo.

Aún hay países enteros cubiertos de marismas, de dunas, cuyas movedizas arenas corren al asalto de los pueblos y campos del litoral, costas que defender contra los embates del mar. Muchos de estos trabajos acométanse allí donde hay probabilidad de rápidos lucros; pero ¡cuántos otros más no serán ejecutados nunca por las sociedades capitalistas, por no encontrar en ellos una remuneración suficiente é inmediata!

Se habla, por ejemplo, del desecamiento del Zuyderzée, para reconquistar las tierras anegadas siglos ha por las furiosas olas del mar. Pero ¿quién sabe cuándo se emprenderá seriamente la obra, y en tantos otros proyectos análogos, que a incalculable número de generaciones darían ocasión para emplear sus fuerzas de combatividad en obras útiles y provechosas para la humanidad entera, mientras ellas mismas tendrían la satisfacción de trabajar en pro de la felicidad general? Más adelante demostraremos que en la sociedad, tal como la deseamos, el gasto de fuerzas no sería una fatiga penosa, sino una gimnasia necesaria para la vitalidad individual. El tiempo y los esfuerzos no se tendrán en cuenta para nada al transformarse por el medio social ambiente los móviles de los actos humanos.

Hay en Europa terrenos inmensos improductivos a causa de la sequedad del suelo; por el contrario, los ríos llevan al mar, no sólo miles de millones de metros cúbicos de agua, sino también los fertilizadores aluviones; bastaría una red de canales bien combinada para aprovechar esos elementos fecundantes que se pierden sin beneficio para nadie, y hacer fértiles los movedizos arenales improductivos, próximos a las costas. ¿Es preciso citar las medidas sanitarias contra las epidemias, ineficaces hoy por tomarse aisladamente, pero que tomadas en común detendrían en sus comienzos el azote?

Según se ve, basta enunciar los trabajos que faltan por hacer a las generaciones futuras, y los cuales harían habitable toda la superficie de la tierra y productiva allí donde es estéril, para comprender que esa escasez de víveres, de que tanto hablan los economistas, lejos de ser un motivo para que la sociedad capitalista se eternice, es su condenación más formal, puesto que su mala organización es lo que condena a millones de hombres a trabajos negativos, cuando tantas labores productivas solicitan el empleo de nuestra actividad. Bastaría que los hombres se entendiesen y concertasen entre sí, para hallar en estos mismos trabajos la recompensa de sus esfuerzos, la solidaridad en vez de la lucha; y la humanidad se libraría de esa miseria que nos dicen ser inevitable, cuando sólo es fruto de la rapiña de unos y de la imbecilidad de los demás en aguantarla.

Para terminar acerca de lo que acabamos de decir, citaremos este pasaje de un autor nada sospechoso de revolucionario, ni de subversivo; pero que, conmovido por el amor a la verdad, se complace en proclamarla con frases llenas de emoción, tal vez guiado sólo por el sentimentalismo. Pero después de todo, el sentimentalismo es bueno en sí, cuando no se aparta de la verdad y de la lógica:

Hoy el más fuerte, el más rico, el de posición más alta, el más sabio, ejercen un imperio casi absoluto sobre el débil, el ignorante, el hombre de las clases inferiores, y les parece naturalísimo explotar en provecho suyo personal las fuerzas de estos últimos. La sociedad entera debe necesariamente sufrir los malos efectos de tal estado de cosas y comprender que valdría más ver a todos los individuos concertando sus esfuerzos, sosteniéndose uno a otro, tender al mismo fin, que consiste en desprenderse del yugo de las fuerzas naturales, en vez de emplear sus mejores energías en destruirse y explotarse mutuamente. Debe subsistir la rivalidad, tan útil en sí, pero despojándose de la antigua y ruda forma guerrera y exterminadora de la lucha por la vida, adoptando la forma noble y verdaderamente humana de una competencia que tenga por objeto el interés general. En otros términos: en vez de la lucha por la vida individual, la lucha por la vida de todos juntos; en vez del odio general, el amor universal. Conforme progresa el hombre por este camino, más se aleja de su pasado brutal, de su subordinación a las fuerzas naturales y a sus inexorables leyes, para acercarse al desarrollo ideal de la humanidad. Por esta senda volverá el hombre a encontrar aquel paraíso cuyo fantasma flotaba en la imaginación de los más antiguos pueblos, paraíso del cual fue arrojado el hombre a causa del pecado, según la leyenda. Con la diferencia de que el paraíso futuro no es imaginario, sino real; no está en el origen sino al fin de la evolución humana; no es un don de un dios, sino resultado del trabajo, del hombre y de la humanidad.

(Büchner, El Hombre según la Ciencia, págs. 210-211; un tomo, edición Reinwald).

Y nosotros añadiremos:

Paraíso en el que no se permitirá entrar a los trabajadores hasta que no hayan comprendido que no son sus amos los que les han de abrir las puertas; paraíso que no podrán habitar hasta que tengan suficiente energía para conquistarlo y para saltar por encima de los que le impiden la entrada.

La revolución y el internacionalismo

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En el curso de este trabajo desarrollaremos los diversos argumentos que hemos enunciado; mas, para no apartarnos de nuestro plan, debemos proseguir el estudio acerca de la revolución. Y aquí se presenta la gran objeción de los partidarios de la autoridad, burgueses o socialistas: que a una sociedad no centralizada, sin ejércitos permanentes, sin tener a la cabeza hombres providenciales encargados de pensar y obrar por el común de los mortales, le sería imposible sostenerse en medio de las nacionalidades circunvecinas que hubiesen permanecido bajo la dominación capitalista. Y de ahí deducen los teóricos burgueses que es preciso seguir dejándose explotar, en espera de que los capitalistas tengan a bien ser algo menos glotones. Los socialistas nos incitan para que nos libremos de nuestros amos actuales y les entreguemos a ellos el poder que a su vez se encargarán de fabricarnos una dicha a su más justo precio, la cual será respetada por nuestros suspicaces vecinos.

Si la revolución se localizase en un solo país, ninguna duda cabe de que las plutocracias circundantes no tardarían en hacerle la guerra, tal vez hasta sin cumplir con la formalidad de declarársela de antemano como actualmente se acostumbra entre enemigos de buen tono, en que los adversarios son tanto más corteses cuanto que se limitan a disponer que se batan los demás, mientras ellos se hacen cortesías diplomáticas; y entre tanto se venden mutuamente los artefactos destructores que hacen fabricar por aquellos a quienes enviarán más tarde a que experimenten los efectos en su cuerpo.

La revolución de 1789, que era la emancipación económica de una clase, está ahí para probarnos que la nobleza, el clero y la monarquía imperantes en el resto de Europa se sintieron solidarios de la nobleza, el clero y la monarquía franceses, siendo conocida de todos la formidable coalición que organizaron contra la joven República naciente, y que no fue culpa de la primera si esta última no fue ahogada antes de haber vivido.

La plutocracia, que es tan rapaz como aquellas instituciones, si no lo es más aunque con otras muchas cualidades de menos, no se quedaría a la zaga como se viese amenazada de muerte. Ninguna duda cabe de que las burguesías colindantes no iban a dejar formarse junto a ellas un foco de ideas nuevas que pudiesen infectar a sus esclavos. Sabemos de qué son capaces los burgueses cuando sus intereses materiales corren peligro. No tardaría en extenderse una cortina de llamas y de metralla en derredor del país mal aconsejado que no quisiese engordar por más tiempo a ningún explotador.

Pero la revolución del 89 nos manifiesta también de qué es capaz un pueblo que defiende lo que él cree ser su libertad. Los hombres que se baten por una idea son invencibles cuando no tienen que luchar sino contra autómatas; y el convencimiento de defender su hogar y su independencia vale por muchos batallones.

Los partidarios de la autoridad nos replicarán que la República del 89 era una nación muy centralizada, que supo defender su unidad hasta contra sus enemigos interiores; y que para poderse defender como ella contra los ataques del exterior y del interior, es por lo que reclaman una organización análoga.

Para que el argumento de los autoritarios fuese verdadero, sería preciso estudiar bien la filosofía de la historia de aquella época y darse cuenta de si los que se nos aparecen con los rasgos de los más feroces partidarios de la autoridad central no sufrieron más de una vez, a pesar suyo y sin saberlo, la presión de la muchedumbre anónima; si a partir del momento en que la iniciativa individual quedó completamente ahogada, reducida a la impotencia la muchedumbre, no fue desde cuando comenzó la decadencia de la revolución, para terminar pisoteada por las botas de un soldadote.

Pero esto importa poco para nuestra argumentación. Sea cual fuere la energía de los que llevaban la dirección de los negocios públicos, y aun cuando su ciencia hubiese sido cien veces más grande, poco hubieran pesado ambas si no las secundase la energía de los que permanecieron anónimos, los cuales supieron obligarles más de una vez a tomar las medidas necesarias para la salvación de todos y también ejecutarlas por su propia iniciativa, sin esperar el asentimiento de los jefes.

Habíanse derribado las Bastillas, habíanse derrocado las leyes de la arbitrariedad (así se creía); rotas quedaban las trabas que sujetaban a los individuos en cada una de sus manifestaciones; confiscaronse los bienes de la nobleza y del clero, bienes que iban a ser devueltos a la nación: estas esperanzas y la creencia de que al cabo iba a lucir para todos la libertad más completa, eran sobrados motivos para dar alientos a individuos que la víspera no tenían ni la plena propiedad de su cuerpo y para hacerlos invencibles.

Y, sin embargo, aún hubiera sido insuficiente todo esto, si no hubiesen tenido que habérselas Con ejércitos mercenarios, que distaban mucho de batirse con el entusiasmo de aquéllos.

Sin duda también esto hubiera sido insuficiente, si en las naciones en nombre de las cuales se les combatía no hubiesen tenido simpatías que luchaban en pro de ellos y paralizaban los esfuerzos de sus adversarios. El nuevo orden de ideas tenía por enemigos a todos los privilegiados, pero tuvo junto a sí a todos los desheredados que reclamaban su liberación y la esperaban de los hombres nuevos que aparecían como salvadores sUyos.

Este es el secreto de la fuerza de la revolución. ¡Ahí debemos enderezar nuestras esperanzas y nuestros esfuerzos!

La revolución no puede ser obra de un solo pueblo, ni podrá encerrarse en un sólo país. Si quiere vencer, es preciso que sea internacional. Los trabajadores de un país no conseguirán librarse de sus explotadores sino a condición de que sus hermanos de las naciones próximas hagan la misma operación higiénica; es menester que abjuren al fin de los estúpidos odios en los cuales se les ha mecido desde la cuna; y que se decidan a borrar esas líneas ficticias con que los han rodeado para separar a unos pueblos de otros, aislándolos entre sí, y que sólo existen realmente en el papel de los mapas.

La revolución debe ser internacional y de ello deben convencerse los que aspiran a transformar la propiedad. Sea la reorganización pacífica o violenta, autoritaria o libertaria, en seguida se verá expuesta la nueva sociedad a los ataques de las plutocracias vecinas suyas, si los intereses de la burguesía se ven realmente heridos por el nuevo estado de cosas.

Hoy está de moda el llamarse internacionalista. Todos los socialistas lo son, los economistas lo son, gran número de burgueses lo son… ¡de lengua! Con que ¡Viva la Internacional, señor!

Todos los pueblos son nuestros hermanos.

Así lo reza desde 1848 una canción de P. Dupont.

Los pueblos son hermanos para nosotros; pero a todos esos internacionalistas entusiastas, incluso un gran número de socialistas, no hay que rasparlos mucho para descubrir un patriotero, y no le costaría gran cosa a su internacionalismo compaginarse con una guerra de conquista. ¡Oh, nada más que para hacer la felicidad de los conquistados! … ¡Como hermanos nuestros!

Ese internacionalismo no es más que un fantasmón; los demás pueblos valen tanto como nosotros, y nosotros valemos tanto como los demás pueblos; pero somos tan incapaces de labrar su dicha como la nuestra. Aparte de eso, ningún individuo es capaz tampoco de hacer venturoso a otro cualquiera, a pesar de éste. Podemos ayudarnos a emanciparnos de quienes nos hacen daño; debemos considerarnos como iguales que pueden y deben prestarse mutuos servicios cuando llega el caso, este es el verdadero internacionalismo. Pero desconfiemos de ese internacionalismo de pega que con el ojo derecho lanza tiernas miradas a nuestros hermanos del otro lado de la frontera, mientras que con el ojo izquierdo hace guiños risueños a nuestro valiente ejército nacional.

Franceses, alemanes, españoles, italianos, ingleses o rusos, todos somos explotados de idéntica manera; una minoría de parásitos es quien nos devora y nos conduce. Como el asno de la fábula de La Fontaine, recordemos siempre que nuestro enemigo, es nuestro amo y entonces ya no habrá odios internacionales. En Francia como en Alemania, en Inglaterra, en Italia y en todos los países, los que nos explotan no miran para nada la nacionalidad de aquellos a quienes esquilan. Si tienen alguna preferencia, será por el que se deje esquilar con mayor mansedumbre. La humanidad, por tanto, sólo se divide en dos clases: los explotadores y los explotados. Aprovechen este recuerdo los desheredados de todos los países.

También en esto, el curso de los acontecimientos es el mejor educador de los individuos, obligándolos a amoldarse a las circunstancias que presenta. Nuestra época sabrá obligar a los individuos a que consideren la humanidad como su única patria.

Si el internacionalismo no ha penetrado aún en los entendimientos, ha penetrado ya en los hechos prácticos, lo cual vale más. En los tiempos actuales, todo es internacional. No hay ninguna nación que pueda aislarse y encerrarse dentro de sí; nuestros proteccionistas más furibundos no pueden protegernos con tanta energía como quisieran, obligados como se ven a tener en cuenta ciertas reciprocidades.

El telégrafo, el correo, los ferrocarriles, son internacionales. Hay tal trabazón en las relaciones del comercio, que ciertas casas parecen no tener ya nacionalidad: en este caso están algunos bancos y fábricas.

La fabricación de las armas de guerra, industria que, dentro de la lógica patriótica, debiera ser exclusivamente nacional, es acaso una de laS más cosmopolitas. Las casas francesas proveen de cañones y granadas a Estados que, cuando menos se piense, podrán tener que emplearlos contra Francia; casas italianas, alemanas e inglesas condúcense exactamente del mismo modo. Ciertos diputados están al frente de algunas de esas casas (Véase, Hamon, Ministerio y melinita, págs. 45 a 63). Esto parece tan natural, que a nadie le produce ya ninguna extrañeza.

Todos los ramos de la actividad humana están diariamente ocupados en organizar Congresos internacionales, por no poder ya obrar aisladamente por efecto de este vasto movimiento, las relaciones individuales mismas también sienten la necesidad de salir de sus fronteras.

El mismo progreso es internacionalista y puede realizarse al mismo tiempo a ambos lados de la frontera. Una idea emitida en un punto puede brotar a la misma hora a mil leguas de él y dar la vuelta en pocas horas por el resto del globo terráqueo. Tan pronto como se enuncia hoy una idea, en seguida se ve a muchos individuos disputarse su paternidad, aportando las pruebas de que tienen iguales derechos para reivindicarla como suya. Lo cual demuestra, dicho sea de paso, que un descubrimiento es obra de una generación, más bien que de un individuo. Cuando se realice seriamente la revolución social, en alguna parte resonará por fuerza en el corazón de las demás naciones; y eso es lo que la salvará.

Si no conociéramos las baladronadas de los autoritarios podríamos asombrarnos de sus pretensiones de asegurar el triunfo de la revolución, con sólo establecer un poder fuerte.

Como el poder fuerte se entretuviera en meter mano a los privilegios burgueses, cualesquiera que fuesen su poderío y su fuerza, tendría que habérselas con una tremenda coalición que le encerraría dentro de un círculo de bayonetas, coalición cien veces más terrible que la monárquica del 89. Es preciso ser un completo visionario para creer que basta organizarse como los enemigos para ponerse en condiciones de vencerles. El error de la Commune consistió en creer que podía jugar a los soldados como el gobierno de Versalles y darle batallas campales; ese error fue su perdición.

Si los trabajadores quisieran entretenerse también en ese juego, no tardarían en arrepentirse de ello. A ideas nuevas, medios nuevos; con elementos diferentes, hace falta una táctica adecuada a su modo de pensar. Dejemos los plumeros y la estrategia a quienes quieran jugar a los Bonaparte y a los Wellington; pero no seamos tan tontos que les sigamos. Sean cuales fueren la energía y actividad desplegadas por los revolucionarios puestos en esas condiciones, y aunque la organización y disciplina de sus fuerzas fuesen de lo más admirable, sucumbirían bajo el número de los adversarios que contra ellos levantaría el odio de los apetitos amenazados.

La esperanza de los autoritarios se funda en la idea que tienen de conseguir hacerse reconocer como un poder legítimo por los demás gobiernos. Politicastros en el fondo, y nada más que politicastros, esperan tratar bajo un pie de igualdad con los otros gobernantes y jugar a los diplomáticos.

Para hacerse tolerar, el gobierno que surgiese de un movimiento revolucionario tendría que renunciar a toda tentativa de reforma social. Para hacerse grato a sus caros primos en autoridad, tendría que emplear en reprimir la impaciencia de quienes le hubiesen subido al pináculo las fuerzas que éstos le hubieran puesto en las manos, e impedirles prestar auxilio a las tentativas de insurrección que pudieran presentarse en los países de sus nuevos aliados. Sólo desmintiendo así su origen es como un gobierno popular tendría autoridad ante los poderes vecinos. Y si por su misma constitución, todo gobierno no fuese infaliblemente retrógrado, puesto que se establece para imponer y defender un orden de cosas cualquiera, esa sería otra razón más para rechazarlo; porque la fuerza de los hechos le impelerían a perjudicar a quienes le hubieran elegido, creyendo serles útil.

Al desarrollarse las relaciones internacionales y hacerse cada vez más frecuentes y más íntimas, contribuyen a uniformar las mismas necesidades, a despertar en todas partes las mismas aspiraciones. El trabajador sufre en todos los países idénticos males y aspira a igual solución en todos ellos. Esto basta para que al estallar en un sitio la revolución, provoque explosiones análogas en cien lugares diferentes.

Si los trabajadores saben de antemano solidarizar sus intereses y agrupar sus esfuerzos a despecho de sus amos, sabrán prestarse mutuo auxilio con muchísima más eficacia que sabría hacerlo un gobierno cualquiera.

Esos levantamientos o tentativas de insurrección, ocupando en su país a cada burguesía, le quitarán la idea de ir a ver lo que acontece en los de las vecinas. Teniendo sobrado quehacer con defenderse contra sus propias víctimas, no le darán tentaciones de acudir en socorro de los gobiernos que junto a ella se derrumban. El esparcimiento de fuerzas es una táctica muy hábil, que los mejores estratégicos no han desdeñado, y puede emplearse sin poner en pie de guerra ningún ejército.

Los trabajadores de una localidad no podrán triunfar y emanciparse, sino a condición de que los trabajadores de las localidades próximas también se subleven. Esto es positivo, para los trabajadores de una misma nación con objeto de obligar a sus amos a dividir sus fuerzas; y es positivo para los trabajadores de nacionalidades diversas, con el fin de impedir a sus amos ayudarse mutuamente. Todo se enlaza. La solidaridad internacional de los trabajadores no debe ser una vana fórmula, ni debe remitirse su realización a un porvenir lejano, como algunos quisieran hacérnoslo creer. Esta es una de las condiciones sine qua non del triunfo de la Revolución.

Tal es la inflexible lógica de las cosas y de las ideas. Esta unión fraternal de los trabajadores de todos los países, propuesta como un sueño de lo porvenir, no sólo debe ser una aspiración, sino un medio de lucha contra nuestros amos y una prenda de triunfo si sabemos realizarla.

Esta idea de la unión internacional de los trabajadores no deja de preocupar a la burguesía. Sabe que en cuanto los pueblos cesen de mirarse como enemigos, ya no tendrá razón para sostener millones de hombres para su defensa, ni realizar esos formidables armamentos detrás de los cuales se cree inexpugnable; por eso ha tratado de erigir en un culto ese dogma de la patria, por eso sus turiferarios lanzan gritos de ganso cuando se dejan oír voces independientes para anatematizar las atrocidades que se encubren con el nombre de patriotismo, para afirmar que la verdadera patria del hombre es la Humanidad.

Agentes del extranjero, miserables, malvados: tales son los epítetos más suaves que nos regalan esos patrioteros feroces. Por supuesto, nada tiene de extraño ese desbordamiento de injurias: esos caballeros, juzgando por sí mismos a los demás, imaginan que sólo se escribe aquello que es bien pagado. Asalariados de la pluma o de la palabra, no conciben que haya quienes hablen o escriban solamente lo que piensan.

¡Vosotros no queréis amenguar las patrias de los demás en provecho de la vuestra: luego sois unos viles! ¡No queréis pregonar a voz en grito, Como nosotros; que vuestra patria es la reina de las naciones y que los habitantes de los demás países no son más que unos pordioseros; luego sois unos agentes del extranjero! Tal es el razonamiento de esos señores; partiendo de ahí para demostrar a los tontos que, si no se aceptan a ojos cerrados todas las infamias que se cometan en nombre de la patria, se es enemigo de ella.

Y he aquí por qué el epíteto de antipatriota tomado últimamente por los internacionalistas para combatir esa torpe campaña de militarismo y de patriotería que pretende impulsar a los hombres a matarse entre sí, ha llegado a ser calumniosamente sinónimo de enemigo de Francia, si se aplica a los antipatriotas franceses; enemigo de Alemania e Italia o Inglaterra, si se aplica á los antipatriotas alemanes, italianos o ingleses; cuando sólo significa amante de la humanidad y aborrecedor de la guerra.

Los antipatriotas no pueden ser enemigos de su propio país, puesto que quieren extender el amor del individuo a toda la humanidad. Haciendo la guerra a la autoridad y al capital, son adversarios de estas dos instituciones lo mismo en los demás países que en el suyo propio. Lo que reclaman no es un cambio de sitio de la autoridad en provecho de un pueblo y con exclusión de otro, sino que desaparezca por completo y en todas partes la autoridad.

¡Adversarios de la autoridad, se nos acusa de querer el caos; adversarios de las formas legales de la familia, de los impedimentos que la ley pone a su evolución natural, se nos acusa de querer destruir sus sentimientos afectivos; adversarios del estrecho concepto de patria, que hace considerarse como enemigos a los pueblos, partidarios de la fraternidad universal, se nos acusa de predicar la sumisión de nuestro país por sus vecinos y el odio a nuestros compatriotas!

Entendámonos. Sabemos que el hombre tendrá siempre ciertas preferencias, recordando con placer los lugares donde haya vivido o sido feliz, donde se hayan desarrollado sus afecciones; un sentimiento de particular benevolencia le llevará siempre a los lugares donde esté seguro de poseer amigos. Y esta simpatía, este amor, lo mismo pueden ponerse en la comarca más árida e ingrata, que en una comarca fértil y encantadora. Cuando se dice que se ama a tal o cual país, los recuerdos que os trae a la memoria, las emociones que os ha hecho sentir, los amigos que en él dejasteis, todo este conjunto de cosas es lo relacionado con ese amor y no el suelo por sí mismo.

Si los hombres creen deber estar más unidos al pueblo que les vio nacer, por el solo hecho de recordarles su nacimiento, ¿qué mal hay en ello, y quién ha pensado nunca en combatir ese sentimiento? ¿Conocemos siempre distintamente todos los móviles que dictan nuestros sentimientos?

Pero porque amemos más que a ninguna otra a tal o cual localidad, ¿es eso una razón para considerar como enemigos a los habitantes de los demás países? Si el patriotismo fuese el sentimiento amoroso exclusivo del suelo, del país donde se ha nacido, no hay ninguna razón para que se extienda a todo un territorio como Francia, Alemania, Rusia, etc., que sólo son conjuntos de patrias más pequeñas. Sería más comprensible el amor a la provincia; y más aún el de la localidad donde se habita o donde se ha nacido. ¿Por qué no declarar legítimos también los odios entre los vecinos de una misma calle? Y si el amor del hombre se ha engrandecido hasta llegar a querer a quienes con él sólo tienen vínculos ficticios, ¿por qué restringirlos más bien a una parte que a otra? ¿Por qué no ensanchar esos vínculos hasta que abarquen la humanidad entera?

La revolución es hija de la evolución

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Hemos visto en lo anteriormente expuesto, que la revolución sigue a la evolución. En efecto, no hay hiato entre ayer y hoy; el mañana es hijo de la víspera; por tanto, la sociedad que nosotros deseamos no podrá establecerse de golpe. Sólo podrá ser lo que los acontecimientos anteriores hayan preparado. Por eso no debemos aguardar a la revolución para vivir segÚn nuestro ideal; y por eso, según nuestros medios, tratamos de adaptar nuestros actos a nuestra manera de pensar.

Es hecho bien probado para nosotros que las reformas otorgadas por la burguesía no pueden conducir a la emancipación de los trabajadores. Como ya hemos desarrollado este modo de pensar en otro trabajo (La sociedad moribunda y la anarquía), es inútil repetirlo ahora. Mientras no se haya hecho tabla rasa con las instituciones que estorban para el libre desarrollo humano, las reformas no serán más que un burdo cebo para engañar a los trabajadores o un perfeccionamiento en favor del capital para que éste siga explotándonos. La abolición de la autoridad y de la moneda, la transformación de la propiedad, es lo único que puede asegurar la emancipación de los trabajadores. Seria absurdo contar con obtenerlo, no solamente mientras esté en el poder la burguesía, sino ni aun de un poder obrero.

Pero por engañosas e ilusorias que sean las reformas, hay individuos que de buena fe creen realizar con ellas una mejora en la suerte de los trabajadores. Imaginan sinceramente conseguir de los Parlamentos transformaciones en el orden social que tengan el poder de aportar al seno de las familias de los trabajadores, ya que no la riqueza, cuando menos el bienestar. Teniendo por nulas las experiencias del pasado y del presente, se empeñan en convencer a los electores de la excelencia de sus panaceas, induciéndoles a votar sólo en pro de los candidatos que les prometan trabajar en la realización de las antedichas reformas.

Por supuesto, aquí hablamos de las personas convencidas que no tienen por oficio la política ni afirman sino los que creen ser verdadero.

Mientras se entretienen en propagar sus reformas, esos evolucionistas convencidos hacen inconscientemente el juego a los politiquillos y desorientan a los trabajadores, haciéndoles esperar progresos que se volverán contra ellos; ayudan a mantenerlos dentro de ese circulo vicioso del parlamentarismo que les hace consolarse de cada desengaño con la esperanza de otra cosa mejor en lo venidero.

Pero cada medalla tiene su reverso; si trabajan inconscientemente en despistar a los trabajadores, los promovedores de reformas trabajan también con igual inconsciencia y bajo la forma negativa, en arruinar el crédito del parlamentarismo. Si las grandes masas no se hartan de desengaños, y después de cada traición siguen llevando sus papeletas a las urnas electorales, los que reflexionan se hacen cargo de la impotencia del parlamentarismo y buscan su emancipación por otro camino.

Y entonces acontece a quienes de buena fe buscan remedios legales contra la explotación y la miseria, que a veces acometen reformas que minan los cimientos de la sociedad burguesa y se hacen tratar por ésta como vulgares revolucionarios. Todo el movimiento de ideas que engendran sirve para preparar el ánimo de los trabajadores, para la revolución social. Los movimientos políticos engendrados por esos reformistas, por la fuerza misma de las cosas pueden convertirse en movimientos económicos más caracterizados.

Los qué han comprendido que la fuerza solamente puede emanciparles, no tienen que preocuparse por este movimiento de reformas; sean sinceros o estén guiados por motivos de ambición personal, los que pregonan las excelencias de la vía parlamentaria no dejan de extraviar al trabajador, y por eso debe combatirse ese movimiento.

Siempre que se discute con un contradictor, debe suponérsele que lo es de buena fe; no se discute su convencimiento, sino las deducciones que saca de sus ideas, los resultados que de ellas espera. Con malísimas intenciones pueden emitirse excelentes ideas, y de muy buena fe las ideas más absurdas; por eso debemos combatir las ideas de nuestros adversarios y no su sinceridad.

Porque nosotros hemos visto que la agitación legal no podía conducir a ninguna solución, y hemos intentado demostrar a los trabajadores que no debían perder el tiempo en esos entretenimientos infantiles, de ahí se ha deducido que éramos opuestos a toda mejora temporal en la suerte de los trabajadores y que teníamos el propósito de hacerlas fracasar. Eso es otro error.

Al pretender demostrar a los trabajadores que no deben esperar nada en beneficio suyo de la clase que los explota, y que toda reforma incompleta sólo es un señuelo, no les decimos que la rechacen si se la conceden; combatimos tan sólo el razonamiento que tiende a hacerles considerar esa reforma como el fin donde ha de llegarse y como capaz por sí misma de emanciparlos. Tratamos de evitarles un desengaño y de romper el círculo vicioso que consistiría en hacerles correr siempre detrás de alguna nueva reforma.

Si fuese posible llevar de frente ambas campañas a la vez (obtención de las reformas y demostración de su impotencia), lo haríamos de muy buena gana, pues la aplicación de las reformas sería la mejor prueba de su inutilidad; pero la sencillez de razonamiento de la muchedumbre no se acomodaría a esta manera de proceder, y quizá no fuese descaminada. Por eso nos vemos obligados a profetizar la impotencia de las reformas, combatir a quienes quisieran afiliarnos en esa campaña, y esperar a que los sucesos nos proporcionen la demostración de nuestro razonamiento, cosa que hacen todos los días, por de contado.

Si las distinciones fuesen precisas, si la sociedad estuviese dividida en dos clases, explotadores y explotados, quizá valiera más eso para la difusión de la verdad. Si los trabajadores no tuvieran entre ellos y sus explotadores todos esos intermediarios que les impiden ver claro y les hacen dudar con sus múltiples argumentaciones, ahorraríase mucha tarea a la humanidad. Pero nos vemos forzados a aceptar lo que existe para combatirlo.

En la sociedad y en la naturaleza no hay tipos de una sola pieza. El veneno más violento puede servir de antídoto, si se toma en dosis conveniente, y si los partidarios de las reformas siembran el error, también contribuyen a desacreditar la organización actual.

Para experimentar la necesidad de nuevas reformas, es preciso que los reformistas hayan evidenciado irregularidades en la organización social que quieren mejorar. Para preconizar esas reformas, es menester que critiquen las irregularidades que están encargadas de impedir. He aquí cómo la literatura y la ciencia contribuyen con su parte alícuota de hechos y de argumentos contra el estado social existente.

De este conflicto de ideas nace por evolución otra corriente, que quizá no ha sido ganada aÚn por la idea revolucionaria; pero que ya no pertenece al partido de la expectativa. La mayoría de los individuos propende siempre a tomar el término medio de las ideas; esta es una nueva razón para que los partidarios del progreso no vacilen en ir demasiado lejos y para que pidan siempre mucho, pues la mayor parte de las gentes están harto predispuestas a contentarse con menos.

Esta tendencia de la multitud a reducir las ideas a su nivel, sería capaz de hacernos dudar del progreso definitivo, si el pasado no nos demostrase que tan retrógrada como es en tiempos tranquilos, otro tanto tiene de arrebatada en tiempos revolucionarios; y cuán fácil es entonces a una pequeña minoría de individuos conscientes y resueltos hacer que la mayoría acepte las ideas más amplias, si ha sido preparada de antemano por una propaganda clara y precisa.

De esta incesante predicación de las ideas resulta también que los individuos bien empapados en ellas llegan a querer realizarlas dentro de los límites de posibilidad que para ello les dejen las leyes existentes. Así consiguen ciertas ideas pasar á la práctica, transformar las costumbres y abrir camino a otras ideas.

Así, a pesar de su horror al amor libre, la sociedad ha llegado a aceptar y respetar ciertas uniones libres, que no han sido sancionadas de ninguna manera por la autoridad ni la religión. La voluntad de los contrayentes ha llegado a imponerlas a quienes les rodean, y hacerlas tan válidas como si la autoridad las hubiese sancionado. Por influjo de las ideas de libertad en las relaciones sexuales, ha tenido que modificar las leyes restrictivas del matrimonio y votar el divorcio.

Todos los días pierde algo de su poder la idea de autoridad, a cada instante pierden los individuos el respeto a las instituciones existentes y tratan de eximirse de su acción. De continuo se ve organizarse los individuos para suplir la acción del Estado, la ayuda del cual creíase tan eficaz, no ha mucho tiempo aún, que nadie se atrevía a emprender nada sin su concurso.

Poco a poco se transforman las ideas, y éstas a su vez transforman las costumbres: la intensidad del convencimiento conduce a los individuos a adaptar el medio a sus concepciones. Estas tentativas se logran o se malogran, pero no pasan sin dejar rastro.

Tales Son las emigraciones hechas con el propósito de realizar en países vírgenes diferentes planes socialistas. La mayor parte fracasan porque las condiciones que exigirían esos ensayos para su buen éxito no siempre son respetadas por los asociados, por falta de tiempo, de medios o de conocimiento.

Y además, por lejos que se esté de la civilización antigua, allí está su influencia aguardando a la menor debilidad de los individuos para ejercer su nefasta acción. Por fuerza tienen que conservar ciertas relaciones con el mundo, siendo tributarios suyos a causa de una multitud de cosas sin las cuales no es posible pasarse, y que la falta de medios impide crear; de ahí la imposibilidad absoluta de vivir con arreglo a su ideal, de suerte que, no pudiendo eliminarse por completo los malos gérmenes sembrados por el estado actual, despiértanse a veces de su letargo y reviven con actividad por nuevos contactos.

Pero esos fracasos no invalidan de ningún modo la lógica de las ideas nuevas; sólo prueban su incompatibilidad con el régimen actual y la necesidad de que desaparezca éste para que las nuevas ideas puedan evolucionar libremente.

Cada vez que los innovadores han puesto en peligro con sus ideas los privilegios burgueses, se han encontrado con imbéciles capaces de proponer que se coja a los descontentos, se les embarque con rumbo a una isla cualquiera, con unas cuantas herramientas, y se les ponga así en el caso de experimentar sus proyectos de sociedad.

Los que han encontrado esta solución son muy amables; pero, permítanos decirles, si no lo sospechan, que su proposición es pura broma.

Imaginase a varios individuos ante una herencia compuesta de vastos terrenos cultivados de los más productivos, una casa para habitar provista de todas las comodidades más nuevas, con todo cuanto el genio humano ha podido inventar, con una biblioteca formada por todas las obras maestras de la literatura y todos los descubrimientos de la ciencia; y que, cuando se tratase del disfrute común de esa herencia, algunos de los herederos hablasen así a sus colegas:

Juntos hemos heredado, es cierto; pero nOsotros nos criamos en esta casa y siempre hemos gozado del lujo en ella reunido, sin hacer nunca nada: vosotros estabais ocupados solamente en hacer que anduviesen las máquinas, en cultivar las tierras, en construir esta finca que heredamos, y no podéis tener la pretensión de vivir como nosotros. Se necesita gente que cultive esas tierras, que compongan esas máquinas, que conserve esta casa; si pudierais disfrutar de ella como nosotros, ya no querríais trabajar, cosa que nosotros estamos resueltos a no hacer tampoco. Sois los más numerosos, y si nos viniésemos a las manos, pudiera muy bien acontecernos no ser los más fuertes; pero somos unos buenos muchachos, y ved lo que podía hacerse. Vamos a costearos el viaje: en la Tierra del Fuego hay territorios que no pertenecen a nadie; os regalaremos herramientas y un pequeño equipaje que os permita comerciar con los patagones; a lo menos, seréis libres para hacer lo que os viniere en gana, sin molestar a nadie. Nosotros, por nuestra parte, podremos seguir haciendo valer nuestra corta herencia, ¡y todos contentos!

Tal viene a ser, despojado de retórica, el razonamiento de los burgueses cuando inducen a emigrar a los trabajadores descontentos de su suerte.

Ellos poseen toda la riqueza, todos los medios para producir, todos los conocimientos humanos, todos los frutos de la civilización, todos los medios de desarrollo que debemos al trabajo de las generaciones pasadas. Y cuando les reclamamos nuestra parte en esa herencia, pretended mandarnos a paseo a la Groenlandia o al país de los Botocudos, que nada nos deben. No queremos ir tan lejos, ni buscar lo que allí no existe, cuando lo tenemos aquí a mano. Por nuestro trabajo, tenemos derecho a lo que existe; y esos derechos sabremos hacerlos valer.

Juntamente con los individuos que van a lejanas tierras para realizar su ideal de sociedad, cuyos ensayos son interesantes a pesar de todo, y hasta cuyos fracasos son lecciones para tentativas mejor combinadas, hay otros individuos que tratan de realizarlo dentro de lo posible en medio de la sociedad actual.

Unos, en los actos de su vida privada, en sus relaciones con quienes les rodean; otros, agrupándose para dar a la tentativa mayor extensión y un alcance más significativo.

Así fue cómo antes de la reacción del 93 se había formado un grupo de individuos con el fin de organizar un taller donde cada uno acudiría a trabajar, en las horas de que pudiera disponer, con el propósito de producir objetos para ponerlos a disposición, no sólo de los asociados, sino también de los vecinos y amigos, no exigiéndoles en cambio nada más que el sincero estudio de las ideas que servían de móviles al grupo.

Lejos de conducirse como las sociedades cooperativas de producción o de consumo, en que cada cual resulta pagado a prorrata de lo que en ellas pone o produce, sólo se hacía un llamamiento a la actividad de los individuos.

Fabricados ya los objetos, hubierase preguntado quién era el que más los necesitaba; o, antes de fabricarlos, se hubiera pasado revista de cuánto podía fabricar el grupo y cuáles eran las necesidades de los individuos, para producir los objetos requeridos.

El grupo se hubiera abstenido de toda operación mercantil o que se le pareciese. Al extender sus relaciones dentro del mayor círculo posible y a las comarcas más remotas, de imposible vigilancia, para conservar al grupo el carácter de mutuo auxilio por medio de cambio de servicios y no de productos, sólo hubieran exigido buena fe a quienes a él acudiesen. Cada cual hubiera tomado en el stock de las producciones cuanto le hiciese falta, sin más límite contra el abuso que su propia discreción, y sin contribuir más que con lo que le dictase su misma espontaneidad. Una suscripción voluntaria en metálico hubiera formado los fondos necesarios para la compra de las primeras materias que hubiesen hecho falta al grupo.

Este grupo (La comunidad anarquista de Montreuil, fue el título que tomó del nombre de la localidad donde tenía su residencia o domicilio) llegó a alquilar un taller y comenzó a fabricar y componer muebles de quienes a él se dirigían. Arrendó un campo, donde los asociados se proponían cultivar las legumbres y hortalizas suficientes para las necesidades de sus casas; y hasta se calculaba recolectarlas en exceso, el cual se distribuiría a los individuos a quienes se supusiera capaces de comprender la idea.

Más adelante, si el desarrollo del grupo se hubiese prestado a ello, pensábase fundar una biblioteca, donde se reunirían los mejores libros de ciencia, de literatura y de historia, para instrucción de quienes quisieran consultarlos. De continuar los progresos, también se hubiera añadido una escuela de niños.

Como cada uno hubiera podido tomar del acervo común sin verse obligado a aportar a él nada -nos dirán los burgueses- la asociación no hubiese durado mucho tiempo, pues todo el mundo habría querido sacar siempre del fondo y no poner nada en él.

El grupo no vivió lo suficiente para que pueda saberse lo que hubiera podido producir. La burguesía no quiso aguardar; se las compuso de modo que apareciesen complicados algunos miembros del grupo en su famosa asociación de malhechores, y mató así la tentativa por medio de la persecución.

En todas partes hay parásitos, y muy bien hubiera podido acontecer que alguno se colase entre ellos, lo cual no habría probado nada en contra; pero si esa experiencia hubiese podido proseguir, hubiera acostumbrado a los individuos a practicar la solidaridad, a prescindir del uso de la moneda entre ellos, prestándose servicios mutuos y sin valorarlos. Uno hubiera aportado allí su fuerza para trabajar, otro su ingenio o su saber, otro las primeras materias. ¿Qué mejor ensayo podría hacerse en la sociedad actual? ¿Qué mejor táctica para probar a los individuos que puede organizarse una sociedad sin valores de cambio, sin autoridad, sin evaluación de las fuerzas gastadas, que poniéndolos en el caso de verlo practicar ante sus ojos?

El método de poner a los individuos a quienes hubieran juzgado capaces de comprender su ideal, en el caso de aprovecharse de los trabajos del grupo, de seguro que a muchos les hubiese inclinado a tomar participación en él. Algunos hubieran podido abusar y burlarse de los promovedores de buena fe; pero los que no están completamente podridos por la sociedad burguesa nada hubiesen querido tomar del fondo común sin aportar a él algo; y aun sin aceptar la idea, por no comprenderla, habrían tratado de utilizar su buena voluntad en la producción. La práctica les hubiera hecho así comprender la teoría.

Las asociaciones cooperativas de producción y de consumo pueden proporcionar una relativa mejora en la suerte de quienes forman parte de ellas; pero están lejos de ser la solución del problema, pues convierten a los socios en unos capitalistas y unos explotadores tan reaccionarios como los burgueses, si no más.

Poniendo acciones de participación en los beneficios en manos de los trabajadores, les hacen esperar una acumulación de capitales que les convertirá en otros tantos rentistas; dándoles posibilidad de explotar a los demás, les hacen esperar una emancipación personal que persiguen a toda costa, con perjuicio de sus hermanos en miseria. Las sociedades de socorros mutuos y de seguros sobre la vida, lejos de ser una práctica de solidaridad, no hacen más que poner en juego el egoísmo más estrecho, pues el que enferma a menudo queda fuera de la asociación, la cual sólo puede prosperar si tiene pocos enfermos. En cuanto a las sociedades que se proponen dar a sus socios rentas al cabo de cierto tiempo, tienen mucha más gracia todavía: cada uno desea ver morir a sus consocios antes de que lleguen a la edad de cobrar las rentas, pues éstas no pueden pagarse sino cuando ha fallecido cierto número de derecho-habientes.

Una asociación que evolucionara sobre las bases que acabamos de decir, sería la realización práctica de la solidaridad, del auxilio mutuo, tal como nosotros lo comprendemos; los individuos hubieran podido encontrar en ella un lenitivo para su suerte, sin adquirir ese amor al lucro que dan las organizaciones capitalistas; hubieran aprendido allí a tratarle como hermanos, a esperar su satisfacción individual de la felicidad colectiva, en vez de ver en cada asociado un enemigo, que, por la parte que toma en las producciones, aminora en otro tanto la parte de los demás.

Si esa tentativa hubiese tenido buen éxito y se hubiese desarrollado en cierta extensión, es imposible prever las perturbaciones que tal modo de obrar hubiera causado en la sociedad burguesa, sin estar por eso en antagonismo con ninguna de las leyes existentes.

Si en diversos lugares hubiesen logrado formarse grupos y entrar en relación unos con otros, hubieran podido abarcar en gran parte los diferentes ramos de la actividad de los individuos, lo cual les hubiera permitido ensanchar su campo de acción. Siendo numerosos los afiliados, unos habrían podido aportar primeras materias, que ya no sería preciso adquirir por compra; otros, géneros alimenticios y objetos de consumo. Un primer núcleo de individuos hubiera podido encontrar allí ocupación y medios de existencia, sin tener ya necesidad de alquilar su fuerza de actividad a los explotadores. Así hubiera podido comenzar el grupo a librarse de las horcas caudinas del capital en una multitud de cosas.

Es evidente que no habría podido librarse de ellas por completo: mientras exista la sociedad actual, será imposible a los individuos emanciparse enteramente de su yugo. El suelo, las minas, los medios de transporte están monopolizados por el capital; no podemos pasarnos sin ellos, y no pueden reconstituirse aparte. Pero ¡cuántas cosas habrían podido hacerse dentro del pequeño radio de acción que se hubiera podido establecer; y qué radicales mudanzas habrían podido producirse, si en el transcurso de los tiempos los trabajadores hubiesen sabido eximirse en parte de la explotación mercantil y del industrialismo capitalista!

Una organización análoga que consiguiera desarrollarse dentro de la sociedad actual, prepararía su ruina. Tarde o temprano, los burgueses tomarían medidas contra ella para contener su extensión. En el presente caso no se dieron a aguardar mucho; pero tras de una tentativa sofocada en su cuna, pueden renacer otras diez y proseguir la evolución a despecho de las medidas reaccionarias.

Las medidas reaccionarias pueden poner obstáculos al desarrollo de una idea, pero no paralizarlo del todo. A menudo no hacen más que acelerarlo; por eso no desesperamos de ver análogas tentativas repetirse bajo diferentes formas quizá, según el influjo de las circunstancias que les den origen, pero con idénticas tendencias finales. Una fuerza interior impele a los individuos a adaptar sus actos a su propia manera de pensar. De grado o por fuerza, cuando el convencimiento llega a cierto límite de intensidad suficiente, es necesario que esa adaptación se efectúe, ya eludiendo los obstáculos, ya pasando por encima de ellos con violencia.

Llega un momento en que esos ensayos se multiplican hasta el punto de no ser ya posible al poder existente el impedirlos; cuando las ideas nuevas hayan llegado a ese punto empezará la decadencia del imperio burgués. Eso será el comienzo de la sociedad futura; será menester que abusos y privilegios desaparezcan ante el espíritu de autonomía y de solidaridad, que se habrá abierto paso y reclamará su libre desarrollo.

La revolución será inevitable, porque los privilegiados jamás abdican de buena voluntad; teniendo de su mano el poder, lo emplean en prolongar su dominación. Como el espíritu nuevo se ha desarrollado, pero existe aún el antiguo orden de cosas y tiene de su parte la fuerza social para combatir a su enemigo, es inevitable la lucha. La evolución está hecha, pero envuelta en una red de leyes y restricciones que tienden a sofocarla y que aquella debe romper a toda costa si no quiere perecer: aquí la evolución se transforma en revolución.

Esta última es necesaria para barrer el terreno de los privilegios y abusos que se oponen al desarrollo de la humanidad; pero la sociedad futura puede comenzar antes de la revolución (podemos esperarlo en parte), desde el día en que formemos un gran núcleo los convencidos de nuestro ideal.

Las herramientas mecánicas

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Hemos dicho que la revolución es fatal, y, para quien estudie los fenómenos sociales, esto no es una afirmación aventurada, sino el enunciado de una verdad que saltaría a la vista de todos si lo complejo de esos mismos fenómenos no nos ocultase su curso real, enmarañando de tal suerte las cosas, que harto a menudo tomamos los efectos por causas y las causas por efectos.

Así, muchos trabajadores heridos por el hecho brutal de su reemplazo por la maquinaria, han tomado odio a ésta, llegando a desear su supresión, sin darse cuenta de que no por eso dejarían de seguir siendo ellos también unas máquinas de producir, y de que la supresión de las máquinas no les produciría sino un alivio momentáneo y relativo, el cual no tardaría en desaparecer por la rapacidad de los explotadores.

Es evidente que en la sociedad actual las máquinas ocasionan grandes perjuicios a los trabajadores, digan lo que quieran los economistas, quienes hacen resaltar que las herramientas mecánicas economizan las fuerzas del obrero y que reduciendo los gastos de producción traen consigo la baratura de los productos, de la cual se aprovechan los trabajadores en cuanto son también consumidores. Esto no es más que el lado bueno de la cosa, lo cual sería cierto si la sociedad estuviese mejor organizada; pero que actualmente dista mucho de ser exacto por la explotación del capital.

Las máquinas, produciendo más de prisa, han aumentado al mismo tiempo el consumo, haciendo disminuir el coste de los productos, es cierto; pero si esa disminución ha aportado a los trabajadores algún beneficio, tiene que ser limitadísimo, puesto que lo mezquino de sus salarios no les permite satisfacer sino una parte muy mínima de sus necesidades. Por tanto, la facultad suya de consumir está limitada desde luego, mientras que el poder productor de las máquinas no está limitado por nada.

O, a lo menos, si está limitado por algo (las necesidades del consumo), esa limitación va en contra del trabajador, porque produciendo indefinidamente las máquinas y no habiendo aumento de consumo, esto ocasiona paros, o sea la miseria de quien sólo cuenta con el producto de su trabajo para poder vivir.

Además, las máquinas, con sus movimientos combinados y regulados de antemano, hechos automáticamente, han conseguido rebajar la instrucción profesional. Más pronto se aprende a conducir una máquina que a fabricar un objeto. En gran número de profesiones, a los ocho días de práctica, un individuo es capaz de dirigir la máquina a él encomendada; cuando antes hubiera necesitado varios años de aprendizaje para ser capaz de producir uno solo de los objetos que ahora salen a centenares por los engranajes del artífice de hierro.

Indudablemente, esta facilidad de adaptarse a un oficio podría ser provechosa al obrero, permitiéndole encontrar trabajo en otro oficio, cuando no lo tiene en el suyo. Pero también en esto, la organización capitalista ha sabido convertir esta ventaja en su provecho.

Cualquiera que fuese la rapacidad de los capitalistas, antes que la maquinaria hubiese invadido la industria, existían consideraciones que se veían obligados a tener en cuenta; y cuando tenían un personal hábil, ejercitado, inteligente, érales preciso hacer algunos sacrificios para conservarlo.

Hoy no hace falta ya nada de eso; es suficiente con que tengan uno o dos hombres que conozcan la manera de proceder de la casa y capaces de desbastar a un personal nuevo. El resto no es sino un vulgar rebaño, a quien se aprovecha cuando se le necesita, y se tira al arroyo cuando ya no hay en qué ocuparlo.

Además, esa facilidad en reemplazar su personal, ha hecho a los capitalistas mucho más exigentes y arrogantes. En otro tiempo, un obrero que tenía conciencia de su valer, podía permitirse el lujo de mandar a paseo a su señor patrón, cuando este se mostraba demasiado exigente. Hoy no basta ya ser asiduo en la tarea, conocer bien su oficio; es preciso ser humilde y sumiso con su excelencia el capitalista. El personal no escasea en el mercado; la fuerza, la actividad y la inteligencia, son géneros de clase corriente; exíjanse además la humildad y la vulgaridad.

Más, no paran ahí los efectos nefastos de la maquinaria. Estar ocupado todo el día en seguir las evoluciones de una máquina para ver salir de ella un pedazo de hierro estampado, no tiene nada de recreativo ni que pueda ensanchar el entendimiento; y cuando este trabajo se repite todos los días, sin tregua ni sosiego, durante años y años, compréndase que quien sólo ha hecho eso en toda su vida sea incapaz de otra cosa si llega a faltarle esa ocupación, y que esta incapacidad le deje a merced de quien le explota.

A todas esas causas de ruina para el trabajador, añádase su reemplazo junto a las nuevas herramientas mecánicas por las mujeres y los niños; y ya no es de extrañar que, al ver los efectos al parecer derivados de su introducción en la esfera industrial, achaque a las máquinas los males que sufre.

Basta mirar en torno nuestro, para ver que describimos con exactitud lo que está pasando. En cada corporación, el obrero desaparece para ceder el puesto al especialista. En cuanto a este último, sujeto al movimiento regular y automático de la máquina, cuya velocidad es mayor cada DIA, su atención experimenta una tensión tal de esfuerzo, exigida por su cotidiana labor, que el trabajo se le hace mucho más fatigoso que cuando lo realizaba sin ayuda de la máquina.

El reemplazo del obrero masculino y adulto por la mujer y el niño, así como la facilidad del aprendizaje, no son las únicas razones de los paros, sino sus menores causas.

Con diez, veinte o treinta obreros, la máquina hace el trabajo que en otros tiempos hubiera requerido el empleo de treinta, cincuenta o cien. A veces, ciertas modificaciones permiten desempeñar con uno o dos hombres la tarea de varios centenares. Cuando en otra época el industrial necesitaba seis meses para entregar un pedido, ahora está pronto a satisfacerlo en quince días con la mitad de la gente.

Antaño, veíase obligado el industrial a fabricar por anticipado, para estar en condiciones de dar abasto a los pedidos que preveía; esto era en él una razón para no desprenderse de su personal, con el fin de tenerlo siempre a mano, lo cual disminuía las causas de paro; y como sus instrumentos de trabajo eran de los más rudimentarios, érale preciso poder contar con un personal hábil en el oficio; y, aunque los pedidos amenguasen un poco, veíase forzado a arreglárselas para conservar su personal de operarios.

Ya no acontece lo mismo. Con las máquinas que reemplazan a centenares de obreros, con el innumerable ejército de los faltos de trabajo que esperan todas las mañanas a la puerta de las fábricas, el capitalista no necesita ya preocuparse por aquellos a quienes echa a la calle en los tiempos de escasez de salida para los productos. ¿Se presenta un pedido? ¡Pronto se buscan diez, veinte, cien trabajadores, según las necesidades! ¿No vuelve a haber otro mientras se satisface ese pedido? ¡Está bien: todo el mundo a la calle! Y empieza la cruel peregrinación en busca de trabajo: vuelta a empezar con esas largas permanencias a la puerta de las fábricas a las horas de abrirse, con sus esperanzas, sus desengaños y sus angustias.

En otro tiempo salíase por la mañana, se llamaba a la puerta de los talleres, se ofrecían sus servicios, y así podían visitarse en el mismo día gran número de fábricas. En la actualidad es preciso estar tempranito, cuando se abre el taller, para pasar revista ante el contramaestre, que, siendo libre de elegir, alista a quienes se les antoja. Con este sistema, si no quedáis contratados ¡día perdido!; pues, abriéndose los talleres a la misma hora poco más o menos, ya se ha hecho tarde para acudir a los otros.

Y así, de día en día, de mejora en mejora, la explotación capitalista se perfecciona, se hace más sabia, le permite economizar tiempo, combinando mejor sus movimientos; pero esa mejora es a costa de los trabajadores, que, en definitiva, son qUienes pagan los vidrios rotos y hacen el gasto, pues todos los días se ven un poco más encadenados, un poco más miserables.

Pero los economistas, gentes muy sensatas y muy científicas (ellos son quienes lo dicen), no se apuran para responder a esto:

Es verdad que hay miseria. La culpa de ello la tiene el planeta, por no haberse adaptado aún a nuestras necesidades…

Y añaden con hipocresía:

Es cierto, nuestra sociedad comete muchas injusticias, despilfarra muchas fuerzas; pero, en último término, la evolución sigue su curso natural, y no tenemos más remedio que inclinarnos ante los hechos.

Y siguen diciendo los economistas:

Los socialistas quisieran repartirse la fortuna de los capitalistas. ¿Qué produciría esto a cada uno? ¡Una miseria! ¿No es mejor que unos continúen siendo dueños de todo y otros sigan muriéndose de hambre? Estos últimos tienen por lo menos la satisfacción de saber que la parte que se les quita contribuye a aumentar el bienestar de una clase de individuos interesantísima ¡vaya! -estamos en ello- y que es la élite a la crema de la humanidad.

Hasta han hecho el cálculo de lo que ese reparto podría producir. El Sr. Novicow (La lucha entre sociedades humanas, Alcan editor) estima toda la fortuna de Francia en 200.000 millones de francos: Repartida entre todos sus habitantes, tocarían unos 21.000 francos a cada familia de cuatro personas. Y 21.000 francos sería la miseria para familia. El Sr. Novicow deduce de ahí: que no merece la pena ese tal reparto; que la miseria es una cosa independiente del capital, y que todo va, si no bien del todo, por lo menos lo mejor posible.

Sin ofender al Sr. Novicow, quien, según parece, es un banquero muy rico, diremos que no todo el mundo siente el mismo aristocrático desdén que él hacia unas cantidades tan pequeñas. Al 3 por 100, 21.000 francos aún rentarían 630 anuales. Es evidente que con 630 francos una familia no podría vivir sin trabajar; pero sería mucho más de lo que algunos se atreven a pedir el ver aumentado en 600 francos el salario de las familias jornaleras.

Niveladas así las fortunas, ya no habría lujo, es verdad; pero tampoco habría individuos muertos de hambre, lo cual es digno de considerarse.

Pero es el caso que hoy nadie propone el reparto de las fortunas; por el contrario, lo que se quiere es que todas juntas constituyan un solo fondo común, para hacerlas producir a satisfacción de todos los hombres y que no sirvan exclusivamente para el goce de unos cuantos.

La causa de la miseria (y más adelante daremos otras razones), no tanto consiste en que unas pocas personas hayan acaparado todos los capitales, cuanto en que se sirven de esos capitales para poner trabas a la producción. Cuando un industrial ya no tiene pedidos, aminora su producción; los obreros no trabajan entonces y disminuyen su consumo, lo cual contribuye también a paralizar la producción. Si el mercader no hace ya pedidos cuando tiene llenos los almacenes, consiste en que no hay compradores, pero no en que falten los productos. Haya nuevos pedidos, y en seguida prosigue su curso la actividad. Los trabajadores vedse obligados a que se vacíen los almacenes para poder reanudar el trabajo.

¿Querrían explicarnos los señores economistas por qué se aminora siempre así la producción, por qué no se ha visto nunca cerrarse una fábrica con motivo de no encontrar primeras materias para convertirlas en productos manufacturados? ¿En qué consiste, que una acumulación de riquezas produce la miseria?

Un economista ha dado la explicación, pero sin deducir de ella todas las conclusiones que entraña. En una de sus obras (Novicow, Los despilfarros en las sociedades modernas, Alcan editor) explica que el gran error de los hombres estriba en considerar como riqueza el oro y la moneda, que sólo son una representación de aquélla, cuando la verdadera riqueza consiste en los objetos de consumo.

En efecto, la moneda no es más que un medio de cambio, sólo existe en limitado número, hay leyes que regulan su fabricación. Es verdad que esta representación de la riqueza circula entre diferentes manos, pero algunos la han acaparado y con ella dominan a la humanidad.

La tierra, las minas, el mar están dispuestos a inundarnos con sus productos; las máquinas están prontas a transformarlos con arreglo a nuestras necesidades; y los que sólo tienen sus brazos para vivir, no piden otra cosa sino ocuparlos.

Pero ¡ah! esto no basta. Antes de producir otros objetos cuya acumulación disminuiría el valor de los que existen almacenados, los hombres que se apoderaron de los medios de producir quieren dar salida a los géneros que poseen, para lo cual suspenden la producción, y eso hace que, en ciertas manos, una riqueza excesiva engendre una gran miseria para los productores. Los que quieren una sociedad en donde puedan ser satisfechas todas las necesidades no piden, pues, el reparto de las riquezas existentes, sino una organización social donde el egoísmo de unos no pueda ser perjudicial para los demás.

Más adelante tendremos ocasión de tratar otra vez de este asunto. Volvamos a las herramientas mecánicas.

Los economistas se extasían pensando en el inmenso trabajo requerido por la fabricación de la maquinaria existente y en el bienestar que ha aportado a los trabajadores. Es un hecho el que durante todo el periodo en que comenzó a desarrollarse el industrialismo, la construcción de máquinas, creando nuevas ocupaciones para aquellos a quienes suplantaban en el taller conforme iban construyéndose, el equilibrio se sostuvo por algún tiempo, llegando a inclinarse en favor de los trabajadores, pero eso fue temporal nada más, y duró muy poco, apenas una generación. Hoy está roto el equilibrio en favor de los capitalistas.

La maquinaria se ha perfeccionado gradualmente; existe un material capaz de llenar todas las necesidades y no exige ya más que conservarse, operación que requiere un personal muchísimo menor que cuando era preciso construirlo en todas sus partes.

A pesar del alivio momentáneo de que disfrutaron los trabajadores, sus medios de consumo han sido siempre de los más restringidos; grandes números de sus necesidades han tenido que quedar por satisfacer. Ha llegado el hacinamiento de productos acumulados en los almacenes; audaces especuladores han aprovechado de ello para producir alzas o bajas según convenía a sus intereses particulares, arruinar a sus competidores y desenvolver el agio a sus anchas; pero eso no desocupaba los almacenes. El comercio padece plétora, y los trabajadores hambre, junto a los productos fabricados por ellos.

Durante largo tiempo, creyose que las conquistas coloniales servirían de desahogo a esa plenitud excesiva de productos que nos embaraza (!); pero son más difíciles cada vez, pues las grandes potencias se han apropiado casi por completo lo que era apropiable. Además, no se han contentado con explotar mercantilmente a los pueblos a quienes iban a proteger, sino que también han querido explotarlos industrialmente, haciéndoles doblegarse bajo un régimen que no podía convenirles. No se ha hecho esperar el resultado: las razas más vigorosas quedan tan saturadas de los beneficios de la civilización, que a cabo de dos o tres generaciones revientan a consecuencia de ellos. Los pocos individuos que sobreviven a las matanzas sistemáticas se aniquilan lentamente por la tisis, el alcoholismo y la sífilis.

Allí donde lo numeroso de la población era capaz de fatigar los esfuerzos de los civilizadores y de llenar con su prolificidad los huecos hechos por la civilización, los pueblos han podido sostenerse; pero se empieza a someterlos al yugo industrial. Ya comienzan (como las Indias, por ejemplo) a inundar los mercados con sus productos y hacer competencia a los productores de la madre patria, ese tragadero que devora a sus propios hijos.

Por eso, a consecuencia de este hermoso régimen, se precipitan las bancarrotas colosales, contribuyendo a hacer más abrumador aún el malestar general. Los especuladores se aprovechan de él para organizar gigantescas pesquerías de capitales con el señuelo de sus promesas de dividendos insensatos; porque cada uno quiere enriquecerse lo más pronto posible, volviendo la espalda al trabajo, que, no sólo no enriquece a quien lo practica, sino que ni siquiera existe ya para todos.

Cada cual vende lo que puede, hasta lo que no tiene (¿no se ha hablado de personajes políticos que han vendido su conciencia?). En último término, los capitales se reconcentran en manos de una minoría cada vez más restringida, precipitando diariamente en el abismo del proletariado a algunos nuevos rentistas, propietarios, industriales y comerciantes en pequeña escala, que se han dejado coger entre los engranajes de la especulación.

Para atraerse a estos últimos, ciertos socialistas se compadecen de su suerte; nosotros no tendremos esa hipocresía, porque su suerte no nos inspira lástima, y nos parece que quien jamás conoció otra cosa que la miseria es mucho más interesante que quien sólo buscaba su bienestar explotando a los otros.

En esa clase de capitalistas de baja estofa es donde se encuentran los más feroces reaccionarios, los explotadores de menos entrañas; como su avidez y su amor al lucro están en razón directa de todo el lujo que ven por encima de ellos, esperan alcanzarlo haciéndose cada vez más rapaces.

Cuando los grandes rentistas les roban su modesto peculio, con ayuda de embusteras promesas, y los arrojan al fondo de la Gehenna de donde querían salir encaramándose por encima de los hombros de los demás, llevan su merecido, cosechan los frutos de su ceguedad. Su interés bien entendido les aconsejaba ponerse junto a los trabajadores, solidarizar sus intereses con los de éstos, intentar a un tiempo su emancipación común; pero su egoísmo, su inmoderado afán de ganancias y su vanidad les empujaron hacia los grandes explotadores. ¡Peor para ellos, si éstos les aplastan! Quien se propone engañar a otro, se engaña a sí mismo, dice un refrán antiguo. Por esta vez tiene razón la sabiduría de las naciones, lo cual no le sucede tan a menudo.

Los trabajadores no saben entenderse entre sí: esta es la causa de su debilidad. Pero, por fortuna, si los burgueses están unidos para explotar al trabajador, no lo están de ningún modo para saber conducir la defensa de su sistema.

La competencia sin freno, la competencia a muerte que rige a su sociedad, impera entre ellos con la misma energía que entre sus víctimas. Su sociedad es una partida de caza donde todos corren enardecidos tras de la pieza, chocando entre sí, tirándose al suelo unos a otros, pisoteándose, para llegar el primero, y defendiéndose a su vez para disputar cada uno la presa, en la cual todos quieren tener participación. Desde el comienzo de la partida, suena el toque de reparto, y en seguida empieza éste, continuando después sin interrupción, renaciendo sin cesar la víctima bajo el cuchillo de los cazadores que la destrozan para apropiarse tajadas de ella. Pero la víctima no ha muerto, puede volver a ponerse en pie, y así lo hará, gracias a las divisiones de los burgueses, quienes, solidarios en la idea de explotación, ya no lo son en la manera de realizarla.

Si los burgueses pudieran prescindir de sus intereses personales para favorecer sus intereses colectivos como clase, la situación sería insuperable para los trabajadores. De la coalición de los burgueses resultaría un conjunto de medidas para remachar de un modo indefinido las cadenas de los trabajadores, perpetuando su yugo. Por fortuna, es imposible esa coalición: el amor al lucro individual les domina hasta el punto de no comprender sus intereses de clase; las ambiciones políticas les llevan a hacerse unos a otros guerras sin cuartel.

Las culpas de la burguesía contribuyen tanto como la propaganda socialista a demoler el edificio del orden burgués. El sistema mismo produce el gusano roedor que lo carcome. Es de plena lógica que lo anormalmente constituido produzca las causas que lo destruirán. No nos quejemos de eso: desempeñan una parte de nuestra tarea.

No están lejanos los tiempos en que quienes aún temen la revolución llegarán a mirarla con menos espanto. La sociedad misma ha de conducirles a desear esa conmoción que les ha de librar de las torpes inmundicias con que nos ensucia todos los días.

La idea revolucionaria gana terreno continuamente, se graba poco a poco en los cerebros, se difunde por el aire formando una segunda atmósfera que respiran los individuos, y en la cual se baila y empapa todo su ser. Dejémosla seguir conquistando terreno: no está lejos el día en que baste un pequeñísimo choque para que estalle, arrastrando dentro de su torbellino, en el asalto del poder, en la destrucción de los privilegios, a los que en la actualidad sólo piensan en la lucha con temor y desconfianza.

Trabajadores: es cierto que en la sociedad actual os perjudican las máquinas. Ellas son quienes os quitan el trabajo, ocasionan los paros, hacen bajar los jornales; ellas, quienes, en un momento dado, haciendo echar a la calle a gran número de los vuestros, os obligan a luchar unos contra otros para disputaros las piltrafas con que vuestros amos os alimentan, hasta el día en que el exceso de la miseria os fuerce á tomar extremas resoluciones.

Pero ¿es a ellas a quienes debéis achacar todos estos males y culparlas de que ocupen vuestro puesto en el trabajo? ¿No estaríais satisfechos de no tener ya más que cruzaros de brazos y mirarlas producir en lugar vuestro? Domar las fuerzas naturales para obligarlas a poner en movimiento esa maquinaria y hacerle producir la riqueza para todos, exigiendo menos esfuerzos a los individuos, ¿no sería el más bello ideal que a la humanidad pudiera dársele?

Pues bien, compañeros; eso puede hacerse si lo deseáis, si sabéis libraros de los parásitos que, no sólo absorben el producto de vuestro trabajo, sino que además os impiden producir según vuestras necesidades.

La máquina es un mal dentro de nuestra sociedad, porque tenéis unos amos que han sabido convertir en su exclusivo provecho todas las mejoras hechas por el genio y la industria del hombre en los medios de producción.

Si esas máquinas perteneciesen a todos, en vez de pertenecer a una minoría, las haríais producir sin tregua ni descanso; y cuanto más produjesen más dichosos seríais, porque podríais satisfacer todas vuestras necesidades. Vuestra producción sólo tendría por límites vuestra facultad de consumir. Cuando vuestros almacenes estuvieran llenos, no os entretendríais en producir cosas que no os hiciesen falta, sino que entonces disfrutaríais de vuestro descanso en paz, sin el temor a la miseria como hoy, cuando sufrís un paro forzoso. En la sociedad actual no se os paga cuando no trabajáis; con otra organización muy diferente, habiendo desaparecido el salario, dispondríais de lo que produjerais, y su abundancia sería para vosotros riqueza y no miseria.

En estas condiciones, las máquinas os darían bienestar. Luego no son ellas la causa de vuestra miseria, sino los que las emplean como un medio de explotaros.

Compañeros de miseria: cuando, extenuados por un largo paro forzoso y desesperados por privaciones de todas clases, llegáis a maldecid de vuestra situación y a pensar en los medios de aseguraros otra mejor, atacad las verdaderas causas de vuestra miseria, la organización capitalista que os convierte en máquinas de máquinas, pero no maldigáis a esa maquinaria que os redimirá de las fuerzas naturales, si sabéis libertaros de quienes os explotan. Os dará el bienestar… si sabéis haceros dueños de ella.

Fatalidad de la Revolución

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Lo que más asusta a un gran número de trabajadores para realizar las ideas nuevas acerca de la organización social y les hace agarrarse al parlamentarismo y a la campaña para conseguir reformas, es esa palabra de revolución que les hace vislumbrar en el horizonte todo un porvenir de luchas, de combates, de sangre derramada. Por muy triste que sea la situación presente, el miedo a lo desconocido hace vacilar a los más miserables; por triste que sea la vida, se tiembla ante la idea de verse algún día obligado a echarse a la calle y sacrificarla por un ideal que acaso no se vea realizarse.

Y luego, ese poder que se trata de derribar es terriblemente fuerte; rara vez le ha sido permitido a los trabajadores contemplarlo de cerca; y visto de lejos, paréceles un coloso que se ríe de sus esfuerzos, contra él cual es inútil luchar, pues no tiene sino hacer un gesto para poner en movimiento un tremendo aparato de represión que triture a los imprudentes que se atrevan a atacarle.

Las revoluciones pasadas, que se volvieron todas contra su objetivo y dejaron al trabajador siempre tan miserable como antes, no han contribuido poco a hacerle escéptico respecto a una revolución nueva.

¿De qué sirve pelear y hacerse romper la cabeza, dice en sus adentros, para que una pandilla de nuevos intrigantes me explote en reemplazo de los que actualmente están en el poder? … ¡No seria yo mal tonto!

Y a la vez que gime por su miseria y murmura de los charlatanes que le han engañado con promesas que siempre se aplazan, tapase los oídos contra los hechos que le dicen a gritos la necesidad de un acto varonil, y cierra los ojos para no tener que considerar la lucha que se prepara, la cual en el fondo sabe que es inevitable, la cual reclama imperiosamente a grito herido en sus días de luto y de cólera.

Escóndase bajo tierra, en su temor a lo desconocido, negándose a reconocer que la miseria reinante en torno de él ha de alcanzarle mañana y de enviarle, con los suyos también, a aumentar el montón de los hambrientos que viven de la caridad pública.

A pesar de todo, parécele inevitable una mudanza de fortuna; no puede creer que haya de vivir siempre en la miseria, ni es posible que sea eterna la injusticia. Atrévese a esperar que lleguen tiempos en que cada uno saciará su hambre y en que se andará erguido, con la cabeza levantada, sin tener nada que temer de nadie. Pero espera repentinos acontecimientos providenciales que le eviten echarse a la calle; en sus sueños ve resolverse por sí misma la situación, incógnitos salvadores arrojarle felicidades a manos llenas. Y entonces se agarra con todas sus fuerzas a los que le hacen esperar ese desenlace feliz, ese cambio conseguido sin lucha y sin esfuerzos; aclama a quienes escarnecen a los usurpadores del poder,’ pareciéndole que a este mismo es a quien se hiere; sube al pináculo de la gloria a los que le prometen las reformas más bonitas, y le hacen vislumbrar toda una legislación favorable a él, y se apiadan de su miseria con promesas de aliviarla.

¿Cree más en ellos que en quienes le muestran la revolución como solución única de sus males? Probablemente no. Pero le hacen esperar un cambio de suerte sin que tenga que tomar participación directa en la lucha, y eso le basta. Se adormece en su quietud, esperando verles manos a la obra, para volver a comenzar a quejarse cuando les vea eludir sus promesas y alejarse la hora de su realización… Hasta el día en que, acosado por el hambre, llegando a sus últimos límites el asco y la indignación, se levantará por fin de tan largo decaimiento y hará pagar en un día largos siglos de miseria y de rencores.

Si los burgueses comprendieran bien la situación, podrían demorar ese vencimiento por largo plazo aún, podrían hacer durar muchos siglos esa esperanza de un milenario que traiga a todos la dicha en la tierra. Ya hemos visto que su rapacidad y la competencia reinante entre ellos les hacen contribuir a la evolución fatal, trabajando ellos mismos para destruir sus propias instituciones.

Sin embargo, tienen buen cuidado de no proponer sino reformas insignificantes, que no puedan perjudicar en nada a sus privilegios, ni restringir de ningún modo su posibilidad de adquirir. Pero esas reformas preconizadas por ellos cuando dirigían el asalto contra las funciones lucrativas, les dan miedo en cuanto consiguen ser dueños de éstas. Esas cosas que les sirvieron de máquina de guerra para apoderarse de la autoridad, les asustan así que logran por fin llegar a ser los amos del cotarro.

Una vez en el poder, se desengañan de las ilusiones que contribuyeron a propagar entre aquellos de quienes se han hecho instrumentos. Y combaten las reformas antes pedidas por ellos, con el mismo calor que en otro tiempo empleaban para reclamarlas, con igual tenacidad que sus antecesores.

La visión cambia con el punto de vista: tal cosa que parecía lógica y normal cuando se estaba entre la turba de pordioseros, hácese enorme y subversiva cuando se tiene la misión de velar por la buena marcha del orden de cosas establecido. Asusta la insaciabilidad del rebaño de los gobernados, témese suscitar nuevas exigencias si se cede en los puntos controvertidos; y por eso se ve siempre a los hombres políticos triunfantes hacer fusilar a mansalva a las muchedumbres que tienen la candidez de presentarse a exigir la realización de las promesas de antaño.

Y sin embargo, si fuesen inteligentes, si tuviesen clara visión de los intereses de su casta, ¡cuán fácil les sería engañar a esos pobres papanatas de electores! ¡Cuántas reformas se les podrían ir largando gradualmente, sin perjuicio de otras nuevas y tan negativas que se les pudieran inventar, sin escatimar ningún beneficio ni disminuir privilegio ninguno, sin comprometer el edificio en nada!

Por fortuna, el miedo no razona; y la burguesía tiene miedo y se queda estupefacta ante las reclamaciones de los trabajadores. Por fortuna, la necesidad de consolidar y defender el estado presente le impide ver lo que sería preciso para fortificarlo contra los ataques futuros. Desmantela un ángulo para reforzar otro, se sirve de los materiales que tiene a mano sin fijarse en si serían más útiles en otra parte, y el edificio queda así restaurado para algún tiempo; pero las grietas se hacen cada vez más grandes y pronto llegará el momento en que, siendo ya imposible toda compostura, se hará necesaria la demolición completa con el fin de facilitar la construcción de un nuevo edificio.

No nos quejemos, pues, del positivismo de la muchedumbre. Podemos entristecernos a veces al verla impasible a la vista de las más insultantes injusticias, fría en presencia de los desbordamientos de fango, pareciendo ella misma ensuciarse con él, pero ese positivismo la preserva de fiarse demasiado de los habladores; y hasta cuando parece dejarse embaucar por ellos, no piensa para nada en el provecho de los parlanchines, sino que al aclamarlos aclamase a si misma.

Si las palabras de verdad la hallan incrédula cuando no halagan a sus pasiones, en cambio sólo cree a medias a quienes como ella hablan para adularla, y su entusiasmo por sus ídolos le abandona aún más pronto que le entró. En el fondo, el trabajador sólo busca una cosa: su emancipación. Aun aparentando aceptar a ojos cerrados las ideas que se le predican, en realidad las pesa y discute. Equivocase a menudo, más de una vez se extravía por ir a remolque de los saltimbanquis políticos; no nos quejemos de ello, porque esto contribuye a instruirle, y cada lección le hace ser cada vez más escéptico acerca de los políticos, de sus promesas y de sus farsas de juglar. Otro poco más de paciencia, y bien pronto sólo buscará inspiración en si mismo.

Con el propósito de convencerle bien de la verdad de que no debe contar con nadie sino consigo mismo, nos esforzamos en hacerle comprender las mentiras con las cuales se le engaña y hacemos resonar continuamente en sus oídos nuestro Delenda est Carthago: ¡Sólo la revolución puede emanciparte!

Ya lo hemos dicho, y volvemos a repetirlo: la revolución no se crea ni se improvisa; no tenemos de ningún modo la esperanza de ver levantarse a nuestra voz batallones populares y correr al asalto del poder. Sólo quisiéramos que los trabajadores se convenciesen bien de esta verdad: la situación hará por fuerza rebelarse. Previendo esa lucha, instrúyanse acerca de las causas de su miseria, aprendan a conocer las instituciones nocivas para ellos; persuádanse de que las chapucerías o los remiendos nunca han valido para nada, y cuando llegue el día del combate, lejos de sorprenderles, estén dispuestos a tomar parte en él, sepan alguna vez siquiera tener tacto de codos para desempeñar sus negocios ellos mismos y no dejarse más escamotear los frutos de la victoria por los intrigantes que vayan a lisonjearles, a prometerles el oro y el moro y (bajo capa de facilitarles la tarea) a sustituir al poder derrocado, a reanudar con nombres diferentes añejos errores llamados a producir idénticos efectos.

Ya es hora de que acontezca ese cataclismo saludable; por interés de la evolución, urge ya que intervenga la revolución. Todos los días extiende el Estado sus tentáculos en las relaciones sociales y se desarrolla con detrimento de la iniciativa individual. Todos los días aumenta su ejército, su policía, sus empleados; mientras los talleres quedan desiertos de trabajadores, las avenidas del Estado se llenan de zánganos, que, por trocar el martillo o la lima, a cambio de una pluma, un plumero o una escoba, se figuran que forman parte de la clase gobernante y se creen obligados a tomar la defensa de ésta.

La clase productora disminuye, mientras aumenta la clase parasitaria. Por su parte, el industrial hace lo mismo: si despide de sus talleres a los obreros productores, crea uno o dos empleos parasitarios (ni obreros, ni burgueses), pero tanto más adheridos al orden actual de cosas, cuanto que conocen ser inútiles en absoluto y temen tener que recobrar su puesto en el taller.

A poco que se prolongue este estado de cosas, indefectiblemente disminuirá en número la clase obrera mientras se refuerza el de la clase contraria, aumentada con todos los tránsfugas a quienes coloque en los empleos parasitarios inferiores, reservando los empleos productivos para sus propias nulidades en materia de valor; y podrá llegar un momento en que los trabajadores no sean ya lo suficiente numerosos para romper el yugo que les oprime.

Cierto es que antes de llegar a ese extremo será preciso que pasen muchos siglos; antes de dejarse eliminar así los trabajadores habrán dado numerosas batallas al orden capitalista, y su aminoramiento cuantitativo no será óbice para un desarrollo cerebral que compense con creces la debilitación de sus fuerzas, Por fortuna, no hemos llegado aún ahí; pero, en último caso, puesto que se nos acusa de querer retardar el desarrollo de los progresos de la humanidad, permítasenos que, estudiando la marcha de nuestras sociedades, tratemos de darnos cuenta de la dirección en que se efectúa ese progreso.

Pues bien; el tal progreso nos lleva a la atrofia de la clase productora y a la hipertrofia de los individuos que componen la clase parásita. A fuerza de descansar en el trabajo ajeno, la burguesía perderá la facultad de trabajar y sólo será apta para el goce.

En las abejas y en las hormigas vemos el resultado de la división del trabajo, en qué sentido ha impulsado a la evolución de la especie: entre las abejas hay hembras (una sola de las cuales se tolera en la colmena), machos (los zánganos) y seres neutros representantes del proletariado, cuyas funciones consisten en producir para toda la población de la colmena (enjambre), limpiar y defender ésta, construir los panales y criar a la progenie de los demás.

Entre las hormigas, o a lo menos en ciertas especies, se ha producido una cuarta división: la de los soldados para defender el hormiguero. Otras especies han ido aún más lejos, como la hormiga amazona (Polyergus eufescens, de los entomólogos), la cual hace la guerra a las demás para proporcionarse esclavos, no es apta sino para la pelea, e instintivamente ha llegado a ser tan aristocrática, que es incapaz de todo trabajo en el hormiguero, hasta el punto de que ya no puede comer por sí sola y muere sí no tiene esclavos para darle la comida.

Si la sociedad burguesa se viese llamada a proseguir apaciblemente su evolución, lo probable es que consiguiera este resultado: unos trabajadores sin distinción de sexos ya, y una burguesía transformándose poco a poco en un saco digestivo asociado con otro aparato fácil de adivinar y que en otros tiempos llevaban como amuleto las señoras romanas.

Si no queremos ser objeto de ajenos placeres, ni tampoco neutros, ya es hora de hacer alto y de que la revolución intervenga para llevarnos por Yla más racional, para conducirnos a una sociedad que pueda dar libre campo a todas las facultades y ya no se esté obligado por fuerza a desenvolver unas (a riesgo de hipertrofiarlas) con detrimento de las otras.

No se diga que esto es inverosímil. Échese una mirada á ciertas ciudades manufactureras del Norte, del Sena Inferior. Su población está degenerando, la mayor parte es anémica; mujeres y niños son allí arrancados casi por completo del seno de la familia; con ese régimen se marchita y se atrofia el niño, se vuelve raquítico y queda gastado a los veinte años de edad.

En cuanto a la mujer, no contentándose con exprimirla el jugo y explotarla en su trabajo, por añadidura se le transforma en carne para el placer. Si es bonita, tiene que ser condescendiente a los antojos del señor contramaestre, del señor patrón y también de los señores empleados; claro es que los más altos en categoría eligen primero, Mientras dura el capricho, se pueden tener con ella algunos miramientos y hacerle menos dura la explotación; pero satisfechos ya los deseos, tendrá que seguir dando vueltas a la noria sin chistar, como sus compañeras, ¡y en esos infiernos es bien dura la explotación, y las generaciones son segadas por la muerte antes de envejecer! Si son escasos los varones que llegan a la edad adulta, tampoco son robustos.

Extraviados por la esperanza, siempre defraudada, de obtener concesiones de la clase privilegiada, intranquilos aunque nada tienen por qué temer los resultados de una revolución, cuyas ventajas no advierten y que no puede hacerles más miserables de lo que ya son, los trabajadores retroceden espantados ante la idea de empeñar la lucha. A ejemplo de los burgueses, cuando se les habla de una sociedad en que serian libres para desenvolverse y tendrían la facilidad de satisfacer sus necesidades todas, mueven tristemente la cabeza y les parecen esas ideas demasiado hermosas para ser realizables.

No quieren ver que la fuerza de los sucesos les arrastra a la lucha sin remedio; que la miseria, el embrutecimiento y el exceso de trabajo matan con tanta seguridad como una bala de fusil; que cuanto más se resignen, tanto más abrumador será sobre ellos el peso de la explotación, y que si no tienen la energía necesaria para querer emanciparse, no serán sus explotadores quienes graciosamente vayan a romperles las cadenas.

Vuestras ideas no son realizables -dicen ellos. -Y, en efecto, nunca lo serán si aquellos a quienes interesan son lo bastante estúpidos para aguantar un orden de cosas que les mata, y tan cobardes que no bacen uso de sus fuerzas para realizar ese ideal que les parece demasiado hermoso.

Ese ideal de amor y de armonía que entrevemos, ¡ah!, según todas las probabilidades, está destinado a seguir siendo, para muchos de nosotros, un grato ensueño nada más. ¡Cuántos dejaremos de entrar en la tierra prometida! ¡Cuántos sucumbirán en la contienda, con los ojos puestos en ese paraíso de sus sueños, en el cual tienen prohibida la entrada!

¡Qué importa! ¿No tienen los gastadores la misión de preparar el camino a los que vienen detrás de ellos, y ser las primeras víctimas que el antiguo orden de cosas sacrifica para su propia defensa? El progreso de las ideas no se realiza de otro modo. Pero aun cuando nuestro ideal permanezca irrealizable siempre, es útil para la marcha de la sociedad: es una estrella que acude para guiar al progreso, señalándole la meta que ha de alcanzar, haciéndole entrever las celadas donde se pretende descarriarle, y poniendo de manifiesto al individuo lo que tendría que hacer para emanciparse si sabe tener la energía de querer vivir libre y dichoso.

Dado el orden de cosas establecido, la evolución engendra a la revolución: es una fase fatal, por la que es preciso pasar; y, después de todo, debemos decir, además, que es necesaria para sacar a la humanidad del retroceso a donde la evolución burguesa, la arrastra.

Del periodo transitorio

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Ahora se presenta un argumento que nos dirigen algunos socialistas, en realidad el mismo hecho por algunos burgueses; quienes, no pudiendo negar los vicios de la actual organización y lo necesario de una transformación social, se atrincheran tras la necesidad de una supuesta mejora progresiva, y nos dicen:

Tenéis razón; le que pedís está muy bien. Es preciso, en efecto, que los trabajadores lleguen a conseguir el producto íntegro de su trabajo. Pero ya sabéis que hay posiciones legítimamente adquiridas, las cuales no se pueden destruir de la noche a la mañana sin cometer una injusticia. También es preciso tener en cuenta la ignorancia de las masas, quienes no podrán pasar en un abrir y cerrar de ojos desde la sumisión más completa a la libertad más absoluta… Comprendedlo, se necesita andar con cautelosos miramientos … Una sociedad no se reforma así, en un dos por tres.

Si se realizasen bruscamente las reformas que pretendéis efectuar, correriase el peligro de que tuvierais en contra vuestra a la mayoría de la población. No es de ese modo como hay que conducirse.

Cuando existan productos en cantidad suficiente para que cada uno pueda tomar del acervo común lo que necesite, sin miedo de que falten los víveres; cuando el hombre haya llegado a tener la inteligencia bastante para saber que debe respetar la libertad de los demás, acaso entonces se pueda proclamar la completa libertad del individuo, suprimir todo gobierno y todo valor de cambio. Pero eso no puede acontecer sino de una manera progresiva. Difundamos primero la instrucción entre el pueblo; y cuando esté instruido, cuando poco a poco se haya familiarizado con el nuevo régimen, entonces ya no habrá ningún inconveniente en dejarle a rienda suelta.

Pero, ante todo, no olvidemos que en la naturaleza nada se hace a saltos, sino gradualmente, lo mismo el estado social como lo demás; y que es necesario un largo, largísimo periodo de transición.

Y después de estos doctorales fallos, los sensatos creen haber dominado a las ideas revolucionarias con la ciencia. Pero lo más gracioso es que algunos pretensos socialistas y no menos supuestos revolucionarios toman por su cuenta el argumento, para esgrimirlo contra el ideal anarquista.

Este lenguaje, que no tiene ninguna novedad, es el mismo con el cual se acoge a toda idea nueva. Sin negar lo legítimo de nuestras reclamaciones y de nuestro ideal, con razonamientos de esa índole se quisiera aplazar su realización hasta las calendas griegas.

¡Eh, hato de pícaros, muy bien sabemos que nuestras ideas no son comprendidas por las masas! Si lo fuesen no tendríamos que gritar tanto para metérselas en la cabeza. Si el pueblo comprendiera su alcance, no necesitaría de nosotros para hacérselo vislumbrar.

Si cada uno, según nuestras facultades y nuestros medios, trata de desenvolver este ideal de felicidad, es para que los individuos se lo asimilen y se empapen en él lo suficiente para darles tentaciones de realizarlo. Y cuando esa penetración de ideas nuevas es bastante poderosa en las turbas, entonces estallan las revoluciones.

Pero volvamos a los argumentos de nuestros contrincantes.

Para ciertos socialistas la revolución es inevitable… aunque sólo en pro de sus ideas. Así como los burgueses creen haber cerrado la era de las revoluciones en 1793, estos nuevos Robespierre piensan haber cerrado también el cerebro de los individuos a lo que no sea sus conceptos solos. Vuestras ideas no son realizables con el temperamento francés (en Francia, o inglés en Inglaterra) -nos dicen-. Ciertamente, vuestro ideal de sociedad es magnífico en teoría, pero absurdo en la práctica. ¡Ah, pobres amigos, no conocéis al hombre, cuando habláis de esa manera! ¡Si lo conocieseis como nosotros! (Es un animal muy poco inteligente para saber lo que quiere. ¡Gracias a que nosotros lo sabemos por él!) Cuando un periodo transitorio haya perfeccionado a la humanidad y suavizado los malos instintos del hombre, quizá entonces (y ni aun eso es seguro) puedan aplicarse vuestras ideas sin inconveniente para la humanidad; pero es preciso que los hombres pasen por ese periodo educador, que progresivamente les conducirá a la libertad. (Y esa educación sólo nosotros somos capaces de llevarla a feliz término).

Sobre todo en los comienzos de la revolución será necesario un poder fuerte. ¿No habrá que reglamentar el consumo según la producción de cada uno, con el fin de evitar el déficit? ¿No será preciso fijar límites a la libertad de cada individuo, para que los más fuertes no abusen de los más débiles? (¡No podéis formaros cabal idea de lo que es dirigir un pueblo!)

Y cátate probada la utilidad de un periodo transitorio y de un gobierno. La cosa no tiene más malicia.

En cuanto a las reformas preconizadas por los burgueses, hasta por los que son sinceros, sabemos que son ineficaces y que aguardar a su realización equivaldría al famoso ¡espérate sentado! Por eso hay que prescindir de su argumentación.

Pero en cuanto a los argumentos de esos soidisant revolucionarios que se hacen conservadores antes de estar en el poder y pretenden limitar la evolución para asegurar su revolucioncita, debemos advertir que preciso es que se formen una idea muy extraña de esa revolución económica que predican… en teoría. Su razonamiento nos prueba que sus concepciones no van más allá del término medio de una revolución política. Son politicastros; pero no socialistas. Y esto nos explica al mismo tiempo su manera de obrar en la propaganda de sus ideales.

Agrúpanse en comisiones, en ligas locales, regionales, federales y nacionales, para tomar parte en todas las contiendas políticas donde pueda conquistarse algún puesto, predicando el socialismo si el caletre del público lo consiente, o limitándose a discutir intereses de campanario si no van más allá de las entendederas de su auditorio. Así esperan ganar terreno en el mundo político, hacer sustituir durante la lucha (si se llega a ella) la organización antigua por la suya propia, y colocarse de este modo en condiciones de poner la ley a todo bicho viviente. ¡Y á eso llaman revolución social!

Sabemos que nunca se realizará por decretos la toma de posesión del suelo, de los instrumentos para el trabajo y de toda la riqueza social; ya hemos dado las razones, por lo cual es inútil repetirlas. Y nos parece que contentarse con cambiar de amos es una satisfacción harto menguada, y que para eso maldita la falta que hace una revolución.

Por tanto, quienes hagan la revolución no deben esperar nada de ningún poder, sea el que fuere, y de ellos mismos saldrá su emancipación; deben saber obrar, y cuando hayan triunfado, no necesitarán hacerla sancionar por ningún poder. Por eso no aguardamos nosotros a ningún período transitorio y tratamos de realizarla por medio de la propaganda, con el propósito de que exista ya cuando se haga la revolución.

La revolución que se prepara debe considerarse desde un punto de vista más amplio. Ya hemos explicado que, en nuestro sentir, pudiera ser muy lenta; la intensidad de la propaganda que se haga de las ideas, el tiempo que tarde antes de estallar como lucha brutal, la facilidad con que la comprendan las masas, son los factores que regularán su duración.

Pero suponer que la burguesía. se dejase expropiar sin más que con apoderarnos del poder por sorpresa, es cometer un grave error. La autoridad social de la burguesía no está sólo en la representación del poder, sino en el comercio, en la banca, en todo el mecanismo administrativo, en las oficinas, en todo el ejército de funcionarios que esa organización trae consigo; y eso no se cambia de golpe y porrazo. Todo poder, por revolucionario que fuese, después de haber hecho una mezquina purificación, se vería obligado a conservar en sus puestos a la mayor parte de ellos, quienes no tardarían en aniquilarlo.

Ya se ha visto la ferocidad desplegada por la burguesía para reprimir todos los movimientos de tendencia social; eso es un presagio del vigor que empleará cuando se sienta seriamente combatida, y del carácter que adquirirá la lucha. Atacada en sus privilegios, amenazada de perder todo lo que la eleva sobre la muchedumbre, condenada a morir como clase, pondrá en juego todos los recursos que le permitan las fuerzas de que pueda disponer, y se reirá de los decretos que no vayan seguidos de actos más serios.

Pues bien, hagamos lo que hagamos, sea cual fuere la aceleración del progreso de nuestras ideas, éstas no podrán penetrar por todas partes en igual grado, ni todos los cerebros estarán empapados en ellas con la misma intensidad. En ciertas localidades podrán estar dispuestos los individuos a intentar su realización; pero en otras no aceptarán sino una parte de ellas, y aun podrá acontecer en algunas que nadie quiera aceptar ninguna de las nuevas ideas.

Esto les vendrá muy bien a los privilegiados, quienes se refugiarán en esas localidades refractarias, concentrando allí sus recursos y hasta dispuestos a hacer ciertas concesiones, para llevar luego la guerra a los grupos autónomos que se hayan formado bajo la influencia de los ideales nuevos y que ensayen su realización. A ellos mismos podemos referirnos acerca de las dificultades que podrán suscitar: son ingeniosos para todo lo malo.

Implacable, sin tregua ni descanso, será la lucha entre las ideas nuevas y la vieja sociedad; ya hemos visto una parte de sus peripecias, y lo antedicho explica también la larga duración que prevemos.

En vista de todo esto, es evidente que a través de ese periodo de lucha será indispensable organizar la producción y las relaciones para los cambios, de una manera formal para que los sublevados no tengan que echar de menos el antiguo régimen. Eso se impone, y en ello tienen razón los colectivistas; porque si llegasen a faltar los víveres y el nuevo orden de cosas diese menos satisfacción a las necesidades de los individuos que la sociedad burguesa, por de pronto no valdría la pena de cambiar, y el desafecto que sobreviniera después daría por largo tiempo el triunfo al régimen burgués. Pero, cuando se equivocan los colectivistas es al pretender que ellos solos tienen la verdadera fórmula para organizar la sociedad futura y sólo ellos son capaces de hacerlo. Y donde pasa de raya su jactancia es al afirmar que les bastará coger la sartén por el mango, para decretar esa organización como el Fiat lux del Padre Eterno creó la luz. La ciencia. ha dado su merecido a los absurdos de la Biblia; un poco de razonamiento enviará el de los colectivistas a reunirse con sus mayores en el almacén de trastos viejos de los cuentos de hadas.

Cuando los individuos tengan conciencia de sus necesidades, conocerán la meta hacia donde caminan y sabrán amoldar sus esfuerzos a las circunstancias; entonces, explayándose en toda su integridad la iniciativa individual, sabrá enseñarles las medidas necesarias para salvar a la revolución comenzada, o de lo contrario sólo habrán obrado como autómatas, por instigación de Juan o de Pedro, y no conocerán nada de lo que su nueva situación traiga consigo. Esos elementos habrán hecho una revolución política, pero no la revolución social. Buenos para ser llevados siempre de reata por el ronzal, tendrán lo que se merecen con los colectivistas; pero eso no tiene nada que ver con una revolución de emancipación económica.

Desde los comienzos de la lucha podrá, pues, acontecer esto: impulsados por la necesidad, podrían los individuos consumir los productos existentes, sin ocuparse de su procedencia; o llevarán su fuerza de actividad allí donde haga falta, habituándose de ese modo a practicar la solidaridad, a recibir de sus vecinos y a darles, sin preocuparse de si en ello hay equivalencia.

Cuando las circunstancias se regularicen, las necesidades se refinarán y serán más numerosas. Los individuos tendrán que ocuparse en producir ellos mismos ciertas cosas que les hagan falta. Se buscarán, consultarán y agruparán según sus aptitudes para producir lo que deseen. Esto podrá dar margen a un cambio de servicios diversos, a una gran combinación de agrupaciones, tanto más variadas cuanto mayores sean las necesidades; pero, obrando así, los individuos se habrán acostumbrado a la práctica del comunismo y de la solidaridad, muchísimo tiempo antes de que todas las Comisiones de estadística juntas hayan conseguido entenderse solamente acerca del valor de cambio y su patrón de marco. Y eso de una manera espontánea, por su propio impulso, sin más que la fuerza de las circunstancias.

Nosotros afirmamos que el ser sólo es producto del medio; y que debe cambiarse este medio, si se quiere cambiar el ser. La organización antagónica de la sociedad burguesa es lo que hace a los individuos rudamente egoístas en el reparto de la presa y que se destrocen unos a otros para vivir. Pero también sabemos que el individuo reacciona a su vez sobre el medio y puede transformarlo. Las causas más poderosas son las que determinan el influjo de tal fenómeno sobre cuál otro y deciden respecto a la evolución.

En la actualidad, la organización social burguesa es la que determina la evolución. Trátase de hallar móviles que obren con más fuerza sobre los individuos; por eso trabajan los anarquistas en difundir sus ideas, esperando dar con su ayuda nueva dirección a los individuos, conduciéndoles a que reaccionen contra el medio para transformarlo, y conseguir así a la vez la transformación del ser y del medio, del segundo por el primero y de aquél por éste.

Si los anarquistas formados por la propaganda y por el estudio tienen plena conciencia de su tarea y están bien convencidos de su ideal, su papel puede ser decisivo en la revolución y su ejemplo puede arrastrar en pos de ellos a la masa entera.

La práctica inmediata de su idea será la mejor demostración de su excelencia. El mejor medio de convencer a sus más próximos vecinos sería hacerles utilizar los beneficios del auxilio mutuo y de la solidaridad.

La multitud comprende las cosas sencillas; y, en tiempos revolucionarios, está muy desarrollada su facilidad de comprensión, es más accesible a las ideas nuevas. Si el terreno está preparado por un período de propaganda suficientemente largo, será más fácil la labor.

Por supuesto, ya hemos visto que las revoluciones, aun las políticas, sólo son provocadas por una evolución en las costumbres y aspiraciones de la masa general; por eso esperamos que la revolución próxima se hará por el empuje de las ideas que defendemos, y para eso las ensalzamos. Por lo tanto, es de presumir que los libertarios, con su actividad, habrán introducido para entonces en las costumbres gran número de hechos concernientes a su modo de ver las cosas.

Por ejemplo: con muchos casos y de una manera sensible demostrarán la posibilidad de un acuerdo y de una organización entre individuos sin autoridad ni fuerza coercitiva, cuando en sus relaciones entre sí y con quienes tengan trato, hayan sabido hacer que se vislumbre el germen de su manera de proceder. Del modo claro y preciso como ellos pueden entreverlo, esto es imposible en la sociedad actual; pero si es posible en cuanto lo permiten los lugares y las circunstancias, a lo menos de una manera suficiente para hacer que se comprenda su alcance.

Hay una multitud de relaciones sociales exentas de las leyes coercitivas, y ahora se sublevaría la muchedumbre si se quisiesen reglamentar esas relaciones. Adaptando a ellas su propaganda, los anarquistas conseguirán habituar a los individuos a que comprendan progresivamente su modo de concebir las restantes relaciones sociales, llevándoles después a practicar la autonomía en relaciones más extensas cada vez, hasta ponerse en completo antagonismo con el orden actual.

Todos sabemos que sólo hay mala voluntad allí donde existe autoridad, Todo individuo no contagiado por la molicie que da la educación burguesa, tiene como carácter el de no querer ser dominado ni mandado, el de gustarle hacer libremente las cosas.

Si los que son sinceros al pedir una autoridad para mantener el equilibrio en la sociedad futura quisieran registrar el pliegue más recóndito de su cerebro y escrutar sus más ocultos pensamientos, reconocerían que quieren un poder, pero con la restricción mental de ser libres cuando pretenda una cosa cuya utilidad no confiesen ellos mismos. El poder de sus ensueños sería un poder que no pudiese estorbar en nada a su libre evolución.

Pero, como no todos piensan lo mismo, y como cada individuo tiene su particular manera de considerar las cosas, ¿no se deduce de ahí que un poder tiene que ser por fuerza opresor para alguien?

Si los convencidos partidarios de la autoridad quisieran analizar bien sus sentimientos, verían que en esas condiciones sólo quieren una autoridad contra quienes no sean de su parecer, considerándose ellos bastante inteligentes para no necesitarla, y negando esa facultad a los demás. ¿No es esto un modo muy extraño de considerar la libertad?

Cierto es que algunos partidarios de la autoridad han pretendido que cuanto más progresa el hombre, más esclavo se hace de la asociación; y en nombre de la ciencia tratan de probar que la autonomía no puede existir en una sociedad desarrollada. Esto es una tontería que refutaremos luego.

Otros, asediados por la idea de la dependencia del individuo respecto a la sociedad, pero no atreviéndose, sin embargo, a asentar principio tan monstruoso, son menos afirmativos y absolutos; pero reclaman una autoridad mitigada, pues objetan que, siendo muy difícil contentar a todo el mundo, será preciso tomar un término medio y establecer unas reglas para que nadie pueda usurpar los derechos de su vecino.

En efecto; es absolutamente imposible dar gusto a todos; pero añadiremos que esto es verdadero más que nada cuando se quiere plegar a todo el mundo a la misma manera de vivir, subyugar a todos los individuos bajo la misma férula. Lo cual, en nuestra opinión, es el camino más breve para disgustar a todos, excepto a quienes se apoderan del poder.

Por eso, teniendo miedo a la libertad completa y no sabiendo en qué cimentar su autoridad, estos autócratas incurren en la torpeza de ensalzar el principio de las mayorías; de esa rancia mayoría, justificadora de todas las maldades, de todos los excesos, de todas las matanzas, de todos los saqueos, con tal de que el buen éxito vaya en su abono.

Pero como no hay ni un solo individuo que en un momento cualquiera de su existencia no se haya rebelado más o menos contra alguna mayoría, preguntaremos a quienes la acepten por ley: ¿En qué señal conocen la validez de una mayoría? ¿Qué criterio tienen para reconocer que deben otorgarle su confianza?

Todos los poderes que se han sucedido han comenzado por combatir, cuando eran minoría, contra el poder de la mayoría; y ni siquiera han retrocedido ante la violencia para hacer la mayoría segÚn su capricho. Dígasenos, pues: ¿dónde empiezan las mayorías respetables y dónde acaban las que no lo son?

Según eso, los socialistas que antes de estar en el poder nos predican ya el respeto a la sacrosanta mayoría, no tienen más que prosternarse humildísimamente ante la mayoría burguesa, en vez de alzarse en armas contra ella. Y la mayoría burguesa, que pretende hacerse respetar por las minorías que la acosan, también hubiera debido predicarnos con el ejemplo, arrodillándose a los pies de los reyes y de la nobleza: estas dos instituciones estaban en el poder; las respetó tan poco y las hizo bajar de él con tanta violencia, que muchos de los derribados perdieron entonces la cabeza.

Puede ser que los burgueses se tengan a sí mismos en concepto de más respetables que aquellos a quienes reemplazaron, y que los socialistas se crean aún más respetables que aquellos a quienes aspiran a derrocar; pueden tener cada uno razón en su manera de pensar, pero eso no prueba de ningún modo que el proletariado deba respetarlos más de lo que respetaron o respetan ellos a sus predecesores.

Asombra el que, una vez dueños del poder, exijan respeto a los que les siguen, después de haber sido tan poco respetuosos con quienes les antecedieron.

A eso replican que lo dicho por nosotros es verdad respecto a los regímenes opresores que hasta ahora se han sucedido; pero que en una sociedad mejorada, donde el trabajador tenga para sí el producto íntegro de su trabajo, donde estén en vigor todas las libertades posibles y la instrucción se halle al alcance de todos, será fácil a los trabajadores elegir, con tacto y con pleno conocimiento de causa, los mandatarios más devotos de la felicidad común, encargados de… ¿gobernarlos? … ¡Oh! ¡no! … de dirigirlos, de guiarlos hacia la perfección absoluta que más tarde (mucho más tarde) habrá de ponerles en condiciones de prescindir de guías.

Bueno. Pero si estudiamos la humanidad y los comienzos de su historia, veremos que siempre que una idea pudo conquistar a lo que se llama la mayoría y tomar por fuerza o con persuasión su puesto a la luz del día, sólo fue destronando a la idea precedente y cuando la empujaba una verdad más nueva, ávida ya de darse a luz. Al llegar al poder esta idea, incrustábase en él, hacíase a su vez opresora y trataba de cerrar el paso a otras ideas más nuevas; hasta que, siguiendo su curso la evolución de los conocimientos humanos, llega una revolución a expulsarla también y a ceder el puesto a una verdad mejor.

Creemos que ya es hora de romper ese círculo vicioso. La tierra es bastante grande para cobijarnos a todos y dar a cada uno el espacio necesario para su desarrollo. Lugar hay para todo el mundo debajo del sol, para calentarse con sus rayos; si queremos que la evolución se realice pacíficamente por la senda del progreso, es preciso romper las trabas que le impiden caminar y las cuales ocasionan violentos trastornos. No hay mayoría respetable cuando es opresora. ¿No ha sido enunciada, antes y siempre, por una minoría cada verdad? Despejemos, pues, el camino a las verdades futuras para que puedan abrirse paso, sin necesidad de tener que recurrir a la fuerza para que se desenvuelvan libremente.

Según vemos, el período transitorio que reclaman los partidarios de la evolución debe quedar constituido por el periodo de propaganda y ser continuado por la revolución misma; la cual no podrá cambiar el estado social en un momento, como quien vuelve una tortilla.

Sólo se aprende a andar, moviendo las piernas; y a ser libre, usando de la libertad. Con ligaduras que traben los miembros del niño no se le enseña a valerse de ellos, sino dejándole que dé volteretas a sus anchas, y éstas le enseñarán a ser prudente. ¡Singular teoría la que quisiera mantenernos en tutela, so pretexto de que no habiendo sido nunca libres no sabríamos hacer uso de la libertad!

En cuanto a los preconizadores de reformas que nos hablan de progreso lento, de reformas parciales, de contemporizaciones y de habilidades, pueden ser de buena fe (sabemos que los hay); desempeñen en paz su tarea; en cuanto a nosotros, no podemos asociarnos a esas finuras.

Tenemos una idea que creemos buena, tratando de propagarla, de ponerla en claro, de hacer que la comprendan quienes son víctimas de la explotación actual y quieren librarse de ella; dejaremos el cuidado de contemporizar, de pedir a nuestros explotadores que pongan sordina a su avaricia, que tengan miramientos en sus robos, a aquellos a quienes asustan los prejuicios o lo enorme de la tarea. Pero teniendo nosotros un ideal completo y cuya realización buscamos, no queremos empequeñecerlo con excusa de que pudiera espantar a aquellos cuya autoridad deseamos abolir.

Si al día siguiente de la revolución tenemos que sufrir un período transitorio, harto sensible será que no hayamos podido evitarlo, cuanto más hacernos propagandistas de él.

La verdad ante todo.

Cuando se realice la revolución, quizá nuestras ideas no estén lo suficiente comprendidas para reunir en torno suyo la masa de aquellos que hayan tenido participación en la lucha; acaso la mayoría no acepte sino una parte de nuestro ideal, dejando a las generaciones futuras el cuidado de realizar el resto; tal vez sean los anarquistas las primeras víctimas del poder que se establezca. ¿No es destino de los innovadores sufrir por afirmar sus ideas?

¿Qué importa eso al hombre convencido? Nadie se emancipa profetizando acerca de lo posible y lo imposible, sino combatiendo contra la tiranía. El hombre convencido de su ideal lucha y padece por difundir sus ideas. Su recompensa no está en la satisfacción de mezquinas ambiciones ó de triunfos de amor propio. Viendo germinar en derredor suyo las ideas que propaga, es como encuentra su más hermosa recompensa.

Por el momento, no debe preocuparnos lo realizable o irrealizable, sino lo verdadero, lo justo, lo bueno. A los individuos tocará elegir después.

Pero lo que nos tranquiliza es que en tiempo de revolución van deprisa las ideas. La exaltación que en los períodos de revuelta se apodera de los individuos, activa el funcionalismo de las células cerebrales, despierta su inteligencia, facilitando la comprensión de razonamientos que en tiempos normales ninguna impresión les hubiera hecho.

En épocas de combate, los hombres pueden verse inclinados a las peores locuras, pero también a la más generosa abnegación. Haciendo resonar las más altisonantes palabras de virtud, fraternidad, deberes sociales, etc., es como los ambiciosos consiguieron siempre durante las revoluciones pasadas ahogar en los individuos el verdadero concepto de la libertad, que la palabra República representaba para ellos, y los llevaron hasta a sufrir su despotismo.

Nosotros queremos que las masas puedan dar rienda suelta a todos sus buenos sentimientos, a sus necesidades de solidaridad; y que sean conscientes de su autonomía, lo bastante para no dejarse ya poner más trabas con el pretexto de velar por la libertad.

Influencia moral de la revolución

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La revolución será, pues, la fase transitoria que debe conducirnos a la realización completa de nuestro ideal. Tanto más lo será, cuanto que su influencia contribuirá a desarrollar cerebralmente a los individuos y a prepararlos para saber usar de su libertad.

Pero aquí es útil una pequeña digresión.

¿Para qué preocuparse de lo que ha de acontecer mañana? Nos dicen ciertos revolucionarios que prefieren hacerse jefes de la masa a intentar instruirla. Harto tenemos con sostener la lucha presente, sin que perdamos el tiempo en inquirir lo que pudiéramos hacer después. No nos detengamos en fantasear utopías, cuando el presente nos apremia y nos ahoga. Luchemos primero contra la sociedad actual, y cuando esté derribada veremos lo que se hace entonces.

Y ciertos anarquistas emplean el mismo razonamiento, pareciéndoles que discutir lo venidero es perder el tiempo.

Lo que a nosotros nos hace considerar utilísimas esas discusiones acerca del porvenir es que todas las revoluciones pasadas fracasaron lastimosamente porque los revolucionarios se batían fiándose de sus jefes para organizar las relaciones sociales y reconstituir el nuevo régimen. Los trabajadores se han visto arrebatar siempre los frutos de sus luchas, porque siempre se satisfacieron con aspiraciones vagas y mal definidas.

La mayoría de los trabajadores nunca se ha preocupado sino de las necesidades de la lucha presente, limitándose a tomar parte en la batalla, a ser carne de cañón, dejando a otros el cuidado de pensar. En su mente era clarísimo el ideal, el deseo, el objetivo por el que se peleaban las masas, lo mismo que lo entendemos nosotros; la libertad, el bienestar para todos.

Pero ¿bajo qué forma tenía que conseguirlo? No se habían preocupado de eso. Habíanle hablado de la República que debía emanciparle, de un socialismo ambiguo, pero que le dejaba entrever todo un mundo de felicidades; y eso bastó para que combatiese en pro de aquella República que había de traer la felicidad a la tierra, dejando a los iniciados, a los sabios en quienes tenía confianza, el cuidado de organizar su bienestar y su libertad después de la lucha, poniendo al servicio de ellos meses y años de miseria para darles tiempo de arreglarle algo que le conviniera por completo.

Cuando, impaciente al no ver venir nada, harto de sufrimientos, de miseria y de privaciones, exigía la realización de las promesas, el hierro y el plomo apagaban sus murmullos.

Para que ya no suceda así, para que al día siguiente de la lucha no vuelvan a ponerles el yugo que rompieron la víspera, cuando los trabajadores se vean otra vez obligados a hacer uso de la fuerza para reconquistar sus derechos, es preciso que sepan lo que quieren, cuáles son las instituciones nefastas para ellos, con el fin de que no se dejen engañar más ni confíen a nadie el cuidado de conducirlos y que sepan por sí mismos hacer tabla rasa de cuanto deba desaparecer en definitiva.

Ciertamente, es fácil decir: No nos ocupemos de lo que acontecerá mañana; a cada día le basta su tarea; ocupémonos en destruir lo que nos molesta, y luego veremos. Comprendemos muy bien la impaciencia por salir del lodazal donde la humanidad se enfanga; pero si deseamos que las verdades que nos proponemos hacer comprender sean claramente entendidas por aquellos a quienes tratamos de convencer, que tengan un concepto exacto y sepan con precisión lo que apetecen, y que sean capaces de no dejarse desviar de su camino por los charlatanes necesitamos dilucidar la cuestión del porvenir igual que la del presente.

Como las revoluciones sólo se hacen por impulso de las ideas, queremos despejar por completo el terreno donde vamos a combatir; queremos limpiar el camino de todos los obstáculos y prejuicios que se oponen a nuestra marcha. Sólo cuándo los individuos tengan una convicción sólidamente razonada sabrán prescindir de conductores.

Es menester que a las masas no se les dirija ya con palabras. Es preciso que, bajo los nombres de libertad, socialismo, no se les haga tragar todos los sistemas posibles de regresión. Es imposible que todos los individuos sean conocedores de todos los puntos y detalles; los acontecimientos nos sorprenderán antes de terminarse ese trabajo, el cual, por supuesto, no es necesario.

Que cada cual comprenda bien su individualidad, y sepa que sólo hará respetarla si respeta él la de los otros; en lo demás le guiarán las circunstancias y la situación. Sepan también los individuos lo que debe permanecer invariable en su acción y todo lo que deberán impedir que renazca, para asegurarles la victoria; cuando se sabe lo que se desea, facilitase el buen desempeño de las tareas.

Contra lo presente debemos luchar con toda nuestra energía; esto es muy verdadero; mas la lucha debe considerarse desde un punto de vista más amplio y auscultarse en todas sus fases, con lo cual hay sobrada labor para todas las voluntades y energías.

Para llevar a cabo una transformación como la que deseamos nosotros, todas las aptitudes y abnegaciones son pocas. ¿Qué importa la forma con que se manifiesten, desde el momento en que tengan por objeto dilucidar una verdad, destruir un prejuicio? ¡Contribuya cada uno según sus fuerzas! Esa división del trabajo, que permite manifestarse a todas las iniciativas, nos facilitará medios para destruir las instituciones que nos oprimen, poniéndonos en circunstancias de atacarlas por todas partes a la vez.

Otros (los socialistas), nos dicen: Pero si no constituís un poder, ¿cómo os las arreglaréis para impedir a los patronos, propietarios, gobernantes y otros capitalistas coligarse para intentar una contrarrevolución y restablecer su autoridad?

Si los socialistas que hacen esta objeción quisieran reflexionar en la suma de energías que será preciso consumir para hacer que triunfe la revolución social, si quisieran convencerse de que la fuerza de la burguesía está en las instituciones actuales, en la ignorancia y en las divisiones del proletariado, cosas que ya no existirán cuando haya triunfado la revolución, de ningún modo harían objeción tan baladí. Cuando los burgueses, en la plenitud de sus fuerzas, no hayan sabido impedir la victoria del pueblo, ¿cómo se pretende que las recuperasen con exceso, para derribar el nuevo régimen y restablecer su explotación?

Para que los trabajadores consintieran dejarse adoctrinar por los capitalistas, preciso sería que la revolución no les hubiese traído las mejoras que de ella esperan. Para que aceptaran el hecho de doblar la cerviz de nuevo bajo el yugo de su explotación, menester sería que fuese bien grande la desilusión sufrida por aquéllos.

Entregados los capitalistas a sus propias fuerzas nada más, serían impotentes para defender su sistema de explotación. Necesitan del ejército, de la policía, de los funcionarios reclutados entre los trabajadores, para formarles una muralla de papelotes y de bayonetas. ¿No consistirá la obra de la revolución en concluir con todo eso? ¿Acaso, en la actualidad, la mayor parte de tales defensores del orden burgués no lo son de mala gana y por fuerza?

En una sociedad donde los individuos fueran libres de evolucionar como les pareciese, sin tener que sufrir ninguna opresión, y teniendo satisfechas sus necesidades con seguridad, no les veríamos alistarse en servicio de los burgueses, pues las promesas que éstos pudieran hacerles se quedarían muy por debajo de lo que ellos mismos podrían proporcionarse.

O las instituciones burguesas desaparecerán en la contienda, y entonces los trabajadores habrán probado los beneficios del nuevo régimen y sabrán defenderlo, o los burgueses aún serán fuertes, y en ese caso no habrá concluido la revolución, habrá lucha todavía, quedará algo por hacer, y esa tarea será asunto propio de los mismos revolucionarios, y no de un gobierno.

Con un poder constituido, el peligro sería muchísimo mayor. Sería mucho más temible la pasividad que los retrógrados tuvieran de apoderarse de él por medio de la astucia o de la fuerza, y de disponer de las fuerzas vivas de la colectividad para volverlas contra ella.

Los trabajadores no irán nunca por sí mismos a poner nuevamente el cuello bajo el yugo; la revolución será siempre obra de una minoría consiente, que arrastrará en pos de sí a las masas, por medio de su ejemplo y de sus convicciones. Esa muchedumbre se instruirá; pero, por lo pronto, estará inclinada a obedecer a quienes considere como jefes. El único medio de parar el golpe o precaver el riesgo, es no permitirle creárselos. Entregada a sí misma, sabrá inspirarse en las circunstancias y encontrar la organización que necesite.

Otros contradictores nos objetan con los malos sentimientos del hombre: ¿Cómo haremos para impedir los atentados contra las personas, contra quienes pretendan acaparar para sí los mejores puestos, o acomodarse donde molesten a la colectividad? Y otras objeciones análogas, inspiradas en los efectos de la sociedad actual.

Ciertamente, no vamos a suponer que, por el solo hecho de la revolución, vayan a convertirse de la noche a la mañana los individuos en unos ángeles, sin más deseos que hacerse mimos y sacrificarse unos por otros. Hora es ya de salir de esa leyenda, y no hacernos decir lo que jamás hemos pensado.

Nosotros decimos, que, con rarísimas excepciones, ni aun los caracteres más perversos, nadie hace daño por el gusto de hacerlo. Nosotros afirmamos y demostramos que la sociedad actual, con su organización antagónica de los intereses, engendra ella misma las divisiones que la destrozan y es quien impele a los individuos a dañarse mutuamente.

A pesar de todas las razones y causas de obrar mal que la sociedad les suministra, a pesar del provecho que pudieran obtener haciéndolo así, muchos individuos son refractarios a ello; los que se dejan llevar de sus malas inclinaciones no son sino la minoría, y aun en tal caso, la mayor parte de las veces los inducen el medio, las circunstancias y la educación, causas todas ellas que nacen de la mala organización social.

Pues bien; si la mala organización social es la causa generatriz de los crímenes, éstos deben desaparecer cuando aquélla se destruya. Como la sociedad actual sólo se fija en los efectos, puesto que la causa es ella misma, los ve multiplicarse bajo su acción; igual que los leñadores, que, cortando el árbol por encima de la raíz, no tardan en ver retoñar brotes vigorosos y presentarse dos, tres, cinco o seis plantas nuevas donde sólo había una, nosotros queremos desenterrar la raíz y quemarla, para que no vuelva a producir más.

Y si en la sociedad futura se reprodujesen actos de esta clase, no podrían ser sino casos aislados y atávicos que los individuos de entonces tendrán que impedir, pero que no requieren un mecanismo social exclusivamente dispuesto para reprimirlos.

La propiedad, la miseria: estas son las grandes causas generatrices de los delitos. Repitamos que no se es criminal por el simple gusto de matar. Repásense las causas más célebres, aquellas en donde más horror dan los crímenes; siempre se encontrará el mismo móvil, el interés. Hasta los delitos por venganza, que pudieran clasificarse dentro de la categoría de los delitos pasionales, la mayor parte tienen origen en rivalidades de intereses. Si fuera posible analizarlos todos, poquísimos se apartarían de esta regla común.

El robo, que suministra la mayor parte de los casos de represión y que a veces resulta con más pena que el homicidio, ¿no es producto directo de la apropiación individual, del interés y de la miseria? Suprimidas la miseria y la propiedad individual, el robo ya no tendrá razón de ser.

Tenemos el ejemplo de esas hordas donde la propiedad individual está reducida a su más simple expresión: la choza donde habita la familia, los efectos y utensilios de que hace uso directamente, pues lo demás está a la libre disposición de todos; salvo por parte de quienes han conseguido atribuirse ya ciertas funciones de autoridad, no se citan casos de haberse visto a los más fuertes tratar de hacer salir a los moradores de una choza para ocuparla ellos, o quitarles sus artes de caza y pesca.

En algunas tribus, si un individuo está lejos de su domicilio y tiene hambre, entra en la primera choza que ve al paso, se sienta a la mesa en medio de la familia y se hace plato sin pedir permiso a nadie. Cuando queda satisfecho, se va de allí sin dar las gracias a sus huéspedes de ocasión y sin que a éstos se les ocurra ni remotamente haber sido robados. Ellos mismos hubieran hecho otro tanto en circunstancias análogas: cuestión de costumbre y de reciprocidad, eso es todo.

¿Acaso no son mejores esas costumbres que las nuestras, con las cuales quien tiene hambre se ve obligado a humillarse o a sublevarse contra ellas? Quizá falten a las primeras las formalidades de nuestra pueril cortesía: hacedlas más graciosas, pero dejadles su primitiva sencillez.

Sí, pero quedan los crímenes pasionales -os dirán.- ¡Ah, esos no son producto de la actual organización social, sino que se derivan de la mala naturaleza de los individuos! En cuanto a esos delitos, por más que consiguieseis cambiar el medio no los haréis desaparecer; por lo cual no podréis prescindir de tomar medidas contra sus autores.

Pues bien; digan lo que gustan nuestros objetantes, sostenemos que esos delitos también son producto de una mala organización social. Ya hemos visto que (en la venganza por ejemplo) si pudieran disecarse y analizarse, como se hace la autopsia de un cadáver o como se practica un análisis químico, en la mayor parte de ellos se encontraría el interés como primera causa de rencillas. Si uno tras otro se examinasen todos, en cada drama pasional se hallaría el efecto de una mala organización social, el resultado de una ley funesta, y en todos los casos el producto de una educación falsa, de un prejuicio inculcado por la educación social.

Si los individuos hubieran aprendido a respetar, no una ley que sólo conocen vagamente, sino la autonomía de sus semejantes, que es tan respetable como su existencia, sabrían que atentando esa autonomía se exponen al peligro de promover en contra suya represalias. Si no hubiese la esperanza de ponerse a cubierto de la vindicta de los Individuos perjudicados, sabiendo ampararse en un texto legal, acaso se vieran menos injurias y actos opresores de la personalidad humana.

En los crímenes pasionales, donde el agresor inspira a veces lástima a ciertas gentes y es absuelto por los magistrados de la sociedad actual también pudiera verse la nefasta influencia de la sociedad.

Si por culpa del código y de los prejuicios no estuvieran habituados los hombres a considerar a la mujer como un ser inferior, como una propiedad que se convierte en cosa suya por haber consentido una vez entregarse a sus caricias, quizá veríamos a menos amantes apuñalar al objeto de sus ansias hecho ya refractario a su amor, tal vez habrían menos maridos engañados, dispuestos a vengarse rasgando las carnes de la infiel que ha hecho trizas el contrato matrimonial. Si supiesen que estaban menos protegidos por la ley, acaso fueran menos feroces.

El adulterio mismo, ¿no es producto de la ley imbécil que se mete a reglamentar las relaciones sexuales, de la sociedad que hace intervenir consideraciones económicas donde sólo debieran mediar los sentimientos, que pone trabas a la asociación de dos amantes y luego quiere impedir también su separación? ¿No tienen la culpa esas trabas morales y materiales, esa falsa educación recibida, si de todo ello resultan la hipocresía y la mentira? La sociedad reprueba que se separen dos esposos que ya no simpatizan; pero cubre con el velo de su indulgencia a los que, guardan, o las apariencias, se engañan uno a otro con la discreción suficiente para no dar demasiado que decir acerca de ellos. ¿De qué se queja?

Cimentada la sociedad en la mentira, en la hipocresía y en el engaño, sólo puede engendrar violencias o ignominias, hasta en las relaciones que mejor parecen tener origen en las conveniencias individuales nada más. La personalidad humana, comprimida en sus aspiraciones más legitimas, obligada a mentir y a disimular, sea para no herir susceptibilidades, sea para no hacerse imposible la vida en un medio social absurdo, se encoge, se atrofia y se pervierte, a menos que no se vengue estallando a veces.

Suprimidos los crímenes, imposibilitados los ataques contra la propiedad, ¿qué queda por temer? Las pequeñas rencillas entre vecinos, los asuntos de poca monta en los tribunales civiles y correccionales, ¿merecen de veras la creación de ese estrepitoso aparato jurídico y represivo que sirve de salvaguardia a la sociedad actual? La transformación social ¿no llevará también a esos casos su acción bienhechora, suavizando las relaciones entre individuos y eliminando las causas de división entre ellos?

Quedan los criminales cuyos actos no parecen tener ningún móvil explicable de otro modo que no sea por un frenesí brutal, una perversión de sentimientos. Pero son excepcionales, excesivamente raros; el poder de las leyes no ejerce ninguna influencia en el ánimo de sus autores; su represión no tiene poder ninguno sobre quienes pueden verse inclinados a cometer otros análogos. Estos delincuentes caen dentro de la jurisdicción de la patología: la justicia no tiene nada que ver con ellos.

Cuando se presenta un caso así, para el médico y el anatómico que estudian realmente por saber y no por conseguir distinciones honoríficas, aun cuando el cerebro del autor de un acto semejante no presentase ninguna alteración apreciable por los actuales medios investigadores analíticos, para el sabio que inquiere la verdad y no busca una posición adulando a la sociedad y haciéndose proveedor del verdugo, no por eso queda menos comprobado que aquel individuo sólo pudo obedecer a impulsos independientes de su voluntad.

La sociedad tiene el derecho de defenderse, pero ni ella ni nadie tienen derecho para castigar o premiar. Antes de hacer al individuo responsable de sus actos, esta sociedad vengativa debiera preguntarse si no es ella misma la causa primordial de los daños de que se queja: obligando a una parte de sus hijos a estar sumidos en la miseria, la ignorancia y la depravación; negándoles los medios de desarrollo, de los cuales dispone en beneficio de otros hijos predilectos; creando condiciones de existencia que retrotraen al hombre de hoy al nivel de sus antepasados de la edad de piedra (en el supuesto de que nuestros antepasados de aquella época fuesen tan fieros como los pintan).

Es cierto que podrán presentarse en la sociedad futura casos de violencia; y que, sean cuales fueren sus móviles, será preciso defenderse de ellos. Pero los agredidos o damnificados tendrán el derecho de legítima defensa contra quienes quisieren atentar contra la vida o la autonomía de aquéllos; y, a menos de ser un ente insociable en absoluto, un individuo siempre tiene amigos que no dejarán molestarle injustamente. Aun cuando no conozcáis a la victima, ¿no os subleva todo acto arbitrario que presenciéis, y no os dan impulsos de tomar la defensa del oprimido? Pues entonces, que se tenga el valor de defenderse cuando se es objeto de una agresión, que el agresor sea castigado sin demora: esto es sana moral, pues, a lo menos, se tiene el valor de los actos propios.

Pero cobijarse detrás de un formidable aparato de represión, detrás de entidades que emplean todas las fuerzas sociales contra un solo individuo, y pretender imponerle una pena al juzgar actos que no han visto cometerse y cuyo origen no se conoce, eso es una cobardía. ¿Con qué derecho sustituye la sociedad a los individuos para castigarles, cuando no ha sabido precaver la agresión? ¿Con qué derecho habla de defensa, cuando no ha sabido asegurarla de hecho? Así como comprendemos que se dé muerte a un enemigo cuando os pone en la necesidad de defenderos, de igual manera nos repugna un asesinato cometido en medio de un aparato escénico teatral, ordenado a sangre fría y al abrigo de cualquiera represalia, ejecutado metódicamente en un hombre reducido a la impotencia, con el pretexto de enseñarle a respetar la vida de sus semejantes. ¡Entonces, oblíguese al Juez a ser ejecutor de su sentencia!

¿Acaso el castigo de los criminales ha impedido nunca que se perpetren otros crímenes? ¿Acaso toda la organización policíaca y su innumerable personal han precavido nunca ningún acto de violencia? ¿No se ven multiplicarse éstos bajo la presión de las circunstancias y de la miseria? Haced, pues, que vuestra sociedad asegure la existencia de cada uno, que engendre amor en vez de odio, y no tendréis ya más actos de violencia que reprimir.

En cuanto a los actos agresivos que se cometan aisladamente, sólo serán excepciones, y es gracioso el querer poner trabas por medio de las leyes a la libertad general para reprimir las excepciones.

Lo natural en el hombre no es estar enfermo, tener perturbado el cerebro, ponerse con perjuicio propio en lucha contra sus semejantes; en una sociedad sanamente constituida se verán ir disminuyendo los hechos de violencia, atenuarse y desaparecer las mismas enfermedades cerebrales, pues la mayoría sólo son efecto inmediato o mediato de las malas condiciones de existencia creadas por la sociedad. Toda esa herencia morbosa deberá atenuarse al desaparecer las causas que la han producido y la sostienen; la raza humana se regenerará y se templará con la práctica de la libertad, de la solidaridad y del bienestar.

Seria ciertamente una locura el creer que esas anomalías desaparecerán en cuanto cesen las causas que les han dado origen. Hartos siglos hace que las padecemos; la herencia las ha arraigado en nuestra constitución sobradamente para que no siga transmitiéndolas aún a numerosas generaciones ulteriores; pero irán debilitándose poco a poco, puesto que no tendrán centros generadores donde recrudecerse. Y, por paradójico que pueda parecer esto, la revolución llegará a ejercer saludable influjo aún en ese orden de ideas.

Hase advertido que en los periodos de revuelta, en que las masas están sobreexcitadas, las enfermedades, las epidemias, acometen a mucho menor número de individuos en los pueblos que están en efervescencia. Esto se explica: la lucha, el movimiento, el entusiasmo, la tensión de espíritu, la voluntad, se amplifican, y todo ello eleva las fuerzas vitales del individuo a un alto grado de intensidad, aniquila las causas morbosas que puede haber en él, y le hace refractario a las procedentes del exterior.

El largo periodo revolucionario que la humanidad tiene que pasar, exaltando en los individuos todas las pasiones que constituyen su vitalidad, las elevará a tal grado de sobreagudeza, que ese periodo contribuirá en gran parte por si mismo a regenerar al hombre, ayudándole a eliminar las causas de degeneración que actualmente le arrastran a la decadencia.

Como la sociedad futura ha de poner al hombre en condiciones normales de existencia, le librará, si no de todas las enfermedades (pues hay que contar con la imperfección de los seres), por lo menos de todas las que sólo debe a la ignorancia y a la miseria en que le tienen sus explotadores; y de ese modo volverá a colocarle en el camino del progreso.

Del individuo dentro de la sociedad

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De que los anarquistas son adversarios de toda autoridad, de que quieren la transformación completa de la sociedad actual, hase inferido que eran enemigos de toda sociedad y se les acusa de que pretenden la vuelta al estado de barbarie.

Los anarquistas saben que el hombre no puede vivir aislado, que debe asociar sus fuerzas con el fin de sacar de ellas el mejor partido posible; por eso quieren una sociedad fundada en la solidaridad y no en el antagonismo. También por eso, cambiando el modo de ver de los sociólogos pasados y de la economía política actual, estudian la constitución de una sociedad basada en las necesidades de los individuos, en vez de adaptar los individuos a una sociedad arbitrariamente constituida.

Con arreglo a las doctrinas de la economía política burguesa, sólo se considera al individuo como una ínfima partícula de la sociedad, la cual vendría a ser un ente complejo, vivo y que comprende dentro de su organismo la humanidad entera. La sociedad es un ser cuyas células son los individuos; y siendo la célula una dependencia del ser completo (según las ideas de los sacerdotes de la economía), dedúcese de ahí que el individuo humano debe ser esclavo de la sociedad humana.

Y partiendo de esta teoría, pretenden los turiferarios de los burgueses justificar el mantenimiento de una casta asalariada: la servidumbre de los proletarios. Para aquéllos, la sociedad es un organismo natural que evoluciona y que, para desarrollarse, tiene derecho a explotar según le convenga a los individuos cuyo conjunto la constituyen. Su criterio para probar que la sociedad se desenvuelve y progresa está en ese enorme lujo en medio del cual se revuelcan los privilegiados; está en los capitales que se acumulan en manos de una minoría, bailando una loca zarabanda de miles de millones para deslumbrar a la muchedumbre famélica.

Pero se les da un bledo de que ese lujo estrepitoso de una minoría tenga su contrapartida en la horrible miseria del mayor número de personas, que esa acumulación de capitales entre unas pocas manos sólo sea en detrimento de quienes los hacen producir con su trabajo. ¡Cuántos millones de individuos perecen de hambre, con tal de que puedan citarse fortunas como las de Rothschild, Vanderbilt, Jay Gould o Mackay! ¡La sociedad es rica! ¡Tan rica, que, atestada de productos, vese constreñida a hacer la guerra a los salvajes para obligarles a ponerse calzones, cuando el ideal de esos pobres diablos sería el ir desnudos! ¡Tan excesivamente rica, que ciertos individuos juegan con millones y no saben cómo gastar las rentas!

En virtud de este razonamiento se predica a los individuos el respeto a las vigentes instituciones sociales, la abnegación de las masas en provecho de intereses particulares; en virtud de este razonamiento se las lleva (creyendo proteger su propia parte de bienestar y su seguridad) a defender los privilegios de sus explotadores contra las reclamaciones de aquellos compañeros suyos de cadena que, más perspicaces, quieren mudar el actual orden de cosas.

En efecto, el estado social es para el hombre un instrumento para romper las trabas naturales, un medio de ensanchar el campo de su actividad, de desenvolver su autonomía, de aumentar sus fuerzas para salvar los obstáculos, reduciendo también a la menor cantidad posible el tiempo necesario para producir objetos de la mayor utilidad, y transformar el trabajo en un goce, en vez de ser una fatiga, como lo es actualmente.

Por muy atrás que se retroceda en la historia humana, siempre se encuentra asociados a los individuos. Allí donde no hay historia, en las tribus menos civilizadas, existen ya grupos de algunos individuos, de algunas familias. Los estudios prehistóricos, que hacen remontarse nuestro origen a varios miles de siglos, nos muestran también vestigios de esas asociaciones.

¿En qué período de su evolución ha apetecido el hombre la sociedad con sus semejantes? ¿En qué época sintió la necesidad de unir sus fuerzas a la de otros para triunfar de sus enemigos o de los obstáculos que la naturaleza le oponía? ¿Fue en la edad de piedra? ¿Acaso antes, cuando la humanidad comenzaba a desligarse de la animalidad ancestral? ¿Tal vez más atrás aún, cuando nada hacía presentir en su fondo puramente animal el futuro dominador de la tierra, y cuyo orgullo le conduciría más adelante a renegar de su modesto origen? Poco importa para nuestra tesis la época en que el espíritu de asociación se manifestase en la humanidad embrionaria. Para nosotros el individuo es anterior a la sociedad: no es él quien debe doblegarse a conveniencias arbitrariamente estatuidas, sino las conveniencias extrañas son quienes deben amoldarse al desarrollo propio de aquél.

No cabe duda de que las primeras sociedades humanas, o de antropopitecos fueron asociaciones temporales bajo el pie de la más perfecta igualdad. Impulsados quizá por una indefinida necesidad de asociarse, pero de seguro también porque en esa asociación encontraban mayor seguridad o una recompensa más grande para sus esfuerzos, los individuos contribuían todos con su parte de trabajo, repartiéndose el producto de éste según sus necesidades, o, mejor dicho, según el resultado obtenido. Y este ensayo para pasar del estado natural de aislamiento al de asociación, indica que el futuro hombre había comprendido o presentido que sólo uniendo sus fuerzas con las de sus semejantes conseguiría llegar a resistir a sus enemigos, mejor armados que él para la lucha por la existencia.

Pero el que poco a poco se haya dejado poner el yugo, y gradualmente haya sufrido la autoridad y la explotación de quienes se le imponían o a los cuales reconocía como jefes, no supone de ningún modo un progreso, sino, por el contrario, un completo retroceso, o por lo menos trabas y retrasos opuestos al progreso; puesto que, desde el día en que hubo jefes, una parte de las fuerzas tuvieron que emplearse en sostener su autoridad mientras el resto la combatía o era aniquilado por el hecho mismo de su existencia. ¡Otros tantos esfuerzos perdidos, que hubiera valido más dirigir contra las influencias nefastas del medio!

Porque los más fuertes y los más hábiles supieron aprovechar en beneficio exclusivo suyo esos primeros rudimentos de asociación, con perjuicio para la inmensa mayoría de los asociados, no quiere decir que sea por eso más legítima.

Sí esos ensayos tomaron desde el principio mal camino, ¿se deduce de ahí que deban continuar por él. Si nuestros antepasados fueron lo suficiente cándidos para aceptar el yugo que supieron imponerles sus explotadores de aquella época, o débiles en demasía para resistirse a ellos, ¿es preciso que sigan dejándose aplastar sus descendientes, que hoy comprenden sus derechos y tienen conciencia de su fuerza?

La teoría sería muy cómoda. Hasta en las sociedades animales que nos han querido poner como ejemplo para justificar el empleo de la autoridad, ¿se ha visto nunca a los individuos estar conformes en trabajar para un jefe, en obedecer a todos sus caprichos, en privarse de lo necesario y no comer lo preciso, mientras él consumía y derrochaba el producto del trabajo de los obreros?

De seguro que no. Ya hemos visto en uno de los anteriores capítulos, que entre las abejas y entre las hormigas, cuyas sociedades son las más comparables a las asociaciones humanas, pueden advertirse especialidades de trabajo, y la personalidad de los individuos ha evolucionado hacia un tipo particular; como su inteligencia no les ha permitido crear para su uso instrumentos de materias inertes independientes de su organismo, hacen las veces de ellos sus propios miembros, los cuales se desarrollan en el sentido de su especialización y dan a toda su economía una forma particular. Acumulándose de generación en generación estas variaciones graduales, han llegado a formar en medio de cada género razas de individuos diferentes, que parecen constituir otros tantos géneros diversos.

Pero esa diferencia de aptitudes, esas especialidades en el trabajo, no traen consigo ninguna sujeción, ninguna autoridad. Cada individuo trabaja según su naturaleza para el bien del procomún, porque éste engendra el suyo propio; cada cual comparte las faenas colectivas, pero participa también de los víveres con arreglo a sus necesidades. Cuando una hormiga tiene hambre, toca con sus antenas las de una hermana mejor mantenida, la cual devuelve una parte del alimento que hay dentro de su estómago; y si cualquier insecto quisiera despilfarrar los víveres de la comunidad no tardarían sus colegas en traerle al terreno de lo razonable.

No pedimos a los burgueses que lleven la complacencia al mismo grado que las hormigas; cuando hablamos de hacerles vomitar, no es en este sentido. Pero ellos, que hasta en esos insectos van a buscar argumentos para que les sirvan de sostén de su orden social, debieran recordar que esas bestiezuelas no permiten el parasitismo de sus congéneres y saben defenderse de él.

En las abejas existe una clase que pudiéramos comparar a nuestra juventud dorada, una banda de alegres vividores cuya única ocupación consiste en enamorar a las hembras y perpetuar la especie. Lo mismo que nuestros jóvenes burgueses, aquellos aristócratas viven del fruto del trabajo ajeno; pero tienen la excusa de que, dada la especialización de las funciones, son indispensables para repoblar la colmena, puesto que la clase trabajadora sólo tiene hembras de sexo atrofiado, y sin ellos no podría efectuarse la generación normal, tarea que los obreros humanos estoy seguro que no piensan delegar en pro de nadie. A pesar de esta excusa, una vez desempeñado su papel de fecundar a las hembras, las obreras se apresuran a darles la muerte, pues no quieren mantener bocas ya inútiles.

¿Y la reina, esa famosa reina, de la cual habíase querido hacer el emblema del poder monárquico? También ha tenido que descender del trono y contentarse con un papel más modesto, pero más necesario y conveniente.

Cuando sabios más atentos a observar la realidad de los hechos que a buscar en ellos la justificación de las pretensiones de los amos, de quienes podían esperarse sueldos y mercedes, estudiaron en serio las costumbres de los enjambres, reconocieron que la falsa reina sólo era… una madre de familia de una fecundidad muy rara entre los humanos, puesto que realmente, y no en sentido figurado, era la madre de su pueblo. Si estaba mejor atendida y alimentada que todos sus hijos, sin tomar parte, al parecer, en ninguno de los trabajos de la comunidad, es porque tenía una ocupación mucho más importante: la de poner huevos de continuo para asegurar la supervivencia de la colonia.

Pongamos una asociación menos complicada, más rudimentaria: por ejemplo, ciertas manadas de mamíferos, de rumiantes. Un rebaño de hembras y de hijos, bajo la guía de un macho viejo: esa es toda la sociedad. Pero tampoco en este caso trabaja nadie para alimentar al jefe. Aparte de las caricias de las hembras, cuyo monopolio se reserva y que los hijos no están en condiciones de disputarle, no tiene ningún otro privilegio ese llamado jefe.

En cambio, incúmbele el cuidado de velar por la seguridad de la tribu mientras apacientan todos ellos o triscan los jóvenes. Consisten sus deberes en ser el primero que dé la señal cuando se presente el enemigo a la vista y el último en la huida, cubrir la retirada de su tropa y tomar parte en lo más recio y peligroso de la pelea.

Cuando hayan crecido los jóvenes, le disputarán la posesión de las hembras. Si aún es bastante fuerte, los expulsará de la grey, satisfecho si aun le queda fiel una parte del harem. Pero tampoco vemos aquí autoridad ni explotación.

Sólo en las hormigas hemos visto asomos de explotación por medio de la esclavitud; pero esa esclavitud no es más que relativa, puesto que la soportan exclusivamente las obreras de una especie extraña, apresadas en estado de ninfas, y que, habiendo visto por vez primera la luz del día en medio de sus señores, pueden creer que forman parte de la misma especie, sin tener en el fondo que desempeñar otras funciones sino las mismas que hubieran tenido que realizar en sus propios hormigueros. Y aun así, en esa semi-esclavitud, el dueño y señor no es de los más absolutistas, aunque tal servidumbre se funda por completo en la fuerza y en el saqueo.

En todas partes encontramos solidaridad, acaso obediencia; pero obediencia reflexiva, discutida a veces, templada siempre por la deliberación del individuo, y no sumisión absoluta. Todos los disturbios que han señalado las etapas del proletariado, todas las revoluciones hechas contra los poderes constituidos, nos demuestran que si han podido reprimirse las tentativas de emancipación, nunca se ha podido destruir ese sentimiento de independencia que yace en el fondo del cerebro de cada individuo; sentimiento que puede adormecerse en ocasiones, pero que se despierta con los latigazos de la necesidad.

Si después de cada revolución se volvía a caer en la opresión, eso era efecto de los prejuicios adquiridos por la educación. Desde que conoce su existencia, siempre se ha llevado de la rienda a la humanidad; pero eso no tiene nada de extraño que no pueda creer en una libertad no reglamentada. Pero hoy caen deshechas tales preocupaciones, fustigadas por la crítica; esos sentimientos de independencia dan con su fórmula; la humanidad aprende a no querer ya más señores y reclama su libre autonomía.

Así, pues, la asociación es una necesidad para el hombre, una de las condiciones sine qua non de su desarrollo intelectual. Pero si el individuo se ve obligado a vivir en sociedad, según hemos visto, no hay que apresurarse a sacar la consecuencia de que debe sacrificarse en aras de la asociación. Esta sociedad no tiene más motivo de existir sino las ventajas que de ella pueda sacar el individuo; si le fuere nociva, tendría derecho a salirse de ella. Y entonces llegamos a esta verdad: que la sociedad, abstracto ente de razón, creado por los sociólogos y los políticos, no tiene virtualmente ningún derecho ni poder ninguno sobre el individuo; que el bienestar y la autonomía de éste no deben sacrificarse nunca (contra su voluntad) en pro de las necesidades de aquélla; y que todas las entidades ulteriores (autoridad, propiedad, patria, familia) no son más que instrumentos fabricados por quienes los benefician para absorber la individualidad humana y explotarla a su sabor en su provecho exclusivo.

Es evidente que la sociedad no puede tener ninguna necesidad propia, privativa de ella misma. No forma un organismo independiente; y todas las analogías que se han querido alegar, porque sí, están demasiado traídas por los cabellos para tener algún valor. En muchos casos comparase la sociedad a un organismo; la analogía puede ser más o menos sorprendente, pero sería erróneo deducir de ella una identidad absoluta.

La asociación de los individuos tiene por objeto sacar mejor partido cada uno de sus propias fuerzas; esta asociación puede ser perpetua o temporal, puede variar la forma de sus relaciones interiores, pero todo eso no crea un ser viviente. Y cuando en nombre de ese pretendido organismo se quieren hacer valer nuevos derechos, contradicciones con los de los individuos que constituyen la totalidad de su conjunto, eso sólo significa que quienes se han arrogado el derecho de dirigir el cotarro o el carro social, sienten la necesidad de hacer pasar sus intereses propios antes que los de sus consocios.

Si la sociedad estuviese construida con arreglo a bases naturales, nunca debieran chocar entre sí el interés social y el interés individual. En una agregación de células, el animal que de ahí resulta no siente ninguna necesidad nociva para aquéllas, excepto en los casos patológicos, los cuales traen consigo la pérdida de una parte de las células, y, por consiguiente, la del animal entero.

Este último caso es el de la sociedad actual; tal mal equilibrada, que el interés individual está en desacuerdo con el interés general, y cada interés particular está en pugna también con cada uno de los intereses vecinos. ¡Caso patológico que trae consigo la pérdida de una multitud de individuos e introduce el desorden en la sociedad, arrastrándola a su ruina, a la descomposición!

Esta tendencia a considerar hasta ahora al individuo como un simple accesorio de la sociedad no ha contribuido poco a extraviar a todos los inventores de sistemas sociales, haciéndoles sacrificar la autonomía humana en aras de la buena marcha de los sistemas arbitrariamente inventados por ellos.

Pretendiendo los anarquistas basarse en la verdadera naturaleza del hombre en los verdaderos datos de la asociación, no ven en la humanidad sino un vasto campo de evolución, que ofrece libre espacio para evolucionar, según sus aptitudes a todos los temperamentos, a todas las ideas, a todas las concepciones. Para los anarquistas, la sociedad sólo tiene razón de existir y desarrollarse si mejora la situación del hombre, lo mismo individual que colectivamente; si contribuye a su progreso permitiéndole una extensión más grande en sus facultades, sin exigir ninguna limitación nociva para su personalidad, fuera de las que ya existen por las naturales condiciones de la vida en medio de las cuales se mueve.

Ciertos socialistas, apoyándose en una opinión emitida por Haeckel, han pretendido apoyar así sus ideas centralizadoras:

Si se considera ya la teoria cosmogónica, imaginando los mundos siderales formados por medio de una condensación progresiva de la materia difusa y surcada por corrientes de movimientos en torbellino, globos sidéreos cuyas masas sufren la acción de unas sobre otras en un enlace mutuo; -ya el perfeccionamiento del sistema nervioso, y, por consiguiente, de la inteligencia, acrecentándose con la concentración de las células, que se subdividen en diversas circunscripciones de un órgano central-; ya el desarrollo lingüístico, yendo desde la sucesión de palabras invariables e independientes, a la unión de las palabras radicales con los elementos constitutivos de sus relaciones activas o pasivas, y la modificación de las palabras mismas según las relaciones que entre sí tienen; desde todos los puntos de vista es un hecho que la evolución se realiza siempre por el tránsito de unas formas a otras cada vez más consolidadas, desde el estado de difusión al de concentración; y conforme llega a ser más grande la condensación de las partes aumenta su dependencia recíproca, es decir, que cada vez pueden extender menos su actividad propia sin auxilio de las demás.

(G. Deville. El Anarquismo).

¡Cuántas necedades puede hacer decir a un hombre el espíritu de autoritarismo! Al agruparse las células, se hacen dependientes unas de otras; de eso deduce el Sr. Deville que ninguna de ellas puede moverse sin permiso de las demás. ¡Profundo error, señores autoritarios, error profundísimo! Al asociar sus esfuerzos los individuos (como las células) hácense, en efecto, dependientes unos de otros, en el sentido de que el bien o el mal que sienta el todo lo sufre cada parte, y el efecto sentido por la parte produce más o menos conmoción en el todo.

Pero si en el conjunto de células que darán origen a organismos más complicados se hubiese producido más mal que bien para cierto grupo de células (como con los trabajadores acontece en nuestras sociedades), la asociación no se hubiera realizado. ¡Y querríais vosotros que el hombre, a pesar de su inteligencia, siguiese sufriendo un estado de cosas que los infinitamente pequeños, con un sensorio de los más rudimentarios, no habrían sufrido sin perjuicio y sin protesta!

De tales comparaciones resulta que la solidaridad más íntima debe enlazar entre sí a los individuos asociados; pero de ninguna manera resulta que deban abdicar de su autonomía; porque si se reconociesen como verdaderos vuestros razonamientos, resultaría de ellos que el estado de asociación es perjudicial para el hombre, por amenguar su individualidad. ¿No es general tendencia del ser humano el espíritu de libertad? Pues entonces, para conservar este último su integridad, debería permanecer aislado: conclusión tan absurda como el razonamiento que la provoca.

Creando un instrumental mecánico, que con poquísimo aprendizaje llega a manejar bien, el hombre se exime de la necesidad de transformar su organismo, como lo hacen las células y los insectos; la mano, maravilloso instrumento ya en sí, que puede manejar y ejercitar todos los que su inventivo cerebro le pone en condiciones de combinar, le permite adaptarse a todas las circunstancias de la lucha por la existencia, sin llegar de ese modo a una especialización tan profunda de los individuos. Son infinitas las diferencias de aptitudes y de concepciones, pero no traen consigo en el hombre ninguna modificación del organismo, que haga imposible a un individuo adquirir luego aptitudes a las cuales no tuviese inclinación primitivamente; por tanto; su situación en la sociedad no tiene nada que ver con la especialización de trabajo de las células en el organismo, de los neutros entre los insectos.

Pero la misma ciencia burguesa va a contestar a estas afirmaciones que indebidamente pretenden ser científicas, y lo hará por conducto de un hombre que, si negaba la autoridad en la ciencia, no tenía escrúpulos de practicarla en la política, y entre los funcionarios no fue uno de los de menos categoría.

¿Existe realmente en los seres pluricelulares la centralización de que habla el Sr. Haeckel? ¿Están divididas sus celulas en dominantes y sirvientes, en señores y súbditos? Todos los hechos que conocemos responden negativamente con la mayor claridad.

No insistiré respecto a la autonomía real de que palpablemente goza cada una de las células de todo organismo pluricelular; ni el Sr. Haeckel ni nadie ha negado esta autonomía. Pero importa mucho poner de relieve la naturaleza de los límites dentro de los cuales se ejerce. Así veremos que es mucho más extensa de lo que suele admitirse; y si bien es cierto que todas las células dependen unas de otras, también es verdad que ninguna manda en las demás. Los organismos pluricelulares, ni aun los más elevados en la serie, no son de ninguna manera comparables a una monarquía ni a ningún otro gobierno autoritario y centralista.

(J.-J, Lanessan: El Transformismo, pág. 183).

Y más adelante añade:

Autonomía y solidaridad: estas dos palabras resumen las condiciones de existencia de las células de todo organismo pluricelular. Autonomía y solidaridad, tal seria la base de una sociedad construida tomando por modelo a los seres vivos.

(El mismo, pág. 196).

Se nos dice que desde todos los puntos de vista la evolución se efectúa siempre por el tránsito de una forma incoherente a una forma mejor coordinada. Pero nosotros los anarquistas jamás hemos dicho otra cosa; siempre hemos creído que, dejando a la autonomía individual la facultad de manifestarse libremente, pudieran presentarse en el comienzo de sus primeras manifestaciones irregularidades que careciesen en absoluto de lógica aparente; pero dados los males que el actual autoritarismo nos hace sufrir, es preferible pasar por ese estado difuso, aguantar algunos inconvenientes perjudiciales en primer término y más que para nadie para sus mismos autores, o recurrir una vez más a la autoridad, que ya tiene dadas hartas pruebas de lo que es en materia de cenagosos lodazales.

Dejemos a los individuos libres para buscarse; dejemos a las ideas abrirse libremente camino, y veremos en poquísimo tiempo todos los ensayos, todas las vacilaciones, todos los errores corregirse por la acción de sus propios inconvenientes y ceder el lugar al acuerdo y al armónico funcionamiento de todas nuestras facultades.

No; la sociedad no es un organismo pero su existencia, no; su existencia no es independiente de la de los individuos que la componen; no es nada por si misma. Destruid los individuos todos y ya no habrá sociedad. Pero si la sociedad se disuelve y los individuos se aíslan, éstos vivirán mal, volverán al estado salvaje, sus facultades irán haciéndose regresivas en vez de progresar…; más, en último término, los individuos seguirán existiendo siempre.

Acabamos de ver que en los seres organizados, hasta en los más elevados de la serie, las células siguen siendo autónomas, a pesar de ser fuertemente solidarias; luego la comparación de los autoritarios es mala. Vamos a ver cómo es más que mala: es absurda.

Para formar la inmensa cohesión de células que constituyen un mamífero, por ejemplo, para llegar a esa división de trabajo en que cada célula ocupa su puesto en la colonia y suministra su parte de labor, siempre la misma, ha sido menester que al principio de la agregación cada célula fuese inconsciente de su individualidad y no tuviese marcada preferencia por una tarea más que por otra. Para que unas células se agrupasen para formar los músculos, la piel, los pelos o los huesos, para que otras se empleasen en segregar la sangre, la linfa, la bilis y algunas el pensamiento, sin salirse nunca de ese especialismo, hasta el punto de hacerse incapaces de cualquiera otra adaptación, de atrofiarse y morir cuando se destruyen las condiciones en que habitualmente funcionan, necesitase una plasticidad primitiva que ya no tiene el hombre, el cual es por sí mismo un ser complejo y completo, a quien le impediría además doblegarse a ello el estado de conciencia a que ha llegado.

Puede verse el progreso de la adaptación de las células estudiando las primeras formas animales. Si se considera una amiba, una mónera (que, entre los protistas, son los seres más rudimentarios), se ve cómo esa especie de gelatina viviente cambia de lugar, come y prolifera, sin tener ningún órgano especial. El individuo desempeña todas esas funciones con cualquiera parte de su cuerpo: si quiere caminar, desde la periferia del cuerpo proyecta prolongaciones que le sirven de pies; si quiere comer, se adhiere por cualquiera parte de su superficie a la materia alimenticia, la envuelve y la digiere dentro de su masa. Para multiplicarse, estrangula su cuerpo por la mitad y esa estrangulación se adelgaza cada vez más hasta formar dos individuos distintos; cuando llega a la madurez la segmentación, escíndanse ambos individuos y forma dos seres separados, en todo semejantes a quien les dio origen.

Esta es la fase de la amiba. En la mónera (mónera anaranjada, de Haeckel), la proliferación es más complicada y pasa por varias fases. Subamos a escala unos cuantos peldaños nada más, y nos encontramos con la ascidia. Aquí ya no se compone de una sola célula el individuo, sino que es una colonia en la cual comienzan a especializarse las funciones. Hay epidermis, un principio de mucosa, una abertura para engullir el alimento y… otra opuesta para dar salida al residuo. Pero es tan poco fijo el espacialismo y de una adquisición tan reciente, que se puede coger al animal, volverlo de dentro afuera como un guante, y continuará viviendo (trocada la superficie epidérmica en mucosa digestiva), como si nada de anormal se hubiese producido en su existencia.

Si se cogen ciertas hidras de agua dulce, se vuelve una y se introduce dentro de otra algo mayor, se soldarán ambas mucosas y los dos animales formarán uno solo, que sigue viviendo sin sentirse molesto por ese aumento de su individuo y sin sospechar que, con más derecho que los antiguos autócratas, podría hablar en plural.

¿Quiere hacerse la experiencia contraria, coger un animal de esta especie y cortarlo en varios trozos? Cuantos pedazos se hayan hecho, otros tantos individuos se habrán creado, que siguen vivos y no tardan en completarse, reproduciendo las partes que faltan a su individualidad.

Por tanto, sólo a consecuencia de la evolución y del progreso del organismo que constituían es como las células primordiales han llegado poco a poco a especializar sus tareas y a perder la facilidad de transformarse. Pero ya hemos visto que, al hacerse solidaria de la colonia, la célula no se ha convertido en un súbdito. Su solidaridad con las coasociadas es tan intima, que, si se negase a realizar su trabajo, perecería o por lo menos padecería la colonia (A no ser que la colonia la elimine y luego la reemplace por otra célula normal y semejante); pero esa célula sería también la primera víctima del malestar, sufriendo las consecuencias nada más de las leyes naturales que rigen su modo de existir; y no una pena impuesta por cierta clase de células consocias de aquélla.

Pues bien; en nuestras sociedades vemos muchas leyes para castigar las contravenciones al orden establecido; pero esa sanción es tan poco natural y tan inestable, que no se entienden entre sí los encargados de aplicarla. Cuando nos hayáis establecido una sociedad donde cada infracción de sus leyes acarree por sí misma su castigo, sin la intervención arbitraria de quienes se han hecho dispensadores del premio y del castigo, entonces tendréis derecho para proclamarla natural y compararla a un organismo. En la actualidad, sólo es un desorden y una confusión.

Ya lo hemos visto: el ideal de la economía política sería meter a los individuos en una casilla de su casillero social, sin que de allí pudieran salirse.

Diariamente se ve cómo se hace al obrero menos capaz de trabajar él sólo un producto completo, reduciendo al trabajador a no salir nunca de una especialidad. Uno hará durante toda la vida cabezas de alfiler, sin saber cómo se le saca punta. Otro estampará durante su existencia entera, con ayuda de una máquina, la misma pieza de metal, ignorando qué sitio ha de ocupar en el conjunto del mecanismo. Véase a dónde nos conduce la burguesía, con la esperanza de hacernos aún más esclavos de la faena que a cada uno nos señale.

Los economistas burgueses gritan que los miserables tienen demasiados hijos, y quisieran conseguir privarles de este goce postrero. Con su sistema de llevar a empujones a la mujer y al niño a los talleres, querrían suprimir poco a poco el obrero varón y adulto. Conservaríanse para muestra algunos, en los empleos donde no pudieran reemplazarles la mujer y el niño; se les especializaría en esos empleos enteramente lo mismo que los individuos neutros de las abejas y de las hormigas, o los guerreros de los termites.

Los burgueses, además de su respectiva familia legítima, heredera de sus bienes de fortuna y continuadora de su civilización, tendrían un harem de mujeres obreras con quienes procrearían un montón de bastardos, carne de taller, de oficina y de milicia, así como sus madres serían el ganado de recreo y de producción.

Este ideal no tiene nada de seductor. Comprendemos que los burgueses nos prediquen el sacrificio de la individualidad en aras de la evolución de su sistema social; pero la individualidad no quiere ya sacrificarse ni atrofiar sus facultades. con el ejercicio de una sola, sino dar libre expansión a todas y adquirir otras nuevas si es preciso. Lejos de dejarse achicar, quiere desenvolverse, amplificarse, adquirir la mayor suma de conocimientos de que sea capaz el ser humano. Sí; la sociedad debe evolucionar no como un organismo independiente que se desarrolla dirigiendo la evolución de las células que le componen, sino como simple consecuencia de la evolución del ser humano.

Así, pues, la sociedad no tiene razón de ser sino a condición de que quienes forman parte de ella encuentren en la misma un desarrollo más grande de su bienestar y de su autonomía. No tiene más que un objetivo: producir una mayor suma de utilidades y goces, con un gasto de fuerza, menor. Además, como las necesidades son variadas y los temperamentos se diferencian de mil maneras, de ahí se deduce que ese estado de asociación puede revestir múltiples formas: pueden ser innumerables los grupos que de seguro se formarán el día en que pueda desenvolverse la libre espontaneidad de los individuos. De donde resulta que es un error el pretender que los esfuerzos de todos conspiren a una mejora social que no tenga Por objeto la felicidad de los individuos asociados; eso es querer ir contra el sentido común.

Ensánchese el campo de evolución de la individualidad, y se obtendrá una buena evolución social. Si se quiere que no haya obstáculos para el funcionamiento de esa asociación de fuerzas (reconocida como indispensable por nosotros), es preciso que en esa unión de esfuerzos el individuo no resulte lesionado en ninguna de sus aspiraciones, perjudicado en ninguno de sus movimientos. No teniendo el estado social razón de ser sino en cuanto con él tenga ventajas el individuo asociado, sólo podrá existir la armonía social cuando cada uno de ellos pueda evolucionar libremente. Si los derechos de un solo individuo resultasen lesionados por la sociedad, sería para él un mal la asociación, la cual no tendría entonces razón de ser; y, por consiguiente, ese individuo estaría en su derecho al retirarse de ella y sublevarse contra las leyes que quisiera imponerle.

La igualdad social y las desigualdades naturales

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Basada hoy la sociedad en el antagonismo de intereses, siendo su regla moral el Código (sólo severo con quienes lo infringen con descaro o son tan tontos que se dejan coger con las manos en la masa), dedúcese de ahí que los mejor adaptados en la presente sociedad son los que saben colarse a través de sus mallas. Intrigantes, pícaros, estafadores, gazmoños, hipócritas, crueles y egoístas; esos son los productos que la selección social nos proporciona.

Los bienes de fortuna no son para el más robusto y que mejor sepa adaptarse a las condiciones naturales de existencia, sino para quien, habiendo sabido encontrar el lado vulnerable de un artículo de la ley, sepa robar mejor a sus competidores, valiéndose de ese texto, y tenga menos entrañas en las relaciones con sus semejantes. Para estar mejor adaptado, no se necesita saber producir por sí mismo, sino hacer que los demás produzcan y quedarse con todo el producto del trabajo ajeno.

La bondad de sentimientos y el espíritu de solidaridad son cualidades que cada cual pondera y gusta de hacer creer que las posee, pero descuidándolas bastante en la práctica (hablamos aquí de los que siguen la moral burguesa), y que se califican de simplezas cuando resulta víctima de ellas quien las pone por obra.

La moral pública las estima; pero sólo consigue la victoria quien sabe restringir su bondad y dársele un ardite de la solidaridad.

Es tan bueno que resulta tonto. -Cada uno para sí y Dios para todos. -La caridad bien ordenada comienza por uno mismo. Tales son los preceptos enseñados por la sabiduría de las naciones y contenidos en los cursos de moral que pasan por resumir mejor el espíritu práctico de los conocimientos burgueses; reglas que sirven a los hombres positivistas y prácticos para disfrazar su carácter seco, mezquino y zañamente egoísta.

Pero egoísta, no en el sentido de la conservación individual, con la inteligencia de su situación en medio de la vida y de sus relaciones con los demás seres, sino ese egoísmo codicioso y feroz que impele al individuo a no pensar en el mundo más que en sí mismo, a no ver sino competidores en sus iguales. Véase lo que nos presenta la selección de la sociedad actual. Este egoísmo es lo que ha conducido al hombre a hacerse el centro del universo, y quien lleva a ciertos individuos, si no a creerse los centros de la humanidad, por lo menos a imaginarse que son mejores y más inteligentes que los otros.

¡Cuántas vulgaridades ha hecho decir a los sabios oficiales esa igualdad reclamada por los socialistas! ¡Cuántas vaciedades han amontonado los sabios burgueses para demostrar lo imposible de una sociedad igualitaria! Y (¡ilogismo superlativo!), demostrando que no todos los individuos alcanzan igual grado de evolución, piden una regla común para todos. Compagine ambos extremos quien quiera; nuestros sabihondos no se curan de ello. Poco les vale que sus argumentos se enlacen y sean irreductibles. Por eso no les exigen sino un apoyo momentáneo y para puntos especiales.

La misma Naturaleza es quien produce las desigualdades, -dicen-; por más medios de desarrollo que pongáis a disposición de cada uno, el resultado no será igual en todos, y tendréis individuos que sepan apropiarse ciertos conocimientos mejor que otros individuos.

En uno de los capítulos anteriores hemos visto, según una cita de Büchner, que la organización social, lejos de atenuar esas desigualdades, contribuía a aumentarlas; pero haremos observar en seguida que los anarquistas, al pedir por su parte la igualdad de condiciones para todos, jamás han tenido la intención de impedir a los inteligentes desarrollarse en el grado que su propia naturaleza se lo permita, ni la esperanza de meter a viva fuerza en la cabeza de los peor dotados las partículas del saber puestas a su disposición.

Al exigir para todos la facilidad de aprender y la igualdad en las relaciones, no pedimos que nadie sea favorecido en sus medios de evolución con perjuicio de los demás; pero nadie, que yo sepa, ha tenido la candidez de esperar que se decretaría una medida de capacidad intelectual de la que nadie pudiera exceder y por bajo de la cUal nadie pudiera quedarse, un patrón de estatura por encima del que se recortaría a quienes lo superasen, y que obligara a estirar por medio de cuatro caballos a quienes fuesen cortos de talla, para alargarlos; un color uniforme de cabellos que todos debieran adoptar si no querían incurrir en las más severas penas.

Es preciso ser tonto de capirote para imaginarse que los anarquistas quieren hacer decretar eso. ¡Y los que nos suponen tales majaderías, argumentando a costa de ellas, pretenden formar parte de aristocracia intelectual!

Cada uno nace con su temperamento, sus aptitudes, sus cualidades morales y físicas, transformables acaso, pero siempre diferentes; cada uno lleva en sí mismo los fundamentos de su futura evolución impulsada por las contingencias de que es hijo y que le han dado vida. Esa evolución puede facilitarse, estorbarse y aun desviarse por los futuros medios y circunstancias, pero no impide que cada cual nazca con particulares aptitudes, que predominarán siempre en su evolución. ¡Y se nos acusa de querer decretar el igualamiento de esas aptitudes!

Nosotros queremos que a cada uno le sea posible evolucionar y desarrollar sus facultades en completa libertad. No queremos que todos coman en el mismo plato y de la misma bazofia, sino que todos tengan que comer según su apetito lo que sus gustos le permitan adquirir; aguzando sus facultades conforme a sus deseos; queremos que todos sean dichosos, no decretando una medida común de dicha, un cauce de felicidad en el que cada uno fuera constreñido a tomar su parte correspondiente bajo pena de prisión, sino dejando a cada individuo el cuidado y la libertad de crearse su porción de ventura según su propia manera de comprenderla y según su grado de desarrollo.

A quienes les dé por atiborrarse de vituallas o por saborear finos manjares, por emborracharse con aguardiente o por catar vinos generosos, déjaseles libres para cultivar sus aficiones y aptitudes. No pedimos que la sociedad esté obligada a proveerles del objeto de sus goces, sino que sus facultades tengan libre campo para conquistar lo que haya de constituir su dicha.

Pero también el que tenga gustos artísticos o intelectuales, quien esté ávido de saber y de sumergirse en los goces de lo bello, séale posible conseguir su ideal y no le estorben en su esparcimiento una cuestión de vil interés y las dificultades económicas producidas por la sociedad actual; que no le corte las alas el hecho de ser ese goce privilegio de algunos individuos, exigiendo la sociedad para alcanzarlo, no esfuerzos, sino dinero.

Igualdad de medios, hasta facilidades concedidas a todos, y no igualdad de fines: eso es lo que nosotros entendemos por igualdad social y lo que lo saben muy bien los que fingen escandalizarse al oír nuestras reivindicaciones y prefieren ponerlas en ridículo, siendo incapaces de refutarlas.

Es preciso oír a esos sabios de pega responder, escudándose en su pretendida ciencia, a los trabajadores que reclaman su parte en el saber:

– ¡Ah, infelices, no sabéis lo que decís! ¿No sabéis que la ciencia sólo puede ser conocida por una pequeñísima minoría, que hace de ella su ocupación especial; y que vosotros debéis resolveros a permanecer en vuestra esfera, contentándoos con producir goces para esa pequeña parte escogida, la única (¡la única! tenedlo entendido) que representa a la humanidad?

¡Id, id, pobres ignorantes; id a leer los libros que escribimos para vuestro uso, y en ellos aprenderéis que no hay ni puede haber igualdad! Los individuos nacen con cualidades diferentes: unos son imbéciles, otros inteligentes, otros más inteligentes aún, y rara vez, de siglo en siglo, surge un hombre de genio. Pues bien, ¡jamás conseguiréis que esos individuos sean iguales! ¡Vuestro sistema viene a parar en la opresión de la inteligencia por los zotes, y su aplicación sería un retroceso para la Humanidad! El triunfo de vuestras doctrinas sería el comienzo de una era de decadencia para el espíritu humano.

Si hubieseis aprendido la ciencia como nosotros, sabríais que los sabios (como nosotros) están hechos para gobernar a los tontos (como vosotros). ¡No nos obliguéis a hacer nosotros mismos nuestra cama o limpiarnos los zapatos! ¡Vaya unas ocupaciones nobles para quienes contemplan los astros o buscan el secreto de la vida en el estudio del cuerpo humano! No podemos dedicarnos a la ciencia sino a condición de tener esclavos que produzcan para nosotros; sabedlo de una vez para siempre, y no vengáis a calentarnos la cabeza con vuestras locuras igualitarias.

Y los mentecatos (que no son los últimos en creerse unos seres superiores) dicen amén y proclaman muy alto que la desigualdad es una ley natural entre los hombres, siendo patarata el creer que un zapatero remendón pueda valer intelectualmente tanto como un señor que da a luz unos libracos que nadie lee. Esto es lo que vamos a estudiar.

Ante todo, ¿qué es la inteligencia? Eso es lo que nunca han tratado de explicar quienes se proclaman a sí mismos la aristocracia intelectual. La inteligencia es para ellos tener posiciones oficiales que les pongan por encima de sus vecinos, una fortuna que les permita poseer cuanto necesiten sin cooperar a la producción, y tener el descoco de hablar de cosas que no siempre comprenden. Tener del mango la sartén y para sí mismos lo ancho del embudo: tal es su inteligencia.

Sin embargo, la inteligencia es otra cosa. Véase lo que de ella dice el señor Manouvrier, un sabio que no se deja embaucar con palabras, que no tiene la pedantería de esos sabios, y es uno de los que mejor saben analizar las operaciones intelectuales:

La inteligencia, considerada en sí misma, in abstracto, es una correspondencia entre relaciones internas y relaciones externas. Esta correspondencia o conformidad, esta adaptación, crece en espacio, tiempo, variedad, generalidad y complejidad, en su evolución zoológica. Tal es la definición dada y admirablemente desenvuelta por Herbert Spencer. Una evolución análoga se produce en cada individuo según el grado se evolución psíquica conseguido por su especie y por su raza, según las condiciones particulares de su propia conformación y de sus relaciones con su medio.

(Curso de 1893).

La inteligencia es una adaptación de relaciones internas a las relaciones externas: esto es bien explícito. Cuanto mejor adaptado se está al medio en el cual se vive, más inteligente se es. Pero si se quiere que los individuos puedan adaptarse a su medio, es preciso también dejarles libertad para desenvolverse, y no ponerles obstáculos, como lo hace la sociedad actual con la mayoría. Y acabamos de ver cómo la adaptación que la actual sociedad favorece dista muchísimo de ser la que la verdadera justicia reclama.

La verdadera adaptación a las condiciones naturales de existencia consistiría en saber bastarse a si mismo con su propia industria. Si pronto quedase abolido el arbitrario poder de la moneda Y cada cual tuviese que hacerse útil en la asociación para obtener así sus medios de subsistencia, buen número de burgueses correrían el riesgo de desaparecer, castigados en esto por la naturaleza, que les enseñaría cómo no hay para ellos lugar en el festín del universo; y entre ellos, los primeros de todos, la mayor parte de esos que dicen ser la flor y nata de la inteligencia.

Y con ellos desaparecerían también algunos sabios, a los cuales ciertamente no confundiremos con los primeros, pues tienen por sí mismos algún valor; pero víctimas en esto de una falsa selección que les da todas las facilidades para vivir, han resultado ser unos monstruos del orden intelectual, que saben lo que pasa en la luna y cuáles son los metales que se observan en el espectro de Sirio, e ignoran que hay en la tierra hombres que trabajan, sufren y mueren de hambre por efecto del parasitismo de otros.

Pero la definición de la inteligencia expuesta por el señor Manouvrier no termina en la cita que acabamos de transcribir. Sigamos leyendo:

Las relaciones externas son infinitas: abarcan el universo entero. Una correspondencia completa y perfecta con todas esas relaciones constituiría el sumo poderío. Pero esta correspondencia perfecta no existe, y no es posible en ningún ser. La reunión de todas las correspondencias realizadas entre todos los hombres, entre todos los seres vivientes, formaría, no obstante, una suma inmensa; y si pudiera darse reunida en un solo individuo, daría a este un poder enorme. Pero cada hombre no se ha puesto en relación sino con cierto número más o menos cuantioso de relaciones exteriores, y su conformación sólo permite que se establezcan en él cierto número de relaciones interiores correspondientes. Estas relaciones interiores establecidas constituyen su inteligencia efectiva. Sacadle de ahí; entonces no comprende nada, no dice nada de fundamento, no hace nada de provecho, parece como imbécil. Por eso empléase con frecuencia el epíteto inteligente para calificar un acto, un juicio, una manera de comprender no conformes con las relaciones exteriores que existen en realidad.

Pero si frecuentáis un poco el trato de ese mismo individuo que os ha parecido ininteligente, puede aconteceros ver que en él existe cierto número de relaciones internas correspondientes a relaciones externas diversas de aquellas a las cuales le habíais sometido al principio. Entonces os convenceréis de que es un hombre inteligente, pero en otra esfera que la vuestra. Os será permitido suponer que vuestra esfera intelectual es más elevada y más importante que la suya; que vuestras relaciones internas corresponden a relaciones externas más numerosas, más generales, más complejas, más extensas. Y podrá suceder que esa suposición que rara vez deja de hacerse en semejante caso, esté conforme con la realidad.

(Curso explicado en la Escuela de Antropología, 1893).

Lo que indigna a los defensores del presente orden social, cuando reclamamos la igualdad para todos, es el comprender que no podrán hacer uso de sus capitales para descargar sobre los demás el peso de los trabajos que juzgan inferiores. Y dicen así:

Estando el hombre inteligente por encima de quien no lo es de ningún modo, es preciso que las inteligencias superiores se hallen en disposición de tener mayor suma de goces, puesto que con sus trabajos son más útiles a la sociedad. Por su inferioridad misma, el bruto está condenado a servir en todo tiempo. Querer compararlo con el hombre de genio, es desear oprimir a la inteligencia. ¡Aspiráis al reinado de las medianías!

En cuanto a medianías, creemos que sería difícil igualar en eso al sufragio universal para elevarlas al pináculo, y por tanto, es inútil insistir en ello.

Sin más que colocarnos en el punto de vista estrictamente filosófico, podríamos responder con valentía a quienes dicen que la sociedad debe mucho a los hombres superiores, que esta afirmación es un error. El hombre instruido e inteligente, acaparando mayor porción de materia cerebral, aprovechándose de los medios de estudio puestos a su disposición por la sociedad, con detrimento de los condenados a producir mientras él se asimila las ciencias, fruto del trabajo de las generaciones pretéritas y presentes, el hombre de inteligencia, digo, es quien resulta deudor de la sociedad; lejos de tener él derecho para reclamar un aumento de goces, ella es quien lo tiene para decirle: ¡Devuélveme en proporción lo que te he dado!

Y entendemos por sociedad el conjunto de todos los que han producido mientras él estudiaba, todos los que han cooperado a producir los libros que leyó, los instrumentos que le hicieron falta para sus experiencias, los productos por él utilizados en sus investigaciones. Con toda la inteligencia que virtualmente pudiera tener, ¿qué habría hecho si no hubiese tenido a mano todo esto?

Porque un hombre sea más inteligente que otro, ¿con qué derecho le ha de dictar leyes? ¿Con el derecho de su inteligencia? Pero si el bruto es más fuerte y usa de su fuerza para obligar al hombre inteligente a servirle, ¿diréis que eso es justo? ¿Por que no? La fuerza es también un producto de la selección natural, con los mismos títulos que la inteligencia. Si hay quienes se vanaglorian de la actividad de su cerebro, también hay quienes se jactan de la fuerza de su bíceps; en nuestras sociedades hemos tenido hartos ejemplos de fuerza bruta dominadora de la inteligencia y reclamando la prioridad sobre ésta, para probar que es posible nuestra hipótesis.

Pero aún hay más. Acabamos de ver con el Sr. Manouvrier que la inteligencia es enteramente relativa, que todo hombre puede ser superior en una rama de los conocimientos humanos y estar desorientado en otro orden de ideas. No hay seres perfectos ni omniscientes; cada uno participa de los defectos propios de la humana naturaleza, y quien quizá sea un genio en las ciencias más abstractas, tal vez haga la triste figura en las circunstancias más vulgares de la vida, ¡cuándo no sea peor aún! Ciertos sabios convienen fácilmente en ello:

En algunos sabios, el desarrollo intelectual ha extinguido por completo la vida afectiva. Para ellos ya no hay amigos, familia, patria, humanidad, ni dignidad moral, ni sentimiento de lo justo. Indiferentes a todo lo que pasa fuera del dominio intelectual, donde se agitan y gozan, las grandes iniquidades sociales no perturban su quietud. ¿Qué les importa la tiranía, si respeta los matraces y retortas de sus laboratorios? Por eso, véseles mimados y acariciados por los déspotas más listos. Son seres de lujo, cuya existencia y cuya presencia dan honor al amo, sirven de tramposo a sus malas acciones y además no podrían molestarle para nada.

(Letourneau: Fisiología de las pasiones, página 108).

Dejemos, pues, a los sabios con sus matraces v retortas, inclinémonos (a reserva de nuestro derecho de crítica) ante sus fallos, cuando nos hablan de cosas que conocen por haberlas estudiado; pero no les pidamos nada más, no les exijamos que labren nuestra felicidad, cuando a veces ellos mismos son incapaces de labrar la suya propia o la de quienes les rodean.

Al reclamar la libertad y la posibilidad para todos indistintamente de evolucionar según sus tendencias respectivas, lejos de pretender sojuzgar la. inteligencia como creen algunos, lejos de querer asfixiarla con el hálito de las medianías, por el contrario, queremos desligarla de sus trabas económicas, desprenderla de las mezquinas consideraciones de lucro o de ambición, facilitar su desarrollo, hacer que tome libre vuelo.

Así como los individuos tendrán que agruparse para producir las cosas necesarias para su existencia material, de igual manera tendrán que agruparse para facilitar los estudios que les interesen, para producir o adquirir los objetos que necesiten en sus estudios.

El capital es hoy quien facilita a unos la posibilidad de estudiar. En lo sociedad futura bastará querer… y trabajar. Para dar enseñanza a los individuos, no se les preguntará: – ¿Tenéis con qué vivir durante el tiempo necesario para los estudios? ¿Tenéis tal suma de dinero para contribuir con ella antes de comenzarlos?

Los que quieran aprender se buscarán unos a otros para agruparse con arreglo a sus aficiones, organizarán sus cursos y laboratorios como les parezca; quienes mejor sepan agrupar su enseñanza, esos tendrán más probabilidades de extenderla. No tendrán, como hoy, un enjambre de trabajadores que aguarden sus órdenes, prontos a satisfacer el menor de sus caprichos y no en cosas que ellos mismos no sabrían producir; tendrán que entenderse con los que sean capaces de suministrárselas, tratarán de organizar un cambio mutuo de servicios en que cada uno encuentre cuanto necesite, lo cual se puede siempre que se quiere; mientras que, en la sociedad actual, aunque se esté dotado de las mejores disposiciones y se tenga la voluntad más firme de utilizar las facultades propias, no siempre acepta la sociedad vuestros servicios, y los dueños del capital no siempre tienen voluntad de aprender.

Claro es que en la sociedad futura no se nos vendrá a las manos por sí solo todo cuanto se desee y a la primera intimación, como acontece hoy con el capital. No bastará decir ¡quiero esto!, para que lo tengáis a vuestros pies. Los individuos tendrán que ingeniarse y trabajar para la realización de sus concepciones; pero por lo menos estarán seguros de que la sociedad no les pondrá ningún obstáculo para hacerlo así. Querer y obrar: estas son las dos nuevas palancas que reemplazarán al capital en la realización de los deseos individuales.

Como el hombre inteligente aporta mucho más a la sociedad, tiene derecho a mayores goces, -se nos dice-. ¡Qué absurdo, desde todos los puntos de vista! Acabamos de ver que, por lo menos, debe a la sociedad tanto como él pueda aportar a ésta. Pero, ¿tiene más vientre que el hombre no inteligente, mayor número de bocas y más fuerza digestiva? ¿Ocupa más espacio cuando se acuesta? ¿Se ha decuplicado, en proporción de sus conocimientos adquiridos, su poder de consumir productos necesarios?

Precisamente, suele acontecer lo contrario: aquel a quien se le niegan los goces intelectuales, refúgiase y se desquita en los goces materiales. Por tanto, si la sociedad permite a todos facilidades para que, cada cual en su especie y según su actividad, puedan adquirir el goce que apetezcan, ¿qué más hace falta? ¿No es esa la verdadera retribución equitativa de que á cada uno según sus obras? Esta es la justicia distributiva que ningún sociólogo ha podido encontrar para justificar cualquier sistema de reparto de la riqueza colectiva.

Y añaden: El hombre inteligente tiene necesidad de goces estéticos más refinados que el bruto. Pero la misma naturaleza de estos goces le hará tanto más fácil proporcionárselos, cuanto no se lo disputarán aquellos a quienes nada digan tales placeres. El hombre verdaderamente inteligente halla su recompensa en el ejercicio mismo de sus facultades intelectuales; el sabio encuentra el goce que se le quiere reservar en la prosecución de sus trabajos; los estudiosos tienen en el estudio y en las investigaciones la emulación y el estímulo que no pudiera darles un capital, del que no sabrían qué hacer.

¿Son verdaderamente sabios quienes, como premios de sus trabajos necesitan uniformes bordados y objetos de quincalla fina prendidos en el pecho?

Acabamos de verlo: si la sociedad debe al hombre inteligente, también éste es deudor de aquella. Si tiene un cerebro que puede asimilarse muchas cosas, débelo a las generaciones que acumularon y desenvolvieron las aptitudes que le animan. Si le puede poner en juego es gracias a la sociedad, que conservando y acumulando los mecanismos que permiten reducir el tiempo necesario para la lucha por la existencia, facilita al individuo la posibilidad de emplear el tiempo ganado en adquirir nuevos conocimientos. Producto del esfuerzo social y de las generaciones extintas, si el hombre inteligente puede ser útil a la comunidad, necesita de ella para desenvolverse en su evolución personal.

Supongamos otro Pigmalión que encontrase el medio de animar un trozo de mármol a quien hubiera dado forma humana: al darle vida, el artista no conseguiría producir sino un hermoso bruto incapaz de adaptarse a las condiciones de nuestra existencia; y, aunque lograra proveerle de cerebro, no podría ponerle en posesión de esa herencia de conocimientos y de instintos que hemos recibido de la larga serie de nuestros antepasados.

Si podemos asimilarnos una parte de los conocimientos de nuestro tiempo, consiste en que detrás de nosotros tenemos un incalculable número de generaciones que lucharon, aprendieron y nos legaron sus adquisiciones. El cerebro más potente, si no fuese él mismo producto de una evolución, sería incapaz de asimilarse la más pequeña parte de esos conocimientos: ni siquiera llegaría a comprender por qué dos y dos son cuatro; esto no tendría para él ningún significado. Todo lo dicho prueba que en las relaciones entre el individuo y la sociedad existe una ley de reciprocidad y de solidaridad, pero que nada tienen que ver en ellas las cuestiones de Debe y Haber.

Además, convendría concluir para siempre con esa inteligencia y ese genio tan ensalzados por ciertos doctores, los cuales sólo le atribuyen tantos privilegios porque se incluyen ellos mismos entre esa legión selecta a quien dan bombo.

Porque esos caballeros han podido hacer a costa de los contribuyentes algunos viajes llamados científicos, porque han dado a luz enormes librotes para tratar cuestiones tan áridas y en una jerga que los hace incomprensibles, o porque desde el estrado de una cátedra oficial (y siempre a costa de los contribuyentes) están encargados de legitimar la explotación de los débiles por los fuertes ¡esos señores se proclaman hombres superiores y se creen lo más escogido de la humanidad!

Pues bien; un hombre puede tratar de cuestiones abstrusas, comprenderlas y aun hacerse comprender, sin que para resolver esos problemas emplee sino las mismas aptitudes aportadas por otro individuo a otro orden de ideas que pasen por menos elevadas.

El químico que en su laboratorio analiza los cuerpos, separándolos unos de otros, puede no desplegar sino el mismo grado de observación que el labriego que prepara sus tierras según la cosecha que pretende sacar de ellas. El agricultor que con la práctica advierte que tal planta se da mejor en tal terreno, puede haber desplegado tantas facultades inductivas, analíticas y deductivas como el químico que descubre que determinados cuerpos mezclados en proporciones definidas dan origen a tales otros de nuevas propiedades. ¡Cuestión de medio y de educación!

El rústico podrá ser incapaz de comprender un problema de fisiología resuelto por el sabio, pero éste podrá ser también incapaz de criar ganado o de saber sacar partido de un campo. Argumentad acerca dé esto cuanto gustéis; estimad la ciencia del sabio muy por encima de la del campesino: concedámoslo, pero eso no obsta para que si el sabio contribuye al progreso intelectual de la humanidad, el labrador y el pastor provean a las necesidades materiales, que si no se satisfaciesen, tampoco permitirían ninguna posibilidad de realizarse los progresos intelectuales. No deduciremos de ahí la conclusión de que el trabajo del campesino sea más necesario para el hombre que el del sabio; pero sí decimos que en una sociedad bien organizada se completan uno a otro, y que deben ser libres para buscar cada cual su felicidad según la conciban, sin que el uno tenga derecho a oprimir al otro.

Los partidarios de la supremacía intelectual deducirán de esto que pretendemos rebajar la inteligencia y poner todos los hombres al mismo nivel, y que aquéllos tienen razón al acusarnos de odiar a quienes sobresalen del vulgo y de proponernos realizar una medianía general, que sería la decadencia de la humanidad.

Hemos demostrado que, en nuestra sociedad futura, los hombres de inteligencia, para desarrollarla, sólo tendrían que gastar energía para crearse un medio que les diese resultados muchísimo más eficaces que el régimen capitalista, el cual mata en germen diariamente a un gran número de inteligencias. Sabemos ¡ay! que no todos los individuos llegan al mismo grado de desarrollo, y el promedio de la masa general de las personas tiene siempre un grado mínimo que representa el espíritu conservador y a veces hasta retrógrado.

Sólo el régimen capitalista es quien trabaja por ensanchar el abismo que separa a los inteligentes de los que no lo son, y, por consiguiente, para rebajar el nivel medio de la inteligencia. Nosotros queremos que los muy inteligentes tengan todas las facilidades apetecibles para llegar a serlo aún más; pero también queremos que quienes lo son muy poco tengan la posibilidad de adquirir algunas migajas más de ciencia. De ese modo aproximaremos entre sí a los inteligentes y la masa común de los hombres, no rebajando a los primeros (como se aparenta temer), sino elevando el nivel medio de los segundos. Sabemos que todas las facilidades imaginables nunca convertirán a un microcéfalo en un Lamarck o en un Darwin, pero los microcéfalos no son más que seres excepcionales por accidente, y aquellos a quienes se tacha de estúpidos pueden subir algunos escalones más en la escala de los conocimientos humanos, sin hacer por eso que desciendan los que están más arriba. La inteligencia es una cosa tan tenue y tan difícil, si no de apreciar, por lo menos de dosificar, que conviene ser modesto al atribuirse esa cualidad.

Exhaustos de argumentos, los mantenedores de la sociedad presente se atrincheran detrás de la suposición de que los intelectuales necesitan tener a sus órdenes un personal subalterno para las faenas bajas, si aquéllos han de consagrar todos los instantes de su vida al estudio y a las investigaciones; y, por consiguiente, la necesidad de una división de la sociedad en castas, destinadas a producir ¡mientras las otras dirigen y estudian!

Para probar lo vacío de este argumento nos bastará leer la historia de los descubrimientos que forman época en el desarrollo evolutivo de los progresos humanos. El mayor obstáculo para las ideas nuevas, los más grandes enemigos de quienes aportaron nuevas verdades, han sido siempre la ciencia oficial y los sabios de real orden, precisamente aquellos a los cuales se les puso en condiciones favorables para no preocuparse por las necesidades de la vida material, quienes podían dedicarse de una manera exclusiva a los estudios y a las indagaciones científicas.

Desde la Sorbona, que perseguía como heterodoxos a los que negaban los dogmas reconocidos y aportaban datos nuevos, no sólo en el dominio del pensamiento, sino también en el de las ciencias físicas o fisiológicas, quemaba como hechiceros a los alquimistas, padres de la química moderna; desde la Inquisición castigando a Galileo por afirmar que la tierra gira en derredor del sol, hasta Cuvier aplastando (por un momento) con su influencia, tanto oficial como particular, la teoría de la evolución tan fecunda en resultados, la ciencia oficial ha cerrado siempre el camino al progreso. No es más que la cristalización de las ideas adquiridas y predominantes; es preciso que los conocimientos nuevos, para establecerse, tengan que combatir, no sólo con la ignorancia de la muchedumbre, sino también con ese nefasto poder.

Los sabios son los primeros en declararlo:

No acontece así ahora, puesto que, por el contrario, se trata de transformar los observatorios y establecerlos con arreglo a planos más modestos y mejor adecuados a su destino.

El observatorio de París sólo sirve de oficina de cálculos y laboratorio de física; las principales observaciones se hacen en el jardín o bajo unos armatostes de extremada sencillez.

Haeckel ha expresado jocosamente esta idea, cuando dice que la suma de las investigaciones originales producidas por un establecimiento científico es casi siempre inversamente proporcional a su grandiosidad.

Preguntábanme, hace algún tiempo, qué servicios podía prestar un astrónomo de afición. ¡Qué servicios, santo Dios! Basta dar un vistazo a la historia de las ciencias, y bien pronto se advierte el influjo de esas observaciones aisladas, producto de los diversos estudios emprendidos por sabios aficionados, es decir, no pertenecientes a los observatorios públicos.

Copérnico, a quien debemos el verdadero sistema del mundo, era un aficionado; Newton, el inmortal inventor de la gravitación universal, también lo era; otro aficionado, el músico Herschel, erigióse en reformador de la ciencia y la hizo dar gigantescos pasos, tanto con sus numerosas observaciones como con sus procedimientos de construcción.

Le Verrier dirigía la Fábrica de Tabacos cuando, por consejo de Arago, comenzó a dedicarse al estudio del planeta Neptuno; era, pues, otro ilustre aficionado.

Lord Ross, que con su inmenso telescopio descubrió tantas nebulosas; Dombowoki y BUrnham, dos infatigables investigadores, cuyos trabajos acerca de las estrellas dobles son tan conocidos por todos los sabios, tampoco eran astrónomos oficiales.

Lalande, que en la escuela militar hizo el estudio de 50.000 estrellas, formando uno de los más hermosos catálogos que se conservan, era también un aficionado.

Janssen, cuando dio a conocer el medio de observar las protuberancias solares sin tener que aguardar a los eclipses; Carrington y Warren de la Rue, cuando publicaron sus admirables observaciones del sol, también eran aficionados.

Asimismo debemos indicar a Goldschmitt, un pintor que tenía su taller en Paris y con un anteojo de mala muerte descubrió 14 planetas pequeños y al doctor Lescarbault, el sabio médico de Orgéres, quien con un instrumental rudimentario estuvo observando durante veinte años antes de descubrir el planeta Vulcano, y halló la justa recompensa (¿!) de sus trabajos en la cruz de la Legión de Honor, tan bien merecida por su perseverancia.

Todos los observadores de estrellas fugaces, y a la cabeza de ellos Coulvier-Gravier, los que han estudiado los cometas como Pingré, y quienes los han descubierto como Biela y Pons, han visto unido su nombre al descubrimiento que hicieron, y la ciencia conserva de ellos perdurable memoria.

Pero el más hermoso rasgo nos lo suministra un oscuro consejero de Estado de Dessau, de apellido Schwabe, quien durante treinta años seguidos remitió al periódico de Schumacher sus observaciones acerca de las manchas del sol. En todo ese tiempo, nunca tuvo el más pequeño estímulo, porque en las esferas científicas oficiales tuvieron por inútiles sus trabajos. Sólo al final de su vida hubo un completo cambio en el ánimo de los astrónomos, y se estimó en su valor la inmensa cantidad de observaciones que había acumulado.

¡Y cuántos aficionados cuyos trabajos son conocidos, no figuran en esta ya larga lista!

(G. Dalet, Las maravillas del cielo, páginas 343-345).

Todos los que verdaderamente han dado impulso al progreso, todos los que han aportado ideas nuevas, la mayor parte de las veces, no sólo han tenido que luchar contra los sabios oficiales, sino también luchar para vivir. El inventor del análisis espectral, Frauenhofer, era un óptico. Actualmente, en Francia, la ciencia oficial aún emplea sus últimas energías contra la teoría de la evolución. Los que ya, no pueden negarla, sácanla de quicio para hacerla decir las cosas más absurdas; otra manera de oponerse al progreso.

Y, además, esa argumentación de una minoría selecta aplastando a la masa general de las gentes, ¿no es el razonamiento más inhumano que pueda invocarse? ¿No tendrían derecho a sublevarse las masas y derribarla, proclamando que les importa un bledo de esa ciencia si ha de seguir inaccesible para ellas, si han de ser siempre víctimas suyas?

Habéis embrutecido a las que llamáis clases inferiores; vuestra organización tiene por objeto embrutecerlas aún más, ¡y os extraña que esas clases os aborrezcan! Virtualmente, esas llamadas clases inferiores valen tanto como vosotros, tienen los mismos antepasados e igual origen; en su seno os veis obligados a regenerar a vuestra descendencia, y su falsa inferioridad sólo es artificioso producto de una selección artificial engendrada por una sociedad que todo se lo quita a unos para darlo a otros.

Los trabajadores no tienen odio a la inteligencia, sino a los pedantes. Cuando reclaman igualdad para todos, no desean el rebajamiento de las inteligencias, sino el medio de que cada uno pueda cultivar la que posee. Si no tuviesen respeto a las ideas profesadas por otros más sabios que ellos, muchísimo tiempo ha que ya no os suministrarían la fuerza material que los mantiene en la esclavitud.

El respeto del trabajador a las cosas que no comprende, la aceptación crédula de las explicaciones que le dan aquellos a quienes considera más instruidos que él, han hecho en pro del mantenimiento de vuestra sociedad mucho más que toda vuestra fuerza armada y toda vuestra policía. Sólo las medianías envidiosas afirman que el trabajador odia la inteligencia. Reclama su parte en el desarrollo de ésta, y eso es todo.

De ser verdadero, como afirmáis, que la ciencia debe reservarse para monopolio de una minoría selecta, en ese caso vosotros inculcáis en el seno de las masas ese odio y tienen derecho para, aborreceros. ¿Qué nos importaría la ciencia, si sólo hubiese de justificar nuestro rebajamiento y nuestra explotación por vosotros? Ved lo que podrían contestaros aquellos a quienes motejáis de inferiores; y este razonamiento de simple lógica, basta para demostrar vuestra presunción, pues no hay ciencia allí donde se falta al sentido común.

Egoísmo y altruismo

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Después de la necesidad de una clase escogida, la mayor parte de los defensores del orden burgués atrincherase en el egoísmo individual para justificar el mantenimiento de la propiedad privada y lo necesario de un poder encargado de poner en orden todos los egoísmos.

Según ellos, el hombre es egoísta y sólo obra movido por sentimientos exclusivamente de interés individual. Si la sociedad no le permite guardar para sí lo que pueda proporcionarse con su trabajo, acumularlo y transmitirlo a quien quiera, rómpese el resorte motor de todas las iniciativas y de todo trabajo. El día en que los individuos no tuviesen la posibilidad de atesorar, no trabajarían ya; no habría entonces sociedad, progreso, nada.

Pero nuestros burgueses son harto sabedores de su interés propio, para llevar esa teoría hasta sus últimas consecuencias. ¡Esto pudiera volverse contra su sistema social! Por tanto, añaden:

El hombre es egoísta; está en su naturaleza, y no hay medio de remediarlo. Por otra parte, la sociedad (de la cual somos el más bello adorno) exige a los individuos mucha abnegación y muchos sacrificios para funcionar bien. Si os parece, partiremos las peras en duras y maduras; los que gobiernen y exploten a los demás, podrán desarrollar su egoísmo con plena seguridad, teniendo medios para hacerlo; los gobernados y explotados tendrán el deber de dar pruebas de la más perfecta abnegación para plegarse a cuanto se les exija. Sólo a este precio es posible la sociedad.

Por eso el primer trabajo que se toman las religiones consiste en predicar el respeto a los amos y señores, la humildad del individuo, la abnegación y el renunciamiento de sí mismo: el sacrificio en pro de sus semejantes, por la patria y por la sociedad al establecerse la burguesía.

Los moralistas han venido después a demostrar que la sociedad sólo era posible y perdurable a condición de que el individuo se sacrificase por la felicidad de todos, renunciando a su autonomía y consintiendo en dejarse cohibir en cada uno de sus movimientos espontáneos.

Como es natural, los ignorantes y los miserables han creído esto a pies juntillas, y llevan miles de años dejándose esquilar, creyendo que trabajan en beneficio de la especie humana. Los poseyentes, menos cándidos, limítanse a gozar y a explotar esos buenos sentimientos.

Pero cada acción produce su reacción. Otros han querido demostrar que, siendo el egoísmo el fondo de la naturaleza humana, el hombre no será feliz sino cuando la sociedad le permita no pensar más que en sí propio y referir todos sus actos, todos sus razonamientos al culto del yo, divinidad en aras de la cual debe sacrificarlo todo.

Practica esta teoría una juventud literaria que desprecia con toda la inteligencia de que se cree dotada a la vil masa común a quien tiene por inferior a ella; y ha llegado a proclamar una especie de anarquismo aristocrático, que con unos cuantos miles de francos de renta haría muy buenas migas con la sociedad actual. Por odio a la abnegación y a la sumisión predicadas por el cristianismo y por la moral burguesa, cierto número de anarquistas han creído encontrar en esta nueva fórmula la expresión de la verdad, resultando de ahí una polémica entre los partidarios de lo que se ha llamado el egoísmo y los partidarios de lo que se ha llamado el altruismo.

Mares de tinta se han vertido para explicar estos dos vocablos, amontonándose sofismas sobre sofismas y diciéndose muchos disparates por una y otra parte para probar que cada uno de esos dos conceptos debía ser exclusivamente el motor del individuo.

Y según la opinión particular de cada uno, se ha echado en cara sucesivamente al comunismo anarquista, por parte de los secuaces del egoísmo: que la idea anarquista exigía demasiado altruismo a los individuos para poder subsistir; que la posibilidad de una sociedad semejante presuponía unos hombres perfectos como no existen; que el hombre no se inclina por naturaleza a sacrificarse por los demás; y que sólo debe hacer lo que juzgue útil para su desarrollo.

Por parte del altruismo se ha dicho a los anarquistas: al reclamar la completa autonomía del individuo, al exaltar el espíritu individualista, dais alientos al egoísmo absoluto de los individuos; vuestra sociedad no sería viable, pues olvidáis que para subsistir exige sacrificios mutuos, y la iniciativa individual a menudo tiene que ceder y desvanecerse ante el interés común; vuestra sociedad sería el reinado de la fuerza bruta, la dominación de los más débiles por los más fuertes, sería un conflicto perpetuo.

Esto demuestra cuán expuesto está uno a decir necedades, cuando sólo se miran las cosas desde un punto de vista exclusivo. El hombre es un ser complejo que no se mueve por influjo de un sentimiento solo, sino que puede verse impulsado por toda clase de sensaciones, de circunstancias, de influencias fisiológicas, físicas y químicas, a la vez; sin que le sea posible discernir bajo qué impulso ha obrado.

Si el hombre sólo obrase por la presión del egoísmo, la sociedad actual no subsistiría ni un minuto; pues exigiendo los mayores sacrificios a los desposeídos de todas las cosas y de su propia persona, cuando ante su vista se despliega el lujo de los ricos, estos últimos han tenido que hacer vibrar otros sentimientos para conseguir de aquellos la fuerza que sostiene su sistema, el cual hubieran sido impotentes para defender si se hubiesen visto reducidos a sus propias fuerzas nada más. Por otra parte, engáñanse quienes nos predican el sacrificio y la abnegación; porque se puede acontecer que el hombre se olvide de sí mismo para acudir en auxilio de sus semejantes, eso sólo puede ser con intermitencias y no una práctica continua.

Esa funesta teoría, ensalzada por el cristianismo, es quien asegura el imperio de la autoridad, rebajando los caracteres para que se sometan dóciles a la explotación de amos a quienes se pretende enviarlos por Dios, acostumbrando a los individuos a padecer en la tierra para conquistar la bienaventuranza en el cielo.

El hombre no es el bruto descrito por los teóricos del egoísmo; tampoco es el ángel predicado por el altruismo, cualidad que sólo funesta pudiera serle, porque seria el sacrificio de los óptimos en beneficio de los pésimos. Si los individuos debieran sacrificarse unos en pro de otros, en último término, los que sólo pensasen en sí propios serian los únicos beneficiados por ese estado de cosas y los únicos también que sobrevivirían. El individuo no tiene el deber de sacrificarse por nadie, ni el derecho de exigir que nadie se sacrifique por él. Eso es lo que se pone en olvido y lo que aclara la cuestión.

El individuo, por el hecho de su existencia, tiene el derecho de vivir, desarrollarse y evolucionar. Los privilegiados pueden limitarle y hasta negarle este derecho; pero cuanto más consciente de si mismo llega a ser el individuo, más entiende estar en el uso de su derecho y más se revuelve tascando el freno que le ponen.

Si el individuo estuviese solo en el universo, tendría el poder de usar y abusar de todos sus derechos, de disfrutar sin cortapisas ni limitaciones de todos los productos de la naturaleza, no teniendo que ocuparse sino de las consecuencias posibles para él de ese abuso.

Pero el individuo no es una entidad, no existe solo: hay en la tierra unos frente a otros mil millones de ejemplares, con aptitudes equivalentes, si no semejantes, y con la firme voluntad de usar de su derecho de vivir. Los individualistas que predican el culto del yo, erigen al individuo en una entidad y profesan una metafísica trascendental tan absurda como los sacerdotes que han imaginado a Dios.

El individuo tiene derecho a satisfacer todas sus necesidades, a la plena expansión de su personalidad: pero como no está solo en la tierra, y el derecho del último que llega es tan imprescriptible como el del primero que vino al mundo, es evidente que sólo había dos soluciones para que se ejercitasen esos diversos derechos, la guerra o la asociación.

Pero el espíritu humano rara vez opta por las decisiones categóricas. Además, las circunstancias arrastran a los individuos antes de que tengan tiempo de explicarse ellos mismos sus propios actos, y sólo después de realizados es cuando se trata de inquirir y extraer su filosofía.

Estalló el conflicto entre esos derechos diversos, conflictos mezclados con tentativas de solidaridad. Los hombres han entrevisto que les sería provechoso hacerse solidarios entre si; pero el feroz egoísmo de algunos que sólo ven su beneficio presente sin calcular el mal que en lo futuro causan a los demás, ha impedido a la humanidad evolucionar francamente con tendencia a una solidaridad completa. Mantúvose el estado de lucha en las sociedades que eran un comienzo de prácticas solidarias. Y (para no hablar sino del período histórico) centenares de siglos ha que perdura ese estado mixto de lucha y de solidaridad; miles de años en que, por voluntad de una minoría, única en aprovecharse de tal estado de cosas y que quisiera perpetuarlo, luchamos unos contra otros mientras se forjan hermosos sueños de fraternidad; cientos de siglos, millares de años en que las clases poseedoras explotan a las clases por ellas desposeídas, a la vez que predican la solidaridad, la abnegación y la caridad.

Pero los que sufren han llegado a preguntarse por qué han de seguir manteniendo a parásitos, por qué han de pedir como limosna lo que es producto de su trabajo. Se les ha desarrollado el cerebro, han reflexionado acerca de las causas de su miseria y han comprendido que para salir de ella debían solidarizar sus esfuerzos, y que la dicha de cada uno sólo era realizable por la dicha de todos, mediante una completa práctica de la solidaridad.

También han comprendido que esa autoridad que se les había representado como una salvaguardia tutelar entre los intereses antagónicos para impedir una lucha más feroz, por el contrario, sólo era un medio para los parásitos de eternizar el conflicto y perpetuar así su parasitismo; por eso, al mismo tiempo que proclaman el derecho a la vida para cada individuo, proclaman también su más completa autonomía, no concibiendo lo uno sin lo otro, pues la existencia no puede ser completa sin su corolario, la libertad.

Ciertos defensores del orden burgués, verse obligados a confesarlo: su goce en la actual sociedad no es tranquilo y absoluto, sino que se ve turbado en su propio origen por el pensamiento de que junto a ellos hay seres que se fatigan y sufren para producirles el bienestar de que disfrutan. Todo burgués inteligente se ve obligado a convenir en que la sociedad está mal constituida; y los argumentos que emplean en pro de ésta no son una justificación abierta y precisa, sino un comienzo de justificación, con el pretexto de que no se ha encontrado aún nada mejor, por miedo a lo desconocido que traería consigo un cambio brusco. Sistema reducido a eso, está juzgado: tiene conciencia de su propia ignominia.

No: el individuo no debe aceptar restricciones a su desarrollo, no debe sufrir el yugo de ninguna autoridad, sea cual fuere el pretexto en que se apoye. Sólo él está en circunstancias para juzgar qué necesita, de qué es capaz, qué puede serle nocivo. Cuando haya comprendido bien cuánto vale él mismo, comprenderá que cada individuo tiene su valía personal, y derecho a uno libertad, a una expansión iguales a las de los otros. Sabiendo hacer respetar su individualidad, aprenderá a respetar la de los demás.

Los hombres tienen que aprender que, así como no deben sufrir la autoridad de nadie, tampoco tienen derecho a imponer la suya; que el daño hecho a otro, puede volverse contra el agresor. El razonamiento debe hacer comprender a los individuos que la fuerza gastada en quitar a otro individuo una parte de sus goces, resulta perdida para los dos competidores.

Hase acusado a los anarquistas de formarse un ideal falso de la especie humana, de imaginar un ser esencialmente bueno, sin defecto ninguno, capaz de todos los sacrificios por abnegación; y de haber forjado con esa deleznable base una sociedad imposible, que sólo subsistiese renunciando cada uno a su felicidad personal en beneficio de la de todos.

¡Profundo error! Los burgueses y los autoritarios son quienes desconocen la naturaleza humana, pues declaran que sólo puede mantenerse en sociedad por medio de una rígida disciplina, bajo la presión de una fuerza armada, siempre vigilante. Para ejercer esa autoridad, para reclutar esa fuerza armada, necesitarían ser impecables en absoluto, ¡los ángeles, con quienes acusan a los anarquistas de soñar! Según ellos, la naturaleza humana es abyecta, necesítanse varas de hierro para disciplinarla: ¡y quieren encargar a seres humanos el empleo de esas varas! ¡Oh completa falta de lógica!

El hombre no es el ángel que sin razón se acusa a los anarquistas haber imaginado; pero tampoco es la bestia feroz que los partidarios de la autoridad quieren describir. El hombre es un animal perfectible, que tiene defectos, y también buenas cualidades; organícese un estado social que le permita aprovechar estas cualidades y suprimir esos defectos, o haga que la acción de los últimos acarree su propio castigo. Sobre todo, haced que ese estado social no permita instituciones en las cuales puedan esos defectos encontrar armas para oprimir a los demás, y veréis a los hombres saber ayudarse unos a otros sin fuerza coercitiva.

Autoridad y organización

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Algunos anarquistas llegan a confundir estos dos vocablos tan diferentes. Por odio a la autoridad, rechazan toda organización; sólo ven esta última bajo la forma de férula. Otros, para evitar incurrir en este defecto, llegan a proclamar toda una organización autoritaria anarquista.

Sin embargo, debe establecerse una diferencia radical. Lo que los autoritarios han bautizado con el nombre de organización, es sencillamente una jerarquía completa, que legisla y ejecuta en lugar y representación de todos, o hace obrar a los individuos en nombre de un poder representativo cualquiera. Lo que nosotros entendemos por organización es el acuerdo que, en virtud de su interés, llega a formarse entre los individuos agrupados para una obra común; es el conjunto de relaciones mutuas, deducidas del trato diario que todos los miembros de una sociedad se ven obligados a tener unos con otros.

Pero esta organización no debe tener leyes, estatutos ni reglamentos, a los cuales haya de someterse por fuerza cada individuo, por temor a un castigo cualquiera, previamente determinado; esta organización no debe tener una junta que la represente, ni una asamblea deliberante, encargada de formular y decretar la opinión de su mayoría. Los individuos no deben estar ligados a ella a pesar suyo; deben ser libres en su autonomía, con la facultad más absoluta de abandonar dicha organización si con sus actos quisiera sustituir a la iniciativa personal.

Al bosquejar el cuadro de lo que pudiera ser la sociedad futura, sería pretencioso creer que sean estos los limites dentro de los cuales haya de desenvolverse; no tenemos la jactancia de querer dar un plan de organización y de erigirlo en principio. Al proponernos dar forma a nuestro concepto acerca de la sociedad futura, sólo queremos trazar a grandes rasgos las líneas generales que hagan formar clara idea de ese mismo concepto, responder a las objeciones que se presentan contra el ideal anarquista y demostrar que una sociedad puede organizarse muy bien sin jefes, sin delegaciones de poder y sin leyes, si se funda verdaderamente en la justicia y en la igualdad sociales.

Sobre todo, aspiramos a demostrar que los individuos son los únicos aptos para conocer sus propias necesidades, para saber guiarse ellos mismos en su evolución, y no deben confiar este cuidado a nadie; que sólo hay una manera de ser libres e iguales y consiste en no aceptar amos, en saber respetar la autonomía de cada uno, cuando éste respeta la vuestra.

Sí; los individuos deben ser libres para buscarse unos a otros y agruparse entre sí, según sus tendencias y afinidades. Establecer un modo único de organización, bajo la cual haya de doblegarse todo el mundo, y que se imponga desde el momento del triunfo de la Revolución, es una utopía; eso sería acometer una obra reaccionaria, poner obstáculos a la evolución de la sociedad futura, querer señalar límites al progreso, contenerlo dentro del horizonte que nuestra corta vista puede abarcar. Dada la diversidad de caracteres, temperamentos y conceptos que existe entre los individuos, sólo el doctrinarismo más estrecho puede concebir un círculo dentro del cual haya de moverse de grado o por fuerza la sociedad.

Nada nos hace presumir que el ideal que hoy nos deslumbra responda a nuestras necesidades mañana, y sobre todo a las necesidades de los individuos llamados a componer esa sociedad. Lo que hasta ahora ha hecho impotentes y estériles a todas las escuelas socialistas, sin distinción de matices, consiste en que en sus proyectos acerca de lo venidero todas ellas tenían la pretensión de querer organizar y prever de antemano la evolución de los individuos. En las sociedades que soñaban con establecer, no se dejaba nada a la iniciativa individual. En su profunda sabiduría, los sociólogos habían decretado de antemano lo que era bueno o malo para los individuos: éstos debían inclinarse en señal de asentimiento y no pedir sino lo que a sus bienhechores les pareciese bien ofrecer. De suerte, que lo que respondía a las aspiraciones de unos, contrariaba los deseos de otros; de ahí, disensiones, luchas e imposibilidad de crear nada duradero.

Lo que presentamos aquí sólo puede tener el valor de un concepto individual, que en la práctica deberá adaptarse a otros conceptos individuales. Fórmese cada uno un ideal de sociedad y trate de propagarlo en torno suyo; esos proyectos se corregirán mutuamente; el día en que se pongan en práctica llegarán ya discutidos y mejorados, dispuestos a fundirse y amalgamarse, tomando de cada uno lo bueno y eliminando lo que fuese demasiado personal.

Según nuestros adversarios, la anarquía sería un retroceso al estado salvaje, la muerte de toda sociedad. No hay nada más falso. Sólo la asociación puede permitir al hombre emplear la maquinaria que la ciencia y la industria ponen de consuno a su servicio; sólo asociando sus esfuerzos aumentarán los individuos su bienestar y su autonomía. Nosotros no necesitamos, pues, esos graznidos de ganso asustado, propios de los turiferarios burgueses, para reconocer la utilidad del estado de asociación, Pero ese estado debe servir para el bienestar de cada individuo y no para el de una clase o casta; ese estado es preciso que se deba a la participación voluntaria de cada uno, y no ser impuesto bajo una forma abstracta que haga de él una especie de divinidad panteísta, en el seno de la cual deban anonadarse quienes la componen.

Para no incurrir en las mismas faltas y chocar contra los mismos obstáculos donde se han ido a pique todos los sistemas sociales imaginados hasta hoy, debemos abstenernos de creer que todos los hombres están fundidos en el mismo molde, que lo que está en armonía con el temperamento de uno satisfará indiferentemente los instintos de todos. Y eso, lo mismo respecto a la propaganda de la idea, que respecto a la organización de la sociedad futura. Si se quiere preparar una revolución que corresponda al ideal concebido, es preciso propagar sus ideas, obrando conforme a los principios emitidos y ensalzados, acostumbrarse a obrar con arreglo al propio concepto sin aguardar órdenes de nadie (sea quien fuere), eliminar de nuestra manera de conducirnos todo aquello que en la sociedad actual atacamos. Obrar de otra suerte seria preparar en breve plazo la vuelta de los mismos errores que pretendemos destruir.

Más prácticos los anarquistas que aquellos a quienes combaten, deben inspirarse en las faltas cometidas, con el propósito de evitarlas. Apelando a la iniciativa individual, no tienen que perder el tiempo en discutir acerca de la eficacia o utilidad de tal o cual medio. Los que estén de acuerdo en una idea, agrúpense entre si para ponerla en práctica, sin preocuparse de los que no fueren partidarios de ella; de igual modo, los partidarios de otra idea se agruparán para practicarla, y así trabajará cada cual en pro del objetivo común sin oponerse obstáculos unos a otros.

Lo que ante todo quieren los anarquistas es eliminar las instituciones opresoras y que desaparezcan por completo; la experiencia debe guiarles acerca del modo de combatirlas mejor. Este es el único medio de realizar una tarea práctica, en lugar de perder el tiempo en discusiones inútiles y casi siempre estériles, en las cuales pretende cada uno hacer que prevalezca su manera de pensar sin conseguir convencer a sus contradictores, cuando no sale de ellas él mismo quebrantado en su confianza y por ende menos resuelto a poner en práctica sus ideas; disputas que suelen concluir por crear tantas fracciones desidentes como pareceres; sectas que enemistadas entre sí por la contradicción, pierden de vista al enemigo común, para hacerse mutuamente la guerra.

Agrupándose los individuos según sus ideas comunes, se habituarán a pensar y obrar por sí mismos, sin autoridad entre ellos, sin esa disciplina que consiste en aniquilar los esfuerzos de un grupo o los de individuos aislados, por ser de diferentes pareceres.

También resultará de ahí esta otra ventaja: que una revolución hecha sobre esa base no podría ser sino anarquista; pues, habiendo aprendido los individuos a moverse sin obstáculo alguno, no cometerían la sandez de ir a darse jefes al día siguiente de la victoria, si habían sabido conseguirla sin ellos.

El ideal, para algunos socialistas, consistiría en agrupar a los trabajadores formando un partido político sin más iniciativa que las órdenes emanadas de un centro directivo, compuesto de los futuros gobernantes. En el día de la revolución subirán al poder los hombres de ese centro directivo, formando así el nuevo gobierno para decretar las nuevas medidas e instituciones que hayan de regir según el nuevo estado de cosas.

Los colectivistas pretenden así que el nuevo poder decretaría la toma de posesión de los instrumentos para el trabajo y de la propiedad territorial, organizaría la producción, reglamentaría el consumo y suprimiría a los que no fuesen de su mismo parecer.

Ya hemos visto que eso es un sueño. Unos decretos de toma de posesión dictados después de la lucha serían ilusorios; no es con decretos como puede realizarse la toma de posesión de la riqueza social.

O la idea de expropiación será la idea dominante de la revolución que haya de efectuarse, y en ese caso los esfuerzos de los revolucionarios se dirigirán a realizarla; o repugnará a la mayoría, y entonces el gobierno (dado que quisiese hacer la expropiación) encontraría después de la lucha una oposición tan seria que exigiría volver a iniciar otra nueva revolución.

Los hechos consumados son quienes deben dar impulso a la revolución. Los mismos trabajadores son quienes deben apoderarse de las casas, de los talleres y almacenes. Los insurrectos deberán hacer causa común con todos los desheredados, explicándoles que todo cuanto es común por naturaleza no pertenece a nadie individualmente, no puede ser una propiedad transmisible a voluntad; siendo las casas, las fábricas, los campos de cultivo y las minas obra de las fuerzas naturales o de las generaciones pasadas, deben por eso estar a disposición de quienes los necesiten, desde el momento en que estén sin ocupar o quien los posea abusivamente no pueda hacerlos producir él mismo con su propio trabajo personal.

Todo lo que no es de uso inmediato para el individuo, todo lo que no puede trabajarse individualmente, es propiedad colectiva de quienes se vean obligados a asociarse para hacerlo producir; pero sólo por el tiempo que lo utilicen. Los edificios, el suelo, los instrumentos del trabajo, serán de libre disposición para quienes quieran utilizarlos, cuando los anteriores obreros renuncien a utilizarlos por más tiempo.

Más adelante veremos que lo mismo ha de acontecer con respecto a los productos. Nadie tiene derecho a acaparar los que otros necesiten inmediatamente, ni aun so pretexto de previsión; pues el ahorro sólo es bueno con tal de que no perjudique a nadie. Esto lo olvida por completo la economía política burguesa.

Pero esta apropiación personal será tanto más difícil (a lo menos la de la maquinaria y la de la propiedad territorial), cuanto que los individuos no sabrían qué hacer de un suelo y de unas herramientas mecánicas que, reducidos a sus únicas fuerzas propias, no sabrían hacer servir para nada, y por consiguiente serian inútiles para cada uno de ellos. En cuanto a los edificios, sea cualquiera la avidez del individuo, tiene por límite la posibilidad de ocupación. En lo que atañe a los artículos de consumo, su acaparamiento estaría limitado por el tiempo que puedan conservarse y por la posibilidad de acumularlos en un espacio reducido sin llamar la atención de los que pudiesen tener necesidad de ellos. Hoy el derecho de propiedad faculta a un individuo para acumular provisiones capaces de dar alimento a millares de individuos, y para dejar que se pudran si le da la gana. En una sociedad normalmente constituida sería imposible eso, dado que quienes tuviesen hambre tendrían el derecho de tomar para sí lo que supera a las facultades de consumir propias de un individuo.

Pudiendo cada uno apoderarse de las herramientas y máquinas que por sí solo o asociándose con otros pueda manejar, y siendo cada cual dueño del producto de su trabajo que baste para su consumo, habrá imposibilidad absoluta de que existan asalariados. Abolida la compra y venta, los que tengan una maquinaria y un instrumental cuyo empleo exceda de sus propias fuerzas, veríanse obligados a asociarse bajo el pie de igualdad con quienes puedan ayudarles; o dejar esos instrumentos de trabajo a quienes puedan hacer que produzcan.

Pues bien; como quiera que la mayor parte de la maquinaria y herramienta actual sólo pueda funcionar con el auxilio de la asociación de las fuerzas individuales, ya está hallado el terreno que permite a los individuos entenderse entre sí, e intentar un principio de organización. Establecido ese primer grupo, luego vendrán las relaciones entre los demás grupos que los individuos tendrán que formar. De cada necesidad del individuo, de cada modo de obrar de la persona humana, se deducirán una serie de relaciones entre individuos y modos de agruparse; estas variedades de aptitudes y diferencias de actos regirán a las relaciones sociales.

Realizada la toma de posesión, establecido el acuerdo mutuo, no es necesario hacerlos sancionar por ninguna clase de autoridad; ya demostraremos que lo contrario sería peligroso.

No es posible prever todas las consecuencias de la lucha que se entable, ni las circunstancias que de ella puedan dimanar.

Al comienzo de este trabajo hemos demostrado que la evolución precede a la revolución; pero esta evolución sólo será superficial mientras permanezca dentro de los cerebros y no transcienda a las relaciones sociales. Por otra parte, en La Sociedad Moribunda demostramos que la misma organización social nos conduce a la revolución: acontece con frecuencia que los sucesos políticos y las crisis económicas van mucho más deprisa que la evolución de las ideas, y a veces hasta las preceden en el dominio de los hechos. Todo esto deja una parte aleatoria que la previsión humana no puede vislumbrar, y que sólo serán aptos para superarla quienes se vean llamados a intervenir en los acontecimientos revolucionarios.

Por eso no puede formarse idea dé antemano acerca del funcionamiento de la sociedad futura, de una manera tan exacta como se arreglan los engranajes de una de esas cajas de música que tocan así que se les da llave, y en las cuales basta poner el registro en determinada muesca para conseguir que toquen la pieza musical apetecida.

Todo cuanto pudiéramos imaginar desde el punto de vista teórico de la organización jamás será sino un ensueño más o menos cercano a la realidad, pero que siempre carecerá de base si se trata de ponerlo en práctica; porque el hombre cuenta con sus deseos, sus tendencias, sus aptitudes y hasta con sus defectos, pero no es omnisciente y un individuo solo no puede experimentar en si mismo todos los móviles que impulsan a la humanidad.

Por tanto, no podemos tener la ridícula pretensión de creer que pueda trazarse el verdadero cuadro de la sociedad futura. Pero, también debemos guardarnos de ese otro defecto común en muchos revolucionarios, los cuales dicen: Ocupémonos primero en destruir la sociedad actual, y luego veremos lo que hemos de hacer. Entre estas dos maneras de considerar las cosas cabe, en sentir nuestro, otra mejor. Si no podemos afirmar de seguro lo que será, debemos conocer lo que no debe ser, lo que tendremos que impedir para no caer de nuevo bajo el yugo del capital y de la autoridad.

Ignoramos cual será el modo de organizarse los grupos productores y consumidores, porque solo ellos han de ser jueces de lo que les convenga, y una manera única de proceder no puede convenir a todos; pero muy bien podemos decir qué haríamos nosotros personalmente, si estuviésemos en una sociedad en la cual todos los individuos gozasen de plena libertad para moverse.

También podemos inquirir cómo podría funcionar una sociedad sin poder tuitivo, sin esas famosas comisiones de estadística, llamadas a reemplazar a los gobiernos derrocados y con las cuales quisiera obsequiarnos el colectivismo; cómo y por qué pudiera suprimirse el empleo de la moneda, que los economistas pretenden ser indispensable para la vida de toda sociedad, y por qué seria perjudicial reemplazarla por los bonos de trabajo, otra invención colectivista que resucita con nombres diferentes todo el mecanismo de la sociedad presente, la cual dicen que quieren destruir.

Es necesario formarse idea de todo esto, pues no está en la naturaleza de los individuos el comprometerse a ir juntos sin saber a dónde van. Luego, según ya hemos dicho, la meta donde tenemos que llegar es lo que debe dictar nuestra conducta en la vida y en nuestro modo de conducirnos para la propagación de nuestras ideas.

Además, aportando cada uno sus opiniones, su parte de ideal, es como se forma el ideal colectivo. Del confuso conjunto de las opiniones individuales se deducirá la síntesis general, que, aparte de las aspiraciones personales, se manifestará cuando llegue la hora de aplicarlas.

El valor

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Sabido es que los economistas tienen la pretensión de apoyarse en la ciencia para sostener sus teorías burguesas y justificar la explotación del trabajo de las masas por el capital de la minoría. Se afanan en demostrar a los trabajadores que si son explotados, miserables y muertos de hambre, es debido a causas enteramente científicas, y, por consiguiente, nada tienen que reclamar.

Sois robados, explotados, desposeídos de todos los goces de la vida; pero sabedlo, en nombre de la ciencia, que os niega esos goces; debéis bajar la cabeza e inclinaros ante sus decretos. Sufrís leyes ineludibles. contra las cuales no cabe sublevarse. Todo lo que podemos hacer en Vuestro obsequio es explicaros su mecanismo para probaros que es imposible eximiros de ellas.

Claro que no es éste el giro literal de los discursos de esos caballeros, quienes, con su aristocrático desprecio a la vil muchedumbre, no se dignan hablar directamente con ella. Limítanse por lo común a afirmar a los capitalistas que los trabajadores han venido al mundo nada más que para hacer fructificar los capitales de los primeros, y que no deben hacer caso ninguno de las reclamaciones importunas de esos envidiosos que jamás están satisfechos. Pero, si aquella no es su forma exacta, por lo menos, es su espíritu, su declaración positiva, desprovista de sus galas retóricas.

Con tal de haber probado con argumentos más o menos especiosos, apoyados en citas griegas y latinas, en fórmulas algebraicas, que el trabajador debe contentarse con vivir de patatas y dormir en chiribitiles, yérguense altivos, y nos dicen: ¡La ciencia es quien lo afirma, la naturaleza quien lo decreta; nosotros no hacemos más que registrar sus leyes!

Sólo que a unos incrédulos como nosotros nos parece muy discutible su modo de entender la ciencia, y reclamamos en contra. Según eso, la astrología, la quiromancia y la cartomancia podrían pedir con iguales títulos el derecho a figurar como ciencias entre los conocimientos humanos. Y el Sar Péladan (Nombre de un estrafalario escritor y pintor divulgador de la teosofía en París) también pudiera reivindicar la introducción en la Universidad, en medio de las ciencias exactas, de la enseñanza del arte de embromar con infundios.

He aquí su manera de proceder: toman tres o cuatro hechos, que son consecuencia de la organización social presente, y los declaran leyes naturales, es decir, hechos emanados de leyes físicas naturales, o resultantes de la naturaleza misma del hombre.

Estos hechos que eligen, sólo son efectos de la viciosa organización social que sufrimos; conviértenlos en causas y no les cuesta mucho trabajo demostrar que si se suprimiesen no tardarían en reproducirse (puesto que dejan las verdaderas causas fuera de discusión). Y una vez admitida esa ineludibilidad, ya que no probada por ellos, hacen girar todo su sistema en derredor de esas leyes naturales, con tanta desenvoltura decretadas por su autoridad propia.

Si no se discuten los hechos en que fundan sus razonamientos, si se aceptan sus premisas, entonces parecen lógicas en absoluto sus conclusiones. Pero si se disecan sus imaginarias leyes naturales, pronto se advierte que el punto de partida de su argumentación es falso, que lo que quieren hacernos tragar como leyes ineludibles sólo son las consecuencias de un estado social vicioso, mal equilibrado, cimentado en la violación de las verdaderas leyes naturales. Entonces se viene al suelo todo su tinglado de mentiras, no quedando en pie sino su ignorancia, su vanidad y su mala fe.

Vamos a ver que no sucede otra cosa respecto al valor, del cual han hecho el eje de sus relaciones, de su comercio, de sus cambios.

Crear valor es el primer fenómeno natural que encontramos en los umbrales de la economía política, dicen (Leyes naturales de la economía política, por G. de Molinari, pág. 1). Pero preguntadles qué es el valor. ¿Es un animal acuático o terrestre? Crear valor es fabricar objetos cambiables por otros objetos, afirman.

Hacedles observar que eso explica cómo se fabrica valor, pero no da ninguna noción del valor mismo. Entonces prosiguen diciendo que como esos objetos cambiables son al mismo tiempo consumibles, adquieren valor según su abundancia o su escasez; cuanto menos abundan, más valor tiene; cuanto más abundantes están, menos valen.

-¡Sí! Pero ¿qué cosa es…?

-¡Aguardad, aguardad! Esos objetos, su manutención, su fabricación, exigen cierto tiempo para disponerlos a que sean consumibles por el comprador, ¿no es así? Pues bien, ese tiempo necesario para producirlos, ¡también es valor que se incorpora! Añadid a eso el interés del valor de compra, los riesgos corridos por el capitalista que ha hecho el adelanto, sus viajes, sus trasbordos, y tendréis el valor definitivo, formado por todos esos valores gastados para poner el objeto en condiciones de cambiarse o consumirse.

Eso no os explica de ninguna manera por que un objeto se transforma en valor, por qué el trabajo es valor; pero ante tamaño cúmulo de valores, os veis obligados a aceptar la definición tal cual es, y proseguís vuestras indagaciones.

En los estadios primitivos de la humanidad, debió preocupar muy poco la teoría del valor. Los comienzos del comercio debieron ser más modestos. Si un individuo necesitaba un objeto, pedíaselo prestado a un compañero que pudiese disponer de él, pronto a prestar otro servicio a éste más adelante, sin ocuparse de si recibía o daba más o menos. Eso sólo debió acontecer más tarde, al manifestarse por vez primera el espíritu de apropiación individual, quizá también porque el mismo poseedor tuviese gran capricho por el objeto deseado y no consintiera en cederlo sino a cambio de otro objeto que despertase en él mayores tentaciones de poseerlo. Llegóse a trocar objeto por objeto, a desear alguna cosa en cambio de la que se daba.

Finalmente, se llegó a sentir la necesidad de señalar a los objetos un valor determinado, con objeto de regularizar las transacciones y facilitar los cambios. Ciertos objetos fueron propuestos como patrón o marco para formar las tarifas de las cosas cambiables. Así, la Compañía de la bahía de Hudson pide tantas o cuántas pieles de castor por un fusil, un hacha, etc., y exige tantas o cuántas otras pieles de inferior calidad por una piel de castor.

En ciertas regiones de Africa, un esclavo equivale a determinado número de metros de lienzo de algodón, o sartas de perlas falsas o de conchas pequeñas; en otras partes, la vaca, el colmillo de elefante y hasta la mujer, sirven de valores de cambio. Los economistas afirman que fue un gran progreso el encontrar una medida del valor. Puesto que no se encontró ninguna otra cosa mejor, es evidente que fue un progreso respecto a lo que antes existía; pero al perfeccionarse ese instrumento, ¡bonito medio de explotación se inventó con él!

Más no tardó en llegar a ser insuficiente. Una vaca descuartizada conserva aún cierto valor mercantil, pero en esa forma no es ya cambiable indefinidamente; y una mujer, un esclavo, cualquiera que sea su valor cuando están vivos, ya no lo tienen si se les hace pedazos. Era preciso hallar un valor representativo más práctico que pudiera dividirse, continuar incorruptible, aun cambiando indefinidamente de manos; y así se llegaron a adoptar las conchas de moluscos, las armas de guerra, los aperos de labranza, los metales más o menos preciosos; y después, al cabo de muchos ensayos y tanteos, la moneda de oro, plata o cobre, acuñada con una efigie cualquiera, y representando un valor más o menos fijo, que en lo sucesivo serviría de base para los contratos mercantiles.

Continuando los progresos y realizándose con inmensas cantidades de cosas las operaciones comerciales, ha sido preciso encontrar valores representativos de la moneda (la cual es ya por si misma un valor representativo), más fácilmente transportables y de mucho menor peso y volumen, así han aparecido los billetes de Banco, los cheques, las letras de cambio, las acciones y otros valores. Más adelante veremos que esto ha complicado los cambios con pretexto de simplificarlos y ha servido (a quienes consiguieron imponer su explotación) para engañar a las personas de las cuales eran intermediarios, y para quedarse en provecho suyo con la parte de valor que quitaban a productores y compradores bajo el nombre de beneficio.

Pero todo lo que sirve para uso del hombre no es producto exclusivo de su trabajo. Los metales, las maderas, los frutos, las carnes, etc., por haberlos sometido al trabajo humano y haberse incorporado el valor de éste, no por eso dejaban de poseer antes un valor intrínseco obtenido sólo de las fuerzas naturales, siempre activas sobre nuestro globo terráqueo (libre combinación química de los elementos constitutivos de los cuerpos existentes en la tierra, en el aire y en el agua). Sácase de esto la consecuencia que quien se apodera de los productos naturales para acapararlos y traficar con ellos, apoderase de un valor que no le pertenece; porque sólo puede hacerlo en virtud del derecho de propiedad, derecho ficticio y artificial, que le permite detentar una parte de nuestro globo en virtud de contratos no consentidos; derecho que tiene su origen en la fuerza bruta, en la conquista, en la expoliación, en el robo, en el fraude.

Quien se apodera de lo que no le hace falta comete un robo en detrimento de quien está necesitado de aquello. Podrá llamarse beneficio el provecho que el intermediario obtiene de sus servicios; pero si la acumulación de tales beneficios le permite atesorar, no deja de ser un robo que comete en daño de aquellos que a sus servicios recurren.

La propiedad y el valor no son leyes naturales, sino consecuencias arbitrarias de una organización social viciosa, y carecen de base las conclusiones que parecían tan lógicas a los economistas. El lucro obtenido por el capital con el nombre de renta o de interés, de los medios de producción acaparados por él, sólo se justifica legitimando el primer robo. Aun cuando probasen el derecho de apropiación, tendrían que probar el derecho de explotación; pero como hasta ahora han argüido mucho y no han probado nada, permítannos decirles que su sistema está por los suelos.

Tratan de salir del paso afirmando la necesidad de un valor de cambio para facilitar las relaciones sociales y las transacciones mercantiles; la imposibilidad de que una sociedad exista sin un poder moderador; el aniquilamiento de toda actividad humana, si no es posible la apropiación. En este trabajo hemos visto, y aún veremos, lo que valen todas esas afirmaciones.

Siendo los economistas defensores declarados del orden burgués, tendríamos derecho a no detenernos mucho en sus afirmaciones o negaciones, pero ciertos socialistas, que también quieren aparecer como hombres de ciencia, se han empeñado en volver a servirnos el mismo plato con diferente salsa. Para ellos también está fuera de dudas que no puede existir la humanidad, si no posee un valor de cambio y un poder encargado de dirimir las contiendas. Veamos cómo se ha regulado el valor hasta ahora.

Acabamos de ver que en la producción de un objeto interviene una parte de fuerzas naturales que no pertenecen a nadie en particular, sino a todos en general: robo primero, realizado por quienes acaparan el monopolio de ellas para revenderlas a los demás. En el capítulo siguiente veremos que la fuerza de trabajo consumida para elaborar un objeto es también imposible de valuar y varía segÚn la voluntad del capitalista y las circunstancias dentro de las cuales se mueve el trabajador.

Según abunda o escasea en el mercado un producto, baja o sube su valor. Pues bien; sabido es que esas altas y bajas artificiales son provocadas a voluntad por agiotistas que inundan el mercado o acaparan los productos con los cuales quieren especular, o sencillamente para arruinar al competidor que les molesta. Por tanto, el valor de los objetos es puramente arbitrario y no tiene ningún fundamento lógico.

Hasta ahora, vemos que crear valor consiste en apoderarse de cierta suma de dinero a costa del trabajo ajeno, sirviendo de intermediario entre el productor y el consumidor; suma que se bautiza con el nombre de beneficio para justificar el hecho de metérsela en el bolsillo, y porque la organización social está constituida de modo que ese intermediario, sin el cual podría pasarse en una sociedad normalmente organizada, se hace inevitable en la burguesa, porque unos cuantos individuos se han apropiado el capital que falta a todos los demás.

Para legitimar ese beneficio que el capitalista saca de su comercio, de su industria o de otras operaciones, los economistas hacen entrar en cuenta los riesgos corridos por el capital en la empresa. No necesitamos insistir acerca del hecho de que el capital no produce nada por si mismo; que después de haber sido comprado un objeto no vale intrínsecamente sino lo que antes valía; sólo el trabajo puede aumentar el valor suyo, puesto que tiene valor.

Si hubiera riesgos que correr y debiera existir una prima que pagar por esos riesgos, en buena lógica debería pagársele al trabajo, puesto que él ha suministrado el capital requerido por la compra. Pero los capitalistas son quienes imponen la ley y lo han resuelto de otro modo. Sigamos.

El capital que se aventura, en una empresa corre riesgos, -dicen los economistas-. La empresa puede no producir lo que de ella se espera, y hasta fracasar por completo; por consiguiente, el capitalista está expuesto a perder sus adelantos. Así, pues, es de plena justicia que saque cierto interés de su dinero para cubrir sus riesgos.

¡Esta es la lógica capitalista! Porque quien pone el dinero en una empresa está expuesto a perder su capital, ¿debe reclamar un interés que le asegure de los riesgos? Pues, una de dos: o el capitalista recobra los fondos anticipados, o loS pierde. En el primer caso, no habrá corrido riesgos, y entonces cobra indebidamente un seguro que no le pertenece; en el segundo caso, era positivo el riesgo, puesto que ha ocurrido el siniestro, pero nos parece que si en él pierde el capital, no se supone nada la prima del seguro. Por más que eleve esta prima del seguro, no le hará recuperar el capital perdido.

De modo que la prima del seguro ¿sólo la pagan los negocios que salen bien, y el capitalista, no se embolsa esa prima sino cuando no ha corrido riesgos? Pues entonces dedujese de ahí que las operaciones en las cuales no hay riesgo son las que pagan el azar de los negocios malos. El capital se resarce siempre a costa del producto del trabajo; este último es quien paga los vidrios rotos.

Pero, según eso, el figonero que marca con horquilla practicará, sin saberlo, las lecciones de la economía política? Al incluir dos veces un mismo artículo en una misma cuenta, se hace que el parroquiano solvente pague por el olvidadizo: esto es poner en práctica el sistema grato a los Leroy-Beaulieu y a los Molinari. ¡Véase una aplicación natural de sus leyes económicas, que estos últimos no habían invocado aún y que les brindamos con mucho gusto!

Por supuesto, ¿no está organizado todo de esta manera en la sociedad actual? ¿No se fundan en este sistema las casas de comercio con venta a plazos, esas instituciones tan eminentemente filantrópicas? Todo el mundo conoce las sumas inmensas que suponen perder, por mal pago de cierto número de clientes, quienes, una vez en posesión del objeto comprado, no quieren ni oír palabra de saldar su cuenta. Hemos dicho que suponen perder, y la frase es exacta, pues por lo común el objeto no se entrega sino cuando ya está casi saldado; pero como la casa cuida de ponerle un precio cuatro veces más alto que su valor real, síguese de ahí que encima gana el 300 por 100, sin contar los fondos adelantados por el cliente y usufructuados por ella sin desembolsar nada. ¡Así se abre crédito a los trabajadores!

¿No se emplea idéntico sistema en las sociedades de Socorros mutuos, asociaciones para la compra o la creación de rentas? ¿No son las cuotas de los no enfermos las que costean medico y botica a los que enferman? ¿No son los dividendos de los que mueren antes de la edad prefijada los que forman las rentas vitalicias de los supervivientes? Y así sucesivamente al revés del sentido común, está fundada la sociedad entera, donde se practica la solidaridad, entendiéndola en provecho exclusivo de unos cuantos que explotan a todos los demás: sociedad organizada de tal suerte que hace desear a cada uno la perdición de sus competidores, puesto que ha de aprovecharse de su despojos.

Ya hemos dicho más atrás que sólo el trabajo es el productor de todas las riquezas. En efecto, amontónense todas las monedas de oro y plata, todos los valores rentísticos y bancarios; combínense todas las transferencias y todos los giros posibles, revuélvase todo ello cuanto se quiera: el tiempo no los aumentará en un gramo, las especies monetarias no darán a luz ninguna cría. Las especulaciones más abstractas y ficticias suponen siempre la existencia de un producto natural y de cierta dosis de trabajo, en los cuales puedan basarse los cálculos de aquéllas.

Suprímanse esos valores, y cierto es que se modificarán las relaciones económicas, que tomarán otro rumbo las condiciones del trabajo y de la vida; pero, en último término, no habrá por eso un gramo menos de carne, un grano menos de trigo. La humanidad podrá seguir viviendo; al paso que el día en que los productores se negasen a trabajar para los capitalistas, la burguesía no sabría qué hacer con todo su capital. Por tanto, el trabajo es el verdadero productor de riquezas. El capital representa el valor y el producto de todo lo robado al trabajo.

Si los primeros traficantes se hubiesen limitado a cambiar objetos de consumo por otros objetos de consumo, no hubieran podido crearse un capital. Si dos individuos cambian entre sí dos objetos de igual valor, no son más ricos después que antes del cambio. Pueden estar más satisfechos uno y otro, al poseer un objeto más apetecido que el que poseían; pero esto es la única ventaja que Consiguen. Si hubiese ganancia material para el uno, habría pérdida material para el otro; y entonces hay fraude, aparece el sistema de marcar con tenedor.

En los albores de la humanidad, cuando todas las facultades humanas estaban reconcentradas en la posibilidad de vivir, el hombre podía cambiar un objeto por otro y eso no era más que un cambio de servicios: no se daba margen aún para el comercio lucrativo, ni para la creación de capital. Estas dos instituciones no se iniciaron sino cuando ciertos individuos dieron en la cuenta de especular con los deseos y necesidades de sus semejantes, y hacerse pagar sus servicios muchísimo más de lo que en realidad valían. La supervivencia de ese recuerdo fue lo que hizo dar, entre los antiguos griegos y romanos, a los ladrones y a los mercaderes un dios común para ambas clases de la sociedad, Mercurio.

Evolucionando desde entonces en ese sentido, conforme se desarrolló la sociedad humana, marcóse cada vez más esa clase de explotadores; y eso ha hecho que el comercio se convirtiese en una institución que se encuentra establecida ya desde los comienzos de la época histórica. Cuanto más se han multiplicado los cambios, tanto más se ha reconcentrado el capital en manos de quienes forman la clase mercantil; pero la antigüedad del robo no puede justificar el robo actual, y las víctimas de éste tienen el deber de libertarse de él.

El invento del valor de cambio, es decir, la moneda, ha permitido a este robó asentarse en las asociaciones humanas, haciendo creer a los individuos en una remuneración de servicios, cuando se les despoja de una parte de lo producido por ellos, engañándoles acerca del valor real de las cosas. El capital no es más que el producto acumulado de los robos que las extintas generaciones de especuladores han hecho sufrir a los productores; y ese robo preténdese hacérnoslo aceptar como consecuencia de una ley natural, para legitimar los robos de que se quiere seguir haciendo víctimas a las generaciones presentes y futuras.

Acabamos de ver que no había podido establecerse una verdadera medida del valor. Ahora veremos que hasta hoy sólo se han emitido conceptos arbitrarios del valor; que esa medida es imposible de crear; que, por consiguiente, la pretensión de los economistas y de los socialistas de querer fundar una sociedad donde a cada uno se le remunerase según su trabajo, sólo es una broma; y que una regla establecida en ese sentido no será más que la continuación del despojo legal perpetrado por unos en detrimento de otros.

La medida del valor y las comisiones de estadística

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Según hemos visto, los economistas declaran necesaria la constitución del valor para organizar una sociedad estable. Todos los socialistas que han querido imaginar planes de reorganización social se han estrellado en ese escollo. Los socialistas que piden la abolición de la propiedad individual, los colectivistas que pretenden ser unos revolucionarios, no han encontrado nada mejor, para sustituir la organización capitalista, que establecer en su sociedad comisiones de estadística, encargadas de velar por la producción y de repartir los productos a prorrata del trabajo de cada uno; y habiendo reconocido que el patrón moneda corriente era perjudicial, han decretado suprimirlo … ¡para reemplazado por otro de su invención!

¡Lo que puede la fuerza de las preocupaciones!

Se ha comprendido todo lo falso del mercantilismo actual; se ha comprendido que era preciso abolir la competencia individual, destruyendo la moneda, valor de cambio, instrumento de dolo y de fraude; y quienes han comprendido eso, ¡no encuentran nada mejor sino reemplazar un poder por otro, sustituir el dinero como valor de cambio por otro valor de cambio! ¡Su revolucionarismo consiste en mudar el nombre de las cosas! ¿Y para obtener tan mezquino resultado deben arriesgar su existencia los trabajadores?

¿Qué importa que quienes nos gobiernen, por la fuerza de su capital tengan el derecho de imponernos su voluntad en la producción y en el cambio, o que hagan consagrar esta voluntad por medio de una farsa electoral?

¿Qué importa a los trabajadores que el valor de cambio sea de un metal más o menos precioso (oro, plata) o de palastro, hojalata, papel, cuero hervido, cartón o cualquiera otra sustancia? ¿Qué importa que se le llame franco, peseta, lira, dolar, libra, hora de trabajo o cualquier otro nombre que se le quiera dar, según el patrón que se emplee para valuarlo? ¿Qué habrá mudado así?

Las mismas causas, ¿no producirán los mismos efectos? ¿Está el peligro en el nombre o en el empleo de la cosa? Si en la futura sociedad colectivista o socialista sigue aún el cambio de productos, entonces cada uno tendrá interés en hacer estimar los suyos en más que los de los otros, y tendrá el derecho de creerse lesionado en sus intereses cuando esa estimación no sea la soñada por él. En ese caso, veremos reproducirse los inconvenientes de la sociedad actual.

Para evitar las tiranteces y las recriminaciones sería preciso hallar una base que permitiese atribuir a cada uno la parte real que le corresponde de su trabajo; seria menester encontrar un medio que permitiese medir de una manera matemática la parte de esfuerzos de cada uno. ¿Se ha encontrado esa base? Véase lo que dice uno de los suyos:

El gran medio de acción, el eje del mutualismo, es la constitución del valor. En efecto; para establecer la igualdad de cambio, el cambio a precio de coste, es preciso que el valor esté constituido.

Pero ¿dónde encontrar el criterio del valor?

Según Proudhón, es la hora de trabajo. Conviene advertir que los socialistas de la Internacional fueron todos más o menos prudhonianos, y todos han conservado algo. Si ahora ya no lo somos, consiste en que no hay ni puede haber medida del valor.

Si hubiese absoluto empeño en constituir el valor, llegaríase a tasar los productos sin tener en cuenta los talentos, ni los estudios, ni las fuerzas morales y materiales gastadas en fabricarlos.

(De un informe al Congreso de Basilea citado por B. Malon en La Internacional, su historia y sus principios).

Todos confiesan esto mismo; y aún los pobres economistas que tienen la pretensión de no guiarse en su camino sino por las leyes naturales, no han podido explicar todavía esa, ¡y se ven obligados a convenir en que el eje de su sistema es una ley… de la más pura arbitrariedad!

Desesperados de su causa, los socialistas autoritarios, á falta de otra cosa mejor, se han agarrado a esta medida del valor: ¡la hora de trabajo! Pero hay trabajos que requieren un gasto de fuerzas mucho mayor; hay trabajos más repugnantes, más peligrosos. ¿Cómo resolver esta dificultad?

Unos quieren clasificar esos trabajos en prestaciones obligatorias sociales, que cada cual sería llamado a realizar, creándose un turno de servicio que probablemente tendría exenciones; y es claro que así sucedería desde el momento en que su reglamentación estaría organizada por la autoridad. Otros consideran más práctico el aumentar el precio de las horas de trabajo consumidas por el personal dedicado á esas tareas. En último término, no dejaría de haber con ello sobradas causas de división y de rencillas entre las sociedades.

Pero aún hay más. En todo trabajo existen varios factores: fuerza muscular y mafia, trabajo cerebral en diversos grados de complejidad, raciocinio, memoria, comparación, simplificación o perfeccionamiento del trabajo y otros muchos más. ¿No basta eso para complicar el asunto y hacer en extremo arduo, si no imposible, el trabajo de los repartidores?

¿Sobre qué base ha de asentarse un valor de cambio que dé a cada uno el producto íntegro de su trabajo e impida toda reclamación? ¿Cuál es el dinamómetro que pueda estar constantemente adaptado a los nervios del individuo para registrar las fuerzas gastadas y su empleo, que pueda marcar con exactitud sus operaciones cerebrales?

No pudiendo constituirse ese valor de cambio sino de una manera aproximada, con arreglo a un trabajo y un tiempo dados, habría que adoptar amistosamente un valor medio entre todas las clases de trabajo. ¿Quién establecerá ese promedio? Las comisiones de estadística. Pero, ¿cómo se satisfará a los que se crean lesionados? ¿Se les impondrá por fuerza ese promedio? Ciertos colectivistas se sublevan cuando se les dice que sus comisiones serían gobiernos. – Administración sí, gobierno, no -responden.

Sin embargo, una de dos: o esa adopción de un valor será impuesta, o los trabajadores habrán adquirido bastante sentido práctico y suficiente abnegación acerca de las mezquinas cuestiones de interés, para aceptar una cosa que les parecería preferible al estado actual.

Entonces, ¿por qué les negáis ese espíritu de solidaridad, cuando se trata de la sociedad anarquista?

Por otra parte, creando los bonos de trabajo (este nombre de la nueva moneda), ¿cómo se impediría su acumulación? Esta es otra importantísima dificultad que es necesario resolver, pues de no hacerlo, se abre la puerta a la posibilidad de capitalizar.

A esto se ha respondido que no pudiendo acumularse sino los objetos de consumo, y siendo enajenables la propiedad inmueble, el suelo, los instrumentos del trabajo, etc., no podrían ser muy grandes los peligros de esa acumulación.

Desde el punto de vista de la reconstitución de la propiedad individual, es claro que no podría ser muy peligrosa esa acumulación. Pero hay un peligro moral: permitiendo a los individuos amontonar Y atesorar, se les daría el medio de reconstituir el comercio y la competencia individual que se pretende destruir con la constitución de la nueva sociedad. En vez de amortiguar el espíritu de lucro y de mercantilismo, tan funesto hoy, sostendríanse en el ánimo de los individuos: eso sería incitarles a buscar los medios de extender aún más esas facilidades de cambio. Así comenzó la sociedad capitalista. ¿Y merece la pena de hacer una revolución para volver al punto de partida?

Pero además de ese peligro habría otro más inmediato, y el cual daría como resultado la dislocación del sistema colectivista. Vamos a explicar cómo.

Supongamos la existencia de esos individuos mal intencionado que los colectivistas afirman que deben abundar en una sociedad anarquista. supongamos esos individuos que pueden producir mucho más de lo que necesitan para su propio consumo (esto se ve todos los días) y llegan de esa manera a acumular productos o bonos de trabajo. Para no ennegrecer más las tintas del cuadro, daremos de lado la posibilidad de la especulación o de tener a sueldo individuos empleados en satisfacer los caprichos personales de aquellos: supongamos descartados esos peligros. Nada más que el hecho de acumular es ya un peligro. Porque, por Una parte, mientras harían rebosar los almacenes sociales con el producto de su actividad, por otra parte, no estando esa superabundancia equilibrada por un consumo igual, así quedarían trastornados por completo los cálculos de las comisiones de estadística; pues equivaliendo cada hora de trabajo a un producto representado por ella en almacén, ese producto no podría entregarse sino a cambio del bono correspondiente. Si hubiera individuos que por falta de necesidad dejasen perder sus bonos, también habría otros individuos que, necesitando de ese mismo producto existente en almacenes, no podrían proveerse de él por falta del bono equivalente al mismo.

Los colectivistas han previsto la objeción, puesto que han tenido el mayor empeño en presentar toda clase de paliativos. Pero como acontece siempre, complican inútilmente el sistema y dejan subsistir además el peligro. Entre otros, háseles ocurrido el de ¡la anulación periódica de los bonos de trabajo no empleados!

Pero muy bien pueden los individuos no conservar sus respectivos bonos, sino cambiarlos por productos que se conserven indefinidamente. Aparte de eso, ¿habría razón para impedir cambiar los bonos caducados por otros nuevos, en la época de su renovación? Puede acontecer que una persona quiera trabajar y ahorrar durante diez o veinte anos de su existencia, para holgar y descansar después; ¿con qué derecho se le impediría? ¿Instituiriase el consumo inmediato y obligatorio?

Otra dificultad. Hay gentes que pueden tener la facultad de producir indefinidamente por gusto, sin sentir la necesidad de consumir lo que produzcan. Pues bien; cada bono de trabajo estará representado en almacén por su equivalente en productos; entonces podrá acontecer en una sociedad titulada igualitaria la anomalía de que mientras unos individuos habrán dejado caducar sus bonos por falta de necesidades, y habrá así en almacén productos inutilizados, otros individuos no podrán satisfacer sus necesidades por falta de producir lo indispensable para ello.

Después, como las comisiones de estadística deben reglamentar la producción según las necesidades del consumo, hallándose en presencia de productos inutilizados, por fuerza se verán conducidas a restringir la producción de tales artículos. Y, de igual manera que en la sociedad actual el abarrotamiento de los almacenes produce la pobreza y el paro de los trabajadores, es cosa de preguntarse qué complicaciones podrían surgir de todas esas causas de perturbación.

Y entonces llegamos a esta triple alternativa: obligar a los individuos a que gasten sus bonos de trabajo; o destruir los productos no reclamados; o distribuirlos gratuitamente a los necesitados. ¡Y he aquí restablecida la beneficencia pública oficial!

Pero los colectivistas, ¿afirman que sus comisiones de estadística no tendrían poder coactivo ninguno para imponer sus disposiciones? Entonces tienen que dejar que se produzca el paro resultante del estancamiento de los productos en almacén, o pasar por encima de las reglas estatuidas por ellas mismas, o acudir a la buena voluntad de los individuos.

En ese caso, ¿por qué negar a éstos el derecho y la facultad de orientarse ellos mismos con arreglo a las circunstancias?

Aquí es donde, a despecho de todas las negativas, vemos apuntar el papel de esas famosas comisiones de estadística: reglamentarían las horas de trabajo, señalando a cada uno el tiempo que debe consumir en pro de la colectividad; reglamentarían la producción, indicando a cada uno lo que debe producir; sólo el consumo vemos bien cómo se limitaría, pero no de qué manera se equilibraría con la producción. En una sociedad semejante, el individuo veríase limitado en todos sus actos, a cada movimiento se estrellaría contra una ley prohibitiva. Esto podrá ser colectivismo; pero de seguro no es igualdad ¡ni mucho menos libertad!

Además de estos inconvenientes, hay otro mucho más peligroso, y es que, instituyendo esas comisiones (las cuales sólo serían un gobierno, con diferente nombre), habríamos hecho una revolución, nada más que para actívar la concentración de las riquezas, efectuada hoy en las altas esferas capitalistas, y llegar en último término a poner en manos de unos cuantos la propiedad de los instrumentos del trabajo y la de todas las riquezas sociales, aumentando también ese funcionarismo que nos agota y nos mata en la actualidad.

Los capitalistas quisieran hoy destruir el Estado en fragmentos, haciendo de cada una de sus funciones una empresa industrial, para meter mano con mayores seguridades aún de lo que ya lo hacen. Los colectivistas quieren apoderarse de ‘la riqueza y concentrarla en manos del Estado: idéntico propósito en el fondo, tomado en sentido inverso, para conseguir los mismos fines.

Hoy que el Estado no posee ya sino una mínima parte de la fortuna pública, ha sabido crear en torno suyo una multitud de intereses particulares ávidos de que aquél se conserve y que constituyen otros tantos obstáculos para nuestra emancipación. ¿Qué acontecería con un Estado que fuese en una pieza patrono capitalista y propietario universal; un Estado omnipotente, que dispusiera a su antojo de toda la fortuna social y la distribuyera como mejor cuadrase a los intereses de sus funcionarios; un Estado, en fin, dueño, no sólo de la generación actual, sino también de las generaciones futuras, encargado de la educación de la infancia y pudiendo así lanzar a capricho la humanidad por las vías del progreso mediante una educación amplia y sin límites, o detener su desarrollo con una educación estrecha y retrógrada? Retrocédese con espanto ante tal autoridad, que dispusiera de tan poderosos medios de acción.

Eso es igual que el capitalismo. Ha llegado a crear un orden de cosas que le ayuda a sostener sus intereses de clase; pero, cada miembro de esa clase tiene intereses particulares que le colocan en antagonismo con los miembros de su casta, y hacen que el trabajador se aproveche de ello para arrancarles alguna ventaja. Una revolución colectivista produciría el efecto de acelerar la fusión de nuestros dos enemigos: el capital y la autoridad.

¡Nos quejamos de que la sociedad actual nos detiene en nuestra marcha progresiva y nos sublevamos porque comprime nuestras aspiraciones bajo el yugo de su autoridad! ¿Qué acontecería en una sociedad donde nada pudiera producirse sin llevar puesto el sello del Estado representado por las comisiones de estadística?

En una sociedad así quedarían aniquilados todos los hombres de buena voluntad, y quebrantadas todas las iniciativas. No podría darse a luz ninguna idea nueva, si no lograba hacerse reconocer de utilidad pública; y como toda idea nueva se ve obligada a luchar contra las ideas corrientes, eso sería la asfixia sistemática, el completo aniquilamiento de toda idea nueva, la cual quedaría muerta antes de nacer, Así (para no poner sino un ejemplo), la imprenta, que hasta hoy ha sido uno de los más poderosos medios de progreso, pues permite vulgarizar los conocimientos humanos, y a la cual no consiguen las leyes más restrictivas hacer callar, quedaría cerrada a las ideas nuevas. Porque sea cual fuere el desinterés de los llamados a formar el gobierno colectivista (y la amplitud de miras que despliegan sus actuales apóstoles no puede quitarnos de ningún modo esta duda), permítasenos dudar de que llevaran la abnegación hasta el punto de dejar imprimir nada que atacase sus actos, su autoridad, sus decisiones; sobre todo cuando pudieran creerse investidos del cuidado de conducir a los individuos a una felicidad que éstos se declaran incapaces de alcanzar sin aquéllos, y para legitimar esa negativa les bastaría alegar consideraciones de orden público; por ejemplo, cuando hallándose todas las fuerzas productoras absorbidas por las necesidades inmediatas, no les fuese fácil apartarlas de sus funciones para crear cosas cuya necesidad no estuviese probada lo suficiente.

Y cuanto más sinceros fuesen esos hombres, tanta mayor fe tendrían en el orden de cosas por ellos dirijo y tanto más crueles serían para con las ideas que llegasen a combatir sus conceptos. Estando firmemente convencidos de que la felicidad humana depende en absoluto de sus especulaciones, por lo mismo ahogarían sin compasión las ideas contrarias. Harto nos ha hecho sufrir la autoridad actual para no tomar nuestras precauciones contra la venidera; no queremos volver a poner nuestros destinos a disposición de los errores individuales o colectivos.

Dícesenos que las comisiones de estadística no serían una autoridad. Determinarán la producción, repartirán los productos, establecerán esto, organizarán aquello… pero no serán un gobierno. Todo lo contrario. ¡Serán servidores del pueblo!

Entonces preguntamos: si los grupos o los individuos quedan libres de prescindir de ellas cuando se cansen, ¿dónde está su utilidad? ¿No es más sencillo dejar a los individuos organizarse libremente, concertar su producción y su consumo como les parezca, sin venir a complicar las cosas con ruedas inútiles?

Sean cuales fueren las negativas de esos partidarios vergonzantes de la autoridad, mucho trabajo les ha de costar el salir de este dilema: o los grupos o individuos serán libres de aceptar o rechazar los acuerdos de esas comisiones, o los acuerdos de éstas tendrán fuerza de ley.

En el primer caso, es inútil establecer comisiones; en el segundo será preciso organizar una fuerza pública en el apoyo de esos acuerdos oficiales. Y en tal caso, ¿cuál será la libertad de quienes a ellos se opongan?

La dictadura de clase

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Tan es un gobierno, con todos sus poderes y atributos, lo que los socialistas autoritarios quieren establecer, que, para justificarlo de antemano, proclaman muy alto que será preciso estatuir la dictadura de clase.

¿Qué se entiende por dictadura de clase? Eso es lo que olvidan explicar. ¿No será también una de esas palabras retumbantes, sonoras, enteramente vacías de sentido, que no significan en absoluto nada; palabras huecas que de vez en cuando se sirven a las muchedumbres para evitar darles explicaciones que costaría muchísimo trabajo suministrar; palabras que parecen contener todo un mundo de promesas, frases de que se apoderan los simples para convertirlas en bandera sUya, y con auxilio de las cuales se les burla y escarnece? ¡Dictadura de clase! Veamos qué quiere decir eso.

Sería el arma de los trabajadores contra los burgueses, nos responden. ¡Muy bien! Pero ¿cómo Se ejercerá esa dictadura de clase al siguiente día de una revolución, que para triunfar habrá debido precisamente hacer que desaparezcan todas las desigualdades sociales? …

Por más que ahondamos este problema, no podemos sacar de él sino una consecuencia. Agitando el espectro de la burguesía ante la imaginación de los trabajadores, se les quiere acostumbrar a no ser más que una masa ciega e inconsciente, que obedezca las órdenes de ciertos jefes de columna; se quisiera habituarlos a no obrar sino en virtud de un impulso dado por un centro directivo, sin permitir la menor iniciativa personal; preparariase así el advenimiento de todo un sistema dictatorial que nadie tendría que discutir, y que se impondría a todos al triunfar la revolución.

Está bien calculado; con ese sistema, en rigor, el gobierno oficial podría echárselas de humilde y sumiso, aparentar moverse nada más que por los deseos del pueblo. En la apariencia, no harían falta policía y ejército oficiales: estos medios coercitivos se los daría espontáneamente ese buen pueblo, siempre generoso. ¿No se tendrían en la mano todas las fuerzas vivas de la revolución, habituadas a ejecutar sin discutir las órdenes sugeridas por los directorios anónimos? Aunque la dictadura de los municipios pudiera hacerse paternal, no por eso dejaríamos de tener una dictadura impalpable y siempre renaciente en nuestras filas.

Debemos combatir con todas nuestras fuerzas contra la idea de semejante dictadura, cien veces más terrible en sus efectos que todas cuantas han podido existir hasta hoy. El pueblo no haría sino imponer lo que le dictasen sus amos, cuando creería imponer su propia voluntad. No habría ni una medida cuya aplicación exigiera, que no le fuese sugerida por quienes tuviesen necesidad de ella para darle un chasco.

Además, los individuos arrancados del taller, obligados a dedicar todo su tiempo al ejercicio de esa dictadura, no podrán ya producir. Por este hecho, se convertirán en burgueses. En sentir nuestro, para inaugurar sus funciones, lo primero que tendrían que hacer sería suprimirse a sí mismos. A esto nos replicarán que, ejerciendo esa dictadura por voluntad de sus compañeros y en beneficio del bienestar general, no por dejar de ser material su producción sería menos efectiva, puesto que contribuirían a la buena marcha del orden social; que, además, las facultades productoras no se limitan a elaborar objetos, y el sabio que resuelve un problema de álgebra, de física o de psicología, es productor con tan justo titulo como quien cultiva un campo, tornea una pieza mecánica o fabrica un par de botas; y que tiene derecho a una retribución, cualquiera que sea la forma de su actividad.

Ciertamente: sabemos que el trabajo cerebral puede ser tan productor como el trabajo manual; pero, no queremos exaltar ninguno de ellos y humillar al otro. Cada manifestación de la individualidad humana es útil para la buena marcha de la humanidad; todas ellas deben tener su puesto en la sociedad que apetecemos. Pero desconfiemos de las argucias de los partidarios del distingo.

¿De qué nos serviría concluir con una aristocracia, si nos apresurásemos a poner otra en su lugar? ¿Habríamos adelantado algo?

Seríamos conducidos por nuestros iguales, nos dicen. Ya no lo serian, desde el momento en que les diésemos derecho a mandarnos. ¿Qué importa quién dicta la orden, cuando el que la recibe no tiene otro recurso sino el de obedecerla?

¡Ah! lo que con tanta pesadumbre descansa en nuestros hombros hoy, no es el pequeño número de patronos y propietarios que viven a costa de nuestro trabajo. Si la miseria ahoga en la actualidad a tantos trabajadores, no sólo consiste en que la propiedad está en manos de muy pocos individuos, sino sobre todo en que esos individuos necesitan de un sistema completo de organización jerárquica que trae consigo la creación de una multitud de empleos inútiles, todos los cuales pesan sobre el productor que se ve obligado a trabajar para ellos. ¿Qué importa un cambio de nombres, qué importa la manera de reclutar el personal, si continúa encima de nuestros hombros la abrumadora carga?

Si el pueblo consigue hacer la revolución, apoderándose de la propiedad, ya hemos dicho que las clases deberán quedar abolidas por ese mismo hecho. Y entonces, no vemos la necesidad de ejercitar contra ninguna de ellas una dictadura, sea la que fuere. Dicese que quedarán burgueses que pudieran ser un peligro para el nuevo estado de cosas, y su existencia es lo que hará necesario el establecimiento de esa dictadura.

Muy bien; se establecerá un poder para reducir a la impotencia a quienes pretendan hacer que la sociedad vuelva atrás. Pero una vez establecido ese poder, ¿quién le impedirá hacer la guerra a quienes quieran ir adelante? Llevados al poder para combatir a los individuos descontentos de la situación creada por vosotros, ¿quién sabrá diferenciar entre esos descontentos los que quieran algo peor de los que ansíen algo mejor?

Esa dictadura es sobrado elástica, no la queremos. Partidarios de la verdadera libertad, consideramos que la mala voluntad de algunos individuos aislados en la sociedad no justifica la reglamentación de todos. Privados los burgueses de cuanto constituye hoy su fuerza (capital, autoridad), su mala voluntad no puede ser peligrosa para nadie; mientras que un poder a la cabeza de la sociedad, sería un peligro para todos.

Y además, ¿se cree en serio que una transformación social que arranque la propiedad común de las manos de una minoría, puede establecerse sin tener que pasar por los tanteos que se prevén para la sociedad anarquista? Seguramente que no. Después (en ventaja de esta última), mientras que iría tanteando, es cierto, pero libremente a lo menos, dejando a cada carácter y a cada temperamento la facultad de evolucionar según sus ideas al desarrollar su iniciativa, en cambio, la organización centralizada, con sus pretensiones de establecer un sistema único para todos los individuos, iría chocando contra la susceptibilidad de unos y las esperanzas de otros, creando descontentos pero también satisfechos e intereses nuevos en torno de ella, los cuales, al adherirse a esa nueva autoridad, se valdrían de la misma para reducir a los descontentos, no dejándoles más puerta de salida que una nueva revolución.

Por el contrario, si se deja a los grupos libres para organizarse, el que no estuviere ya en relación con el desarrollo de la sociedad podría reorganizarse sobre nuevas bases; los individuos que formaron parte de ese grupo, si no respondía ya a sus aspiraciones, podrían abandonarlo para ingresar en otro que correspondiese mejor a sus nuevas ideas, o formar otro nuevo, según su modo de ver.

Esto no produciría trastornos en la sociedad, pues tales mudanzas se efectuarían parcial y gradualmente; mientras que la centralización impuesta exige siempre una revolución para cambiar la más ínfima de sus ruedas.

La marcha de la humanidad seria así una evolución continua, que nos conduciría sin saltos atrás ni adelante al fin que todos apetecemos: la felicidad de cada uno … -pero dentro de la felicidad común- añadiremos nosotros.

Por lo precedente se ve que, lejos de querer nosotros hacer saltar en todos los momentos y fuera de razón a quienes no sean de nuestro parecer, por el contrario, sólo pedimos el derecho de ejercitar ese derecho natural inherente a nuestra existencia. Déjesenos libres para organizarnos como nos parezca; déjese en libertad a quienes no piensen como nosotros para que se organicen según sus propias ideas.

¿Es culpa nuestra si quienes nos oprimen no nos dejan más salida para hacer presentes nuestras reclamaciones sino la violencia, la cual no se recatan ellos de emplearla contra nosotros?

Queremos volver a ocupar nuestro puesto a la luz del sol. Si la burguesía nos impide tomarlo pacíficamente, ¿espera en serio que vayamos a echarnos a sus pies, aguardando pacientemente a que nos arroje un hueso?

Se vale del poder del cual se ha apoderado y de la situación económica en que nos tiene para esclavizarnos y explotarnos, no dejándonos otra alternativa sino sufrir cobardemente nuestra explotación o pasar por encima de sus cadáveres; culpe sólo a su rapacidad si la revolución es uno de los medios que se nos ocurren para emanciparnos. La violencia atrae a la violencia; y nosotros no hemos creado esta situación de fuerza. Su primer causante es la soberbia burguesa.

Pero si queremos desposeer a la burguesía de esa propiedad común, si queremos desalojarla de ese poder donde se ha refugiado cual en una ciudadela, no es para ejercer nosotros la autoridad, no es para permitir a otra clase y a otros individuos sustituirla en la explotación de la actividad humana.

La burguesía, al apoderarse en 1789 de los bienes de la nobleza y del clero, hízolo en beneficio propio y con perjuicio de los que tenían más derecho que ella, puesto que venían cultivándolos ellos mismos. Hizo así una revolución de clase. Nosotros queremos la emancipación de todos los individuos sin distinción de clases; por eso queremos arrancar la propiedad a la clase que la usurpa y ponerla a disposición de todos sin exceptuar a nadie para que cada uno pueda encontrar así en ella la facilidad de desenvolver sus propias facultades.

Y si para llevar a efecto esa transformación recurrimos a la fuerza, lejos de cometer un acto de autoridad (como neciamente se ha dicho), por el contrario, realizamos un acto de libertad, rompiendo las cadenas que nos sujetan.

Otro argumento a favor de la autonomía de los grupos y de los individuos, en una sociedad verdaderamente basada en la solidaridad de esfuerzos e intereses de todos, consiste en que la idea humana progresa sin cesar, mientras que, por el contrario, llegado el individuo al periodo en que termina el desarrollo de su cerebro, se anquilosa intelectualmente y considera como locuras las ideas nuevas profesadas por otros más jóvenes que él.

Por ejemplo: las ideas de 1848 ¿no nos parecen hoy de las más anodinas, por no decir de las más retrógradas? ¿Y en qué campo se encuentran en la actualidad los pocos supervivientes de aquella época, que a la sazón pasaban por exaltados?

Sin remontarnos tan atrás, ¿se batiría nadie hoy sólo por las ideas corrientes en 1871: independencia municipal, socialismo indefinido? ¿Que hemos visto al regresar los amnistiados, que por el hecho de la deportación quedaron fuera y lejos de la corriente intelectual? La mayoría ha vuelto apenas a la altura de los radicales, a quienes, antes de los acontecimientos, dejaban muy rezagados. No queremos investigar dónde están hoy. No: mientras se quiera estatuir un modo único y exclusivo de organizarse, se levantará una muralla contra lo porvenir; obstáculo que sólo podrá desaparecer por obra de una revolución de la generación siguiente.

Quienes se crean superiores a la totalidad de la masa general, proclámense así propios directores de ella y pidan instituciones para poder ejercer su protectorado: están dentro de su papel. En cuanto a nosotros, que pretendemos la igualdad y la libertad verdaderas y sin restricciones, que pensamos que un hombre vale tanto como otro, sean cuales fueren sus diferencias de aptitudes (hasta convencidos de que esas mismas diferencias son una prenda más del buen funcionamiento de una sociedad armónica), no queremos una dictadura de clase, sino la completa y absoluta desaparición de todos los privilegios y desigualdades que la constituyen.

Los servicios públicos

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Para justificar la necesidad de un sistema de reparto en la sociedad futura, emplease este argumento: que es imposible producir lo suficiente para que, en cuanto triunfe la revolución, pueda cada uno tomar para su consumo los productos que necesite.

No hace falta perder el tiempo en largos trabajos de investigación estadística para dar un mentís a ese temor.

Parecemos haber enumerado, en el capítulo tercero de esta obra, hartas causas de despilfarros en la sociedad actual y demostrado de sobra que la miseria de los trabajadores sólo es producto del exceso de abundancia, para que nos baste aquí recordarlo.

En la sociedad actual, considerase el trabajo productivo, si no como deshonroso, a lo menos como una cosa impropia de personas decentes, puesto que se califica de clases inferiores a quienes desempeñan tales tareas. El ideal ofrecido hoy al individuo no consiste en hacerse útil a la humanidad, sino en lograr por cualquier medio crearse una posición económica que le permita vivir sin hacer nada. Poco importa al capitalista a costa de quién; con tal de que le paguen las rentas, no le preocupa de ningún modo saber de quién sale esas ganancias.

Pues bien; en la sociedad que queremos, debe cambiarse el móvil de la actividad humana. El ideal no debe ser ya, el parasitismo, sino la ambición de crearse cada uno lo preciso para sus necesidades. Ya no debe consistir el orgullo del hombre en enumerar los esclavos que explota, sino en probar que no hay goce que no sea él capaz de adquirir por sus propias fuerzas. De esa manera, todo el trabajo inútil impuesto por la actual organización social se transformará en trabajo productivo, y contribuirá otro tanto a la producción general, en vez de vivir a costa de ella.

Todo lo que constituye el ejército, la administración civil, la incontable muchedumbre de sirvientes de uno y de otro sexo, la policía, la magistratura, todos esos empleos parasitarios que no tienen más funciones ni prestan más utilidades sino la buena marcha de la organización actual, o satisfacer los caprichos y servicios personales de los explotadores, o asegurar la defensa de éstos, todos ellos quedarían redimidos de su inutilidad social y devueltos a su propia iniciativa, a su personal actividad, las cuales les conducirían a trabajar para atender a sus propias necesidades.

Todos esos funcionarios, todos esos empleados y contadores que pasan la vida papeleando en las oficinas, perdiendo el tiempo y haciéndoselo perder al público, porque el capitalista o el Estado necesitan saber cómo están de cuentas en sus operaciones, sin que esto sea útil a la sociedad para nada, serían devueltos a la vida activa y productora.

Los terrenos convertidos en eriales por propietarios negligentes, ahítos o temerosos de los primeros gastos de una explotación más seria; esos jardines de recreo, esos cotos de caza, que despueblan países enteros por servir nada más que para el esparcimiento de un particular, serían devueltos a la producción, poniéndolos en manos de quienes quisiesen cultivarlos.

Ya hemos visto cuán numerosos eran esos terrenos yermos e improductivos que permanecen estériles por antojo de sus propietarios, o porque los gastos que necesitasen para dedicarlos al cultivo no podrían recuperarse inmediatamente por el propietario codicioso que prefiere las rentas usurarias; terrenos que en la sociedad futura sólo exigirían una asociación de esfuerzos y de buena voluntad para ponerlos en estado de producir.

Por otra parte, la pequeña propiedad, con su sistema de setos, cercas, aparcelamiento diminuto y egoísmo individual, obliga a cada uno a calafatearse dentro de su rincón de terrenos y a emplear unos aperos rudimentarios, por falta de espacio y de brazos para utilizar otros más complicados pero más productores. La revolución, arrasando los tápiales, suprimiendo los límites, confundiendo los intereses, permitirá comprender mejor los suyos a todos los individuos.

Cuando comprendan que asociándose con sus vecinos podrán utilizar una máquina que en ocho días realice el trabajo de todos, mientras que individualmente necesitarían emplear quince o treinta si persistiesen en limitarse a labrar sus campos y con aperos primitivos, eso será el mejor medio de decidirles a arrancar ellos mismos los hitos de sus heredades.

Al recorrer las llanuras los arados de vapor, labrarán profundamente el suelo, revolviéndolo sin cesar, para arrancarle sus jugos fertilizadores; y, como un progreso traerá otro consigo, pediráse auxilio a la química para restituir a la tierra (en forma de abonos perfectamente asimilables y dispuestos según la producción que se quiera activar) los elementos que del suelo se hubieren extraído en forma de granos, frutos, hojas o raíces.

Por tanto, no es herejía científica afirmar que en la sociedad venidera podrá llevarse la producción a tal grado que nadie tenga necesidad de limitar su apetito y no haga falta ninguna un poder distribuidor.

Se ha insistido sobretodo en el hecho de que hay productos (tales como la seda, los vinos generosos y otros por el estilo) que no podrán crearse en la cantidad necesaria para satisfacer todos los pedidos.

Si queda hecha la revolución, será porque los trabajadores comprendan de dónde procedían las causas de su miseria y habrán sido lo suficiente inteligentes y enérgicos para encontrar el remedio contra ella y emplearlo. Parécenos que seria una idea extravagante la de suponer que de pronto se volviesen tan estúpidos que se destrozasen unos a otros, a no tener una autoridad tutelar superior a ellos para repartirles un pedazo de seda, un cesto de trufas, una botella de champaña o cualquier otro objeto, la escasez del cual es la única causa de su valor, sin más utilidad que la satisfacción de sentimientos vanidosos, y que en la mayoría de los casos pudiera reemplazarse sin inconveniente por otro producto similar tan agradable como aquél, pero menos buscado por ser más común.

Esta objeción es tan estúpida, que ni siquiera merecería contestarse. Pero los defensores de la autoridad gustan de presentar argumentos tan fútiles como éste. No pudiendo la sociedad futura forzar de ningún modo los límites de la naturaleza (ni mucho menos quienes la prevén), dedúcese de ahí que no es posible dilucidar las cuestiones que nos plantea este problema sino por medio de razonamientos y cálculos de probabilidades, y nuestros adversarios triunfan de ellas para echárselas de hombres prácticos, de espíritus positivistas y científicos.

Oídles: a lo menos, ellos no se pierden en vagos ensueños, en sentimentalismos necios, ni en especulaciones acerca de la bondad del hombre. Han estudiado hasta lo más recóndito el funcionamiento de la sociedad, hasta el último de sus mecanismos, hasta el más minucioso de sus detalles. ¡Por eso están blindados! ¿Y el individuo? Bueno o malo, no necesitan de ese detalle. Han resuelto de antemano que la sociedad sólo marche según a ellos se les antoje; así, tienen pronta solución para todas las dificultades que puedan poner en un apuro a un partidario de la autonomía. ¿No es la autoridad la vara mágica que doma todas las resistencias… hasta el día en que se la rompan en las costillas a quienes se sirven de ella?

Quedamos, pues, en que los trabajadores se habrán batido para obtener la satisfacción de sus primeras necesidades orgánicas e intelectuales; en que habrán sido bastante inteligentes para asegurar su triunfo; ¡y se detendrían en el camino de su emancipación porque no haya suficientes trufas para todo el mundo! Falta vino de Champaña. ¡Está perdido el porvenir de la humanidad! Este es el ideal de los socialistas y de los burgueses.

Nosotros, por honor de la humanidad, preferimos creer que hombres de suficiente inteligencia para destruir una sociedad que les explotaba sabrán entenderse amistosamente para el reparto de los productos que por su cortísima cantidad no puedan distribuirse con profusión; y que, en caso necesario, los más inteligentes sabrán ceder a su vez a quienes no lo sean lo bastante para aguardar con paciencia que les llegue la suya.

Se nos objetará que nuestra respuesta es infantil, que nos fundamos en el sentimentalismo, en la bondad de un ser humano ideal y no tal como existe, etc. Busquemos otro argumento mejor; lo mismo nos da.

Hay productos cuya escasez no permite a cada persona tener de ellos una cantidad suficiente; luego es preciso un gobierno para evitar las contiendas, consumiéndolos él mismo o distribuyéndolos a sus apaniguados, tal es el razonamiento de los partidarios de la autoridad. ¿No habría medio de encontrar una solución más ventajosa?

En la sociedad actual se ve todos los días a los individuos organizar, entre si, sin auxilio del Estado, sociedades de socorros mutuos donde todos contribuyen con sus cuotas a formar la masa común, de la cual toma luego cada uno su parte cuando le toca la vez. A pesar de las múltiples causas de disentimientos originados por la organización actual, esas instituciones privadas marchan y funcionan de la mejor manera posible en una sociedad cimentada en el antagonismo entre los individuos. ¿Qué impediría a éstos en la sociedad futura organizar una rifa análoga para distribuir los objetos en litigio?

¿Por qué ha de repugnar esta suposición? Hoy, a despecho de todas las causas de divergencias, a pesar de las discordias de intereses en nuestra sociedad, donde los individuos se ven obligados a reprimir una parte de sus necesidades, cuando se juntan para comer les vemos hacerse agasajos con objeto de dejar a sus comensales los mejores bocados de la mesa, u ofrecérselos unos a otros.

Y en las familias, si hay un buen bocado, ¿no se ve a la mujer, después que los hijos están servidos, reservar para el hombre que trabaja y necesita reponer sus fuerzas la tajada más grande de carne y el vaso de vino, si lo hay? Si hay ancianos, cada cual se las amaña para buscarles en el plato el trozo que más les gusta. Y cuando escasea el pan en la casa, ¿no saben el padre y la madre acortarse la ya insuficiente ración para aumentar la de los hijos pequeñuelos, menos aptos para sufrir las privaciones? En vez de una sociedad donde los individuos se ven obligados a tratarse como enemigos, haced que la sociedad sólo sea una gran familia; y lo que acontece en la disminuida familia de hoy, acaecerá en la agrandada familia de mañana.

Hoy que todo está especializado, quienes producen vino de champagne o tejidos de seda no producen nada más que eso. La apropiación individual hace poseedor de un pago de mucha fama a una sola persona, que emplea, a muchas en la producción de ese terreno de viñedo. En la sociedad futura, los individuos extenderán sus facultades productoras a una multitud de objetos; por tanto, se verán obligados a aumentar sus agrupaciones, y mayor número de individuos tomarán parte en la producción de cada especialidad. He aquí ya, pues, un procedimiento de difusión de los objetos que se nos presenta muy naturalmente.

Por otra parte, los productores de un objeto cualquiera no se limitarán a fabricarlo exclusivamente para ellos, sino que lo harán para los amigos a quienes quieran agasajar; para los grupos o individuos con quienes estén en relación o de los cuales esperen servicios análogos.

Igual sucederá con los productores de seda, de champagne, etc., aun suponiendo que no sea posible fabricar esos productos en mayor escala qUe hoy. Los que con más imperio sientan la necesidad de beber champagne o de vestirse de seda, podrán aplicar sus facultades productoras a estos objetos; pero como el hombre no vive sólo de champagne y de seda, se verán en el caso de ponerse en relaciones con otros grupos para obtener de ellos otras cosas y hacer así circular sus productos.

La esperanza de obtener mediante el cambio objetos de tanta estimación obligará a los individuos a ingeniárselas para producir cosas nuevas capaces de despertar los deseos de los demás. Y he aquí que damos, sin buscarlo, con uno de esos estímulos de la actividad humana de que según los autoritarios, carece la sociedad anarquista.

Además, lo que se tiene en abundancia llega a hastiar muy pronto. Las facultades de absorción del hombre tienen límites. Cuando los primeros individuos se sacien de los objetos de su apetencia, ellos mismos cederán su puesto a otros nuevos consumidores.

Habiendo negado por táctica los colectivistas que su gobierno lo fuese, érales preciso encontrar un epíteto capaz de adormecer las susceptibilidades de quienes no se contentan con afirmaciones, y que dejase pasar lo que se escondía tras del epígrafe tan sonoro de Servicios públicos. ¡Servicio público, felicidad pública, República! ¡Suena tan bien todo esto! ¿Quién podría desconfiar de ello?

Los servicios de correos, telégrafos, transportes y otros trabajos del mismo género, dicen los colectivistas, si bien son de una utilidad indispensable para el funcionalismo de la sociedad, nO producen ningún trabajo concreto palpable, cristalizado en un producto cualquiera que pueda depositarse en los almacenes sociales, y no por eso dejan de ser de utilidad pública. Quienes desempeñen esos servicios tendrán derecho a una retribución, satisfecha a cargo del producto bruto del trabajo social. De ahí la necesidad de cálculos para conseguir equiparar su trabajo al de los otros productores y hacer un reparto proporcional. Como su salario debe deducirse del producto total de las demás corporaciones, es evidente que esos trabajos deben ser declarados Servicios Públicos.

¡Y véase ahí hallado el resquicio para introducir el restablecimiento del impuesto!

Al hacer esta distinción, evidentemente se espera justificar la existencia de las comisiones de estadística y todos los empleos parasitarios que se proponen crear para la buena marcha y en defensa del nuevo poder. ¡Servicios públicos!: esto responde a todo, ¿no es así? De esa manera, los servicios útiles servirían de pasaporte al parasitismo de las sanguijuelas administrativas.

Pero la hilaza es muy burda; sólo puede engañar a los cándidos. ¿Acaso no es servicio público todo cuanto se relaciona, por el hecho mismo de ser útil, con el bienestar general o con la marcha de la sociedad? Ora se ocupe en producir cereales o en acarrearlos donde sean menester, ora se transporten de una localidad a otra la mercancía fabricada o las primeras materias necesarias para su fabricación, ¿no es esto prestar iguales servicios a la sociedad?

¿Dónde está la necesidad de crear categorías, algunas de las cuales tengan un rótulo que parezca ponerlas por encima de las otras, y suministrar así los elementos de una nueva jerarquía, si no es para cubrir con esa égida todos los empleos, comisiones y senicuras que se quiere crear y que, en efecto, podrían constituir un servicio en la sociedad, pero uno de esos malos servicios de los cuales sería urgente desembarazarse sin tardanza?

También se ha objetado que para los trabajos de utilidad general que abarcasen una o varias regiones, sería preciso elegir delegados que se encargaran de ponerse de acuerdo acerca de los trabajos que hubieran de realizarse, aunque sus fundones no fuesen sino temporales y limitadas a la ejecución del proyecto con la mira del cual hubiesen sido nombrados. Esto es otro error: las delegaciones son inútiles cuando puede hacer uno las cosas por sí mismo.

Según hemos tratado de probar en las anteriores páginas, los intereses particulares nunca deben diferir del interés general: cada uno sólo puede desear lo que le es útil, y lo que le es útil no puede ser nocivo a su semejante sino mientras la sociedad esté mal equilibrada. Por tanto, las relaciones de los grupos y de los individuos no tendrán que referirse sino a puntos generales que cada cual podrá considerar desde un punto de vista especial, según su manera de comprender las cosas, pero en lo que no irán a mezclarse intereses pecuniarios o deseos de engrandecimiento, de apropiación individual.

Además, todas esas distinciones de caserío, lugar, concejo, distrito, provincia, patria, que forman hoy otros tantos intereses particulares, distintos y antagónicos, están llamadas a desaparecer o por lo menos a no ser sino expresiones geográficas que sirvan para facilitar las nomenclaturas, las topografías y las relaciones entre individuos. En definitiva, todos tendrán un solo propósito; realizar el trabajo proyectado de modo que a cada cual le tenga cuenta.

Hoy, para abrir una carretera, un canal, un ferrocarril, un establecimiento, hay rivalidad de intereses: todo propietario influyente intriga para hacer que la carretera pase junto a sus haciendas, con objeto de darles más valor; pone en juego todas sus relaciones con el fin de que el camino de hierro corte sus dominios, ante la esperanza de conseguir una expropiación forzosa que sea muy lucrativa para él.

Lo que pasa entre los individuos, acontece también entre las colectividades: tal municipio querrá ser favorecido por encima de cuál otro, este distrito querrá beneficiarse a costa de los colindantes.

En la sociedad futura, lo que ante todo se tratará es de suprimir movimientos inútiles. Los núcleos de población se formarán en los lugares que den facilidades naturales de existencia. Si conviene agruparse junto a las minas para utilizar en seguida sus productos extractivos, no se transportará (como ahora), el mineral a otra parte, para desde esta última transportar el metal a otro centro de fabricación que no tiene razón de ser sino porque las divisiones políticas dan el predominio a determinada región.

Las vías de comunicación se crearán o se transformarán para relacionar entre si todos los centros de población, sean cuales fueren. Las cuestiones de patrimonio, de propiedad, de interés local, no atarán ya las generaciones a lugares donde no hay ninguna razón para residir, y no complicarán ya más el problema de las relaciones. Los pueblos podrán, pues, cambiar de residencia e ir a situarse donde les sea más fácil adaptar sus esfuerzos al medio y a las necesidades.

Apartados así todos esos intereses particulares y semi-colectivos, sólo quedarán frente a frente las diversas maneras de considerar las cosas, con lo cual parécenos que ya hay andado la mitad del camino para llegar a entenderse.

Por ejemplo: si se trata de hacer una carretera; un canal, un ferrocarril, ¿qué falta hace el envío de delegados? No teniendo ya los individuos que ocuparse durante doce y catorce horas diarias en producir, dispondrán de más tiempo para dedicarse a los intereses generales; y hallándose los medios de transporte, los correos, los telégrafos y los teléfonos a la libre disposición de cada uno, los individuos podrán comunicarse, viajar y discutir juntos sus negocios sin delegación ninguna.

Además, preciso es reconocer que la idea de trabajo semejante no saldría así repentinamente armada del cerebro de un hombre solo. Según todas las probabilidades, la necesidad de la carretera o del ferrocarril, o lo que fuese, dejariase al principio sentir de un modo muy vago; se comenzaría a hablar de ello antes de sentir una imperiosa necesidad; haciéndose ésta cada vez más intensa, la sentirían mayor número de individuos; hasta que una poderosa corriente de opinión pusiera en movimiento a cada uno para pasar el proyecto del período latente al período activo en que se tratase de realizar aquel deseo.

Los primeros convencidos de la necesidad de ese trabajo, tratarían de propagar sus ideas entre sus convecinos, esforzándose en agrupar en torno suyo a quienes creyesen más capaces de ayudarles; y cuando formasen un núcleo bastante fuerte para estudiar en serio la cosa, repartiríanse la faena según los conocimientos o aptitudes de cada cual. El ingeniero levantaría planos, estudiaría los terrenos y localidades por donde debiera pasar el camino, el canal o el ferrocarril; los canteros, metalurgistas y carpinteros estudiarían cada uno, por su parte, los recursos que pudieran proporcionarse con más facilidad; los oradores harían expediciones para dar conferencias con las cUales conquistar adictos, mientras que los escritores harían libros o folletos con el mismo objeto. Y la cuestión se estudiaría así en todos sus aspectos, buscando los proyectos mejores para que la obra pudiera efectuarse en condiciones de solidez, belleza y economía de esfuerzos.

Cuando llegase el momento de pasar a la ejecución, los que estuvieran conformes habrían discutido ya los proyectos dados a luz, pesando y examinando antes en todas sus fases cada proposición emitida por todo aquel que quisiere hacerlo. Al final de estas discusiones pudiera acontecer que no se adoptase ninguno de los proyectos primitivos, sino una síntesis de todos los planos presentados; tomando así de cada uno lo mejor, se llegaría, cuando no a una perfección ideal, por lo menos a lo óptimo relativo y representante del estado de las aspiraciones del momento.

De haber individuos molestos por no poder conseguir el predominio de sus ideas personales, podrían retirarse de la asociación y privarla de su concurso; pero, aparte de que estos casos serían muy poco probables, dado que la cuestión de interés personal quedaría abolida, y que la vanidad irá atenuándose cuando los individuos sean más instruidos, en esas circunstancias los móviles personales desaparecerían ante el interés general, pesando muy poco los razonamientos individuales, con lo que esas defecciones no tendrían fuerza para poner obstáculos a la obra común.

Más (para que no parezca que tratamos de sortear las dificultades), admitamos que las ideas contrapuestas llegasen a dividir a los individuos en dos grupos iguales y contrarios; si se fraccionasen más, sería imposible emprender el trabajo, y habría que reanudar la propaganda. supongamos esos dos grupos disidentes uno de otro, sin querer hacerse concesiones mutuas y resueltos ambos a ejecutar su respectivo proyecto.

Si su división impidiese realizar el proyecto, la necesidad de efectuarlo no tardaría en conducir a la mayoría a ideas más conciliadoras y a buscar los medios de entenderse para obrar. Si cada fracción era lo suficiente fuerte para llevar a cabo su proyecto ejecutándolo (cosa muy probable, pues los trabajos de este género no se acometen por el simple afán de satisfacer preferencias personales), el interés común seria en este caso también el mejor conciliador y las diferencias de apreciación sólo versarían sobre detalles que se prestaran a concesiones mutuas.

Pero, lleguemos hasta a lo absurdo: supongamos a cada grupo aferrado a su proyecto y con fuerzas bastantes para llevarlo a término a despecho de todo. Apartado el interés personal, como siempre, si los trabajos tenían puntos de contacto o trozos replanteados en un mismo terreno, tendrían que entenderse entre sí para el trabajo en esas partes comunes, y obraría cada cual a su antojo en lo que les fuese privativo, con lo cual habría dos vías de comunicación en vez de una sola. ¿Quién podría quejarse de ello?

Sólo tenemos aquí presentes las divergencias respecto al trazado, únicas que pueden existir; porque si se tratase de disparidad de concepto acerca del método, del modo de trabajar, del régimen interior de los grupos, esto no tendría nada qUe ver con el trabajo mismo, pues cada grupo tendría plena libertad para organizarse como quisiese; y en la división del trabajo, hecha previamente, cada cual indicaría sus preferencias, de modo que hubiese acuerdo para ponerse cada uno a trabajar, sin verse molestado por otro, ni molestar a los demás. Pero los partidarios de la autoridad no convencidos nos dirán: Está bien, pero suponed que dos grupos quieran hacer la misma obra, en el mismo terreno, sin ceder ninguno ante el otro. ¿Se declarará la guerra entre ellos?

Si ese caso pudiera presentarse, responderemos nosotros a los partidarios de la autoridad, es que el hombre retrocedería en vez de progresar. Tratamos de construir una sociedad para seres cuyas facultades morales e intelectuales van desarrollándose de continuo, y no para degenerados que vuelvan a los tiempos primitivos de su origen. En ese caso, nada tenemos que ver en ello: es el medio social que mejor cuadra a la autoridad, serán dignos uno de otro.

Hoy se ve formarse sociedades de todas clases: ferrocarriles, canales, puentes, comercio, industria, seguros, socorros mutuos, etc. (Sobre este asunto de las asociaciones voluntarias, consúltese, Kropotkin, Pedro, L´Inévitable Anarchie).Todo es presa de poderosas asociaciones que se constituyen con la mira de explotar tal o cual rama de la actividad humana. Si descendemos al detalle de las menudencias, son innumerables las pequeñas asociaciones formadas con el fin de proporcionar a sus copartícipes algún provecho material o la satisfacción de algún goce intelectual o de un capricho cualquiera.

Tales son los círculos, donde los socios encuentran en excelentes condiciones periódicos, obras literarias, descanso, coche, recreos y la sociedad de sus semejantes. Tales son también las sociedades de socorros en caso de enfermedad, las cooperativas de consumo para adquirir buenas mercancías al mejor precio, las asociaciones para crear rentas vitalicias a los miembros que llegan a cierta edad.

En otro orden de ideas, nos encontramos con las sociedades corales e instrumentales, de expediciones científicas o recreativas, para formar bibliotecas de barrio, sociedades gimnásticas, hasta de simples bebedores y comedores.

¿No hay también asociaciones científicas con objeto de hacer progresar o difundir los conocimientos humanos? ¿Y la famosa sociedad de la Cruz Roja para socorrer a los heridos, y las de salvamento de náufragos, y las protectoras de animales, sociedades que sólo fatigas sin provecho ninguno material proporcionan a sus miembros, una simple satisfacción intelectiva o moral?

Cierto es que en algunos de ellos entra por mucho el afán de exhibirse, la vanidad, la ocasión de desplegar a poca costa una filantropía anodina, y hasta el medio de medrar o hacer negocio; pero preciso es admitir que la mayor parte de los adheridos creen sinceramente hacer algo bueno, y a veces lo consiguen a pesar de la mala organización social. Por informes e incompletas que sean esas asociaciones, responden en parte a los deseos de sus miembros.

En la sociedad futura, en que la iniciativa individual será libre y sin las trabas de la moneda, en que todas las afinidades podrán manifestarse y reunirse con libertad, en que los caracteres podrán armonizarse francamente, ya se comprende cuánto será posible hacer en ese sentido y cómo podrán establecerse las relaciones sociales, regulándose por sí mismas las de grupos e individuos.

Los individuos se agruparán en virtud de sus gustos, aptitudes, temperamentos, con objeto de producir o de consumir tal o cual cosa. Los correos, los ferrocarriles, la educación de los niños, etcétera, todo esto entraría con el mismo título en la organización social que el fabricar calderos o escarpines; todo esto forma parte de la actividad individual y debe depender de su libre iniciativa: es una división del trabajo que habrá de efectuarse, y nada más.

No teniendo ya nadie que luchar con las dificultades pecuniarias, con las cuestiones de economía, cada cual se habituará a formar parte del grupo que responda mejor a sus miras y a sus necesidades. De ese modo, el grupo que preste mejor servicio es quien tendrá más probabilidades de desarrollarse.

El hombre es un ser complejo, agitado por mil sentimientos diversos, y se mueve por el impulso de variadas necesidades: numerosos serán los grupos que se formen. Su diversidad contribuirá a asegurar el funcionamiento de todos los servicios imprescindibles para la existencia de una sociedad; de las múltiples necesidades de los individuos surgirá la facultad de satisfacerlas; el juego libre de todas las facultades debe conducirnos al fin que apetecemos, la armonía.

No se diga ¡utopía, inverosimilitud!, al tomar como ejemplo las asociaciones actuales. La situación no sería la misma, el individuo de mañana no será de ningún modo comparable al de hoy: en primer término, habrá progresado ya lo suficiente para llegar a comprender nuestro ideal y habrá sabido crearse un medio que le permita ensayarlo; en segundo término, habiendo cambiado la organización social, esto debe producir una mudanza en las costumbres. La influencia de los medios es una ley natural que en todo deja sentir sus efectos.

Todas las asociaciones son hoy autoritarias e individualistas. Si la asociación es numerosa (a menudo no es necesario ni aun eso), entre los asociados hay distinción de empleos, de grados y de salarios (lo uno trae consigo lo otro actualmente), y hay también cuestiones de preeminencia. El interés del grupo, que debiera ser el móvil de todos, queda en segundo término, pues aparte de ese agrupamiento está la sociedad entera que divide los intereses e impulsa a cada individuo a satisfacer su interés por un bien presente, con detrimento del prójimo, y a riesgo de un mal futuro, y llega a acontecer que contra el interés común laboran una multitud de intereses particulares.

A pesar de estas causas de desunión, a pesar del choque de sus apetitos contrarios, generalmente se sostiene el acuerdo por un tiempo bastante largo; no brota la cizaña sino cuando uno o varios de los asociados, más pillos que los otros, se ponen a engañar a sus consocios para que les confíen la dirección de los negocios sociales; y entonces los hacen marchar conforme conviene a sus intereses particulares, hasta que consiguen expropiar a sus compinches y quedarse ellos solos amos del cotarro.

Fíjese la atención en que en la sociedad, tal como nosotros la entendemos, no habría beneficios personales que obtener de ninguna empresa, ni operaciones mercantiles que llevar a buen puerto, ni lucros que amañar. Los individuos se agruparían para llevar a cabo tal obra determinada o producir tal objeto convenido, ya para uso de los coparticipes, ya para ponerlo a disposición de tales o cuales grupos o individuos con quienes aquel grupo estuviese en relaciones de amistad o de cambio de servicios.

En cada agrupación existiría entre los individuos la más perfecta igualdad, siendo libres de salirse de ella cuando así les conviniese, no habiendo capitales comprometidos. Cada cual aportaría la parte de trabajo convenida de antemano; y no tendría motivo para rechazarla, puesto que él mismo la había escogido. Nada de cuestiones acerca de salarios, no existiendo ya el asalariamiento.

En definitiva, el individuo no estará adherido al grupo sino por el placer que en ello encuentre, por las facilidades que éste le dé para satisfacer sus necesidades. Quizá la necesidad de las ventajas que este grupo le reporte sea lo que hacia él le atraiga; quizá también pueda ser atraído por la necesidad de ejercitar aptitudes especiales, que sean altamente apreciadas por los individuos de ese grupo. Multitud de móviles diferentes pueden conducir a muchos individuos al mismo fin.

Así como el individuo podrá eximirse de los actos arbitrarios que quisieran imponérsele en nombre del grupo, de igual modo podrá el grupo negar su cooperación al individuo que por mala voluntad o por cualquier otro motivo no quisiera ya doblegarse a la disciplina previamente convenida en el concierto que hubiese presidido a la división del trabajo. Esto lo estudiaremos más adelante.

Los partidarios de la autoridad objetan que estando corrompidos los hombres por la educación actual y sobrado pervertidos por los prejuicios de millares de siglos, no serán bastante cuerdos ni mejorarán lo suficiente para que se les pueda dejar libres de organizarse a su albedrío, y necesitarán de un poder moderador que mantenga a cada cual dentro de los limites de sus respectivos derechos.

¡Que los hombres no serán bastante cuerdos para conducirse a si propios! El argumento es admirable por su carencia de lógica y para prevenir ese riesgo no se da con nada mejor sino con colocar a la cabeza de ellos, ¿á quién? ¡A otros hombres! ¿Más inteligentes de seguro? Tal vez; pero que no por eso dejarán de participar de esas preocupaciones y de esos vicios de los cuales se acusa a la humanidad en conjunto. Es decir, que en vez de disolver esas preocupaciones y esos vicios en la masa general, en vez de proponerse conseguir del concurso de todos (dejando libre a cada uno) aquella chispa de verdad que pudiera alumbrar la senda de lo porvenir, quiere encarnarse la sociedad entera en unos cuantos individuos que la guien según la mayor o menor amplitud de sus propias ideas.

Y luego, ¿quién elegiría esos jefes?

No suponemos que los admiradores de la autoridad vayan a decirnos que se elegirían ellos mismos. Algunos, muy pagados de su propio valer, han criticado el sufragio universal, proclamando el derecho de la inteligencia a esclavizar al vulgar rebaño de las masas. Pero los tales nada suponen en política. Toda la falsa inteligencia de que se creen provistos llévales tan sólo a ser momias de tiempos pretéritos: no tenemos por qué ocuparnos de ellos.

El pueblo es quien elegirá sus mandatarios, nos responden los partidarios del sufragio universal. Pero ¿no acaban de objetarnos que no estaría bastante maduro de juicio para saberse conducir él mismo? ¿Por obra y gracia de qué milagro ha de llegar a tener la madurez suficiente para saber discernir entre todos los intrigantes que irán a pedirle sus votos?

Elegidos por sufragio universal, como los actuales, los nuevos gobernantes no representarían sino el promedio de las opiniones. No tendríamos más que medianías para dirigirnos; y aún suponiendo que tuviésemos la buena suerte de topar por acaso con hombres excepcionales por su sabiduría y por su inteligencia, no por eso es menos cierto, que, sea cual fuere la amplitud de las concepciones intelectuales del individuo, el cerebro humano está siempre limitado en su evolución por la del medio ambiente de su época. Puede ir adelantado respecto de ella, pero esa delantera suele ser muy poca cosa. Ni aún puede asimilarse todos los conocimientos de su época y en el mismo grado; podrá ser avanzado en ciertas ideas y retrógrado en otras. Siempre hay células en retardo, que conservan en un rincón del cerebro algunas de las preocupaciones corrientes. Hay tales o cuales ideas que se aceptan en teoría, pero se retrocede ante su práctica. Así les acontece, por ejemplo, a quienes encuentran hoy ridículo el matrimonio legal, pero se creen obligados a hacer legitimar su unión por un agente de la autoridad, afirmando que esto es necesario en la sociedad actual.

Vemos que existen sobradas razones para mantener a los individuos en los escabrosos senderos de la rutina, sin tener que añadir más, poniendo en manos de algunos una fuerza que les permite oprimir a quienes quisieran salirse de aquélla. Pero tenemos derecho para decir a los partidarios de la autoridad.

Cuando nos habléis de progreso, tened cuidado de que no advirtamos de que la Única manera cómo juzgáis posible seguir su marcha consiste en sujetarle las piernas, con pretexto de que no sois bastante ágiles para ir a su mismo paso; cuidad de hacer que no se comprenda cómo la única libertad que deseáis conquistar es la de quitar de en medio a quienes no piensen como vosotros, a quienes crean que no hay hombres superiores y compendio de toda la suma de los conocimientos humanos; convencidos cual se hallan, por el contrario, de que esos conocimientos se distribuyen por toda la humanidad, se diseminan entre todos y cada uno de los individuos.

Lo que teméis vosotros no son los pasos atrás: el miedo de no poder conseguir que predominen vuestras vanidades es lo que os preocupa. Por eso sois adversarios de quienes creen que a todas las inteligencias se les debe dejar libres para buscarse unas a otras y reunirse en grupos a su antojo, que de esta libérrima iniciativa ha de brotar la luz.

Sólo viendo junto a él un grupo mejor organizado, al que lo estuviese mal se le ocurrirá la idea de transformarse por sí mismo y tratará de hacerlo bien; mientras que la fuerza sólo indispondría a quienes quisiera hacer bajar la cabeza ante su férula. De ese movimiento libre y continuo, de esa transformación incesante, saldrá por fin esa comunidad de ideas cuyo secreto nadie tiene y que fuera vano intentar establecer por la fuerza.

Los holgazanes

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Esa supresión de la autoridad trae consigo esta objeción, hecha también por cierto número de nuestros compañeros de talleres:

¿Y los holgazanes? Si en vuestra sociedad cada uno puede consumir sin verse obligado a producir, nadie querrá trabajar. Si cada cual puede tomar cuanto guste, la miseria será más grande que ahora y el trabajo resultará más penoso todavía para quienes trabajen.

No ignoramos que el hombre no puede transformarse de la noche a la mañana y convertirse, como al conjuro de una varita de virtudes, en un ángel, de una bestia feroz que era la víspera. Se nos hace tan a menudo esta objeción, que nos seria imposible olvidarla. Pero harto hemos probado en los primeros capítulos de esta obra que, para realizar el ideal que apetecemos, pensamos que el hombre habrá conseguido antes cierto grado de desarrollo, el cual es preciso tener en cuenta, sin que necesitemos insistir más en ello ahora. Para formarse idea de las relaciones en la sociedad futura, es menester hacerse cargo de las transformaciones acaecidas para entonces, y no seguir colocándose siempre en el punto de vista de la sociedad actual.

Hoy se considera deshonroso el trabajo. La meta puesta a los esfuerzos del individuo consiste en llegar a tener una posición que le permita vivir sin hacer nada (productivo, por lo menos). El trabajador se doblega bajo la pesadumbre de un trabajo que le aniquila, doce, trece y catorce horas seguidas, a menudo en las condiciones más antihigiénicas, hasta en tareas repugnantes; y eso para conseguir un salario irrisorio, que apenas si le permite no reventar de hambre. Nada hay, pues, más lógico como el que los individuos estén disgustados de trabajar. Sólo nos asombra una cosa: que, en vista de la ociosidad y del lujo de los ricos, no se hayan disgustado aún más los trabajadores de consumir sus fuerzas en un trabajo sin término y no se tumben a la bartola con más frecuencia.

Pero cuando, según hemos visto, en la sociedad futura se haya hecho dedicarse al trabajo productivo a toda esa multitud de asalariados que hoy se emplean en hacer funcionar la organización gubernamental y capitalista que nos aplasta entre sus múltiples engranajes (asalariados que sólo trabajan para evitar a nuestros explotadores un esfuerzo muscular o para proporcionarles mayores goces), quedará reducida así la parte de esfuerzos que a cada uno se le exige hoy.

Por otra parte, cuando una mejor distribución del trabajo haya disminuido todavía más ese esfuerzo, cuando la difusión de la maquinaria haya aumentado la producción, reduciendo también las horas de trabajo; cuando se saneen los talleres, acomodándolos en los locales que ya existan y que fácilmente puedan adaptarse a su nuevo destino, con más lugar y más aire; por último, cuando en los trabajos penosos o repugnantes se haya sustituido el trabajo de los hombres por el de las máquinas, y por efecto de todas estas mejoras inmediatas se transforme el trabajo en un ejercicio saludable, parécenos que las causas productoras de la holganza quedarán ya sumamente aminoradas.

Y, sobre todo, cuando se transforme el ideal humano, siendo tan deshonroso entonces el vivir a lo parásito como honroso es ahora.

No podrá objetársenos que todo esto son sueños: son hechos positivos. Todos los economistas convienen en que en la actualidad, con una mejor distribución del trabajo, serian muy suficientes las ocho horas de jornada pedidas por los socialistas; algunos hablan hasta de seis, cinco y aun cuatro horas diarias. Pues bien, en ese mejor empleo de fuerzas a que se refieren, nada se dice de suprimir la domesticidad, los destinos necesarios para que marchen bien su explotación y su autoridad, nada se dice de acabar con esos cargos exigidos por un lujo idiota que empieza a hacer reír; ya se ve la reducción que pudiera conseguirse.

Pero cuando hablamos nosotros de disminuir las horas de trabajo, entiéndase bien que sólo nos referimos al trabajo que el hombre haga por necesidad y no por afición, para producir los objetos estrictamente indispensables para Atender a las apremiantes necesidades de la existencia. Dos, tres, cuatro horas podrán bastar, pero, en los trabajos que se hagan por gusto, por afán de inquirir, en este orden de cosas, ¿contará acaso el hombre las horas que en ellos pase?

Con frecuencia, en la sociedad actual, muchos individuos, después de estar ocho o diez horas en un taller o en una oficina ocupados en tareas que les repugnan, se privan un poco del descanso para dedicarse a quehaceres que les agradan: lectura, música, dibujo, pintura o escultura, y aun a oficios manuales. Y esto tiende a difundirse tanto, que las herramientas de aficionado adquieren en nuestros días una extensión cada vez más grande. El hombre estará fatigado a las seis horas de un trabajo que le repugne; pero trabajará diez y siete horas sin cansarse y sin advertirlo, si puede dedicarse a ocupaciones que le agraden y sobre todo variarlas y cambiarlas antes de que para él se conviertan en una fatiga.

El hombre, sea quien fuere, tiene una fuerza de actividad que necesita consumir de una manera o de otra. Desde el momento en que ya no se vea obligado a perder las fuerzas en un trabajo que desgasta y ni siquiera le asegura los medios de satisfacer sus primeras necesidades, será para él una felicidad hacer uso de todas sus facultades para producir todos cuantos caprichos se le pongan en la cabeza.

¿Acaso quienes se dedican a los trabajos intelectuales no necesitan hacer movimiento? ¿Acaso no recomienda hoy la higiene intercalar el trabajo manual con las tareas intelectuales? La esgrima, el pugilato (box), el juego de pelota con los pies (futbol), tan recomendados hoy, ¿no lo son para rehacer un poco de musculatura a esa burguesía que se ahoga en su propia grasa?

En estas condiciones, ¿qué interés tendrían los individuos en negarse al trabajo, sobre todo cuando sepan que sólo tendrán que contar con sus propios esfuerzos para proporcionarse lo que necesiten, y no tengan ya en su mano ningún medio de doblegar a nadie bajo el yugo de su autoridad para obligar a que produzcan para ellos?

Pero admitamos sin reparo (y de seguro sucederá así) que al principio haya individuos desprovistos de sentido moral para abusar del espíritu de solidaridad, bastante envilecidos para huir del trabajo. En todo caso, no podrán ser sino una minoría, puesto que si quienes hicieran la revolución se batiesen por no trabajar más, no se detendrían en tan buen camino: de ahí a hacer trabajar a los demás, sólo hay un paso. Por consiguiente, su primera obra sería la de estatuir una autoridad. Estarían más cerca de vosotros que de nosotros.

Pero entonces, ya no se habría hecho una revolución social sino una guerra de esclavizamiento en que los fuertes subyugarían a los débiles, los vencedores explotarían a los vencidos; no debemos ocuparnos de esto y proseguiremos nuestra argumentación.

Si quedaba hecha la revolución social, según la comprendemos nosotros, seria porque la mayor parte de los individuos comprendieran los beneficios de la solidaridad, del auxilio mutuo, y los peligros del parasitismo; esas personas obrarían de modo que se impidiese la repetición de los abusos que acababan de destruir y los holgazanes quedarían en minoría. Más adelante veremos que las relaciones sociales no se rigen por lo excepcional.

El trabajador, con la tripa vacía y sin disfrutar de los goces que él crea, soporta el estar con el espinazo doblado para engordar a una táifa de parásitos de toda clase de pelajes y cataduras; casi todos lo encuentran hasta naturalísimo. Y en una sociedad donde estarían mejoradas las condiciones del trabajo hasta el punto de hacerlo atractivo, en que su duración estaría limitada por la voluntad del mismo individuo, en que todos estarían seguros de la satisfacción integra de sus necesidades sin más condición que la de trabajar para producir lo que les hiciese falta, ¿era de temer que los individuos, atacados de pronto por una pereza nunca vista, en ninguna época, se negasen a producir para si propios y prefiriesen morir de inanición o reanudar las guerras para esclavizarse unos a otros? ¡Esto es insensato!

Con pretexto de que algunos individuos bastante corrompidos por el actual estado de cosas podrían negarse a trabajar, se quisiera que como unos doctrinos nos diésemos amos para obligarles al trabajo. ¿No seria más provechoso dejarles con su pereza, que crear una organización que no podría obligarles a trabajar (la sociedad actual así lo prueba), pero en cambio se podría volver contra los trabajadores?

Acordémonos de la fábula del hortelano que acude a su señor para que le cace la liebre que comió algunas hojas de berza, y cuánto hubo de pesarle. Nosotros creemos ser más prácticos y demostraremos que no se necesitan guardias civiles ni jueces para educar a los llamados holgazanes {si existen realmente) del calibre de los que nos ponen como ejemplo para objetarnos.

Aparte de todo, a nuestro parecer, no hay verdaderos holgazanes en el sentido estricto de la palabra. Sólo hay individuos cuyas facultades no han logrado desarrollarse libremente, a quienes la organización de la sociedad les ha impedido hallar la dirección normal de sus actividades, y a los cuales el no poder entrar o el haber comenzado a salir de una clase legal les ha precipitado a una actuación falsa, que ha concluido por desmoralizarlos y gangrenarlos.

Si se calcula el inmenso cúmulo de esfuerzos que necesita hacer para vivir el holgazán que no tiene capital que explotar, se verá que la energía muscular y cerebral que consume en marchas y contramarchas es a veces superior a la que utilizaría en una ocupación regular.

Para que un compañero le convide a almorzar le hará una multitud de trabajos, los cuales a menudo valdrán más que el importe de la bazofia conseguida por ese medio; por dos pesetas ¡cuántos servicios se ingeniará para prestar! Por una copa de ajenjo cruzaría París de extremo a extremo. Estos hombres gastan inútilmente sus fuerzas, estamos conformes; pero, en último término, el hecho es que las gastan. Organizad una sociedad donde los individuos puedan elegir ocupaciones, y veréis a los más holgazanes llegar a ser útiles.

Entregados a si mismos estos hombres en una sociedad donde la regla común sea el trabajo, bien pronto se avergonzarían de su posición equívoca en medio de los laboriosos. Si no queremos que la fuerza obligue a los holgazanes a trabajar, tampoco pedimos que se les trate con respeto y que todas las mañanas, al despertar, se les ponga delante para que escojan lo que más pudiera lisonjear sus apetitos.

Si en la sociedad actual se toleran gran número de parásitos, consiste en que las costumbres y la organización de ella les conceden un puesto especial en la misma; pero, aun así, mucho se comienza a apartarse de ellos. El alcahuete sólo se jacta de sus funciones entre la gente de su calaña que los necesita; la inmensa mayoría de la población evita todo contacto con ellos. El verdugo, que es un funcionario público, en todos los tiempos ha sido señalado con el dedo. Si otras muchas funciones no han caído aún tan abajo, van perdiendo cada vez más su prestigio: sólo ciertas momias del pasado las glorifican todavía; la mayor parte de sus secuaces exponen ya en su defensa las circunstancias atenuantes de las necesidades sociales.

Imaginamos que en la sociedad futura acontecerá lo mismo respecto a quienes quieran vivir como parásitos. Los trabajadores podrían por compasión dejarse roer en parte por los holgazanes, dejando entrever el asco que les inspirase esta posición inferior. El holgazán, antes de aceptar una situación semejante, trataría de hacerse útil en una multitud de cosas accesorias que a veces repugnarían a otros; diariamente vemos ocurrir esto a nuestra vista. Y engranados así entre los grupos productores, los más refractarios al trabajo encontrarían el medio de hacerse útiles.

También se ha hablado de los orientales, de los habitantes de ciertas islas o comarcas de los trópicos, personas cuya molicie es proverbial y para quienes la pereza constituye un verdadero culto. Pero en esos países, la pereza está en razón directa de lo cálido del clima; y, además, las facilidades para la vida son allí tan grandes, que nada obliga a los indígenas a violentar su naturaleza. Basta alargar la mano para ganar que comer; un puñado de dátiles, de arroz o de mijo son suficientes para alimentar a un hombre un día entero; los vestidos se encuentran hechos en las hojas de los árboles; las personas de gustos más refinados se toman un poco más de molestia aplastando a golpes determinadas cortezas, pero todo esto no exige gran esfuerzo, si bien se mira.

Por haber querido amoldarlas a nuestro género de vida, los europeos han diezmado a poblaciones que antes eran modelos de fuerza y de elegancia, y vivían en las mejores condiciones de holgura y de felicidad. La libre asimilación de nuestros conocimientos, la adaptación lenta, hubieran podido hacerlas progresar; la violencia y la autoridad las han diezmado o hecho retroceder.

Proponerse obligar por la fuerza bruta a los recalcitrantes al trabajo, sería hacerles sublevarse contra la sociedad. Entonces tratarían de proporcionarse por medio de la astucia o de la fuerza (el robo y el asesinato de la sociedad actual) lo que se les niegue de buena voluntad. ¿Habría, pues, que crear un cuerpo de polizontes para impedirles tomar lo que se les negara, otro cuerpo de jueces para condenarlos, otro cuerpo de carceleros para su custodia? Eso sería llegar poco a poco a reconstituir la sociedad actual, con los mecanismos más eficaces para la arbitrariedad y la expoliación. ¿Acaso los servicios que las tales instituciones prestan en la sociedad actual no son suficientes para quitarnos las ganas de pedir que se restableciesen en la sociedad futura?

Para no dar de comer a cierto número de holgazanes, los autoritarios no dan con otro remedio sino crear otra categoría de holgazanes, con la circunstancia agravante de que la condición de estos últimos sería legal e inamovible, eternizando una situación deplorable. Así tendríamos que mantener a dos clases de holgazanes: los que viviesen a expensas y a disgusto de la sociedad, y los que ella misma crease con el pretexto de no alimentar a ninguno. Con esta espada de Damocles más, suspendida eternamente sobre nuestras cabezas: una fuerza pública creada y armada para obligar a los individuos a hacer lo que no les plazca, y que siempre podría volverse contra aquellos que la hubieran establecido.

La libre elección de los trabajos

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Sin embargo, -nos dicen- será preciso que las agrupaciones que se formen tengan, cuando no jefes, al menos individuos especialmente encargados de distribuir el trabajo en los grupos productores, indicar a cada uno su tarea, a fin de que no disputen todos por querer hacer una misma cosa y para que las labores se efectúen con método y de una manera uniforme. Así como también en los grupos consumidores será preciso alguien para repartir los productos que disputarían entre sí los individuos si no hubiese una inspección, un poder moderador encargado de velar porque no se lesionen los intereses de ninguno.

Al indicar de pasada este asunto en los capítulos anteriores, hemos demostrado que la necesidad sería el primer motor de las agrupaciones, que los individuos sólo tendrán que contar consigo mismos para proporcionarse lo que les fuere necesario. Si sienten la necesidad de un objeto cualquiera, de un determinado producto, tendrán que desarrollar sus facultades para adquirir el objeto de sus deseos, tendrán que ver qué clase de asociación podrá ayudarles con más eficacia a adquirir lo que constituya el objetivo de sus afanes.

¿Obrarán los individuos por vía de cambio mutuo? ¿Tendrán que tomar en almacenes especiales lo que necesiten? ¿O deberán colaborar directamente en la producción de los objetos que les hagan falta? Creemos que eso dependerá de las circunstancias, y los diversos medios podrán emplearse según convenga.

Eso dependerá de la abundancia o escasez del objeto buscado, del carácter y de las aficiones del individuo. Habrá quien sienta repugnancia por tal o cual trabajo, y por consiguiente, tendrá que ingeniárselas para hacerse útil de otra manera, con el fin de obtener en el medio, del cual forma parte, las cosas que le repugne fabricar. Otro se dedicará a producir diferentes objetos, sin sentir necesidad de usar de ellos en persona, nada más que el gusto de hacerlos, de pulirlos, de conseguir efectos artísticos según su estética; será un motivo suficiente para poner en juego su actividad. Su dicha consistirá entonces en ver apreciados sus trabajos y que sus amigos se disputen los productos de su labor.

Por el contrario, si a un individuo le repugnase sostener relaciones con otro, se echaría a sí propio en cara como un crimen hasta el regalarle lo más insignificante, aunque no tuviese ningún cargo que formular contra la persona objeto de su antipatía y sin que ningún fundamento legitimase esa aversión. Así también puede sentirse atraído por otra persona, y todas las atenciones le parecerían pocas, con tal de serle grato y sin estar más justificada tampoco esa preferencia.

Todas estas consideraciones modificarán el modo de conducirse los individuos, influyendo en la elección de sus relaciones y determinando ciertas maneras de obrar dentro de sus grupos respectivos. Múltiples serán las formas que de ahí se deduzcan.

Pues bien; ¿qué necesidad hay de jefes en grupos así formados? Antes de constituirse en grupo los individuos se habrán consultado previamente unos a otros acerca de sus deseos y de sus aptitudes, sabrán de antemano a qué partes del trabajo les llevan sus preferencias; en semejantes condiciones, la distribución del trabajo se hará por sí sola, por libre elección de los individuos. Y con tanta mayor facilidad, cuanto que el individuo que en el reparto de las tareas no hallase la interior satisfacción que en él buscaba, no necesitaría conformarse por fuerza, y bastaríale irse a buscarla en otra parte, si se le negaban esas pequeñas concesiones que siempre se hacen cuando se procede amigablemente.

La causa de que hoy (y lo mismo acontecería en toda sociedad mantenedora del asalariamiento) un obrero prefiera tal trabajo a cual otro, consiste en que ese trabajo produce más ganancia o da mayor consideración. Pero abolido el salario y suprimidas también todas las funciones inútiles, las necesidades o las aptitudes serán el único impulsor de los individuos: entre personas que se agrupan para una obra común, es facilísimo entenderse no mediando ya entre ellas el interés individual.

Otra de las causas que contribuyen a encerrar a los obreros dentro de una especialidad de trabajo (causa embrutecedora y que empequeñece las facultades individuales, exagerando una de ellas hasta la hipertrofia) es que cuanto más se dedica el individuo a cierto género de trabajo, cuanto más repite los mismos movimientos, tanto más hábil se hace en esa especialidad, tanto más precisos y rápidos son esos movimientos repetidos. Esta especialización del obrero es útil al capitalista, quien sólo busca una cosa: sacar el mayor beneficio posible en el menor tiempo de su maquinaria de hierro o de carne. Una vez lanzado el obrero en esta dirección, tiene que seguirla por necesidad, pues carece de medios para empezar a aprender otro nuevo trabajo, y los industriales sólo emplean a quienes por tener hecho el aprendizaje les aseguran un rendimiento productivo inmediato.

Es contrario a la naturaleza que el individuo atrofie sus diversas facultades para hipertrofiar una sola. Por tanto, una sociedad normalmente constituida debe permitir le conservar su independencia de los medios y de las circunstancias, así como desarrollar todas sus facultades. Si esta variedad de trabajos le lleva a producir un poco menos deprisa en cada una de las esferas de sus facultades, la diversidad de ocupaciones compensará con amplitud esta leve pérdida, sin contar con lo que facilite. sus labores el desarrollo de las herramientas mecánicas.

Hase hablado de los trabajos duros y asquerosos, afirmando que si los individuos no están interesados en elegirlos, por medio de una ventaja cualquiera, no se encontrará nadie para efectuarlos.

Los individuos que hoy se ven condenados por las circunstancias a realizar los trabajos repugnantes o malsanos de la sociedad, es muy probable que, hecha la revolución, quieran beneficiarse de ella, y en eso tendrán razón que les sobre. Pero ¿quiere esto decir que se negarán a practicar más su oficio, si fuere de absoluta necesidad y sólo ellos fuesen capaces de desempeñarlo bien?

También ellos querrán dejar de fatigarse catorce horas diarias en el mismo trabajo, condiciones sanas y agradables para realizar sus tareas, variar de quehaceres, y todos esos deseos tendrán que cumplirse.

Pero hechos todos esos progresos, ¿por qué habían de negarse a ayudar a quienes necesitasen de sus aptitudes y conocimientos en su antiguo oficio?

Y, en efecto, ¿por qué había de sacrificarse cierta clase de individuos, ella sola, dedicándose a las tareas repugnantes e insalubres? Si esa labor es de interés general, ¿por qué no han de tomar parte en ella todos y cada uno? Si sólo trae cuenta a cierta categoría de personas, ¿con qué derecho quieren obligar a otras a producirles lo que aquéllas necesitan?

Si esos oficios son de necesidad social, sus tareas deben repartirse entre todos los miembros de la asociación; los antiguos obreros de ese oficio aportarán sus conocimientos y servirán de profesores a los otros. Si esos productos los reclama una sola categoría de personas, estos individuos tendrán que organizarse ellos mismos para producir lo que necesitan, entendiéndose con quienes puedan darles el auxilio de sus consejos y experiencia. En apoyo de nuestra argumentación, pondremos un ejemplo relativo a cada uno de los órdenes de hechos que acabamos de citar. En el primero (oficios sucios), cítase la corporación de los poceros como una de aquellas donde es de lo más repugnante el trabajo y nadie querría proseguirlo después de la revolución.

Quizá no sea este ejemplo de los mejor escogidos, pues en la sociedad actual se efectúa ya mecánicamente el trabajo y se comienza a construir edificios con letrinas continuamente lavadas por medio de un sistema de irrigación que las limpia por completo, desalojando su contenido en seguida que se deposita en ellas y suprimiendo así la intervención del pocero. Transformándose poco a poco el arte de urbanizar, llegaremos a ver extinguirse dicho gremio.

Pero como ese ejemplo se nos pone más bien para indicar en general una ocupación sucia o repugnante, que para designar un oficio con preferencia a otro, y como además sucedería lo mismo tratándose de cada empleo, valga el ejemplo por lo que en sí es, y veamos qué acontecería en una sociedad que no hubiera encontrado el medio de pasarse sin el servicio de los poceros y se viese amenazada de no hallar entre sus miembros a nadie para desempeñar ese empleo.

¡Tremenda desventura! ¡Ved la sociedad entera enciscada por no tener al frente de ella una autoridad que decrete su desenciscamiento! ¿Y aún hay quien se atreva a poner en duda la utilidad del gobierno? En ese caso, ¡ved ahí una ocupación a propósito para nuestros politicastros, cesantes después de la revolución, cuyo cretinismo pudiera hacerles ineptos para adaptarse a otra clase de tareas.

Sin, embargó, razonemos.

En una casa donde hubiera que hacer ese trabajillo, es de suponer que todos sus moradores habrían puesto algo de su parte para llenar el pozo negro. En esto no caben dudas. Pues bien; el día en que se oliese por las cercanías la necesidad de evacuar ese pozo, los vecinos de la casa serían los primeros en percibir esa necesidad.

Habiendo un interés inmediato en librarse de esta abundancia de… bienes (en primer término el de no intoxicarse), no tendrían que hacer sino una cosa, entenderse entre sí para hacer la faena; y con los chirimbolos que hoy existen ya para eso, sin perjuicio de probables mejoras, poniendo cada uno de los moradores las manos en la masa, un poco de buena voluntad, escasos esfuerzos y algún trabajillo, se encontrarían libres de… lo que les molestaba.

Pero los progresos que hemos hecho constar en la construcción de las letrinas repercuten en todos los ramos de la actividad humana. Hoy llegamos a pasarnos sin el oficio de los poceros, mañana se extinguirá el de los alcantarilleros, y de progreso en progreso cada día se simplificará más cada una de las esferas de la actividad humana.

En cuanto al segundo caso (oficios malsanos), no nos faltan ejemplos; pero como no conocemos bastante sus detalles para hablar de ellos, nos limitaremos a la fabricación del albayalde (blanco de cerusa), que se cita siempre como una de las más mortíferas.

En ella es también lo más probable que se hayan hecho mejoras para disminuir sus efectos dañinos; pero como las ignoramos, tomaremos el oficio tal como se nos presenta, por ser indiferente eso para nuestra argumentación.

Los que necesitan del albayalde son los que lo usan y no quienes lo fabrican. Esta es una verdad de Pero Grullo. Pues entonces, ¿por qué ha de haber individuos que sacrifiquen su vida y su salud en fabricar un producto que maldita la falta que les hace?

Lo más nocivo de las diversas profesiones peligrosas para el obrero depende de la rapacidad de los explotadores, y luego de la duración del trabajo. Si en vez de pasarse diez o doce horas diarias entre vapores o polvos mefíticos, durante meses y años, continuamente, suponéis que los individuos trabajan una o dos horas y con intermitencias, y que en lugar de verse encerrados en locales de mala ventilación se hallan los talleres al aire libre, bajo abrigos, con todas las condiciones higiénicas conocidas, esa ocupación puede seguir siendo más o menos desagradable, pero deja de ser mortífera.

Una vez despejado este punto, falta saber quién fabricará esos productos. Ya lo hemos dicho: quienes los necesiten. La diversidad de ocupaciones es necesaria al hombre y la variedad en los trabajos le facilitará el servicio. ¿Por qué el pintor, a la vez que se asocia con los pintores, no ha de formar parte de un grupo para producir los colores que le hacen falta? Y el astrónomo, a la vez que se asocia con otros individuos para observar lo que pasa en las profundidades del espacio, ¿por qué no podría asociarse con un grupo de ópticos para construir sus objetivos? Sabiendo manejar el objeto, tendrían más competencia para emplearlo en las mejores condiciones requeridas.

Pero, sobre todo, lo que no debemos olvidar es que la maquinaria está indicada para reemplazar al hombre en la mayoría de sus trabajos, principalmente en los repugnantes y fatigosos. En la actualidad, cuestiones de economía hacen retroceder al explotador ante la compra de herramientas mecánicas o la renovación de las que ya posea. Puede desgastar a un obrero en veinte, diez, cinco años, en menos tiempo todavía; nadie le pide cuentas por ello. En la sociedad futura, como quiera que los individuos tendrán el mayor interés en velar por la higiene de los talleres, puesto que ellos serán los obreros, las cuestiones de economía no se tendrán presentes de ninguna manera. El genio del hombre podrá seguir libre impulso hacia el desarrollo y el perfeccionamiento de la maquinaria.

Por lo que llevamos dicho hasta ahora se ve que en lugar de ser (como en la sociedad actual) una esclavitud y un tormento, el trabajo será atractivo; por el hecho de que las aficiones personales sean quienes guíen a los individuos al elegir ocupación, se convertirá en pasatiempo, un ejercicio de gimnasia. Sólo nos queda por estudiar más de cerca cómo podrían evolucionar y combinarse los conflictos entre ideas diferentes que puedan producirse en la sociedad futura.

Siendo el ejemplo la ilustración de la idea y poniendo siempre mejor de manifiesto el pensamiento, a condición dé no traerlo por los cabellos, vamos a proceder por medio de un ejemplo (el caso de tener que construir un edificio), entre otros, y a examinar los diferentes casos que pudieran presentarse.

Aun cuando se ha acusado a los anarquistas de no saber lo que quieren, suponemos que cuando se trate de edificar (como en cualquiera otro trabajo), los miembros de la sociedad futura, presa de un vértigo de construcción, no irán a entretenerse en amontonar piedra sobre piedra y ladrillo sobre ladrillo nada más que por gusto de amasar mortero.

Lo más probable es que los grandes cuarteles de hoy estén llamados a desaparecer en la sociedad futura. De seguro que los individuos no querrán ya verse como sardinas en barril en las insalubres casas de hoy, donde, por motivos de economía (los terrenos cuestan muy caros), se trata de ganar en altura lo que se pierde en superficie. Como actualmente se practica en Londres, los individuos querrán tener su casa separada: una casita para alojar a la familia, con un jardincito en derredor para recreo de sus moradores.

La construcción de semejantes casas exigirá el concurso de muy pocas personas. Habrá poquísimas complicaciones arquitectónicas y será fácil a los individuos constituir los grupos necesarios para levantar esos pequeños edificios. Pero pudiera acontecer que se siguiesen construyendo esos enormes caserones de hoy; no podemos prejuzgar la evolución futura. Los individuos que tuvieran miras particulares acerca de tales edificios para habitar entenderianse entre sí respecto a sus planes personales; aquellos cuyas diferentes concepciones pudieran amalgamarse y adaptarse dentro del mismo edificio, se agruparían para construir el modelo convenido entre ellos, distribuyendo los aposentos que cada uno eligiese de antemano, según las particulares adaptaciones de cada cual. Esto complicaría quizá un poco la cosa, pero creemos que sin hacerla imposible.

En la sociedad futura, lo mismo que en la actual, nadie tendrá empeño en malgastar sus fuerzas sin ton ni son. El acuerdo entre los individuos será de seguro el regulador de su conducta. El individuo que quisiese aislarse, vivir de sus propias y únicas fuerzas, no haciendo uso sino de los productos que él fabricase, llevaría una vida imposible, obligado a trabajar de continuo y sin descanso para no conseguir tener sino un mediano pasar.

Por tanto, los individuos tendrán ciertamente que producir grandes cantidades de los objetos que necesiten, pero esa producción tendrá que hacerse en común para aprovecharse de los progresos mecánicos; además, la federación de los grupos entre si permitirá a los individuos poder adquirir muchos productos sin tener que elaborarlos ellos mismos; y los cambios entre grupos serán un poderoso medio de circulación de los productos acumulados, pues es de plena evidencia que, una vez puesta en marcha una maquinaria, si puede producir en una hora o dos de trabajo el décuplo de lo que un individuo necesita, no irá éste a detenerla so pretexto de que él tiene ya lo que le hace falta. Así perdería todo el tiempo en echarla a andar y en dar pasos, antes de lograr producir la mitad de las diferentes clases de objetos que necesitase. Habrá un promedio de ocupaciones que cada individuo pueda abarcar y los límites de las cuales es imposible predecir. Las necesidades y las circunstancias guiarán a los individuos mejor que todas las comisiones de estadística.

Quienes, no satisfechos de los locales ya existentes, quieran hacerse uno de su conveniencia, se entenderán primero entre sí, después con otros grupos que puedan suministrarles los materiales que necesiten, y formarán así dos, tres federaciones, hasta un número indefinido de ellas.

Pero se nos dirá que no sólo ha de haber casas habituales, sino también edificios públicos, talleres, almacenes, salas para espectáculos, reuniones, etc. Si nadie está especialmente encargado de construirlos ¿quién los hará?

Hasta ahora hemos discurrido como si los individuos se negasen por unanimidad a seguir sus trabajos habituales al otro día de la revolución; el caso puede presentarse, no vemos inconveniente en admitirlo así, y continuaremos considerándolo de esa manera, que es el caso más dificultoso.

Los individuos necesitados de dicho edificio tendrán que ingeniárselas para hacer de albañiles y llamar a los ingenieros o arquitectos para trazar los planos del edificio proyectado. Los dibujos se expondrían a la crítica de todos. Luego de discutir los detalles y el conjunto, determinaríase el proyecto definitivo. Muy estrafalario había de ser para que entre todos los albañiles, cerrajeros y carpinteros existentes no lograse decidir a algunos a que consintiesen en ponerles al tanto de sus procedimientos; a menos de ser absolutamente descabellado un proyecto, sea cual fuere, siempre encuentra partidarios. Ya no se haría un llamamiento al dinero de los individuos, sino que se les pediría su parte de trabajo y de esfuerzos. Hoy basta tener dinero para poner en movimiento las fuerzas sociales con objeto de realizar el proyecto más absurdo. En la sociedad del mañana sólo se emplearán en una tarea quienes la hayan adoptado en proyecto.

Según hemos visto al hablar de carreteras, ferrocarriles, etc., no interviniendo ya para nada el interés individual, y apartadas todas las consideraciones accesorias, seria muy fácil ponerse de acuerdo. Pero, en este caso también, admitamos que los hombres fuesen bastante necios para no entenderse unos con otros: entonces nos encontraríamos frente a las mismas dificultades, las cuales habrían de resolverse de idéntica manera.

La lógica nos dice que, habiendo desaparecido de las relaciones sociales el interés personal (ese motor de todas las divisiones y rencillas, por su antagonismo con los otros intereses personales), las diferencias sólo podrán ser efecto del modo de concebir y considerar las cosas: las pequeñas diferencias de apreciación podrán atenuarse y desaparecer en las discusiones que puedan promoverse acerca del asunto; por tanto, sólo quedarían las divergencias harto acentuadas para fundirse en un acuerdo mutuo. Entonces, la necesidad, ese motor universal, más fuerte que todas las pequeñas cuestiones de amor propio y de vanidad, no tardaría en conducir a los individuos a disposiciones de ánimo más razonables. De lo contrario, ya lo hemos dicho, los individuos habrían retrocedido en el camino del progreso; y el hombre sensato, en vez de tratar de definirse un ideal de emancipación y de felicidad para la especie humana, no tendría otro remedio sino buscar en la nada el único lenitivo del pesar hondísimo que sentiría viendo a los demás hombres retroceder.

Si del desacuerdo resultase la construcción de dos edificios en vez de uno, nadie pensaría en dolerse de ello. Y con esta ventaja, teniendo empeño cada uno de los grupos en probar la superioridad del plan que se hubiese propuesto, rivalizarían ambos en celo para su ejecución. El amor propio incitaría a los individuos a desplegar todas sus habilidades y todo su buen deseo para conducir a buen fin la obra a que se hubiesen adherido. Por consiguiente, aquí encontramos un estímulo para la buena voluntad de los individuos, el cual afirman los defensores de la autoridad que sólo debe consistir en el temor al castigo o en el aliciente de la ganancia.

Respecto a la división del trabajo en los grupos, hemos visto que cada uno de los individuos buscará aquellos donde pueda dar libre vuelo a sus facultades; y asociándose se instruirían mutuamente en la parte de tareas a la cual quieran dedicarse con más especialidad; por lo que cada individuo buscará a los aficionados a esa misma labor, quienes se la facilitarán y no se la disputarán. Por ejemplo, si se trata de construir una máquina, quien tenga especial gusto por el ajuste, como pueda él hacerlo por completo, sólo deseará asociarse con forjadores, fundidores, etc.; si la importancia de la obra requiere el trabajo de varios ajustadores, forjadores, fundidores y otras personas de diversos oficios, se formará siempre la agrupación en las mismas condiciones.

Constituidos así los grupos, queda realizada por sí misma la división del trabajo, puesto que ella ha servido de base a la asociación. Una vez formado el grupo, sólo le queda poner manos a la obra. Si en el curso del trabajo quisiese un individuo cambiar el género de ocupación primitivamente elegida por él mismo, en la sociedad actual se saben hacer ya sobradas concesiones para que en la sociedad futura pudiera hacerse esto sin trabas y hasta para que los consocios empleasen todos sus esfuerzos para ayudar a su colega en su nuevo trabajo, si no estuviese muy al corriente.

Si, por un motivo o por otro fuera imposible hacer esa mudanza, el individuo buscaría ingreso en otro grupo, mientras que el grupo abandonado por él pondría quien le reemplazase. El individuo que tuviese reputación de trabajar bien en su oficio, sería buscado por los demás grupos; quien estuviese en concepto de ser de mal asiento y de no estar nunca satisfecho, sería evitado en el trato por los demás, o le sería mucho más difícil asociarse, como no compensase sus defectos con otras cualidades.

Se ha objetado que ciertos individuos pudieran querer dedicarse a labores de que no fuesen capaces.

Pero los grupos no se formarán a ciegas; estando muy desarrolladas la solidaridad y la vida social, en la sociedad futura será muy grande el trato de los individuos y sus asociaciones se formarán principalmente entre quienes se conozcan. Todo individuo que ingrese en un grupo será conocido de antemano por algunos, a lo menos.

Así, estarán de hecho muy disminuidas las causas de error; además, todo el mundo sabe que sólo se hace bien lo que se ejecuta voluntariamente. El hecho de que una persona busque tal o cual trabajo, es ya indicio de que siente aptitud para practicarlo, y en el caso de que se equivocase acerca de su buena disposición, no le faltaría el consejo de sus consocios; si su inhabilidad fuese harto manifiesta, lo mezquino de los resultados de sus esfuerzos induciríale más que nada a no proseguirlos.

Según vemos, el trabajo puede ejecutarse sin discusiones, sin tirantez, sin acritud, a satisfacción de todos. Basta poner a los individuos en condiciones perfectas de libertad y de igualdad, para conseguir la armonía, ese ideal de la humanidad.

Cuando por cualquiera causa uno o varios individuos no pueden seguir de acuerdo con el grupo escogido por ellos, ya hemos visto que nada les ata á él; son libres de abandonarlo e ir al grupo que responda mejor a su nuevo modo de concebir las cosas. Por falta de un fraile no acaba el convento, dice el refrán; y es cierto, cualquiera que sea la agrupación.

Si por acaso no existiese grupo ninguno que responda a las aspiraciones de un individuo, ya buscaría éste a otros capaces de comprenderle, de sentir iguales aspiraciones y de ayudarle en la realización de su ideal.

Todas las maneras de pensar, todos los caracteres, a menos de ser intratables, hallan siempre con quién simpatizar. Los caracteres ariscos son excepciones; y la sociedad sólo existe, o a lo menos sólo debe existir, con la mira puesta en los caracteres sociables. Síguese de ahí que no han de hacerse leyes de excepción para anomalías que se nos quisieran presentar como un obstáculo contra la organización futura.

Además, la necesidad apremia a quien quiere vivir. No hay amo que le mande, pero su existencia no es posible sino por medio de la asociación. Si quiere perecer, es muy dueño de hacerlo; pero si desea vivir, sólo ha de conseguirlo encontrando compañeros. La solidaridad es una de las condiciones naturales de la existencia, y nosotros nos atenemos a las indicaciones de la naturaleza.

Pues bien; lo que acabamos de decir acerca de la construcción de un edificio puede aplicarse a todas las ramas de la actividad humana, desde el trabajo más colosal, hasta la más ínfima de las producciones. La libertad más completa es el único motor de la actividad humana; por supuesto, con sus dos corolarios, la igualdad y la solidaridad.

Para que fuera posible semejante organización se necesitaría que fuésemos unos ángeles. El hombre es demasiado perverso y es preciso guiarle a palos -se nos suele decir.

El hombre no es un ángel; su pasado lo prueba. Y, ciertamente, no se transformará de la noche a la mañana; el cambio de instituciones, si era brusco, no tendría el poder de convertir de un modo instantáneo a cada individuo en un pensador que no cometiese ninguna falta, ni error ninguno. La ciencia ha destruido la fe en los talismanes.

Pero en los primeros capítulos de esta obra hemos manifestado lo que entendíamos por evolución y revolución, y creemos haber hecho comprender que ésta no era posible sin aquella. y si el hombre evoluciona lo suficiente para hacer cambiar el medio, ¿por qué no ha de seguir progresando en un medio favorable a este desarrollo?

En vez de la sociedad de hoy ferozmente egoísta, donde todos los días se presenta ante el extenuado trabajador este problema terrible e insoluble para él -¿Comeré mañana?-; en vez de esta sociedad en que la lucha por la existencia perdura sin tregua ni descanso en su más odioso significado entre los individuos, el hombre se verá en una sociedad amplia, sin opresión ninguna, fundada en la solidaridad de los intereses; una sociedad, en fin, donde tendrá la satisfacción segura de todas sus necesidades, sin tener que aportar en cambio nada más que su parte de actividad.

¿Por qué no han de entenderse los hombres? Si, el hombre es egoísta, es ambicioso; pero enseñadle que ese egoísmo tiene interés en solidarizarse con los demás egoísmos fundirse con ellos en vez de tenerlos por adversarios, y así entronizaréis la solidaridad entre los individuos. Romped cuanto pudiera lisonjear sus ambiciones, satisfacer y sostener sus gustos dominadores; haced que nadie pueda elevarse por encima de la muchedumbre para imponer a ésta su voluntad. y en esa masa de seres que vistos uno a uno, tienen todos ellos los defectos de una mala educación, herencia de una sociedad podrida hasta el tuétano de los huesos, nacerán ideas amplias y generosas, una abnegación y un entusiasmo como los que hicieron ver en las pasadas revoluciones a hombres andrajosos dar guardia arma al brazo a los millones que los impuestos les habían sustraído y conservárselos religiosamente a quienes iban a servirse de ellos para aherrojarlos en la esclavitud. Hubieran podido hacer otra cosa mejor; pero es un ejemplo de que en los períodos de lucha puede confiarse de seguro en las ideas generosas de las masas populares.

¡Siempre hablándonos de evolución! Estamos hartos de saber que es preciso efectuar la evolución en las inteligencias antes de pasar a los hechos. Y como sabemos que una idea, cualquiera que fuere su exactitud, no se impone si las masas no están preparadas para recibirla, por eso decimos que cada individuo debe intentar hacer esa evolución, propagando sus ideas tal como las concibe, antes de que nos sorprenda la revolución que se prepara.

Respecto al día de la revolución, cuando venga, entonces pondremos en práctica nuestras ideas e invitaremos con nuestro ejemplo a los compañeros de miseria a imitarnos. Si nos siguen en nuestra actitud, será que la evolución estaba consumada, y si en vez de imitarnos obedecen a quienes les engañan para explotarles, y nos ametrallan, será que la evolución no estaba realizada y de seguro sucumbiremos a las acometidas de la autoridad que brote de aquella revolución. Pero en lo poco que nos haya sido posible, habremos arrojado nuestras ideas al surco de los hechos.

Cuando los trabajadores, aherrojados otra vez bajo el yugo de nuevos amos que seguirán explotándoles a más y mejor, se percaten de que una vez más no han hecho sino sacar las castañas del fuego para que se las coman unos cuantos intrigantes, entonces meditarán y dirán que estábamos llenos de razón al enseñarles que es preciso no consentir más señores. Si los hechos realizados por los anarquistas durante la lucha llevan en sí mismos su enseñanza, pueden arrastrar en su favor la muchedumbre. Pero si resultasen vencidos, sobre sus datos proseguiría la evolución y para realizarlos se prepararía la nueva revolución.

Comunismo y anarquía

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Una objeción que no debemos pasar en silencio, antes de proseguir, es la que pretende que: Comunismo y anarquía rabian de verse juntos, pues lo uno es la negación de lo otro. Dícesenos que el comunismo entraña la obligación de doblegarse todos bajo una misma regla, al paso que la anarquía significa el individualismo más desenfrenado.

Eso es un error de apreciación. La palabra anarquía no es más que una negación política, de ninguna manera indica nuestras tendencias económicas; y como la libertad que reclaman los anarquistas sólo puede resultar de la situación económica que los individuos hayan sabido crearse, por eso creemos necesario siempre indicar claramente el fin a que se tiende.

En la actualidad no cabe confusión de ninguna especie respecto al epíteto de anarquista. Si se le despoja de todas las imbecilidades con que el miedo y la cobardía de los amenazados expoliadores lo engalanan, se verá que significa, además de odio a la autoridad, destrucción del capital explotador.

Pero nuestro fin, nuestras ideas, nuestras tendencias, nuestra organización física, nuestras necesidades nos impulsan a asociarnos con nuestros semejantes, asociación donde todos los hombres unidos entre sí puedan desenvolverse con libertad, según sus diferentes maneras de ver o de sentir. ¿Por qué hemos de tener miedo a una palabra, si esa palabra puede caracterizar de un modo preciso nuestras ideas? Otros la han hecho servir de rótulo a sistemas que rechazamos ¿qué nos importa? No temamos a las palabras; desconfiemos más bien, de lo que pudiera intentarse esconder en ellas.

Nosotros tomamos los vocablos por lo que valen, sin pararnos en el sentido que otros les quieran dar. Con el convencimiento de que los hombres no pueden ser felices sino viviendo fraternalmente juntos, la palabra comunismo se adapta a la cosa y nos servimos de ella. Adversarios de la autoridad, convencidos de que el hombre debe y puede vivir sin señores, de que la anarquía tiene esa significación y ha de conducir a la humanidad a un estado armónico en que los individuos vivirán sin discusiones ni luchas, en la más perfecta inteligencia, inscribimos esta palabra junto a la otra para caracterizar bien los conceptos económico y político de nuestro ideal social, y no podríamos encontrar otras mejores.

En los sistemas sociales inventados por los fabricantes de sociedades hechas, la palabra comunismo servía para designar un estado social en que todo el mundo debía doblegarse a una regla común, donde la igualdad sólo se comprendía por la compresión de los individuos bajo un mismo nivel. Esto no prueba sino una cosa: que se había apartado esa palabra de su significación original.

En nuestro concepto del orden social, muy lejos de rabiar la palabra anarquía de verse junta con la palabra comunismo, viene a corregir el sentido autoritario que pudiera intentarse atribuir a ésta, según los ulteriores usos que de ella se han hecho.

Si el comunismo demuestra que los individuos deben vivir en sociedad en la igualdad más perfecta, la palabra anarquía añade que esa igualdad se completa por la libertad más absoluta del individuo, y no es una vana palabra, puesto que no reconoce ninguna autoridad: ni la del sable, ni la del derecho divino, ni la del número, ni la de la inteligencia. Ni Dios ni amo: cada uno sólo obedezca a su propia voluntad.

Por otra parte, ciertos anarquistas, temiendo ver descarriarse la idea de la anarquía por el extraviado camino de la caridad cristiana, de la abnegación y otros zarandajas que han contribuido a doblegar a los individuos bajo el yugo ajeno, predicándoles la resignación y el desprendimiento de sí mismos, nos dicen que es preciso rechazar el comunismo so pena de volver a incurrir en el sentimentalismo vago y mal definido de las antiguas escuelas socialistas.

Nadie más enemigo que nosotros de los absurdos que con pretexto de sentimiento enseñan a los individuos a respetar las preocupaciones que les ponen trabas en su marcha, que los doblegan a la autoridad y a la explotación. Nadie más adversario que nosotros de ese idiota sentimentalismo con el cual han rellenado sus lucubraciones los poetas y los historiadores burgueses para falsear el juicio del trabajador, excitando en él una generosidad necia, que le hacía ser víctima de los intrigantes que saben hacer vibrar en los otros los sentimientos de abnegación para luego explotarlos. Hora es ya, en efecto, de que los trabajadores salgan de esa caballería sentimental que les ha hecho representar siempre el papel del bobo del sainete.

Pero, con excusa de no incurrir en el sentimentalismo, no vayamos a caer en el exceso contrario, como ha acontecido en la literatura, donde Con pretexto de reaccionar contra los maniquíes de la escuela espiritualista, sólo ha querido verse en el hombre un bruto inconsciente y perverso.

Fuera de este sentimentalismo de los cerebros desequilibrados, hay en el hombre una necesidad de ideal, un sentimiento de afecto por aquellos a qUienes estima, un apetito de progreso, una sed de lo óptimo, que se dejan sentir hasta en el hombre más atrasado, y los cuales deben tenerse en cuenta.

La envidia impulsa a las clases inferiores a odiar a los ricos, dicen los economistas, que se encuentran siempre en primera fila cuando se trata de calumniar a quienes no tengan cien mil pesetas de renta.

No, señores; no son el odio ni la envidia nuestros motores, sino sencillamente el sentimiento de la justicia. Y lo son todas esas aspiraciones que, asociadas a todas las facultades del hombre, hacen lucir en él al ser inteligente; y que, convertidas en móviles de sus actos, le distinguen del bruto, el cual acepta pasivamente su destino sin tratar de resistirse contra él.

Tomando al hombre según es, teniendo en cuenta todos los móviles que le impelen y las condiciones de existencia que le crea la naturaleza a que él sabe adaptarse, es como llegaremos a formarnos idea de lo que es capaz para lo futuro.

No despreciemos, pues, la poesía y el sentimiento: ellas nos dan fuerzas para luchar contra los obstáculos y embellecen las pocas horas dulces que podemos hallar en la existencia. Lo bello, lo verdadero, el amor y la amistad son sentimientos sin los cuales no seriamos más que unas bestias feroces. Forman parte integrante de nuestro ser, y sin ellos, no comprenderíamos la vida. Hagamos que esos sentimientos sean siempre gobernados por la razón, no los dejemos contrahacer por el sentimentalismo llorón y empalagoso, de quienes quieren forzarlos a justificar los horrores actuales; antes por el contrario, valgámonos de ellos con resolución, pues deben ser los reguladores de nuestro ideal.

Antes hemos visto que plantear el problema de si el hombre puede vivir solo era resolverlo; por tanto, no debemos detenernos en ello mucho tiempo. Pero, aparte de las condiciones económicas que obligan al hombre a vivir en sociedad, hay también consideraciones de un orden puramente cerebral. Con independencia de la atracción de los sexos, cada uno se siente atraído por tal o cual carácter, advierte la necesidad de comunicar sus ideas, necesita la estimación y el elogio de los demás. El aislamiento en prisiones celulares es el tormento mayor con que los criminalistas modernos han dotado a la humanidad. La sociabilidad es el verdadero carácter del hombre; los misántropos y los solitarios no son más que unos enfermos o unos alucinados. Y lo que prueba muy bien este carácter es que el sentimiento de sociabilidad ha podido sobrevivir y resistir a todas las injusticias, a todas las atrocidades que en nombre de la sociedad, se cometen a diario. Se obliga al individuo a aceptar como una necesidad del estado social lo que sólo es resultado del sojuzgamiento de una clase por la arbitrariedad de otra casta.

Pero si el hombre no puede vivir aislado, si no puede eximirse de los obstáculos que le ponen las precarias condiciones de existencia dentro de las cuales se mueve, como no sea asociándose con sus semejantes para unir sus fuerzas; si sus temperamentos, sus gustos, su interés, su desarrollo intelectual le empujan a la asociación, ésta debe realizarse en condiciones de perfecta igualdad entre todos los contratantes. No debiera dejar subsistir en su seno ningún privilegio. Si quiere conservar y hacer fácil el buen acuerdo entre sus miembros, no debe conceder a unos pocos ciertas prerrogativas que les coloquen artificialmente por encima de los demás. Los hombres deberán entenderse para armonizar sus esfuerzos, deberán obrar en común.

Por tanto, la palabra comunismo no está fuera de lugar para dar a entender el orden social que pretendemos, así como la de anarquía designa la suma completa de libertad que reclamamos; y ambas palabras juntas indican, que apelamos a la razón de los individuos para juzgar por sí mismos dentro de qué límites deben moverse su libertad y su solidaridad.

Con todo lo dicho hasta ahora, creemos haber respondido de antemano a la objeción de quienes parecen temer que si en la sociedad futura no hay autoridad, las personas no estarán seguras nunca de poder disfrutar de su trabajo y a cada instante correrán el riesgo de verse arrebatar por los mas fuertes a los más listos los productos de su actividad.

Hemos visto que al hombre le era imposible vivir aislado. Sin embargo, nadie impediría vivir solos a los ignorantes egoístas que así lo prefiriesen; serían dueños de acumular, no teniendo mas impedimento sino el de la imposibilidad práctica de hacerlo de una manera desmedida. Pero al rehusar su ayuda a otros, privaríanse ellos mismos del auxilio ajeno; ¿no serían los primeros castigados por ello, perdiendo más de lo que economizasen?

¿Qué podrían inventar o crear que no lo fuese con más ventajas por medio de la asociación de que se hubieran apartado? Un individuo, sea cual fuere su inteligencia, nunca saca armada de punta en blanco una idea de su propia cosecha. La adquiere primero en sus estudios, en sus lecturas, en las discusiones con quienes le rodean, sin contar con que una idea cualquiera sólo es la transformación de una idea anterior. Por tanto, el hombre no encuentra ventaja ninguna en aislarse de los demás.

En la explicación que acabamos de dar acerca del mecanismo de las agrupaciones, el lector habrá podido comprender todos los beneficios que al individuo reportaría el formar parte de ellas. Además de la ventaja inmediata de hallar una cooperación de fuerzas para los trabajos que no pudiera realizar él solo, tendría en sus consocios unos amigos que en caso necesario le defenderían si se quisiese molestarle.

No estando agrupados ya los hombres por el azar de las circunstancias, sino en virtud de sus propias afinidades, crearíanse vínculos de estrecha solidaridad entre los miembros de un mismo grupo; tocar a uno sería tener todo el grupo contra sí. Pues bien; un individuo necesariamente formaría parte de una infinidad de grupos. Cuantas más pruebas diese de sociabilidad con sus consocios y más desarrollase la solidaridad, tanto más se le estimaría y mayor suma de solidaridad podría prometerse. Lejos de estar débil y desarmado ante la opresión, como se quiere creer, dispondría de grandísimos medios de defensa, que sólo podría aminorar si, por el contrario, pretendiera mostrarse agresivo.

No debemos olvidar que nuestra esclavitud política proviene de nuestra servidumbre económica, y no tiene más razón de ser sino la defensa de los privilegios de lo poseedores; quienes no tienen nada suyo que defender verse obligados con violencia a suministrar la fuerza que proteja a los expoliadores contra las reclamaciones de los expoliados.

Cuando los hombres hayan adquirido la libertad económica, cuando ya no tengan entre ellos dispensadores de los productos naturales e industriales, cuando esos productos estén a la libre disposición de quienes puedan utilizarlos, entonces y sólo entonces serán libres e iguales. Pudiendo satisfacer todas sus necesidades, ya no tendrán que sufrir la autoridad de nadie y no la aguantarán, sintiéndose con armas iguales contra quien quiera dominarles.

Pero, instruidos por las lecciones del pasado, sabrán que la injusticia llama a la injusticia y la violencia provoca la violencia. No queriendo soportar ningún yugo, comprenderán que tampoco deben tratar de oprimir a nadie, so pena de represalias. Queriendo permanecer libres, respetarán la libertad ajena.

Armonía y solidaridad

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En los anteriores capítulos hemos visto cómo y para qué podrían agruparse los individuos y entenderse unos con otros en esa organización producto de sus cotidianas relaciones, sin autoridades ni jefes que la dirijan; quédanos ahora por ver si los grupos que se formen podrán subsistir sin estorbarse, sin ofenderse, sin combatirse unos a otros. Creemos firmemente que así puede ser, y vamos a decir las razones que hacen de esa creencia nuestra única certidumbre.

Al estudiar las causas de división que en la sociedad actual convierten a cada individuo en un adversario de su semejante, hemos visto (aunque indicándolo nada más como de paso) que sólo el temor del mañana hacía al individuo ser egoísta, en el sentido estricto de la palabra, es decir, pensando sólo en si mismo y refiriéndolo todo a su yo sin ocuparse de las personas que puedan sufrir para que él goce, con tal de que el espectáculo de esos sufrimientos no se despliegue directamente ante sus ojos.

Sin embargo, a pesar de eso, el hombre en general sufre al ver sufrir al prójimo; una miseria que hiera su vista le perturba en sus goces. Plácele socorrer a sus semejantes, cuando puede hacerlo sin comprometer su peculio o las probabilidades de lucrarse. Algunos lo harán sólo por ostentación, pero este mismo aparato prueba que eso está bien visto por la generalidad de las personas.

En nombre de la sociedad (es decir, por bien de todos) acepta el individuo las trabas y la explotación actuales, que la fuerza sola sería impotente para mantener. Admitiendo que en ese respeto entre por algo el miedo a la guardia civil y a los soldados, ¿qué beneficio sacan de eso los pobres trabajadores que suministran la fuerza armada y no tienen nada suyo que defender? ¿No es entre ellos donde se reclutan las tropas? ¿No se ven casos excepcionales de individuos que sacrifican su bienestar y su vida por causas de interés general, por la ciencia, por la patria, por amor á la humanidad, por el triunfo de sus solas ideas particulares? ¿Es tan raro el ejemplo de los que arriesgan su vida, su posición o su libertad para ser útiles a un amigo? Cierto es que la burguesía actual, con su afán de lucro, las estafas del peor género y las traiciones que parece haber puesto a la orden del día, pudiera querer probarnos el envilecimiento de la humanidad; pero, por fortuna, constituyen una minoría, y tampoco todos los burgueses son politicastros. Los adversarios de la anarquía acusan a los anarquistas de forjar en su imaginación el tipo de un hombre absolutamente bueno, sobrio, desprendido de sí mismo, un ser ideal que nunca tendrá realidad. Nosotros acusamos a los primeros de hacer del hombre, por conveniencia de su causa, otro tipo, no a imagen y semejanza de ellos, puesto que pretenden estar dotados de todas las cualidades que en los demás niegan, sino a imagen de un ente que no existe. Hacen del hombre un ser fríamente feroz, egoístamente necio, cuando, por el contrario, todo su pasado demuestra que sólo lo es por obra de las circunstancias, y que su evolución tiende a sacarle de ese estado. Trabajemos, pues, para que las circunstancias no le obliguen más a apetecer la perdición de sus semejantes.

El deseo de subir y el amor al lucro no son sino producto de la organización antagónica de la sociedad, que impone a los individuos la ley de emplear toda clase de medios en esa lucha de todos los momentos para llegar a la meta antes que sus competidores. Preciso es que los aplasten si no quieren ser aplastados ellos mismos y servir de escabel a sus vencedores. Tal es la organización de la sociedad hoy, que hace falta taparse los oídos para no oír los gritos de quienes se ahogan, a fin de no entrar en tentaciones de prestarles auxilios; lejos de pararse a socorrerlos, por el contrario, es menester ayudarles a que se hundan más, pues detrás de vosotros viene la turba de los rivales, avanzando siempre, y os aplastaría sin misericordia como hicieseis ademán de deteneros.

Después de eso, ¿qué tiene de asombroso el ser tan difíciles en la sociedad actual el acuerdo y la inteligencia entre los individuos? Fundáis vuestra organización en la competencia universal, en el exterminio de los unos por los otros ¡y después os escandalizáis de recoger odios y tempestades! El hombre que se sentara sobre un hornillo de mina, lo cargara y le pusiera fuego, tendría tanto derecho como vosotros a asombrarse de saltar por el aire… si tuviese tiempo de sentir asombro.

Muy de otro modo estaría constituida nuestra sociedad. Aboliríase la propiedad individual y nadie tendría necesidad ya de atesorar para asegurarse el mañana. El estímulo de los individuos no ‘ sería ya el deseo de amontonar riquezas para sí, sino la necesidad de obrar, de perfeccionarse, de aspirar siempre a un ideal mejor. Las relaciones de grupos e individuos no se establecerán ya con la mira de esos cambios en que cada contratante no se propone sino hundir a la otra parte contraria; tendrán por objeto facilitarse mutuamente las tareas, el acuerdo será cosa sencilla de conseguir, habrán desaparecido las causas de discordia, los tratos sociales inclinarán a los hombres a la solidaridad, en vez de incitarles a hacerse daño. ¡Sembrad concordia y recogeréis unión!

También hemos visto que esa inteligencia no será ciertamente perfecta al primer intento. Ya no se improvisan los milagros. Antes de conseguir que marche sin choques ni rozamientos, no cabe duda de que habrá muchas vacilaciones, muchos tanteos, muchos desengaños; pero también hemos visto que no esperábamos esa transformación de la noche a la mañana, sino que exigirá largos esfuerzos para establecerse y hacerla duradera.

Estamos conformes: el trabajo será largo y penoso, requerirá arduas luchas, reiteradas. tentativas, a veces mucha abnegación por parte de los individuos. Pero con todos esos ensayos y repeticiones y desencantos, no dejará de ser más seguro el buen éxito, inmensamente más que lo sería con actos de autoridad y de opresión.

Las faltas y los desengaños harán más circunspectos a los individuos y les obligará a meditar antes de hacer las cosas. Cuando noten que erraron el camino les será fácil cambiar de dirección; al paso que si una autoridad les diese mal impulso, no podrían contrarrestarlo sino volviendo a empezar una nueva revolución antes de haber dado fin a la precedente. La experiencia nos demuestra ser más fácil darse amos que redimirse de ellos.

Agrupados los individuos, como hemos visto, ya para producir lo necesario para su uso personal, ya para suministrar a otros los objetos que fabriquen, será menester que esos grupos se relacionen entre si con tantos otros grupos como lo exijan las necesidades que experimenten; y de igual modo el individuo podrá formar parte de diez, veinte, cincuenta grupos, tantos como lo permitan lo vario de sus gustos, lo múltiple de sus aptitudes. Del conjunto de todas esas ramificaciones. resultará para el individuo la posibilidad de adquirir todo cuanto no entre en la esfera de su actividad inmediata.

Estos grupos tendrán que informarse mutuamente de sus necesidades y de los resultados de sus tareas. Para proveerse, será preciso que sepan dónde están los grupos que pudieran suministrarles las primeras materias que les hagan falta, y que comuniquen que podrán poner por su parte a disposición de los otros. En la sociedad actual, esos informes se suministran a todos y se llevan al día por las publicaciones especiales, que pudieran transformarse y mejorarse para las necesidades futuras.

El mismo trabajo de agregación que se efectúe entre los individuos se realizará entre los grupos, por el simple juego de las afinidades y necesidades, sin la intervención de ninguna autoridad que lo ordene.

Aquí se presenta esta objeción: ¿Cómo se las arreglará el grupo a quien los demás no quisieren suministrar lo que necesite? Se afirma que el caso puede presentarse. Es el mismo caso que ya hemos visto respecto a los individuos aislados, y según nosotros, el remedio no debe ser diferente.

Para que entre miles y miles de grupos hubiera uno con el cual no quisiera relacionarse ningún otro, seria menester que la conducta de los individuos de él fuese de un carácter muy anormal y que su trato se hubiese hecho imposible. Y entonces, siendo libres para todos el tiempo y el espacio tendrían que arreglárselas para bastarse a sí mismos, puesto que no habían sabido hacerse bastante sociables para fraternizar con alguien.

Pero eso es una excepción y no un argumento. La verdad es que así como habrá selección entre los individuos, también ha de haberla entre los grupos. Siendo infinitas las aptitudes y actividades, cada temperamento y cada grupo sólo tendrán dificultad para escoger entre tantos al ir en busca de relaciones.

Quizá nos digan que esto es una hipótesis. Ya lo hemos dicho: hablándose de lo futuro, sólo pueden formularse hipótesis. y la ciencia, la ciencia misma, que pretende progresar nada más que por medio de la experimentación, ¿no debe todos sus descubrimientos a hipótesis, confirmadas luego por la experiencia y el cálculo?

Tan fácilmente como esa deben resolverse todas las cuestiones de interés general. En nuestra sociedad de hoy, así acontece con la mayoría de ellas. Cada vez se aprende más a pasarse sin el apoyo del Estado. Quienes en ello toman la iniciativa, conviértanlo en una máquina de lucros, mas no por eso deja de ser en fondo una obra de la iniciativa individual.

Los especuladores que toman por su cuenta el negocio, si no quieren o no pueden comprometer en él sus propios capitales, acuden a suscripciones voluntarias, que individuos atraídos por el cebo de dividendos y de intereses cuantiosos apresúrense a cubrir cuando la cosa les parece segura, aceptando así los riesgos necesarios en toda empresa de la cual no se conoce sino lo que a sus promovedores les dé la gana de decir.

Es inútil agregar que en la sociedad presente sólo ven así la luz las empresas que pueden suministrar a los capitalistas otro nuevo medio de explotación, pues las consideraciones de interés general no son un medio bastante poderoso por sí solo para hacer salir los capitales de manos de quienes los poseen. Sin embargo, a veces se ven iniciarse y cubrirse suscripciones para concurrir a la fundación de establecimientos de utilidad general, las cuales no han de producir ninguna ganancia a quienes han contribuido con su cuota. Esto es lo excepcional, y va más bien en pro de nuestros argumentos; y como no bastan estos casos para fundar en ellos una argumentación seria, los dejaremos a un lado.

En realidad, acontece que muchas ideas se aplazan por tiempo indefinido, cuando no se entierran en definitiva, porque aun siendo de utilidad general no producirían interés inmediato ninguno a los capitales que en ellas se empleasen. Para salir a flote una idea, aparte de su utilidad general, ha de poder servir de instrumento para fundar o redondear la fortuna de unos cuantos particulares.

Pues bien; lo que se hace en la actual sociedad, ¿por qué no habría de hacerse en la sociedad futura, descartando las consideraciones rentísticas? Quien tuviese una idea antes que otro, tomaría la iniciativa del trabajo de propaganda que hubiera de realizarse, acudiría a los hombres de buena voluntad, desarrollaría su proyecto por todos los medios existentes, tratando de transmitir sus convicciones al cerebro del mayor número posible de adictos. En lugar de suscribirse para entrega de fondos, suscribiríase con promesas de contribuir con su inteligencia y con sus fuerzas al trabajo proyectado, hasta que por fin se reuniese el personal necesario.

Toda obra que realmente fuese de utilidad general estaría segura de encontrar apoyo en los grupos, y con tanto más entusiasmo, cuanto que sólo habría que contar consigo mismo para realizar las mejoras de que hubiera necesidad; al paso que en la sociedad de hoy, no basta sentir la necesidad de un trabajo urgente y consentir en proveer a los gastos, sino que además hace falta conseguir la aprobación del poder central, lo que no siempre se logra, o si acaso después de muchos años de lucha.

Sería menester que una idea fuese muy poco comprendida para no congregar en torno suyo personal suficiente para asegurar su ejecución; en ese caso, su utilidad no estaba demostrada en absoluto. Si realmente era útil, siempre encontraría un núcleo de propagandistas que luchasen por difundirla. No pretendemos ir con más rapidez que la evolución; pero siempre habría así la ventaja de que, siendo comprendida, no quedaría arrinconada por el único motivo de no producir dividendos bastante grandes para quienes comprometiesen en ella sus capitales.

Todo eso está muy bien; pero queréis establecer una República espartana, donde todo deba hacerse en provecho de la sociedad. Por más que digáis, el individuo deberá sacrificarse allí por el bien común; en vuestro sociedad se moriría uno de aburrimiento, habiendo de renunciar los individuos a todas las distracciones, a todos los recreos, puesto que la producción sólo se limitaría a los objetos de pura necesidad.

Así nos responden algunos.

Hemos visto que un reparto mejor hecho del trabajo proporcionaría al individuo largas horas de descanso, para emplearlas en las ocupaciones que quisiese; por tanto, es quimérico ese temor, puesto que el hombre podrá siempre asociarse con quien le viniere en gana, para producir lo que más halague sus gustos. ¿No es de necesidad para el hombre todo lo que pueda desear? Las necesidades materiales no son las únicas que siente con violencia; todo cuanto se le hace necesario entra en los móviles de su actividad, y por consiguiente forma parte de la producción social. También en esto, las afinidades y las semejanzas de gustos guiarán a los individuos y los agruparán según las relaciones que hayan de anudarse con la mira de asegurar su satisfacción.

En la multiplicidad de temperamentos y variedad de aptitudes existentes entre los hombres, ven los defensores de la autoridad un motivo de temor por la armonía y la buena inteligencia, cuando, por el contrario, estos gustos y aptitudes diversos permitirán a los individuos evolucionar libremente en su desarrollo. Si todos tuviesen iguales necesidades, podría ser que disputasen el puesto y el alimento; pero variando los gustos y los modos de actividad, para uno será una delicia lo que sería una molestia para otro.

Por eso, en la sociedad venidera seguirá produciéndose lo que sólo sirve para recreo del hombre; no hay más sino que su mejor educación y los progresos adquiridos le harán apetecer goces más elevados que las apuestas en las riñas de gallos o sobre la mayor o menor velocidad de un jamelgo, a quien hay que cuidar durante meses enteros como a una señorita mimada, para hacerle correr un cuarto de hora.

Nosotros tomamos al hombre tal como es, con todas sus imperfecciones, con sus gustos falseados por la ignorancia y los prejuicios. Pero esperamos de la evolución que sus gustos se harán más sencillos, más afinados, más estéticos, y perderán a la postre ese amor al oropel y a las baratijas que distingue al hombre salvaje y se encuentra, transformado pero no extinto, en el hombre de esta civilización inferior de hoy.

A los defensores de la autoridad no les faltan objeciones. Batidos en un lado, vuelven a la carga por otro, y dicen:

Pretendéis que los individuos sabrán agruparse para producir cuanto necesiten; pero si nadie se ocupa especialmente de registrar los objetos pedidos, llevar la cuenta de los que hay en almacén y advertir los que escaseen, habrá sobra para unos y falta para otros, aquello será un galimatías donde no se entenderá nadie.

,Hoy no faltan aficionados a la estadística, aun cuando no les lleve a ello ningún interés personal; cada rama de los conocimientos humanos tiene sus calculistas para registrar los hechos que acontecen, los actos que se efectúan, los productos que se crean, los que van desapareciendo. La afición a calcular, contar y medir, es un trabajo atractivo para muchas personas, las cuales tendrán plena libertad para dar libre vuelo a sus gustos. A ellos les toca informarnos acerca del equilibrio entre los productos y el consumo.

Y el desarrollo del correo, del telégrafo, del teléfono, ¿no pondrá estos medios de comunicación al alcance de todos? Quienes permanezcan aislados será porque quieran, y serán muy dueños de hacerlo; pero a nadie le faltarán los medios de informarse.

Aparte de eso, la manera que indicamos de formar las agrupaciones parécenos la mejor respuesta que se puede dar a esos temores. Un grupo de individuos que se propusieran informarnos o advertirnos acerca de lo necesario de tal operación podría sernos muy útil, sin que ellos fuesen peligrosos. Lo contrario sucedería si se tratase de un grupo que tuviera ese encargo por cualquier modo de poderes delegados. La sociedad no necesita de ninguna manera delegar los suyos en un organismo especial encargado de indicar a cada miembro lo que tiene que hacer, cuando a cada cual bastaríale quererlo así para informarse él mismo al momento de lo que acontece en el mundo entero a cada instante, y cuando esa tarea. puede hacerse normalmente por una sensata inteligencia en la división del trabajo.

La mujer y el matrimonio

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La idea de la autonomía del individuo comienza a abrirse paso y no cabe ninguna duda de que triunfará, como todas las ideas verdaderas. Pero hase desligado de ella otra, aunque en el fondo sea la misma; y gran número de individuos, hasta entre los trabajadores protestan contra su servidumbre propia y siguen viendo en la mujer nada más que un ser inferior, un instrumento de placer cuando no la convierten en una bestia de carga.

¡Cuántas veces no hemos oído decir en nuestro derredor: ¡La mujer ocuparse de política! ¡Que vaya a cuidar del puchero y a repasar los calzones de su marido! Con suma frecuencia emplean este lenguaje socialistas, revolucionarios; otros muchos hay que, sin hablar ni aún pensar así, se conducen dentro de la familia como unos verdaderos señores absolutos. Aparte de que de ese modo dejan perderse una de las más grandes fuerzas de la revolución, esta conducta prueba también que todavía no han llegado a comprender por completo la solidaridad entre todos los seres humanos.

De ahí ha resultado una corriente de opinión paralela, que, sin ocuparse de las cuestiones económicas, persigue en la sociedad actual la emancipación de la mujer, su acceso a todos los empleos, su participación en los negocios políticos. ¡Otra manera ciega de considerar las cosas, otro desconocimiento de la situación! La servidumbre de la mujer es una supervivencia del estado de barbarie que se ha mantenido en las leyes porque, en efecto, el hombre la consideraba como un ser inferior; pero bien pronto ha sido puramente nominal esa esclavitud para la mujer rica y solo se ha sostenido en todo su rigor para la mujer proletaria. Esta última no puede emanciparse con eficacia sino a la vez que su compañero de miseria; su emancipación política seria una añagaza más, como lo ha sido para el trabajador. La mujer debe buscar su libertad, no fuera y aparte de la revolución social, sino juntando sus reclamaciones con las de todos los desheredados.

Sin subir hasta los padres de la Iglesia, quienes discutían en serio si la mujer tiene alma, ¡cuántas majaderías no se han dicho acerca de ella! Aún existen hoy algunos sabios que afirman que la mujer es un ser inferior. Es verdad que en su mayor parte son los mismos que hablan de clases inferiores, refiriéndose al trabajador, y sostienen la idea de la ineptitud de algunas razas para poder elevarse hasta cierto grado de educación. Esos sabios están siempre dispuestos a justificar todas las opresiones e iniquidades, con tal de que se les gratifique por su complacencia con cruces y placas. Creeríase, verdaderamente, que a fuerza de rebajar a los otros se imaginan crecer ellos otro tanto.

¡Qué no se ha dicho para probar esa pretendida inferioridad de la mujer! Se ha invocado su debilidad muscular comparada con el hombre, su menor capacidad cerebral (para no ocuparnos sino de cosas perfectamente demostradas), sin hablar de su ineptitud para las ciencias exactas, y de una supuesta fisiología que pretende probar que los órganos sexuales de la mujer sólo son una suspensión de desarrollo de los mismos órganos del hombre.

Pero así que quedó demostrado de un modo innegable que el cerebro es el órgano del pensamiento, los partidarios de la inferioridad femenina creyeron haber encontrado una base incontrovertible para su doctrina, y en ella se han hecho fuertes. En efecto, en todas las razas humanas, el cerebro de la mujer es normalmente inferior en peso al del hombre.

También es cosa probada que, proporcionalmente, el cerebro más pesado tiene más probabilidades de estar mejor dotado; esto se halla fuera de dudas. ¿Qué responder a esos hechos?

Una cosa muy sencilla! Cuando se profesa la ciencia, la verdadera ciencia, con el fin de aprender, de aumentar los conocimientos, y no con la mira de emplearla como arma de guerra para justificar una idea preconcebida, se comparan uno a uno todos los elementos del proceso, se tienen en cuenta todas las relaciones accesorias que lo completan y complican, se estudian todas las modificaciones que éstas pueden introducir en el elemento principal y entre aquellas mismas relaciones, y sólo entonces puede esperarse sacar consecuencias casi ciertas.

Los sabios a quienes nos referimos, gozosos de encontrar un hecho en apoyo de su teoría, no han olvidado más que una cosa: si en el peso consistiese todo, si fuera lo único digno de tenerse en cuenta, entonces la ballena y el elefante serían los seres más inteligentes que existen, pues con seguridad su cerebro excede en peso hasta al del hombre. Pero el peso no es lo único que contribuye a la riqueza del cerebro; algunos lo han comprendido. Es preciso considerarlo en proporción a la estatura y al peso total del cuerpo. El cerebro consta de células pensadoras, pero también de células nerviosas que tienen por única función la de excitar la actividad de diferentes órganos. Cuanto más pesado es el conjunto del organismo, tanto mayor es el número y el volumen de estas últimas; y la masa de tales células nerviosas no tiene nada que ver con la inteligencia.

Después hay que considerar la riqueza de las circunvoluciones cerebrales, de tanto o más valor que el peso; la composición química es otro valor que debe tenerse en cuenta; una diferencia de estructura de las células puede modificar el funcionalismo del cerebro; y hay que fijarse en las condiciones de nutrición del mismo, pues según afluye la sangre a él con mayor o menor regularidad, de una manera más o menos activa, así retarda o acelera la actividad cerebral.

Y, último argumento: no basta tener un cerebro bien organizado, sino que además es preciso ejercitarlo por medio de la educación. Pues bien; a la mujer y al trabajador siempre se les ha mantenido en una inferioridad de educación, con pretexto de que la reservada para las clases directoras era muy superior a sus alcances y a la vez inútil para desempeñar las tareas a que ambos estaban destinados. ¡Y esa inferioridad adquirida se nos presenta hoy como una ley natural!

Si los hombres hubiesen estado menos engreídos por el error antropocéntrico que les hace referirlo todo a ellos y se deriva del mismo espíritu que el error geocéntrico, no se hubieran atrevido a emitir tal herejía científica. Pero al ver desmantelarse poco a poco esa supremacía de la cual se vanagloriaban, intentan una postrera transformación, la virocentria, que, a semejanza de las otras, no se funda en ningún dato real (Sin olvidar a los pedantes que quieren probar la superioridad de ciertas razas y los solapedantes que vienen después afirmando la superioridad de ciertas clases sociales. Otros tantos errores que provienen de la misma tendencia).

Si se tratase de dos razas diferentes y sin relaciones de ninguna clase, aún comprenderíamos en rigor que hubiera podido plantearse la cuestión; también en falso, sin duda, pero habría sido discutible. Más, ¡entre los dos miembros de la misma familia, entre los dos troncos igualmente necesarios para perpetuar la especie! Es preciso ser idiota para haber propuesto esa cuestión.

¿Acaso el hombre y la mujer se reproducen aparte uno de otro, para dar origen mejor el hombre a hijos y la mujer a hijas, transmitimo así por separado sus cualidades y defectos a la respectiva descendencia de cada cual? ¡No! Se ven obligados a cooperar juntos para engendrar intistinvamente varones y hembras. Cada uno de ellos transmite sus cualidades a la progenie, sin diferencia de sexos; a veces domina en ella lo varonil, otras lo femenino; a veces uno de los progenitores puede predominar por sus caracteres en el hijo de igual sexo que él, pero a veces también en el de sexo opuesto al suyo. Nadie ha podido dar aún la razón de estas variaciones; mas no por ello deja de estar probado que, según las circunstancias (desconocidas), puede dominar uno u otro sexo indiferentemente en los productos de la generación.

Pues bien; si así sucede, y admitiendo que en el punto de partida hubiese caracterizado al sexo femenino una inferioridad real, habríase producido esto: que o la mujer hubiera concluido por imponer su inferioridad a la especie humana, o el hombre hubiera impuesto su superioridad, o hubiera concluido por formarse entre los dos componentes de la humanidad un equilibrio de facultades que pusiese a ambos al mismo nivel.

En el primer caso, a cada generación la mujer hubiera ido añadiendo una parte más de su inferioridad, y sus propiedades negativas habrían acabado por eliminar las cualidades positivas del hombre. Pero en ese caso, desde los tiempos que la especie humana lleva de perpetuarse por la generación, hace ya muchísimo que hubiese retrocedido a la animalidad.

En el segundo, habrían triunfado las cualidades positivas del hombre. Los partidarios de la inferioridad femenina se verán obligados a rechazar esta hipótesis; porque desde el tiempo que los sexos llevan de mezclarse por medio de la generación, ambos se han confundido uno con otro lo suficiente para adquirir propiedades iguales, y su afirmación no tendría ya razón ninguna de ser.

Igualmente negaran el tercer caso, que supone un nivel medio, inferior, para los dos sexos. Así, pues, sólo les quedaría una cuarta hipótesis, la de que, a pesar de las mezclas, cada sexo ha conservado sus cualidades propias a través de los cruzamientos. Aparte de que esta hipótesis es la menos admisible de todas, ¿qué dirán quienes se aferran a la teoría absoluta de la lucha por la existencia y de la supervivencia de los más aptos?

Por consiguiente, el simple razonamiento lógico nos indica la solución: la igualdad con matices y propiedades diversas entre los dos sexos, pero que constituyen cualidades dependientes de la organización fisiológica a la cual van unidas y que hacen ambos sexos equivalentes, sino iguales en aptitudes.

La mujer, por su inferioridad física, siempre ha estado en las sociedades inferiores bajo la autoridad del varón, con diversos grados de violencia; este último siempre le ha impuesto más o menos su amor. Propiedad de la tribu al principio y del padre después, para pasar al dominio del marido, cambiaba así de señores sin que nadie se dignase consultar las preferencias de ella.

Objeto de propiedad, sus amos la vigilaban para impedirla prestar sin su asentimiento lo que ellos querían ser los únicos en disponer, excepto en los países donde una abundante posteridad era prenda segura de riqueza y por eso el señor cerraba los ojos acerca del origen de un bien, del cual podía disfrutar. En todos los demás casos, en un acceso de generosidad, el amo podía a veces prestarla a un amigo, a un huésped o a un cliente, como se presta una silla; pero creyéndose robado si éstos disponían de ella a escondidas de él, tomábase feroz venganza de la culpable.

Cierto es que de hecho ha caído en desuso esta autoridad del hombre en las relaciones entre ambos sexos, esta dependencia de la mujer hecha constar en las leyes y abiertamente defendida por algunos, desuso logrado ya por astucia, ya por el imperio que su sexo ejerce sobre el nuestro. En los tiempos actuales, en nuestras sociedades que dicen ser civilizadas, la mujer rica está emancipada de hecho, si no de derecho; sólo la mujer pobre sufre hoy la esclavitud y el rigor de la ley.

Hasta en los pueblos más atrasados, ¿no llega la mujer a crearse privilegios? Los historiadores antiguos mencionan a esa tribu gala, donde las mujeres estaban llamadas a juzgar las cuestiones que la tribu tuviese con sus vecinos, y el fallo de las cuales tuvo que respetar un general romano.

En la Australia, donde a la mujer se la trata como a una bestia de carga, donde no se sienta a comer en la mesa sino detrás de su amo y señor, quien le tira al vuelo las tajadas que a él no le gustan o no quiere, adviértase una costumbre análoga (Les primitifs d´Australie, E. Reclus). De hecho, si siempre ha tenido que sufrir la fuerza bruta del hombre, con su agudeza y su astucia, siempre ha sabido la mujer tomar ascendiente sobre él. Hoy la imputan como un crimen esa astucia, el arma de los débiles, según dicen. Pudiera replicaros que la razón de la fuerza es la única que tienen los brutos.

Probablemente comenzaría por la promiscuidad la unión sexual; después el hombre afirmó su derecho de propiedad capturando a aquella de quien quiso hacer su compañera; luego fue comprada; y, por último, suavizándose cada vez más las costumbres, hase concluido por tener en cuenta la elección de la mujer y emanciparla gradualmente, al paso que el espíritu de propiedad fundado en la organización familiar despótica del padre, trataba de poner de nuevo a la mujer bajo la estrecha dependencia del varón, lo cual nos ha valido esa variedad de leyes y de prejuicios acerca de las relaciones sexuales.

¡Cuántas leyes se han hecho para reglamentar las relaciones entre el hombre y la mujer; cuántos errores y preocupaciones han contribuido la moral oficial a sostener y arraigar, pero que la naturaleza se ha complacido siempre en arrojar por los suelos, sin doblegarse nunca a sus decretos arbitrarios!

El hombre, en su calidad de señor, encuentra muy bien merodear en la hacienda del vecino; hasta en las sociedades más pudibundas, el hombre que puede jactarse de numerosas conquistas es considerado como un mozo de suerte.

Pero a la mujer-propiedad, por la ley, por la educación, por las preocupaciones y por la opinión corriente, le está vedado dar libre curso a sus sentimientos. Las relaciones sexuales son fruto prohibido para ella; sólo tiene derecho a la cópula sancionada ante el juez municipal y el cura de la parroquia. Y hete ahí cómo, en un acto realizado por dos personas, toda la vergüenza es para una y toda la gloria para la otra.

Dicen los masculinitas que esto consiste en que no es comparable el daño ocasionado por ambos copartícipes. El adulterio de la mujer trae consigo el riesgo de introducir en la familia hijos extraños, que más tarde llegarían a despojar de una parte de la herencia a los propietarios legítimos. De este axioma capitalista puede inducirse que está muy bien el causar perjuicio al vecino, y sólo es malo cuando se lo producen a uno mismo. ¡Véase la moral capitalista en todo su esplendor! La mujer-propiedad, al tener complacencias con el varón que ha sido de su agrado, perjudica al marido: ¡leña en ella! El hombre desenvuelto que, como el cuco, va a empollar en el nido del vecino, da pruebas de ser listo. No puede verse descoco más por el estilo de la regencia.

La religión ha lanzado después sus anatemas contra quienes obedecen más a las leyes de la naturaleza que a las restricciones de los moralistas y legisladores. La teoría del pecado original ha venido a gravitar con todo su peso sobre la ejecución del acto genésico.

No pudiendo decretar la Iglesia la continencia absoluta, tuvo que sancionar y bendecid la unión del hombre y de la mujer, pero para reglamentar sus relaciones, lanzando sus más fuertes anatemas contra quienes se entregaban al amor sin su consentimiento. Las ceremonias que celebraban libremente los primitivos hombres en el seno de la tribu, para manifestar su ingreso en el matrimonio, hiciéronse obligatorias con la religión, y de allí pasaron al Código civil, heredero de la mayor parte de las prerrogativas de la Iglesia.

Después de prohibirse amar sin autorización del párroco fue prohibido amarse sin permiso del representante de la ley. La opinión pública, mantenida en la ignorancia por el sacerdote y el legislador, vio con malos ojos a quienes creían que no necesitaban autorización de nadie para probarse su mutuo amor. Pero siempre a causa de la idea de propiedad, la reprobación recayó sobre la mujer; al hombre sólo se le vituperaba por tomar en serio esa unión y tratar a su amante como una verdadera esposa legítima.

Pero este falso pudor así como todos los castigos y penas que se han inventado contra quienes practicaban el amor libremente, solo han producido un efecto: hacer a los individuos hipócritas, sin hacerlos más castos ni más continentes. Cuando se ponen obstáculos a la naturaleza, se la desvía pero no se la doma. Ahí está para probarlo lo que sucede en nuestra sociedad, que se llama a sí mismo civilizada; en ella se ha llevado al extremo la gazmoñería. Adulterio, prostitución, corrupción, metamorfosis del matrimonio legal en verdadera alcahuetería: tales son las consecuencias de estas inteligentes organización y legislación. Los infanticidios nos prueban cómo la vergüenza que recae sobre la soltera que cede al amor no impide a nadie llevar a cabo estos actos sino que sus consecuencias pueden inducir al crimen para ocultar lo que Se califica de una falta.

Sin embargo, la sociedad aminora hoy su rigorismo; y en cuanto a la religión, ni siquiera se habla de ella. Excepto alguna doncella mal hallada con la soltería y ganosa de lucir el vestido blanco, o algún heredero deseoso de ponerse en buen lugar con parientes heredables y un poco tardos en irse al otro barrio, pocas personas sienten la necesidad de ir a arrodillarse ante un buen señor que se disfraza fuera de carnaval. En cuanto a la sanción, si quisiera hacerse un censo entre la población de nuestras grandes ciudades, veríase que, en efecto, en todas las casas han pasado sus moradores por la alcaldía; pero examinando las cosas con alguna escrupulosidad, podría advertirse que tres cuartas partes de los matrimonios han disuelto los vínculos legales, para formar otros nuevos sin consagración oficial de ninguna clase, Y que las parejas que viven matrimonialmente ya no están formadas como aparecen inscritas en el registro civil. Siempre hay un señor y una señora de A.; un señor y una señora de B.; pero la señora A. conocida en el vecindario resulta ser una señora X en el juzgado, y la señora B. una señora N. legal.

Esto se ha hecho tan corriente, que la burguesía, a su pesar, ha tenido que incluir el divorcio en su código civil. Hoy, quien quiere prescindir de las ceremonias oficiales para su unión libre, llega a imponerla a quienes le rodean y a hacerse respetar. La opinión pública comienza a considerar la unión libremente consentida tan válida como la otra; y si la consagración oficial no puede desaparecer sino con las demás instituciones sociales, porque la propiedad se funda en ella (pues las leyes de la herencia exigen que la familia sea legal, bien deslindada y tenida de las riendas para que no se dispersen los bienes de fortuna) no por eso es menos cierto que recibió golpe de gracia el día en que el legislador tuvo que registrar los casos en que podía ser disuelta.

En efecto, ¿no era insensato condenar a dos individuos a convivencia perpetua, cuando se hacían mutuamente insoportable la vida?

Porque dos individuos, varón y hembra, gustaron uno de otro en los primeros ardores de la juventud, veianse obligados por la ley a terminar su carrera juntos, sin poder romper nunca esa cadena. Si la existencia les era inaguantable y cada cual quería recobrar su libertad de conducta, sólo podía conseguirlo a espaldas del código, y sin poder lograr que se reconociese como válida su nueva familia, cualesquiera que fuesen sus preferencias. Veíase obligado a ocultar la irregularidad legal de su situación, como si fuese un vicio, porque la opinión pública era tan torpe como las leyes.

¡Pobre de aquel que se equivocase en su elección o se dejase seducir por las sonrisas engañadoras, las promesas falaces y los juramentos pérfidos o prestados con plena sinceridad en un momento de pasión, pero que las circunstancias hacen considerar más adelante muy de otro modo! Una vez dado ese paso, ya no era lícito volverse atrás; quedaba consumado para toda la vida. Ventura o desventura, había que conformarse con ello. ¡Eso era sencillamente una Insensatez!

La indisolubilidad del matrimonio era un idiotismo. Dos personas pueden agradarse un día, un mes, dos años, y luego llegar a odiarse a muerte. ¿Por qué forzarlas a envenenar su odio cada vez más, obligándolas a soportarse cuando es tan sencillo tirar cada una por su lado?

Y es que, aparte del prejuicio religioso, el capital exigía ese sacrificio. Los matrimonios en la sociedad actual son muy a menudo la asociación de dos fortunas (con sus esperanzas), más bien que la unión de dos sexos. Permitir a la asociación disolverse, era un desastre para muchos cálculos; además, complicaba el asunto el problema de los hijos, no en cuanto al amor que uno u otro de los disidentes pudiera profesarles, sino por la cuestión más vulgar acerca de quién debiera mantenerles.

Como eso de la autoridad de los ascendientes para oponer su veto a las inclinaciones de los jóvenes, ¿no era otro absurdo sin excusa? ¿Con qué derecho individuos que ya no pueden pensar ni sentir como la juventud, habrían de interponerse entre sus sentimientos mutuos de cariño para estorbarlos con trabas? ¡Y pensar que jóvenes contrariados en su pasión han recurrido hasta al suicidio, cuando tan lógico sería mandar a paseo a sus Gerontes!

Exenta la sociedad de todas las trabas económicas, las relaciones sexuales llegarán a ser más naturales y más francas, recobrando su carácter de unión libre de dos seres libres. El hombre ya no buscará una dote o medios de hacer carrera, ni la mujer uno que la mantenga. Cuando elija compañero, consultará más si el preferido corresponde a su ideal estético y ético, que si es capaz de asegurarle una vida de lujo y de ocio. Cuando el hombre elija compañera, buscará en ella cualidades morales y físicas más bien que esperanzas; algunos miles de francos más en la canastilla de boda no le harán cerrar los ojos acerca de los borrones de que hablan los anuncios de agencias matrimoniales en la cuarta plana de los periódicos.

Se objeta que si no hay freno para moderar el libertinaje en las relaciones sexuales, acontecerá que las uniones no tendrán ya ninguna estabilidad. Todos somos testigos de que las leyes represivas no tienen valor ninguno para impedirlo en la sociedad actual. Hasta estamos seguros de que algunas de ellas contribuyen en gran parte a las rencillas conyugales. Entonces, ¿por qué empeñarse en reglamentar lo que es incomprensible? ¿No vale más dejar libres a los individuos, pudiendo así conservar buenos miramientos uno para otro cuando ya no se vean obligados a soportarse, en vez de convertirlos las más de las veces en feroces adversarios? ¿Resulta más digno, como se ve actualmente, que el señor tenga queridas con casa aparte y la señora tenga queridos, engañándose cada uno a sabiendas de todos, bellaquerías respecto a las cuales todo el mundo cierra los ojos, con tal de evitarse el escándalo?

El matrimonio actual es una escuela de embustes y de hipocresía. El adulterio es su corolario indispensable, como el lupanar es el acompañamiento obligado de ese falso pudor que pretende que uno se ruborice al hablar del acto sexual. Se oculta el sentir la necesidad de cometerlo, pero se hacen cosas innobles cuando se cree estar a escondidas.

Porque una mujer tuvo relaciones con un hombre, la moral corriente querría que fuese condenada a no tener relaciones sino con él. ¿Por qué? Si uno u otro se ha equivocado, ¿no pueden buscar otro mejor? Eso es abrir la puerta al libertinaje, se responde. Pues, ¡ved vuestra sociedad, hato de desgraciados!

Hemos citado el caso de solteras seducidas, que, para ocultar luego su falta, no encuentran nada mejor que el aborto y el infanticidio. y para un caso de adulterio con escándalo, ¡cuántos no vemos en torno nuestro que se realizan tranquilamente bajo las curiosas miradas de los vecinos! Cuando la mujer ama (y la tomamos como ejemplo, puesto que ella es quien más tiene que temer las consecuencias), hace mangas y capirotes de las leyes, de la opinión pública, y se pone el mundo por montera. Por tanto, si no pueden ponerse trabas a un sentimiento que siglos y siglos de compresión han podido obligar a que se disimule pero no han logrado impedirlo, dejémosle espaciarse libremente; siempre ganaremos con eso franqueza y buena fe en nuestras relaciones, lo cual sería una verdadera mejora.

Pero esta no seria la única mejora; pues nosotros pretendemos que desde el día en que la coacción y la intervención oficial, así como las consideraciones económicas queden abolidas, habiendo más normalidad en las relaciones sexuales, lejos de relajarse éstas, se harán más estables y más firmes.

La mujer que posee verdadero pudor, no se entrega al primero que se presente. Darwin prueba que lo mismo acontece en los animales. Cuando no interviene la codicia, es preciso que se sienta atraída por un individuo para entregarse a él. Y aun en ese caso, ¡cuántas luchas y resistencias antes del abandono final! ¿Qué mejores garantías pueden pedirse?

Hemos visto que en la sociedad actual las uniones sexuales se fundaban más bien en móviles económicos que de cariño; esta es una de las causas por las que al cabo de muy poco tiempo se detestan los cónyuges y se hacen insoportables el Uno al otro, sobre todo si sobrevienen desengaños después de sus esperanzas.

Hasta en los matrimonios donde el amor ha tomado parte en algo, vienen la educación y las preocupaciones a introducir sentimientos de discordia. Los individuos (hombre y mujer), sabiendo que están ligados de una manera indisoluble por toda la vida, pierden poco a poco esas pequeñas atenciones y esos cuidados que pudieran llamarse la sal y pimienta del amor; de un modo paulatino, la costumbre y la saciedad de los sentidos separan uno de otro a los amantes. El hombre y la mujer olvidan ese adorno personal que al otro gustaba cuando era su cortejo; y cada uno hecha de menos el ideal que había soñado y que dista de reconocer en su compañero de cadena; ese ideal cree hallarlo en nuevas relaciones; llega el momento psicológico en que puede poseer ese nuevo ideal, que la satisface y le fija o le desilusiona, pero produciendo siempre el efecto de apartarle cada vez más del primero que había elegido.

El día en que el hombre y la mujer ya no se sientan encadenados por la ley y las conveniencias, quien ame querrá asegurarse la posesión duradera de la persona amada; comprenderá que debe proseguir las atenciones y los agasajos que empleó para conquistarla, que debe continuar venciendo a sus rivales si quiere ser amado. Al más amante le toca saber prolongar el amor que supo inspirar. Esto no puede menos de ser útil a la evolución moral y física de la especie.

Por otra parte, cuando la mujer ya no tenga que venderse para comer o para adquirir el lujo que apetece, elegirá en el hombre a quien prefiera las cualidades más de su gusto, y la constancia es una de ellas. También es por lo común menos tornadiza en sus afectos, y, por tanto, hará todo lo posible para que se le adhiera su amante.Por otra parte, cuando el hombre y la mujer han vivido juntos durante cierto tiempo, experimentan un sentimiento de estimación y de cariño que sobrevive a los ímpetus apasionados de la posesión primera, y les hace abandonar toda clase de devaneos. Si la monogamia es el fin de la evolución humana, sólo la libertad más completa puede conducir a ella.

Ya se han visto los resultados de la compresión.

Puede ocurrir que cuando el hombre es joven, ardiente, y está lleno de actividad y de expansión, se incline al cambio y a la inconstancia; pero le vemos hacerse sensato cuando realmente ama, por temor a ofender a la persona amada. Dejemos, pues, aquí que la naturaleza se corrija por si misma.

Algunos admiten todo esto, pero pretenden que en la sociedad actual el matrimonio es una garantía para la mujer. ¡Error! El hombre es quien hace las leyes, y no olvida hacerlas en provecho suyo. Ya hemos dicho que la mujer rica está emancipada, encuentra protección en la ley, puede hacerse libre; y en cuanto al hombre rico, ¿no es libre en absoluto y se le da un comino de las leyes? El dinero es el gran libertador en la sociedad actual. Pero el matrimonio legal no ofrece a la mujer proletaria sino garantías ilusorias contra el hombre que quiera abandonarla con sus pequeñuelos. Se necesita dinero para emprender causas y pleitos; para conseguir el auxilio judicial hace falta perder mucho tiempo y dar muchos pasos. Y además, ¿qué recurso puede emplear contra un hombre que no tiene un céntimo y puede hacer vanas las órdenes de retención de salarios cambiando de taller o de residencia a cada mandamiento judicial? Y si tiene dinero, hay muchos trampantojos en las leyes; eso, sin contar los medios de intimidación.

En cuanto a la que tropiece con un marido borracho, bruto, que la explote y la pegue, no podrá separarse ni desprenderse de él; la ley la ha hecho propiedad suya, el amo tiene derecho para usar y abusar de ella. ¡Cuántos tormentos e injurias tendrán que sufrir antes de obtener la ruptura de la cadena que a él la ata! Y aun así, la ley se aplica en caso de sevicias físicas graves, pero está desarmada ante las sevicias morales. ¡Cuántos casos en que la mujer tendría tiempo de sobra para morir de pena, si no encontrase alguna protección más eficaz que las leyes!

La mujer proletaria, lo mismo que el trabajador, sólo puede emanciparse por la revolución social. Quienes hacen que espere su emancipación en la actual sociedad, la engañan descaradamente. Considerada como una ilota por el hombre y por la ley, es preciso que también conquiste su libertad por su voluntad; pero no ha de lograrlo como no se asocie y haga causa común con quienes persiguen la emancipación de todos los seres humanos, sin distinción de sexo ni de raza.

El niño en la nueva sociedad

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Una de las cuestiones más complejas y más delicadas es la de los niños. Cuando se piensa en la debilidad de esos pequeños seres y en que las primeras sensaciones que impresionen su cerebro influirán más o menos en su desarrollo ulterior, experiméntase profunda simpatía por ellos, una gran ternura que quisiera extenderse a todos los pequeños desheredados a quienes su debilidad les hace las primeras víctimas de nuestra mala organización social.

Porque son débiles y morirían si no se acudiese en su auxilio, en una sociedad anarquista donde nadie tendrá que temer la miseria, todo el mundo dará expansión a sus sentimientos afectivos, todos se harán útiles y querrán contribuir a su desarrollo físico y moral, aportar su parte alícuota de conocimientos a su desarrollo intelectual.

Mas para comprender bien este afán de los individuos en pro de la infancia, es evidente que hace falta abstraerse por completo de la sociedad actual, donde la familia es una carga al principio y un medio de explotación después. Hay que formarse clara idea de las relaciones sociales tal como las comprendemos nosotros y acabamos de describirlas, darse cuenta de la nueva situación creada en las relaciones entre el hombre y la mujer y a las cuales aportará el hijo una nota nueva, un vinculo más en los individuos normalmente constituidos. Hacer en la mente tabla rasa de las preocupaciones actuales es uno de los primeros trabajos que han de efectuarse para apreciar cuerdamente las cosas futuras.

Dado que los anarquistas no quieren autoridad ninguna, que su organización debe deducirse de las relaciones diarias entre los individuos, relaciones directas sin intermediarios, por la acción espontánea de los interesados en ellas, de individuo a individuo, de individuo a grupo y de grupo a grupo, pero rotas en seguida que la necesidad desaparezca, es evidente que la sociedad no tendría para sintetizarla ninguna comisión, ningún sistema representativo que pudiese intervenir como cuerpo en las relaciones individuales.

El problema de la infancia se simplifica mucho, y no se plantea ya como hasta hoy lo comprendieron los socialistas autoritarios: ¿A quién debe pertenecer el hijo? El hijo no es una propiedad, un producto que pueda pertenecer a quienes lo han procreado (como quieren unos), ni a la sociedad (como pretenden otros). La pregunta se transforma, pues, en esta otra: ¿quién cuidará de los hijos?

Hemos visto que en la anarquía hay una asociación de individuos que combinan sus esfuerzos con el propósito de llegar a la mayor suma posible de goces, pero no hay sociedad tal como hoy se entiende y que venga a resumirse en una serie de instituciones que obren en nombre de todos. Por tanto, es imposible atribuir el hijo a una entidad que no existe de una manera tangible. Así, pues, queda descartada la cuestión de que los hijos pertenezcan a la sociedad.

Por otra parte, puede acontecer que haya individuos que no quieran encargarse de su progenie; esto ocurre en la sociedad actual por influjo de condiciones económicas, pero se comprendería menos cuando los individuos no tengan que contar ya con esa cuestión, con tanto mayor motivo, cuanto que el amor a la prole es un sentimiento naturalmente difundido en todos los seres animados, en los seres bisexuales más inferiores, hasta en los peces. Pero en último caso, eso pudiera ocurrir aún, y es preciso tenerlo en cuenta.

Por otra parte, el amor tiene diversas maneras de manifestarse y a veces puede resultar nocivo para el hijo. ¿Por qué ha de ser éste para ellos una propiedad y sufrir una autoridad que perjudique a su desarrollo íntegro?

Al nacer aporta su derecho a la vida; su debilidad no invalida en nada este derecho primordial, puesto que ese estadio de impotencia es una de las fases comunes a todos los seres de la especie humana y de todas las demás, prolongándose en razón directa del mayor desarrollo de la especie. Por tanto, eso no es motivo suficiente para que se le convierta en una cosa propiedad de quienes le han precedido. Sus necesidades deben consultarse antes que las preferencias de sus educadores.

Como se desarrollará en lo venidero mientras que sus progenitores irán declinando, estos tienen interés en facilitar su desarrollo y merecer su cariño si quieren hallar en la decrepitud el auxilio que le prestaron, igual que se les prestó a ellos al venir también al mundo. Al llegar aquí, comenzamos a vislumbrar esta contestación a aquella pregunta: A quienes más quieran al niño les corresponderá el cuidado de su crianza.

Estando abolida la familia jurídica, no habiendo en las relaciones entre el hombre y la mujer obstáculos dependientes de dificultades o consideraciones económicas, fundándose esos vínculos en la libre acción de las afinidades, de seguro se modificará el carácter de los individuos, reinará mayor sinceridad en sus relaciones, el papel del padre y de la madre se transformará por el nuevo modo de considerarlo. Ya no existirá ninguna razón para temer un aumento de familia.

Siendo posible a los hombres en la sociedad satisfacer todas sus necesidades, ya no sería una carga para ellos mantener y educar a los hijos. No teniendo que desembolsar capital ni imponerse privaciones en la crianza de su prole, no sólo ya no será esto para ellos una carga, sino que tampoco se inclinarán a ver en sus descendientes un capital de reserva que debe producir según lo que haya costado.

Hoy les asegura el código la propiedad del hijo, con el derecho de usar y abusar como mejor cuadre a sus intereses. La situación actual les permite darle el impulso que les plazca, por haberlo procreado y mantenido. Según el beneficio que de él crean poder sacar, el hijo será instruido o ignorante, mendigo o trabajador.

Muy otra será la situación en la sociedad que proponemos. No estando regida ya por la ley o por consideraciones económicas, la familia se fundará en el amor y en el afecto. En vez de ser una carga más para quienes le adopten, un ser a quien formar como mejor convenga a sus intereses, el hijo será una criatura a quien desarrollar, instruir, querer y mimar. Libres los individuos del aguijón de los cuidados de la existencia, no cabe duda ninguna de que desempeñarán su tarea a las mil maravillas.

No hallándose ya regida la familia por ninguna ley, en ésta, como en todas las relaciones sociales, la diversidad de caracteres y temperamentos, el libre juego de las aptitudes diversas que allanará las dificultades de la situación, ha de permitir a cada uno dar con su verdadero puesto en la armonía social, sin tropiezos ni dificultades.

Hoy existen individuos para quienes es un suplicio el verse rodeados de pequeñuelos. La ley actual, que obliga a esos individuos a tener a su cargo la progenie suya o pone trabas a su abandono, es la causa de esos actos de atrocidad, de esos tormentos cotidianos que a veces tienen su desenlace ante los tribunales.

Y esta opinión acerca del derecho de propiedad de los padres sobre los hijos está tan arraigada, que nuestros virtuosos defensores de la propiedad, azuzados por la opinión pública, imponen a los atormentadores de niños una pena cualquiera siempre indulgente, e inspirada sin duda por el espíritu del Código civil.

Pero si hay individuos llenos de ira que hacen pagar a esas indefensas criaturitas las contrariedades de una pésima organización social, por el contrario, hay otros para quienes es una dicha tener niños a los cuales mimar y acariciar, para quienes la mayor de las alegrías consiste en distraerse con ellos, llevar su misma vida, tomar parte en sus juegos, asistir a la aparición de su personalidad. Con verdadero deleite les guían en sus primeros pasos, les enseñan a pronunciar sus primeras palabras. ¡A cuántos se les ha visto hacerse pedagogos, principalmente en la mujer, a pesar de todos los sinsabores que ese oficio ocasiona en la actualidad, llevados únicamente por su amor a la infancia!

Ellos son quienes saben comprender al niño y hacerse escuchar por él, convirtiéndolos en verdaderos maestros su amor a la infancia; mientras que quienes sólo han visto en eso un oficio y un medio de medrar suministran los cómitres y verdugos que conducen disciplinariamente su clase y hacen entrar a fuerza de golpes y castigos los rudimentos de su enseñanza en la cabeza de los alumnos, al mismo tiempo que el odio al estudio. Sólo los que aman a la niñez saben instruirla recreándola y pueden conseguir que guste del estudio.

¡Cuántos se ven imposibilitados en la sociedad actual, por efecto de dificultades económicas, de dar libre curso a sus inclinaciones por la infancia! Pero en la sociedad futura esos individuos podrán agruparse y entenderse con objeto de cuidar a los niños de aquellos para quienes fuese una molestia ocuparse de ellos o que por no ser universales (y nadie lo es) se vieran obligados a acudir a los que saben, para enseñar al niño lo que ellos mismos no pudieran enseñarle.

Sólo que en vez de asalariados, de personas que hacen eso por necesidad, porque de ello depende el bocado de pan, sin gusto ni convicción, habría individuos que tomasen la tarea en serio, ingeniándose para conducirla a cabal fin, ávidos de hacer comprender lo que enseñasen, y convirtiéndose, por decirlo así, en padres intelectuales de sus discípulos. Y he aquí, a los feroces destructores de la familia, rompiendo sus valladares, es cierto, mas para poder extenderla a todos los objetos de nuestro cariño, a todos los seres que nos rodean, a todos aquellos a los cuajes nos lleva nuestra simpatía.

Y considerando así la cuestión, se resuelve por sí misma sin dificultad, sin ser preciso recurrir a ninguna intervención social para dilucidarla. Cada uno comparte a gusto la tarea y encuentra en ella su personal satisfacción, puesto que la elige de conformidad con sus tendencias y aptitudes.

Los autoritarios objetan replicando así:

Si la sociedad no interviene de ninguna manera en vigilar la educación de los niños, si quienes los eduquen son libres para hacerla a su antojo, ¿no se corre el riesgo de dejar a los individuos viciosos y de cerebro estrecho la posibilidad de falsear los conceptos de aquellos de quienes fueren maestros, de convertirlos en pasatiempo y de trocarlos así en un peligro para la sociedad?

También podría acontecer que una madre, cegada por el amor materno, quiera (por ejemplo), criar por fuerza a su hijo, estando demostrado que su salud no se lo permite.

Y otros mil detalles de importancia, imposibles de prever con la libertad completa de los individuos, pero que cada uno tendría sus inconvenientes, según dicen.

Vamos a analizar una por una esas diversas objeciones y a tratar de demostrar que el simple ejercicio de la libertad y de las afinidades naturales vale más para allanar todos los obstáculos que el ejercicio de la autoridad, que jamás ha sabido sino agravar las situaciones difíciles.

Si hay un ser que, fundándose en las leyes naturales, pueda con razón argüir en pro de sus derechos sobre el hijo, es de seguro la madre. Sólo la madre puede hacer valer derechos, más que cualquiera, más que la sociedad, más que el padre, quien en último término sólo puede por un acto de confianza afirmar que lo es. Después de haberlo llevado largos meses dentro de su seno, después de sufrir las molestias de la preñez y los dolores del parto, la madre es la más apta para prestarle los cuidados necesarios para sustentar a ese débil ser a quien parece que un soplo ha de llevársele. Ella es quien durante mucho tiempo le alimenta con su leche.

Por tanto, la madre tiene pleno derecho a guardar consigo a su hijo. Por supuesto, en la anarquía no habrá gendarmes para aplicar lo arbitrario. Las que amen a sus hijos tendrán libertad absoluta para ello. Pero ¿y las que no sean capaces de criarlos? -se nos dice En la sociedad actual, a pesar de todas las dificultades y malas condiciones de existencia que ponen trabas a los individuos, las madres no tienen dificultad ninguna en entregar a una nodriza el hijo que no pueden criar, o no quieren: si son obreras, para poder seguir trabajando; si son burguesas, para no tener el engorro de cuidar a un niño, para no marchitar unos pechos que creen ellas no serían ya tan apetecibles aducirlos en un escote provocador, para ser más libres y no faltar a un baile ni a una reunión.

¿Cuál es, pues, la madre que en la sociedad futura, donde ella misma podría cambiar de residencia con su hijo, se negaría a confiar éste a los cuidados de una nodriza voluntaria, cuando se le demostrase qUe de eso depende la salud de él? Tanto más cuanto que, según creemos, la lactancia del niño por la mujer no es una condición sine qua non de salud para aquél; y bastaría que la madre cambiara sencillamente de residencia y se estableciera en las condiciones climatéricas requeridas para poder prestar ella misma a su hijo los cuidados que necesitase.

Es papel fisiológico de la madre lactar a su hijo. Cuando puede desempeñarlo sin inconvenientes para ella y para él, mejor que mejor. Pero algunos doctores han querido partir de ahí para afirmar que la lactancia materna era un elemento indispensable para el desarrollo normal del hijo. Diariamente vemos niños que se crían en toda la plenitud de la robustez, no sólo por la lactancia de una nodriza extraña, sino también por medios artificiales, en condiciones hasta malsanas, con las cuales tienen que luchar los padres pobres y rechazar, por consiguiente, multitud de mejoras y perfeccionamientos que su falta de recursos económicos y de desarrollo intelectual no les permite aplicar.

Por tanto, no es imprescindible la lactancia materna; y las afirmaciones en este sentido pueden formar parejas con otro gran número de afirmaciones que se llaman científicas y están dictadas por móviles de interés de clase. La burguesía ve al odio desunir su familia; y, quisiera crear, aparte de los sentimientos, una moral que obligase a las madres a retener los hijos junto a sí.

¡Cuántas facilidades se encontrarán en la sociedad futura, donde los productos no estarán ya sofisticados por mercachifles ladrones; donde la alimentación de los animales elegidos para lactar a la infancia seria adecuada a su destino; donde los animales mismos estarían en condiciones de bienestar que les hiciesen sanos y robustos, en vez de anémicos y tísicos como la mayor parte de las vacas lecheras de nuestras grandes ciudades!

Aquellos niños para quienes se reconociese ser necesario un cambio de clima, no tendrían que privarse por eso de los cuidados de su respectiva madre. Lo que dificulta hoy la mudanza de localidad es lo cuantioso de los gastos de viaje y el no estar siempre seguro de hallar medios de subsistencia allí donde se traslade uno. En la sociedad futura los individuos podrán variar de residencia con la mayor facilidad. Los moradores de una localidad, lejos de mirar a los recién llegados como unos competidores que van a quitarles el puesto en el taller, sólo verán en ellos unos compañeros que les aportan el concurso de su fuerza y de sus aptitudes.

Y entre los que se ocupen de los cuidados requeridos por la infancia, ¡no más mercenarios que odien ese trabajo! Los hombres y mujeres que se dediquen a la educación de los niños, lo harán por gusto. El sentimiento que les induzca a ocuparse del niño será la mejor garantía apetecible para su bienestar. Se ingeniarán en inventar toda clase de agasajos y refinamientos para distraer a los niños puestos bajo sus cuidados y para ayudarles en su desarrollo.

Respecto a los que objetan que los padres de cortos alcances podrían atrofiar el cerebro de su progenie y viciar sus primeras impresiones transmitiéndole los prejuicios de que están llenos, no resulta serio ese temor.

¿Quién carece de prejuicios hoy? ¿Quién no tiene en el cerebro alguna idea falseada por la educación? Y, sin embargo, ¿hay uno solo que no se crea más ilustrado que el vecino? ¿Dónde está el método para reconocer positivamente que tal concepto especulativo vale más que tal otro, que determinado cerebro está menos sujeto a errores? Cada cual juzga según su apreciación y cree estar en lo cierto; y la ciencia misma nos demuestra que, aparte de ciertas verdades, cortísimas en número, claramente definidas, reconocidas de una manera positiva como inmutables, todo está sujeto en derredor de nosotros a variar y a transformarse. Lo considerado hoy como verdadero, sólo lo es por la insuficiencia de nuestros conocimientos: un descubrimiento nuevo puede considerarlo como falso mañana.

Sería pretender cristalizar los conocimientos humanos el centralizarlos en una enseñanza única, que todos estuviesen obligados a recibir. Sabemos todo el mal que nos hace la enseñanza oficial, el retraso que ha producido en el desarrollo de las generaciones pasadas y actuales, sólo contrastado un poco por la restringida crítica que no ha podido ser ahogada por completo. No lo agravemos, pues, so pretexto de progreso, creando instituciones que hicieran fundir la humanidad en un molde único.

Lo que hoy retiene a los padres del deseo de dar a sus hijos una educación completa, lo que induce a algunos a enviarlos al taller más bien que a la escuela, es siempre, y bajo diversas formas, la cuestión de dinero. A pesar de todas las dificultades existentes de ese género, á pesar de todas las causas de ignorancia que retienen á los miserables en la abyección más crasa, va disminuyendo de día en día el número de los que no saben leer ni escribir. ¿Cómo se pretende que en la sociedad futura los padres, no contenidos ya por el alucinador problema planteado perpetuamente en su pensamiento acerca de cómo arreglárselas para conseguir ganar que comer, quieran, a despecho de todo, hacer de sus hijos unos ignorantes, cuando en la actualidad los mismos oscurantistas que emiten esos temores quéjanse del orgullo de las clases inferiores, de la envidia que las hace despreciar su condición y aspirar a subir más arriba; y hacen depender este mal de la instrucción obligatoria, echando de menos los felices tiempos en que las personas creían en el diablo, en los hechiceros, no sabían el alfabeto y eran dichosos al sufrir en esta vida para merecer en la otra el paraíso?

Cuando los individuos tengan todas las condiciones requeridas para asegurarles íntegro desarrollo físico y moral, no querrán ser oscurantistas que hagan de su progenie unos ignorantes; sobre todo cuando la adquisición del saber sea para ellos prenda de superioridad en la adquisición de las condiciones de dicha que hayan de crearse.

Centralizar la enseñanza sería suspender por completo el desarrollo íntegro del niño. Aplicar un régimen arbitrario sería ahogarle inconscientemente. Para el libre desarrollo de la humanidad es preciso que la educación infantil se deje a la iniciativa individual.

Cada uno de nosotros viene al mundo con aptitudes diversas, las cuales no se desenvuelven sino a medida que hallamos facilidades para ejercitarlas. Estas facilidades no pueden encontrarse sino bajo el régimen de libertad más completo. Nosotros no queremos un régimen que indique a los individuos su camino; queremos que ellos mismos sean libres de elegirlo. Y sea cual fuere la libertad que un régimen autoritario pretendiera teóricamente dejar al nulo, sólo conduciría en la práctica a comprimirles y a desviar sus aptitudes.

Los que se dediquen a la educación de la infancia no deberán venir con un programa hecho de antemano. Deberán estudiar el carácter de sus discípulos y advertir las aptitudes que se manifiesten, para favorecer sus tendencias y ponerles en el caso hasta de ensayarles en esa vía. Su papel ha de consistir en provocar las preguntas del alumno y explicarle lo que le parezca oscuro, no en rellenarle la cabeza de hechos que se le hacen recitar sin comprenderlos de ningún modo.

Lo que ha contribuido a falsear el juicio del hombre, a mantener en su cerebro todas las preocupaciones y todas las sandeces de que tanto trabajo cuesta desprenderse, es esa educación centralizada que le imponían el Estado y la Iglesia, y la cual no podía combatirse con eficacia por medio de la recibida en la familia, puesto que los padres habían aprendido las mismas preocupaciones y marcado desde la cuna idénticas monsergas, de que no han llegado a despojarse aún.

Si después de suprimirse las Iglesias y los Estados se les pusiese en la mollera a ciertos padres la estúpida idea de convertir en unos cretinos a sus hijos, seriales ya imposible por la fuerza misma de las cosas.

La necesidad de saber es innata en el hombre; en la sociedad futura se formarán grupos con el propósito de facilitar a sus miembros el estudio de ciertos conocimientos especiales. Además, por la idea de proselitismo que anima a cada individuo convencido de la excelencia de sus doctrinas, esos grupos no se limitarán a estudiar, sino que tratarán de difundir el fruto de sus estudios. Por tanto, se formarán infinitos grupos para cada uno de los conocimientos humanos; compréndese desde ahora el movimiento intelectual y el cambio continúo de ideas que llegará a haber.

También las relaciones serán mucho más amplias y fraternales que en la sociedad actual. Por lo que el niño vea pasar ante su vista y oiga a diario en torno suyo, se librará seguramente de la influencia absoluta de sus padres o maestros, para no adherirse sino a quienes le demuestren una bondad real y le den pruebas de verdadero amor, Los que aman realmente al niño se sacrifican por suministrarle los medios de desarrollarse.

Así, todas las facilidades requeridas para que el niño pueda adquirir los conocimientos que sus padres le negasen, las tendrá a su alcance por intermedio de las personas con quienes se traten sus padres. Y aún más: si se creyese muy desventuado con el dominio que éstos quisieran imponerle, le seria fácil abandonarlos para ponerse al amparo de las personas que le fuesen más simpáticas. Los padres no podrían ordenar a los gendarmes pusiesen de nuevo bajo su yugo a ese esclavo que las leyes actuales les conceden, pero que en otra sociedad podría emanciparse.

Acaso nos objeten que, a pesar de todo, pudiera haber excepciones que, aprovechándose de la carencia de toda regla, podrían deformar el cerebro de los hijos que tuviesen, p pervertirlos a sus anchas.

Responderemos que la supresión de la autoridad no ha de impedir el ejercicio de la solidaridad, sino que de seguro ha de desarrollarlo. Actualmente, a despecho de la autoridad, son numerosos los actos de injusticia que se cometen y en los cuales no es posible intervenir a causa de las complicaciones que traen consigo los procedimientos judiciales; pero ¡cuántas veces dan ganas de emprenderla a puñetazo limpio, al ver uno de esos actos! En la sociedad futura habrá la ventaja de no ver protegidos a los opresores por efecto de una ley retrógrada, y se les hará comprender que la ley del más fuerte es fácilmente mudable.

Tendremos libertad absoluta para desarrollar nuestra solidaridad de todos modos, y podremos combatir con nuestra propaganda de instrucción los absurdos de unos padres idiotas. No porque le pluguiese a media docena de personas brutas ir al revés del sentido común habría que encerrar a la humanidad en las mallas de una legislación, que sería antiliberal y antiprogresista por el solo hecho de ser ley.

Los malthusianos pretenden demostrar que los víveres no están en proporción con la población, y consideran con espanto que si no hay ninguna ley para reglamentar las relaciones sexuales y los padres no tienen ya que cuidar de la prole, los niños van a pulular como gazapos; y los hombres, demasiado numerosos en la tierra para los recursos alimenticios existentes, se verán obligados a hacerse de nuevo la guerra bajo la presión de las necesidades. ¡Eso será la vuelta a la barbarie y a la antropofagia! vociferan esos nuevos Jeremías.

Hemos visto que en la actualidad existen tantos terrenos inutilizados como pueda haberlos en cultivo; que a cada momento se descubren métodos nuevos para recolectar en menor espacio una cosecha mucho más grande, obteniéndose ya resultados; de ello nos da ejemplo la China, que no sólo sostiene una población más densa que la de Europa, con un cultivo de los más rudimentarios, sino que suple los aperos que le faltan por medio de un cuidado de todos los momentos y un constante estercolar las tierras. ¿Qué haría con aperos perfeccionados y unas nociones más exactas acerca de la naturaleza de los terrenos, de la química de las plantas y de los abonos?

Se ve cómo la humanidad tiene ancho campo delante de sí, antes de llenar la tierra con sus hijos. Aparte de eso, los sufrimientos del parto y las incomodidades de la preñez serán siempre un freno moderador para la multiplicación de la especie. Aún falta saber si el desarrollo de una raza, de una especie, no restringe su poder prolífico. ¡Cuántos problemas quedan todavía por resolver!

En todo caso, repetimos, la humanidad tiene tiempo de precaver esos inconvenientes, si algún día se probase que no carecen de fundamento real. A las generaciones futuras debemos dejarles el cuidado de salvar las dificultades con que puedan tropezar; el porvenir les traerá sin duda la solución, como la dificultad. Es demasiado corta nuestra vista, para que podamos echárnoslas de profetas.

El arte y los artistas

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¡Una sociedad comunista sería la muerte del arte! exclaman ciertos artistas; quienes, no viendo en el arte (literatura, pintura, escultura, música, teatro, etc.), más que un medio de ganar dinero, sólo saben estimar el valor de la obra por el beneficio metálico que reporta, e imaginan ser necesario que exista una aristocracia para apreciarlos, dejándoles cariacontecidos la idea nada más de que todo esto pudiese llevárselo la trampa y que su arte ya no podría producirles un palacio, lujo, condecoraciones y honores académicos.

Otros artistas que se creen de lo más independientes porque aborrecen al burgués, son en el fondo tan reaccionarios como éste, sin sospecharlo. Partidarios de la teoría del arte por el arte, un libro, un cuadro, una estatua, según ellos, deben guardarse bien de querer significar alguna cosa. El artista no debe tener más convicciones que el arte. La línea, el color, la disposición de las frases, el escalofrío de las palabras bastan para hacer perfecta una obra, para sumir al artista en completa beatitud. Librese, sobre todo, de introducir en ella, si los tiene, sus pensamientos acerca de nuestro mundo y del porvenir de nuestras sociedades. El verdadero artista se basta a sí mismo.

Atreverse a pensar que, aparte del goce de los ojos y de los oídos, la obra pueda evocar ideas en quien lee, ve u oye, es una blasfemia espantosa, un crimen de leso arte. Es querer deshonrarlo el concebir, por ejemplo, que la obra pueda ser un arma de combate puesta al servicio de una idea.

Para esos intransigentes, el arte es una cosa demasiado alta, está muy por encima de las gentes de poco más o menos. Sería deshonrarlo el tratar de hacerlo comprensible a todos.

No hemos dicho ponerlo al alcance del vulgo, lo cual supondría: en efecto, una especie de castración de la idea y de la forma, ignominia de la cual debe defenderse con energía el artista concienzudo. Empequeñecerse para conseguir aplausos de la muchedumbre es tan ramplón como masturbarse el cerebro para atraerse las miradas del público comprador. Pero se puede procurar hacer comprensible una idea, buscar un modo claro de decir las cosas para que penetren en la cabeza de los más torpes y provoquen en ellos una serie de razonamientos capaces de hacerles comprender siquiera una pequeña parte de la obra. Hasta creemos que esa es la tendencia de todo arte; y que es mucho más fácil cernerse en las alturas sin dejar de ser incomprensible, que ser claro y preciso con una forma impecable.

Sin duda se nos objetará que hasta ahora las obras que se han hecho para propagar una idea, han pecado siempre por la forma. Esta es la objeción que más a menudo se nos ha hecho. Puede ser fundada; pero tal vez haya también obras de propaganda que tengan algún valor artístico. Es una estadística que tendría que hacerse; pero con mucha probabilidad, la mayor parte de las obras de combate son inferiores como obras de arte, sobre todo en literatura. ¿Qué prueba esto?

Sólo una cosa, y es: que los autores podrían estar muy convencidos de sus ideas, pero les faltaba el talento necesario para hacer una obra de arte. o si poseían ese talento, arrebatados por la obsesión de la idea, como suele acontecer a los hombres muy convencidos, se dejaron llevar más allá de la expresión; queriendo probar demasiado y descuidando lo que contrariaba sus ideas, no han querido ver sino lo que las enaltecía, refiriéndolo todo a ellas; no han sido verídicos, y la verdad es, dígase lo que se quiera, lo mejor que hay en el arte.

Nunca hemos visto el cuadro de Picchio El Triunfo del orden, y aunque lo hubiésemos visto, no entendemos de pintura lo suficiente para poder decidir acerca de su mérito; pero ¿quién se atrevería a afirmar que con talento no se pudiese hacer con un asunto así una obra de arte, y que la idea misma no contribuiría también a que lo fuese?

¿Acaso el Germinal de Zola no quedará como uno de sus mejores libros? Se nos dirá que Zola no se propuso nunca hacer una obra de propaganda socialista. Estamos conformes; pero si hubiese querido representar la lucha entre el capital y el trabajo, ¿sería posible pintar su antagonismo mejor de lo que lo ha hecho por medio del contraste entre las familias Gregoire y Maheu? ¿Quién se atrevería a afirmar que unas profundas creencias socialistas, unidas al talento de Zola, le hubiesen hecho escribir mal su obra?

Cuando escribieron Descaves Sous-Offs, Enrique Fevre Au Port d’armes, Darien Bas les Cours y Biribi, Hauptmann Les Tissérands y Ajalbert La fille Elisa, tomada de la novela de los Goncourt, sin duda no quisieron hacer obras de propaganda, sino que con seguridad desearon expresar la repugnancia que les inspiran algunas de nuestras instituciones; sus libros son un grito de rebelión y quedarán en pie.

Los señores partidarios del arte por el arte protestarán al oir eso. Ser comprendido por la muchedumbre, ya no seria arte -dicen ellos. Para merecer este nombre, el arte debe ser inaccesible para las masas, debe seguir teniendo un lenguaje suyo propio y del cual sólo conozcan la clave los iniciados; ser un ídolo siempre envuelto en vagas brumas, con un pequeño cenáculo que haga de oficialite, mientras el vulgo profano trabaja y sufre para permitir a los artistas continuar en su sacerdocio.

Claro es que no todos los partidarios del arte por el arte llegan hasta ese punto y no menosprecian al pueblo; pero a esta conclusión conduce esa teoría, y muchos de ellos se creen unas eminencias muy superiores al vulgo, digan lo que quieran. Si no todos aspiran a los privilegios, algunos no claman contra las infamias actuales sino cuando les toca de rechazo.

Este razonamiento puede seguir una escala muy gradual, pero su fondo es el mismo.

Para nosotros, las llamadas obras de arte sólo son una de las manifestaciones de la actividad humana. Esta cuestión no forma una cuestión aparte en la sociedad futura; y su solución, como en todas las actividades del individuo, debe encontrarse en la posibilidad de manifestarse en medio de la libertad más completa. Por el común acuerdo y la solidaridad es como los artistas encontrarán los medios de producir sus obras; verdaderas obras de arte, puesto que al elaborarlas el artista podrá estar exento de todas las preocupaciones materiales que trae consigo la sociedad actual. Digan lo que quieran ciertos diletante, no se hace un cuadro, una estatua o una obra dramática sólo para si y por el gusto de guardarlos y sustraerlos a los ojos de los profanos. Los goces artísticos son por esencia fruiciones altruistas, que para ser verdaderamente gustadas requieren ser compartidas. Cierto es que cuando se está convencidísimo de la belleza de su obra importa un bledo la necedad del profano pretencioso; pero no lo es menos que los elogios sinceros se saborean con gusto. Una obra no tiene reconocido su mérito, para el autor, sino cuando puede hacerla admirar. Al publicar un libro, al exponer un cuadro o una estatua, al invitar al público a que oiga una composición musical o presencie una obra escénica, se le pide una consagración o se intenta una propaganda.

En la sociedad actual, las tres cuartas partes de los que quisieran cultivar las musas vense imposibilitados por las dificultades de las condiciones de existencia. Obligados a trabajar nueve, diez o doce horas para ganar el sustento cotidiano, es imposible cultivar gustos estéticos. Sólo un exiguo número de privilegiados pueden practicarlos y disfrutar de ellos. Los demás tienen que limitarse a admirar las obras de los primeros, si las pocas o muchas facultades que hubieran podido tener no se han atrofiado por completo en el continuo batallar por la existencia.

En la sociedad futura, el tiempo necesario para satisfacer las primeras necesidades de la vida animal quedará reducido al mínimum, y hasta no será ya sino una gimnasia higiénica necesaria para desarrollar los músculos paralelamente al cerebro. Por tanto, cada uno podrá desenvolver a su antojo los talentos y aptitudes que tuviere y perseguir el ideal de su imaginación. Quienes tengan disposición efectiva, podrán hacerla valer; quienes sólo tuvieren pretensiones, podrán satisfacer su vanidad sin peligro para nadie. Si pierden el tiempo en hacer chabacanerías, con su pan se lo coman; al paso que en la sociedad actual, si tienen fortuna, puede darles una influencia nefasta sobre el destino de los demás.

Por ejemplo: si un compositor quiere organizar una audición de sus obras, buscará los ejecutantes que puedan ayudarle, y se hará profesor de ellos si es preciso; la necesidad que siente de dar a luz su obra le pondrá en el caso de hacerse útil a los otros, para merecer su concurso. ¿Y si en vez de hacer ejecutar su obra se trata de imprimirla? O sólo él experimentará la necesidad de hacerlo, o lo pedirán los admiradores suyos: en tal caso, tendrá segura la ayuda de éstos y no habrá dificultad ninguna para llevar a feliz término esa publicación.

Si él solo siente la necesidad de verse editado, las dificultades para ello serán numerosas, pero no invencibles. En el caso de no interesar a nadie por su obra, lo peor que pueda acontecerle es que tenga por fuerza que hacerse grabador o impresor.

Obligado a entenderse con los grupos productores de las primeras materias que necesite, tócale a él interesarles por su idea o hallar el modo de serles útil para obtener su cooperación. Pero, de todas maneras, eso seria tener ancho campo abierto a la actividad del individuo; seria el agrandamiento de su personalidad, al paso que la sociedad actual sólo es su empequeñecimiento.

El hombre no puede ser universal, pero tampoco puede raciocinar sanamente acerca de una cosa, sino a condición de tener nociones a lo menos de todas las demás. Los conocimientos humanos, lo mismo que los sucesos, se encadenan y se siguen. Causas y efectos alternativamente, no pueden comprenderse bien sino a condición de agruparlos y de considerarlos en conjunto.

Las obras de arte sólo se aproximan a la perfección cuando dejan el menor asidero posible a la crítica; sólo son obras maestras cuando resultan impecables. Y como toda obra de valer se ve obligada a abrazar una esfera más o menos basta de concepciones, fuerza al artista, si pretende ser sincero, a estudiar ese conjunto de cosas de una manera constante, si no quiere dejar que se deslice en su labor una anomalía que la desluzca.

Sean cuales fueren la imaginación del artista, su paciencia y su minuciosidad al reproducir lo que ve, no se conciben bien sino las cosas cuyo mecanismo se ha comprendido bien. Sea cual fuere el entusiasmo que sienta por su obra, si sus conocimientos son limitados (como de hecho lo están por la actual educación), la obra sufrirá las consecuencias quizá en puntos de detalle nada más, aunque no por eso dejarán de chocar a quienes tengan conocimientos especiales acerca del punto descuidado. Y cuando se eleve el nivel intelectual del público, esos defectos podrían ser más numerosos si el artista no se elevase también.

En la sociedad actual vemos ya producirse ese movimiento de aproximación voluntaria de las afinidades comunes. Ya hemos citado los orfeones, las bandas de música de aficionados, las sociedades corales: son lo que les hace ser el nivel medio. ¿Por qué lo posible en las bajas esferas del arte, por medio del común acuerdo libre, no ha de serlo en el arte más trascendente? Son incontables los intentos de asociación para organizar las representaciones teatrales con arreglo a una estética dada. Hay dos dignas de citarse por su valía: el Teatro libre y la Obra.

En la sociedad actual encuentran obstáculos en la cuestión económica. Obligados los iniciadores a recurrir al capital tanto o más que a las buenas voluntades, vense en la precisión de agruparse según las circunstancias, más que según las aficiones comunes. A pesar de todas esas trabas, sabidos son los buenos resultados que dan esas iniciativas.

En la sociedad futura podrá prescindirse de la cuestión económica y apelarse tan sólo a las buenas voluntades; siendo libres para obrar los individuos, será más fácil la selección. Siempre habrá personas a quienes les dé por escribir obras para el teatro, y a otras de interpretarlas: esos individuos se buscarán unos a otros y asociarán sus aptitudes. ¿Qué mal habría en que, quienes tengan afición a los espectáculos, contribuyesen cada uno según su respectiva aptitud, haciendo las decoraciones, los trajes o cualquier otro accesorio para la dirección de escena?

Si cada espectador pudiera hacerse útil a su modo para la ejecución de la obra a la cual fuese llamado a asistir, aumentaríase su goce intelectual. Pudiera haber importunos; pero más fácil sería librarse de ellos que luchar con la falta de fondos hoy. Lo dicho respecto a las representaciones teatrales podrá aplicarse a cualquier otro recreo intelectual. Lejos de prohibirlos en la sociedad futura, se ve cuán fácil sería ponerlos al alcance de todos.

Hoy, sólo con rarísimas excepciones consigue sobresalir el artista si no tiene fortuna. A expensas de su sosiego y de su salud, consigue dedicarse a sus tareas. Y cuando alcanza a dar vida a una obra, ¡cuántas pequeñas concesiones tiene que hacer aún al gusto dominante para conseguir que le permita darla a luz!

¡Tanto mejor! -se dice-, eso templa el carácter del hombre, y siempre salen a flote aquellos que llevan algo dentro. Pero es de advertir que quienes emiten este aforismo tienen todo cuanto necesitan, y en cambio nunca llevan nada dentro que hacer salir a flote. Por uno de verdadero talento y que triunfe de las dificultades, ¡cuántos perecen asfixiados por la miseria! Y aun los que logran escapar con bien, ¿no perecerían casi siempre si cualquiera circunstancia fortuita, independiente de su talento y de su voluntad, no se les presentase como tabla de salvación? Cierto es que la miseria templa a los hombres; pero a veces, cuando es excesiva, ¡a cuántos mata, y de los mejor dotados, que en otras condiciones hubieran podido desplegar pasmosos talentos! ¿Quién reemplazará los bellos años perdidos de la juventud, pasados en engordar explotadores que se limitan a hacer grasa?

No todo estriba en salir de la oscuridad; es preciso poder divulgar sus obras, vivir del talento propio. Llévase dentro de la cabeza la obra soñada, se la siente palpitar bajo el pensamiento, los dedos se estremecen con el ansia de cogerla…; pero el bolsillo y el vientre están vacíos; a veces hay hijos que piden pan; es necesario trabajar antes que pensar en el arte. Y queda aplazada la obra para mejores tiempos, acéptase el trabajo para la empresa que paga la obra que se vende, hasta el día en que se advierte que voló la idea y ya no se es más que una especie de trabajador manual.

Los recreos verdaderamente artísticos sólo están reservados en nuestros tiempos a una ínfima minoría de privilegiados, que deben su posición a circunstancias extrañas al talento. Sólo los ricos pueden dar libre curso a lo que llaman ellos sus sentimientos artísticos. Y para alguno que otro de gusto verdaderamente puro, ¡cuántos adocenados hay que con su ignorancia y cretinismo, peligrosos a causa de sus mismas riquezas, contribuyen a pervertir el gusto público, siendo los únicos cuya aprobación es eficaz, puesto que son los únicos que pueden comprar obras! En la actualidad, el artista no busca una idea original según su concepto propio, sino con arreglo a los conceptos del público que paga. Por eso el arte de hoy, en general, no es arte, sino una moda, un oficio, un trampolín.

El arte libre, según lo comprendemos nosotros, hará al artista ser su único y propio maestro; podrá dar suelta a toda su imaginación, a los caprichos de su fantasía, ejecutar la obra como la hubiere concebido, animarla con su aliento, hacerla vivir con su entusiasmo. Entonces conseguiremos saber el pensamiento real del artista y no el que le haya sido impuesto por circunstancias con las cuales nada tiene que ver el arte.

Si, además de eso, se producen un montón inmenso de obras sin valor, ¿qué más nos da? El desocupado rico de hoy amontona en sus salones mamarrachos abominables, en materia de pintura y de escultura, con detrimento de las hermosas obras que contribuye a impedir que se produzcan. En la sociedad futura, los adocenados perderán tan sólo su propio tiempo; y si encuentran admiradores, ¿por qué no han de congratularse de ello cuando eso no hace daño a nadie?

Pero, sea como fuere, conforme la maquinaria y la ciencia hagan más fácil con su desarrollo la vida, adquirirá más importancia la parte intelectual y artística del individuo. Y, según dijo un chiflado, que en eso pensaba con exactitud, el arte, esa suprema manifestación del individualismo, contribuirá al goce y a la expansión del individuo.

La tradición y la costumbre

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Acabamos de examinar parte de las formas de actividad del poder humano y hemos visto en su conjunto que desde todos los puntos de vista, la libertad más completa era la prenda más segura de un perfecto acuerdo común, de una armonía absoluta.

Los que por haber sido siempre llevados por el ronzal, no pueden abstraerse de las condiciones actuales y se imaginan que la humanidad no podría vivir sin andadores, exclamarán de seguro: ¡Nada de leyes! ¿Qué va a ser de nosotros? ¡La sociedad está perdida! ¡Como si la ley fuese necesaria para la vida de las sociedades y no existiesen aún aglomeraciones humanas sin leyes, tan bien como lo permite su grado de desarrollo!

Las leyes son por sí mismas impotentes para obligar a los individuos a ejecutar lo que disponen ellas o para sancionar lo que prohíben. Para ser eficaces, tienen que ser apoyadas por una fuerza coercitiva. Y esta misma fuerza ya hemos visto que es muy flaco apoyo, cuando las costumbres pugnan con el régimen que se quiere imponer.

Cuando las leyes son discutidas, no están lejos de haber perdido su autoridad. Sólo tienen verdadera fuerza efectiva cuando están en perfecto acuerdo con la opinión, lo cual rara vez acontece.

Pero la ley jamás ha impedido nada. En la Edad Media se castigaba el robo ahorcando a los ladrones, acompañado el aparato judicial con espantosos tormentos. Quemábase a los blasfemos la lengua o los labios. Sentenciábase a morir abrasados a los hechiceros o considerados como tales. Eso no ha impedido blasfemar, ni al espíritu de irreligión recorrer su camino. Y aquella era la época en que hormigueaban los hechiceros, en que predominaban los ladrones.

Hoy se ha renunciado a perseguir a los blasfemos, a quemar a los hechiceros. A estos últimos limitase a condenarlos por estafas o por ejercicio ilegal de la medicina. Por su número ha disminuido desde el día en que les dejaron tranquilos; hoy ni siquiera pretenden cabalgar en mangos de escoba o tener relaciones con Satanás, cosas por las cuales tampoco se pensaría ya en perseguirles.

En cuanto a los ladrones, si la penalidad es menos dura, siempre se sigue dándoles caza cuando no roban sobre seguro, al abrigo de ciertas posiciones o empleos; pero no creemos que haya disminuido su número. Y eso consiste en que, a pesar del código y de la opinión, interviene aquí otro factor: la organización social y el régimen de apropiación individual en que se funda son quienes engendran el robo. Este Último es producto del régimen capitalista; no desaparecerá sino con su progenitor.

Por el contrario, para quien tuviera la paciencia de curiosear entre el inmenso fárrago de las leyes y de los ordenamientos, habría en esa investigación verdaderos hallazgos de disposiciones legales caídas en desuso, porque las costumbres se han transformado a despecho de la ley e imponiendo a ésta perpetuo silencio.

Las primeras leyes escritas ¿qué eran sino el reconocimiento y la codificación de usos y costumbres? Aun antes de la revolución había en Francia derecho feudal y derecho consuetudinario. Este Último derivábase de las costumbres; y cada provincia, en muchos casos, estaba regida por sus costumbres propias.

La primera afirmación de la burguesía consistió en apoderarse del Parlamento, arrogándose el poder legislativo y dictando leyes y decretos a su gusto, inspirándose nada más que en sus intereses de clase sin que se les importase un ardite de los usos y costumbres de las poblaciones ajusticiadas. Después vino el carnicero Bonaparte, que prosiguió la obra de la Convención, haciendo amalgamar con algunos aforismos del derecho romano lo que en las leyes promulgadas antes de él podía lisonjear a su autocracia; y hete ahí por qué estamos gobernados por muertos, aunque cada generación de vivos no haya dejado de aportar sus restricciones, en vez de suprimir lisa y llanamente, lo cual no ha hecho sino complicar las cosas y apretarnos cada vez más y más dentro de una red espesísima de decretos, leyes y reglamentos que estrujan a quien cae en ella.

Cuando la tradición y las costumbres regían las relaciones sociales, podía decirse que los vivos estaban gobernados por los muertos; pero las costumbres se transforman insensiblemente y cada época viene a añadir su carácter particular a las costumbres antiguas.

La ley escrita es inmutable: puede atormentársela para hacerla decir (y se consigue) lo que jamás habían pensado quienes la formularon; pero cuanto más elástica, más terrible es, porque eso mismo da mayores facilidades a los encargados de aplicarla para acomodarla a sus intereses como mejor cuadre. Eso hace que, en medio de nuestras revoluciones, los mismos que la víspera eran castigados con arreglo a la ley existente, puedan castigar con idéntica ley e idéntica magistratura al día siguiente del triunfo a sus perseguidores del día antes. Eso hace también que tantas leyes hieran la conciencia pública al seguir imperando sobre nuestras relaciones, sólo porque quienes están en el poder tienen interés en eternizar los prejuicios que aquéllas representan.

Se ha querido objetar que en los países donde reina la costumbre como en Córcega y en la Kabilia, los actos de venganza individual hacen la vida cien veces más difícil que allí donde reina el castigo jurídico, pues de ninguna manera libran del resentimiento de la parte lesionada y el homicidio puede extenderse a pueblos enteros y perpetuarse a través de una serie de generaciones.

Por el contrario, preciso es convenir en que en esos países desarrollábase un sentimiento caballeresco de respeto a la palabra dada, del cual están desprovistos la mayoría de los que pretenden pasar por civilizados. Y, por otra parte, la mejor de las leyes no vale nada en manos de un mal juez! Y como la mayoría de los partidarios de la autoridad confiesan que para ser dignamente ejercitada seria preciso confiarla a puros ángeles, la conclusión es fácil de sacar.

Además, no se olvide que no pedimos un retroceso, pues todo debe modificarse por nuestra evolución. Volver a las instituciones del pasado, tales como existieron, sería un retroceso. Lo que queremos es una adaptación de lo que sea bueno y pueda facilitar nuestra evolución.

Entre las instituciones que la autoridad tiene interés en eternizar, hemos citado el matrimonio; pero si se tomase, uno el trabajo de buscarlas, ¡cuántas otras podrían encontrarse! El orden burgués, para ser estable, necesitaba apoyarse en la familia, pues por ella puede perpetuarse la dominación capitalista, y por eso la ha enlazado con mil vínculos legales. El código no se cura del amor, del afecto, de la familia de elección y de afinidad: esas son fantasías propias de soñadores. Para la burguesía no hay más que una familia, la familia jurídica comprendida entre los ascendientes y los descendientes, jerarquizada, comprimida dentro de las formas legales, limitada por fuera del código; en una palabra, no hay más parientes que los reconocidos por la ley, sean cuales fueren sus sentimientos unos respecto a otros.

Así es que, desde el punto de vista de la ley, dos esposos que se hayan aborrecido toda la vida y se hayan separado para no vivir juntos, si se unieron ante el alcalde, y se han olvidado celebrar la ceremonia contraria ante otro señor vestido con traje diferente, serán siempre considerados como una familia legal y la única valedera; al paso que quienes hayan vivido siempre juntos amándose hasta la adoración, sólo estarán amancebados (palabra legal) y su familia no tendrá ninguna validez, si han descuidado ciertas formalidades legales.

Los hijos de la mujer de la primera pareja conyugal, si el hombre no ha conseguido con ayuda de numerosos pasos que se declaren adulterinos, serán, según la ley, sus únicos hijos legales; al paso que los engendrados por él mismo no serán nada. En cuanto a los hijos habidos fuera de matrimonio, aunque su situación se regularice después, su posición será siempre inferior, según la ley. ¡Parece ser que esto constituye el encanto de nuestra legislación!

Sin embargo, han progresado las costumbres. El bastardo ya no es (excepto para algunos retrógrados) el ser extraño a la casta que era en los tiempos de antaño. Ya hemos dicho que Las uniones irregulares están en mayoría en nuestras grandes ciudades; y aun cuando por mala lengua murmure de ello algún buen vecino, son perfectamente acogidas por la generalidad. En ciertos casos, algunas llegan hasta a hacerse respetar por la administración: sólo la ley permanece impertérrita.

La ley, que, fuera de las dictadas por el espíritu de partido, pudo tener en otra época su momentánea razón de ser, no es más que una cristalización de la costumbre; al mismo tiempo es regresiva, pues al llegar a serlo, la ley permanece inmutable, quedándose detrás de las costumbres, las cuales se transforman.

Además, la opinión publica sólo era implacable con quien causaba un perjuicio real a la colectividad, lesionando la persona o los intereses de uno de sus miembros, pero también sabía tener en cuenta la intención y las circunstancias. La ley se mueve entre el máximum y el mínimum, y esta variación depende más de la complexión fisiológica de los llamados a aplicarla que de la naturaleza misma del delito.

Aparte de eso, el mejor medio de moralizar a los individuos, ¿no consiste en enseñarles que la trasgresión de una regla útil lleva en sí misma su castigo, siéndole más tarde nociva por sus efectos ulteriores? ¿No sería esto más moral, y, sobre todo, más eficaz que decirles que si se les sorprende infringiendo la ley serán castigados, pero que no lo serán si pueden ocultar la trasgresión a los ojos de la autoridad?

Se nos dirá que el miedo al castigo es lo único capaz de impeler a los individuos a que cumplan con su deber: esta es la cantinela de los partidarios de la represión. Pues bien; el argumento es falso. En primer lugar, nuestras instituciones prueban que el miedo a la represión no impide nada malo; y en segundo lugar, tenemos pruebas de que la tradición y la costumbre son omnipotentes en los pueblos a quienes llamamos inferiores. ¿Se quiere confesar que nuestra moralidad es inferior a la suya?

Véase lo que dice Bellot de los indios de las regiones polares, acerca de los escondrijos de víveres acostumbrados entre ellos en los días de abundancia y de los cuales debieran mostrarse avaros, pues a menudo tienen que sufrir escaseces espantosas:

19 de Junio … El Sr Hehburn dice que unos indios le trajeron carne a la cual no habían tocado, a pesar de no haber comido en tres días. Hacen escondites donde guardan sus provisiones, de manera que los lobos no se las coman. Si alguien se ve apremiado por la necesidad no les parece mal que tome cuanto le haga falta, pero sin elegir los trozos; porque, como dicen ellos con razón, el hombre que tiene hambre toma lo que encuentra, sin escoger. También se considera como una prueba de mala voluntad el no volver a cubrir el escondite (J. R. Bellot, Journal d´un voyage aux mers polaires, pág. 19).

Véase ahora otro ejemplo citado por Vambery; ciertamente, no se nos acusará de que vamos a tomar nuestros ejemplos entre pueblos idílicos. Se trata de esos feroces turcomanos, los cuales no tienen más ocupación que el saqueo:

Los turcomanos, según mis informes (muy poco semejantes a los publicados por Muravieff), están divididos en nueve pueblos o khalks, que se subdividen en ramas o taifas, como éstas en otras secundarias o tiras.

El doble vinculo de solidaridad que une a los individuos pertenecientes a cada rama secundaria y luego a todas las de esta clase pertenecientes a una misma rama principal, forman el lazo de mayor importancia que mantiene adheridos entre si los elementos de esa extraña sociedad. No hay un turcomano que no conozca desde su edad más tierna las ramas principal y secundaria, de las cuales forman parte, y que no pondere con orgullo la fuerza y el número de esa sección de su pueblo. Por otra parte, en ella encuentra siempre protección contra las arbitrarias violencias de los miembros de las otras secciones; porque la tribu entera, si se ha cometido algún desmán contra uno de sus hijos, debe buscar sin descanso su reparación (A. Vamberry, Voyages d´un faux Derviche, edición abreviada, págs. 38-39).

Y más adelante dice así:

Los nómadas que habitan en esta comarca han venido en masa a visitar a la caravana. Se ha establecido una especie de feria: he visto cerrarse tratos al fiado para compras y ventas de cierta importancia. Naturalmente, se me ha encomendado la redacción y, sobre todo, la trascripción de las letras de cambio. Me ha parecido muy sorprendente que el deudor, en vez de entregar su firma al acreedor, sea él mismo quien guarde en el bolsillo el título de su deuda; sin embargo, así se efectúan los negocios en todo el país. Un acreedor a quien pregunté acerca de esta manera de proceder tan contraria a nuestros hábitos, me respondió con perfecta sencillez: ¿Por qué he de conservar yo este escrito y de qué me serviría? Por el contrario, el deudor lo necesita para recordar el vencimiento de la deuda y la cuantía de la suma que está obligado a restituirme (A. Vamberry, Voyages d´un faux Derviche, edición abreviada, pág. 91).

He ahí unos mercaderes que nos dan ejemplo de la buena fe y del respeto a la palabra jurada. Pero las negociaciones de nuestra sociedad actual, por podrida que esté, ¿no se efectúan, en parte, sobre la base de la confianza y la buena fe de unos para con otros? ¿Podría funcionar el comercio un solo minuto, si no pudiera contar, para defenderse, más que con el miedo a la ley?

La ley no castiga ni puede castigar sino las transgresiones de las cuales se conoce el autor. Pero como cada vez que el individuo comete un acto reprobado (ya porque así lo juzgue él mismo, ya porque así lo califique la ley), no lo comete sino con la certeza de no ser descubierto, o porque la satisfacción que le produzca compense ampliamente las privaciones ocasionadas por la pena en que pueda incurrir; por tanto, la ley es impotente para prevenir la trasgresión, cuando los móviles que a ella incitan al individuo son más fuertes que los motivos de temor. Algunos pretenden que es preciso aumentar la severidad de las leyes. Acabamos de ver que en la Edad Media eran ferocísimas e ineficaces en absoluto. Además, llega un momento en que la pena es desproporcionada para el delito y en que los más feroces partidarios de las penas terribles vense obligados a consentir que se suavicen. Por consiguiente, todo esto demuestra que la represión no es el remedio.

Por otra parte, como por la ley no pueden los individuos tomarse la justicia por su mano, el delincuente está al abrigo de ella si tiene inteligencia para combinar sus actos de modo que pueda cometer el delito sin testigos.

Además la ley es arbitraria, pues para juzgar se ve obligada a fundarse en un nivel medio y descuidar las circunstancias de detalle, a pesar de que a veces son éstas quienes caracterizan el hecho. Además, las leyes sólo se hacen con la mira de preservar los privilegios de una casta, las conveniencias de gobierno: por eso se infringen constantemente, pues el violarlas no siempre trae consigo el desprecio de la opinión pública. Como lesionan la iniciativa del individuo, por lo mismo incitan a su trasgresión.

Basándose la sociedad en el antagonismo de los intereses, según hemos visto, acarrea fatalmente conflictos entre los individuos. Pero organícese una sociedad donde estos tengan interés en respetarse mutuamente, donde la observancia de la palabra sea tenida por un bien, por ser provechosa para todo el mundo y no porque puede traer como consecuencia una pena física. No admiréis la pillería en materia de negocios, sino haced que quien engañe con perjurio quede separado de toda clase de relaciones, y la moral se ensanchará, se comprenderá que si se hace algo nocivo para los otros habrá que atenerse a las consecuencias a cada instante en sus relaciones, y de ese modo habrá interés en impedir que se ejecute un mal cuando se vea cometer.

¡Digan lo que quieran los moralistas, en los tiempos actuales ese espíritu de solidaridad de la multitud, el temor a la opinión pública, es lo que impide a los individuos faltar a lo que se ha convenido en llamar la moral, mucho más que todo el aparato de la ley y de su represión.

Cuando los individuos se sientan solidarios unos de otros, se establecerá entre ellos una moral nueva, que tendrá su sanción en sí misma, y será mucho más poderosa y eficaz que todas vuestras leyes represivas. Apretando la solidaridad todos los lazos sociales y no formándose estos sino en virtud de las afinidades, todo individuo que tratase de causar perjuicio a un miembro de la sociedad se vería inmediatamente reprobado por el medio en el cual viviese, pues cada persona comprendería que si dejaba cometerse un acto de injusticia sin descubrirlo, sería dejar la puerta abierta para otros que más tarde pudieran cometerse contra él.

El agresor expulsado de todas partes, al rehuir todas sus relaciones el trato con él, comprendiendo que la vida le sería imposible, corregiríase mejor que aprisionándole en un medio que por el contrario es más corruptor, y ese miedo le impediría realizar la injusticia que meditase.

La desaparición de los delitos no estriba, pues, en organizar un tremendo aparato de represión, sino en una mejor organización social, por la educación de los individuos y la evolución de la moral.

La autonomía según la ciencia

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Llegamos por fin al término de nuestro estudio. Hemos pasado revista a todas las objeciones que nos ha sido posible prever viendo que cuanto del hombre conocíamos, lejos de destruir nuestro ideal, corroboraba más bien nuestras hipótesis de armonía y de solidaridad. La ciencia, dígase lo que se quiera, viene en apoyo de las teorías anarquistas, demostrándonos que en la naturaleza todo se mueve en virtud de la ley de las afinidades, y por consiguiente, es autónomo. La naturaleza es un vasto crisol, donde los diferentes cuerpos se transforman, adquiriendo propiedades nuevas, obrando sus transformaciones sin voluntad preconcebida, sólo por la fuerza de sus propiedades.

Es cierto que en la naturaleza, en los reinos animal, vegetal y mineral, todo se eslabona; es verdad que los movimientos y el desarrollo de unos se regulan por los movimientos y el desarrollo de otros, que, por tanto; el individuo depende dentro de ciertos límites de la sociedad, en el seno de la cual se mueve y se desenvuelve; mas para los burgueses y autoritarios de todas clases, esta sociedad se resume en cierta organización que la representa bajo la forma de poder constituido, y, según la teoría autoritaria, los individuos deben subordinar su actividad a ese poder. Esta es la teoría que rechazamos nosotros, y la falsedad de la cual creemos haber demostrado.

Ya hemos visto que no es el individuo quien debe amoldarse a las conveniencias arbitrarias de una sociedad mal organizada, sino ésta quien debe modelarse de manera que el individuo encuentre en ella una ampliación de su persona y no un achicamiento de su actividad. Debe constituir su Organización según las relaciones que entre sí tienen los individuos. Lejos de permanecer inmutable, debe seguir las fluctuaciones de la evolución humana para permanecer siempre en armonía con las mudanzas que traen consigo los tiempos y las circunstancias.

También es cierto que la ciencia nos demuestra que en la naturaleza todo se rige por leyes inmutables llamadas leyes naturales; con arreglo a ellas, todas las moléculas que tienen las mismas afinidades se buscan y se unen para formar un mineral, para constituir un organismo vegetal o animal, según la manera como se yuxtapongan, según el estado del medio en el cual se efectúe su combinación, según el número y energía de las moléculas de cada clase que tomen parte en dicha combinación.

¿Quién ha hecho estas leyes? Para el sacerdote, un ser sobrenatural a quien da el nombre de Dios. Para el sabio (si ha conseguido despojarse de todas las supersticiones que le han imbuido en su infancia), esas leyes son la resultante de las propiedades que poseen los diferentes materiales de que se compone el universo, y residen en esas mismas propiedades.

La ley no aparece aquí ya para regir las diversas partes de un todo, sino para explicar que si los fenómenos se han efectuado en tal o cual sentido, de esta o de la otra manera, consiste en que por la fuerza misma de las cualidades de los cuerpos no podía suceder otra cosa.

Las leyes sociales no pueden tener más autoridad que las leyes naturales; sólo pueden explicar las relaciones entre los individuos, y no regirlas. Comprendidas así, no necesitan de un poder opresor para asegurar su cumplimiento. No siendo más que la comprobación de un hecho consumado, no pueden tener otra sanción sino el castigo resultante de la desobediencia a una ley natural. Su conocimiento exacto debe hacernos presumir el resultado cierto que tendrá una acción cualquiera para nuestros semejantes, enseñarnos si en ella encontraremos provecho y deleite o pesares y disgustos, y decirnos si el goce que obtengamos de tal acto no irá seguido de un disgusto más grande.

Por tanto, los esfuerzos del sociólogo no deben dirigirse á estatuir leyes indistintamente aplicables a todos por fuerza, sino a estudiar los efectos de nuestros actos y sus relaciones con las leyes naturales; sus conclusiones adoctrinarán al individuo, enseñándole lo que es provechoso para él, y para la especie.

Las leyes sociológicas no deben ser una regla impuesta, sino limitarse con su enseñanza y no por la coerción a indicarnos el medio más favorable en que pueda evolucionar el individuo en la plenitud de su ser.

Por ejemplo: en química, cuando se quiere asociar dos cuerpos, ¿es la voluntad del operador quien obra y hace que se combinen los diferentes cuerpos puestos unos en presencia de otros? ¡No! Antes ha sido preciso estudiar las diferentes propiedades de esos cuerpos, para saber que obrando con tales cantidades y en tales condiciones obtendríase tal resultado, inevitable cada vez que se opere en condiciones absolutamente análogas.

Por el contrario, si el operador quisiese asociar cuerpos dotados de propiedades diferentes y fuera de las condiciones necesarias para obtener el resultado apetecido, esos cuerpos se aniquilarían o se destruirían; en todo caso, el resultado diferirá muchísimo del que el operador esperaba. Así, pues, la voluntad de este último no interviene en la obtención del resultado, sino por medio del conocimiento de las materias que emplea; su poder está limitado por las propiedades de los cuerpos, y todo él se limita a preparar las condiciones requeridas para la operación, y nada más. Siempre acontecerá lo mismo en las sociedades humanas: mientras se las quiera organizar arbitrariamente, sin tener en cuenta los temperamentos, las ideas o las aficiones de los individuos nunca se obtendrá sino una sociedad defectuosa, que al cabo de poquísimo tiempo habrá de producir el caos, el desorden y el levantamiento.

El papel de los anarquistas en sociología no puede tener otro alcance que el del químico: su labor consiste en preparar el medio donde los individuos puedan desenvolverse libremente; agrandar los entendimientos, de modo que puedan llegar a concebir la posibilidad de tal independencia y grabar en ellos la voluntad de conquistarla.

Cuando las moléculas y las células que componen el universo pudieran asociarse libremente, cuando nada puso obstáculos a su evolución, combináronse y resultó de ahí un ser completo y perfectamente constituido y virtualmente viable en el medio donde nació. Pero cuando esa asociación no ha podido efectuarse con libertad, cuando se ha puesto trabas a la evolución en su curso, cuando se ha violado la autonomía de las diferentes moléculas, resulta de ahí un ser llamado monstruo; es decir, un ser que no estando conformado para el medio donde debe desenvolverse, no es viable, o cuando puede prolongar su existencia, a pesar de su monstruosidad, arrastra una vida lánguida y miserable, siempre doliente y deforme. Tales son nuestras sociedades, donde los elementos morbosos que las impregnan ocasionan laS crisis que de continuo las trastornan.

Y como los anarquistas desean una sociedad sana y perfectamente constituida, por eso quieren que se respete la autonomía de los individuos, esas moléculas de la sociedad. Como pretendemos que todos los que tengan las mismas aficiones puedan asociarse libremente según las tendencias de cada uno, por eso rechazamos todo poder que redujese a todos los individuos a llevar puesta la misma estampilla, aunque ese poder sea científico.

Para ejercer la autoridad haría falta lo que no existe: ángeles. No hay cerebro bastante amplio para abarcar todos los conocimientos humanos.

Sea cual fuere la estimación que profesemos a los sabios, nos vemos obligados a reconocer que a la mayoría de ellos les dejan indiferentes las más grandes iniquidades sociales, cuando para merecer los favores de los amos no se valen de sus conocimientos con el propósito de justificar las torpezas de ellos.

Basta igualmente seguir con atención el curso de sus discusiones para comprender que muchos, dedicados a tal o cual estudio, a ésta o aquella rama del saber humano, no tardan en convertir su especialidad en un caballito donde montan a tiempo y a destiempo, haciéndole ser el motor de todas las cosas, sin ver en todas las demás ciencias más que accesorios de su estudio especial, cuando no inútiles, por lo menos de poquísima importancia.

La ciencia es buena, pero a condición de que se limite a investigar los fenómenos que se realizan, estudiar sus efectos, inquirir sus causas, formular sus datos, pero quede libre cada cual de asimilarse sus descubrimientos, según sus aptitudes y su grado de desarrollo.

Además, ¿no sería presuntuoso querer gobernarlo todo científicamente cuando tantos signos interrogativos se yerguen ante el sabio, ávido de conocer? Y, precisamente, por haberse querido siempre reglamentar esta asociación de los intereses que hacen a los hombres obrar, ¿no es como se ha llegado a producir ese monstruo informe que se llama la sociedad actual?

Ya hemos visto cómo algunos han querido pretender que cuanto más se desarrollaba la humanidad, y crecía la ciencia, tanto más perdía el individuo su autonomía. Inclinándole a la asociación, el empleo de las máquinas y fuerzas motrices puestas a disposición del hombre por la ciencia le quita así gradualmente su autonomía, según esos sabios, subordinando su acción personal a la de la maquinaria y a la de sus consocios. Hase afirmado que para tropezar con una sociedad donde reine la autonomía es preciso subir a los orígenes de la humanidad, o ir en busca de las razas actuales más inferiores. De suerte que tenemos derecho a inducir que el ideal de esos hidrópicos de autoritarismo sería una sociedad donde el individuo no tuviese libertad ni para mear sin pedir permiso.

Cuanto más se desarrolla la ciencia, más amplifica la autonomía del individuo. En efecto: si en la sociedad actual cada descubrimiento científico pone a los trabajadores bajo la dependencia de los capitalistas, consiste en que las instituciones actuales hacen que los esfuerzos de todos sirvan sólo para el provecho de algunos. Pero en una sociedad fundada en la justicia y en la igualdad, los descubrimientos nuevos no podrán menos de aumentar la autonomía del individuo.

Se necesita verdaderamente estar cegado por la monomanía de la autoridad para atreverse a pretender que debamos remontarnos a los orígenes de las sociedades o fijarnos en las razas inferiores (Inferior en grado de desarrollo, pero no en potencia virtual) para encontrar allí la autonomía. ¿Acaso era autónomo el hombre, cuando, desnudo a indefenso, siendo aun rudimentaria su inteligencia, veíase entregado a todos los azares de la vida; y, obligado a luchar contra la naturaleza, que no había aprendido aún a conocer, se inclinaba a deificarla en sus fenómenos por no comprender las causas de éstos? ¿Era entonces libre el hombre, cuando se veía obligado a ir en busca del alimento y disputárselo a los grandes carniceros que le sobrepujaban en fuerza? ¿Qué suma de autonomía podía desplegar, obligado como estaba a sostener en todos los momentos el áspero combate por la existencia? Y el espectáculo de las llamadas razas inferiores de nuestros días nos manifiesta muy a las claras que, en efecto, no puede haber autonomía cuando el hombre ha de estar siempre alerta con las pocas facultades que posee, a fin de poder satisfacer sus necesidades materiales.

Reconocemos ciertamente que los grandes descubrimientos, como el vapor y la electricidad, han unido las naciones, para dar impulso a la solidaridad universal; pero del hecho de verse los trabajadores en la precisión de aunar sus esfuerzos para vencer los obstáculos que les opone la naturaleza, no se induce que su autonomía se aminore en el sentido de una subordinación cualquiera. Estando para lo sucesivo en continuas relaciones los municipios y las nacionalidades, será cada vez más nociva toda autoridad que sirva para estatuir esas relaciones e imponer su voluntad con el fin de socializar los esfuerzos de los individuos y de los grupos.

Si en los primeros tiempos de la humanidad se hizo la federación de los grupos aislados y la socialización de los esfuerzos individuales por medio de una autoridad exterior, esta solidarización se efectúa hoy espontáneamente sin menoscabo de la autonomía de los grupos; y precisamente, gracias al vapor y a los progresos de la mecánica, los cuales han establecido relaciones frecuentes entre quienes sólo aprendieron a conocerse al caer bajo la férula del mismo amo. ¿Menguará por eso la independencia de los individuos y de los grupos? Tampoco lo creemos, puesto que el vapor, la electricidad y la mecánica, poniendo al servicio del hombre grandísimas fuerzas que permiten domeñar la distancia y el tiempo, han venido a aumentar su independencia reduciendo el periodo necesario para la lucha por la vida (nos referimos a la lucha contra la naturaleza) y a permitir así a los individuos que empleen la mayor parte del tiempo en un trabajo recreativo en el seno de una sociedad fundada en la solidaridad y en la autonomía.

Sí, lo reconocemos y lo proclamamos; los descubrimientos científicos del hombre le conducen cada vez más a la asociación de los esfuerzos y a la solidaridad de los intereses. Por eso queremos destruir la sociedad actual, basada en su antagonismo. Pero de esto a reconocer la necesidad de un poder público hay una gran distancia. ¿De dónde han sacado, pues, los autoritarios que pueda existir solidaridad de intereses entre quien manda y quien obedece?

Los progresos lentamente realizados por la humanidad, ¿no se deben precisamente a ese espíritu de insubordinación y de indisciplina, que ha impelido al hombre a emanciparse de los obstáculos que dificultaban su desarrollo, a ese espíritu sublime de rebelión que le arrastraba a combatir contra las tradiciones y el quietismo, a registrar los ámbitos más obscuros de la ciencia para arrancar sus secretos a la naturaleza y aprender a triunfar de ella?

En efecto, ¿quién puede prever el grado de desarrollo a que hubiéramos llegado si la humanidad hubiese podido desenvolverse con libertad? ¿Quién ignora hoy que muchos descubrimientos de los cuales se enorgullece el siglo XIX habían sido hechos o presentidos en otras épocas, pero los sabios tuvieron que tenerlos secretos o abandonar su estudio para no ser quemados como hechiceros?

Sí el cerebro humano no ha quedado deshecho dentro de la doble prensa de tornillo de las autoridades temporal y espiritual, si el progreso ha podido realizarse a pesar de esa compresión bajo la cual gime la humanidad desde que el hombre es un ser pensador, consiste en que el espíritu de insubordinación era más fuerte que la compresión.

Los autoritarios dicen que sólo quieren un poder para guiar esta evolución de las ideas y de los hombres. Pero no ven que querer obligar a todos los hombres a soportar el mismo modo de evolución (lo cual acontecería sin remedio si una autoridad cualquiera se encargase de guiarla), sería cristalizar la civilización en el estado en que hoy se encuentra. ¿Dónde estaríamos en la actualidad, si entre los seres inconscientes de las primeras edades de la vida hubiesen existido espíritus científicos bastante poderosos para dirigir la evolución de los seres en el sentido de los conocimientos que en aquella época poseían?

Hemos visto que es preciso no deducir que nuestro ideal sea lo que los partidarios de Darwin en sociología llaman la lucha por la existencia. La destrucción de las especies más débiles por las especies más fuertes pudo ser una de las formas de la evolución en tiempos remotos; pero hoy que el hombre es un ser consciente, hoy que comenzamos a vislumbrar y a comprender las leyes que rigen a la Humanidad, la evolución debe revestir una forma diferente.

Ya hemos dicho que esta forma es la solidaridad de los intereses y esfuerzos individuales para lograr mejor porvenir. Pero también estamos convencidos de que esta solidaridad de fin y de medios sólo puede nacer de la libre autonomía de los individuos; quienes, libres para buscarse entre si y para aunar sus esfuerzos en el sentido que responda mejor a sus aptitudes y aspiraciones, ya no necesitarán pesar sobre nadie, puesto que nadie pesará sobre ellos. El hombre está hoy lo suficiente adelantado para reconocer por experiencia el lado bueno o malo de una acción; resulta de ahí que en una sociedad sin poder público los grupos que se dirigiesen por mal camino, al ver junto a ellos otros grupos mejor organizados sabrán abandonar la mala senda para adherirse al modo de conducta que les pareciere el mejor.

Quedando el desarrollo progresivo de la Humanidad libre de los obstáculos que hasta hoy le han puesto trabas, la evolución de las ideas y de los individuos ya no nos presentaría sino una lucha pacifica en que cada uno rivalizaría en celo para producir mejor que los otros, y nos conduciría de ese modo al fin último: la felicidad del individuo en medio del bienestar general.

Conclusión

Si existe alguna doctrina que haya tenido el don de promover contra sí los furores y las calumnias de todos los partidos políticos, es la doctrina anarquista. Espantados de los progresos que hacía la idea de independencia bajo su nueva fórmula en el espíritu de los explotados, todos los que viven de explotar (explotación industrial, capitalista, política, moral e intelectual) se unieron fraternalmente en una defensa común para caer juntos sobre esos recién venidos que se atrevían a turbar su quietud, emitiendo teorías ¡subversivas de todo cuanto habíamos convenido en respetar!

Las teorías anarquistas comprendían el derecho primordial que todo individuo tiene de rebelarse contra quien le oprime, pero los burgueses no aguardaron los primeros golpes: penas de prisión y de presidio llovieron sobre los propagandistas de la idea filosófica. Todos los que desfilaban ante un tribunal tenían seguro el máximum de la penalidad señalado en la ley, por haberse atrevido a decir que no todo va bien en la mejor de las Repúblicas burguesas, y que era preciso trabajar para conseguir una transformación social.

La fuerza llama a la fuerza, el terror engendra el terror. Sabiendo que tanto se paga por un escrito o un discurso como por un acto de rebelión efectiva, ciertos anarquistas, más impacientes que otros, negáronse a discutir más tiempo y quisieron devolver golpe por golpe. Se han votado leyes excepcionales de represión, y los gobernantes esperan matar así la idea anarquista; los acontecimientos nos dirán algún día lo que debe pensarse de ello.

Pero los burgueses, antes de atreverse a hacer leyes tan retrógradas, no pudiendo refutar teorías que la mayor parte de ellos no pueden comprender a causa de su pequeñez intelectual; presintiendo que si se arraigaban las ideas nuevas acabáronse su explotación y sus privilegios; amenazados y sin ver ninguna posibilidad para que su parasitismo se perpetúe en el nuevo orden de cosas, recurrieron, para combatir el pensamiento filosófico, además de a las cárceles, a su arma favorita: la calumnia.

Y seguidos en esta campaña por los autoritarios de todos los pelajes, que pretenden trabajar en pro de una reforma social, gritaron en todos los tonos: ¡Los anarquistas! ¡Los anarquistas no son un partido, no tienen ideas acerca de la organización social futura, no tienen más que apetitos! Y los socialistas autoritarios añadieron: ¡Son unos soplones de la ronda secreta! Y todos juntos: ¡Quisieran retrotraernos al reinado de la fuerza y de la brutalidad!

Y dispensándoles de argumentos las injurias y calumnias, crearon en los periódicos tal renombre de insania y de violencia irracional a los anarquistas, que todos los imbéciles que sólo tienen opinión después de leer su periódico, aceptaron como verdades ese fárrago de embustes, y no vieron en los anarquistas sino un hato de locos furiosos, que no saben lo que quieren.

No tenemos por qué juzgar a quienes obraron, y muchos de los cuales si se equivocaron pagaron su error con su vida y su libertad. Preciso es saludar con profundo respeto a quienes sacrifican su vida por sus ideas. Debemos confesar, sin embargo, que ciertos actos torpes y violencias descabelladas contribuyeron a arraigar aquella opinión. Mas la impavidez y el desinterés de quienes fueron cogidos en la lucha, muchos de los cuales han muerto en presidio o en el cadalso, obligaron a los pensadores a estudiar las ideas capaces de engendrar abnegaciones semejantes, mientras los satisfechos con el orden actual cubrianlas de inmundicia.

Para esos burgueses, todo anarquista sólo es un hombre lleno de odio y de envidia, ávido de vivir bien y no trabajar. ¿Y son ellos los que vienen a hablarnos de apetitos y concupiscencias? ¡Ellos, que guardan para si todos los goces de la vida: ellos, a quienes la saciedad les hace tomar tedio a todos los placeres naturales; ellos, que, en efecto, ya no tienen ningún apetito moral! …

Ahítos y estragados, vénse reducidos a buscar el goce en pasiones anormales, en refinamientos de vicios contra la naturaleza… ¡Pobres gentes!

Los anarquistas han difundido escritos y discursos para explicar su ideal y las razones en que se funda. Esperamos haber aportado con este libro nuestro grano de arena al edificio del pensamiento futuro. ¡Qué importa! No por eso dejarán de seguir gritando los burgueses que no tenemos ningún ideal.

¡Hombres de apetitos y de concupiscencias esos anarquistas que sacrifican su existencia y su libertad por conquistar una organización social que dé libre curso a la evolución de todos!

¡Hombres de apetitos, cuando por la falta de preocupaciones que les caracteriza podrían abrirse paso y crearse una buena posición dentro de las instituciones de la sociedad actual, abierta a todas las ambiciones, a todos los apetitos, a todas las monstruosidades, producto de una educación falseada y corrompida, con tal de que quien quiera llegar a la meta cierre los ojos para no ver a los que derriba en su carrera, y se tape los oídos para no oír los gritos de agonía de aquellos a quienes pisotea en la frenética carrera en pos del reparto del botín de caza!

¡Hombres de apetitos y de concupiscencias esos anarquistas que hemos visto desfilar en todos los procesos, con los cuales se ha creído ahogar al partido; unos, burgueses, que rompiendo con su clase habían sacrificado una posición hecha; otros, obreros, que después de una jornada de trabajo y de fatiga, empleaban parte de su tiempo de descanso en ir a anunciar a sus hermanos de miseria ese mejor porvenir que entreveían en sueños, a través de sus concepciones; unos y otros, desenmascarando ante los trabajadores a sus verdaderos enemigos y haciéndoles comprender las verdaderas causas de su miseria! ¡Hombres de apetitos, cuando á la mayoría de ellos hubiérales bastado aceptar la sociedad tal como es, y un poco de flexibilidad de espinazo, para entrar en las filas de nuestros explotadores actuales!

¡Hombres de apetitos y de concupiscencias, todos esos trabajadores que todo lo producen, lujo y goces, y durante toda la vida tienen que apretarse el estómago! ¡Hombres de apetitos y de concupiscencias, los que reclaman su parte de consumo en las riquezas que crean!

Pero ¿y los que nos oprimen? Oíd cómo predican el amor a su familia y a su hogar, el respeto a las posiciones adquiridas y a la moral, la templanza y el desinterés, con discursos entrecortados por los hipos de una comida copiosa, en que cada uno ha devorado la sangre de varias familias. ¿Ellos hombres de concupiscencias? ¡Oh, ni pensarlo! ¡Cuán mal conocéis a esas pobres gentes! Si consienten en darse tales hartazgos, a pique de reventar de indignación, ¿creéis que es por su propia satisfacción personal? Pues, nada de eso. ¡Es por humanidad! … ¿No es preciso que devuelvan a la circulación el dinero que han trasegado de bolsillos en el comercio y en la industria, con el sudor de la frente… de sus siervos del suelo, de la mina, de la fábrica o del mostrador? ¿Los creéis tan egoístas que quieran acapararlo todo y no soltar nada?

¡Vamos, pobres diablos, que tembláis, macilentos y desarrapados, por los mordiscos del frío, que os crispáis, con la tripa vacía, por los aprietos del hambre: regocijaos! Para complaceros y proporcionaros trabajo, vuestros explotadores visten magníficos trajes, se arropan con pieles, tiran el oro en futilezas, deléitense en costosas comilonas, con la intención puesta en vosotros. Y cuando vayáis por la noche a tender en un mal catre vuestros miembros doloridos por una jornada de trabajo, saliendo ellos de casa de su querida (una hija vuestra, casi siempre), o del casino, donde habrán dejado en el tapete verde la fortuna de una familia, se irán a tumbar muellemente su esqueleto desvencijado por los excesos y dormirán felices. ¿No merecen bien el sueño? … ¿No han hecho todo lo posible para amarraros cada vez más y más al terruño o a los talleres?

¡Oh! ya sabemos lo que responderéis vosotros, anarquistas:- ¡Mejor fuera no explotar a los trabajadores y dejarles a ellos el cuidado de gastar como les pareciese el fruto de su trabajo! – ¡Pero, vosotros no sois más que unos hombres de rapiña, sin ideal ninguno social, y sólo soñáis con robos, asesinatos e incendios! ¡No tenéis más que apetitos! … Os contestarán.

Esto responde a todo y dispensa de buenas razones.

El motivo de que todos los partidos, juntos en tan conmovedora unión, hayan olvidado sus disputas para atacar a los anarquistas, consiste en que, formando parte de la clase explotadora actual o esperando ingresar en ella, necesitan tomar la defensa de aquello de donde esperan sacar el jugo algún día. Quieren disputarse el plato de manteca, pero no romperlo; por eso ponen tanto empeño en quitarse de encima a quienes les sirven de obstáculos en el camino, demostrando a los obreros que ya no deben aceptar más amos y señores. Pues bien; para atraillar a los pazguatos, no hay nada mejor sino presentarles como unos hambrientos que van a caza de bienes ¡a los que predican el desquiciamiento de la explotación del hombre por el hombre!

Es de oír cómo se compadecen de quienes con su trabajo y su economía se han asegurado un pedazo de pan para la vejez. No encuentran palabras bastante elegíacas para alabar al pequeño propietario o industrial que con su trabajo y su energía son el nervio de la nación. Y los imbéciles destinados a reventar en el hospital, que debieran saber que eso del capital, fruto del ahorro y del trabajo es una camama, que el trabajador tiene más asegurados muchos días sin pan que conseguir hacer ahorros, ¡también tiemblan por la seguridad de sus economías… hipotéticas!

¡Que los anarquistas no tienen más que apetitos! … Bueno que crean eso los imbéciles; pero ¿cómo han de engañar los autoritarios a quienes meditan? ¿Cómo han de hacerlos pasar por hombres de concupiscencias, cuando a cada paso dicen los anarquistas a los trabajadores:

– Este suelo, del cual se os ha despojado y que os obligan a defender, os pertenece y nadie tiene derecho a apoderarse de él y haceros trabajar en provecho suyo; los frutos de la tierra pertenecen a todos, y nadie tiene derecho a reservárselos cuando otros sienten hambre; todo el mundo debe satisfacer su necesidad, mientras haya suficientes víveres en el banquete de la naturaleza?

¿Quién podrá compararlos a hombres de rapiña cuando se esfuerzan por hacer comprender a los trabajadores que deben realizar el advenimiento de una sociedad donde todo el mundo satisfaga sus necesidades físicas e intelectuales y no se vean ya estas monstruosidades: individuos en la fuerza de la edad viril, muriéndose de miseria y de necesidad o buscando en el suicidio un medio de librarse de las angustias del hambre, mientras junto a ellos se gastan en fiestas locas y orgías sin nombre sumas de dinero que bastarían para costear el gasto de muchas familias durante el resto de su existencia?

¡Ambiciosos los anarquistas, cuando su principal propaganda consiste en hacer comprender a los individuos que es necesario destruir todas las situaciones desde las cuales puedan los intrigantes dominar a las masas; cuando a cada momento se esfuerzan en hacer comprender que, sean quienes fueren los hombres que manden, el poder será forzosamente arbitrario, puesto que sólo servirá para asegurar el imperio de la voluntad de unos cuantos individuos, ya lo ejerzan por derecho divino, ya por el derecho del sable, ya por el derecho del número!

Y lo que enardece a los burgueses y a los autoritarios contra la idea anarquista, es que enseña a los trabajadores a arreglar sus negocios, a no confiar a nadie lo que deben hacer, a no delegar su soberanía si quieren seguir siendo libres. Todos los que viven de la explotación política han comprendido que si se propaga la idea ya no quedaría lugar a los apetitos, y esa jauría de famélicos a caza de cargos, honores y sobre todo de pagas, gruñe enseñando los colmillos; sienten ir desapareciendo poco a poco su papel, y como están harto podridos para ponerse francamente al lado de los trabajadores, manchan de baba a todo el que trabaja en la emancipación de la humanidad.

¡Babead cuanto queráis! Ni vuestras injurias, ni vuestras calumnias detendrán la marcha de la humanidad. Sí, todo hombre tiene apetitos. Bueno, ¿y qué más? Sólo se trata de entenderse acerca del alcance de esta palabra. Sí, queremos una sociedad donde cada uno pueda satisfacer sus necesidades físicas e intelectuales en toda su integridad; sí, soñamos una sociedad donde todos los goces del cuerpo y del alma no estén ya acaparados por una minoría privilegiada, sino a la libre disposición de todos. Sí, somos hombres y tenemos los apetitos del hombre; no tenemos por qué avergonzarnos de nuestra naturaleza.

Pero tenemos también tal sed de justicia y de libertad, que quisiéramos una sociedad exenta de jueces, gobernantes y todos los demás parásit0s que constituyen el monstruoso organismo social que aflige a la humanidad desde el comienzo de su historia.

En cuanto al cargo que se nos dirige de no tener ideal, las declaraciones de los anarquistas en sus periódicos, folletos y reuniones, delante de los tribunales y en todas partes donde han podido hablar al público, bastan para probar la falsedad de esa acusación.

En el curso de este trabajo hemos intentado manifestar nuestro ideal y demostrar con pruebas en su apoyo que, en una sociedad normalmente constituida, la iniciativa y la autonomía deben ser los únicos motores de la actividad humana. Hemos visto que todas las instituciones actuales sólo están hechas para la defensa de los intereses particulares de una clase, para protegerla contra las reclamaciones de los despojados por ella; y que, lejos de deducirse de leyes naturales, no se fundan nada más que en la arbitrariedad y son absolutamente contrarias a las leyes de la naturaleza.

Después, hemos visto que lejos de contradecir nuestras ideas la ciencia y la naturaleza, como se pretende, están conformes en proclamar la completa autonomía del individuo en medio de sus semejantes y en el espacio. ¡Mediten los trabajadores!

 Es la irrefutable razón hacia la anarquía                                                                                                    ——Alfa——

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